Va de informes (PISA)

por David Lorenzo Cardiel

>Recuerdo con la calentita y agradable nostalgia del paso de los artículos algunos escritos en los que traté el tema de las generalizaciones e inducciones. Hace demasiado tiempo. El necesario para que hayan olvidado las palabras de este cansino pensador.
Me quejaba, en síntesis, de que la mayoría de las personas que conforman nuestra sociedad actual lo único que saben hacer es acusar con el dedo valiéndose de la injusta y poco fiel con la realidad inducción. Ese método que, utilizado con precisión y ansias de búsqueda puede aportar resultados fiables al conocimiento de la realidad, pero que usado en boca de necios puede resultar más devastador que la bomba de Hiroshima. Al menos, integralmente.
Pues bien, en uno de los textos en los que con más impotencia rabiosa que destreza escribana les puse las peras al cuarto, con la verdad por delante, a los que manipularon mediante la generalización a cuanta gente escarmentada encontraron para acusar y apalear moralmente a todo joven existente (esos que se atreven a lanzar tales sentencias, metiendo en el mismo saco del “ni-ni” tanto a culturetas, pensadores e investigadores como a gamberros, pasotas y vividores), y en el que los llamé, concretamente, “secundum quiz” o “generalizadores indebidos”, también destaqué, como algo relacionado, la poca intención por parte de tales personajes -sean quienes sean- de intentar poner solución a los problemas en vez de usarlos como artilugio de disuasión y de desfogue de la cólera personal que cada uno carga consigo. Y uno de esos problemas que más preocupa y llena diarios sensacionalistas con respecto a la educación y los jóvenes es el Informe PISA.

El dichoso y puntilloso Informe PISA. 

La Biblia sobre la que descansan todas las expectativas en materia de Educación de éste y otros países.

El pasado domingo, en Aragón, los principales medios anunciaron a bombo y platillo el proyecto de realización de unos derivados del PISA por parte de la Consejería de Educación para evaluar con firmeza el nivel en conocimientos de alumnos de primaria y de segundo de ESO. Tal proyecto, como no podía ser de otra manera, procede del valor tan elevado como innecesario que la sociedad le ha otorgado a tal informe, que genera un ranquin, algo parecido a una Champions League de la cultura básica que clasifica a los países según los resultados de sus políticas educativas. Y claro está, no es algo baladí estar entre los cabeza de grupo. Hace años que el PISA se lleva haciendo en España, sobre todo desde la aparición de irresistibles intereses en europeizar España -algo que en principio no es negativo pero que, de abusar, podría serlo-, y últimamente la Piel de Toro no se encuentra en muy buena posición. El farolillo rojo de los “puestos de descenso” de nuestro ibérico país no hace más que evidenciar lo que ya se intuía desde el principio: la educación en territorio rojigualda “parece” no funcionar.
Tras un par de desastrosos informes, la maquinaria inquisidora de lo ajeno ha comenzado a poner el grito en el cielo en nombre de la ciudadanía española, suplicando “redención” para los caídos jóvenes, esos sin chicha que apestan a litrona que matan, en su opinión. Los políticos, encajonados entre la inevitable “vergüenza” ajena que suponen estos informes y el alarmismo de los inductores indebidos, se ven obligados a tomar medidas frente al próximo PISA. Y, ¿qué mejor medida que reunir a supuestos entendidos en materia científica y política para solucionar los malos resultados del PISA y lo que arrastra consigo -absentismo, fracaso escolar…-? Los eruditos, sintiéndose héroes en un Apocalipsis cultural y ante las presiones de políticos y de la encolerizada sociedad, han buscado -al menos, así me lo parece- una solución rápida al problema del fracaso escolar, que es el que suponen que acarrea la baja nota en el PISA: implantar un curso-almohada entre sexto de primaria y primero de la ESO.
Los “iluminados” deben pensar que el sistema educativo aragonés (porque por desgracia, en este país tenemos un sistema educativo por Comunidad) es demasiado duro para los pobres alevines deseosos de encontrar una educación a su medida en la enseñanza secundaria.

¿Enseñanza dura? ¡Venga ya!

Basta de bromas chungas. Las cartas sobre la mesa. Yo estudié la secundaria en el sistema ESO y la enseñanza, en particular primero, es bastante light. Muchas veces pienso que si no hubiera sido por los excelentes profesionales que ninguneados por la sociedad pusieron toda su rasmia en el asador complementando con admirable destreza el insuficiente programa educativo, hoy no podría ser el jovenzuelo pensador y juntaletras que soy.
Pero si el programa educativo que estudié era pobre, más lo es el que se imparte a día de hoy. No lo digo yo, lo dicen los docentes. La sociedad cada vez se conforma más por sí misma en lo que le interesa, y cada vez se molesta menos en ayudar a los niños a desarrollar los imprescindibles y necesarios pensamiento y reflexión. Y sin reflexión y pensamiento, díganme cómo van a escapar de los engaños y de la porquería de la propia sociedad y cómo van a valorar el estudio ni a interesarse por él. Es muy fácil eludir las responsabilidades cargándoselas únicamente a una mala gestión de los organismos públicos, a los valores de la juventud o a la supuesta “dureza” del sistema educativo. Crear unos cursos intermedios entre primaria y secundaria, y entre ésta última y bachiller me parece tan ridículo como centrar el suspenso español en el PISA en un déficit de conocimientos por parte de los escolares.
El año pasado, si mal no recuerdo, se elaboró el Informe PISA, y a su final, los profesores no daban crédito. No se explicaban cómo podían permitir que unos chavales de catorce o quince años recién cumplidos tuvieran que estar haciendo un examen durante una o dos horas y no pudieran salir al recreo a descansar y a almorzar, como ocurrió en esa edición. Obviamente, los jóvenes, que veían sonar los timbres que permitían el tiempo de almuerzo comenzaron a amotinarse, hambrientos, frente al profesor que custodiaba el aula y éste les informó que de acabar el examen saldrían al recreo. Los chavales, a los que el examen les importaba un carajo, comenzaron a poner respuestas casi al azar para lograr su merecido descanso.
Y luego, los políticos y la sociedad entera pretenden que los informes sean un primor. Si no comienzan por escuchar al profesorado, que es quien pasa más horas con los alumnos que con su propia familia, ningún plan, por catedrático que sea, podrá ayudar a solucionar el desvarío.
Todo esto sin contar con que el problema-raíz lo tenemos todos nosotros, en nuestra sociedad. Que no valoramos el pensamiento. Que preferimos la prostitución de ajustarnos a lo convencional frente a la nobleza de hacerlo a la realidad.
Así que mejor que no derrochen recursos en ridículos cursos intermedios ni en sistemas que únicamente reduzcan materia de estudio. Ahí no está la solución, sino todo lo contrario.
Claro, a no ser que a algunos sectores les interese generar una tribu de personajes analfabetos a los que manipular y controlar con extrema facilidad, ¿no creen?

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