Vergüenza

por David Lorenzo Cardiel

>Fíjense que a veces uno encuentra las propias respuestas a las tesis que plantea en la propia actualidad, sobre todo cuando hablan de antihéroes y de personas que sufren sus daños colaterales. Es el caso, por ejemplo, del suceso que Heraldo de Aragón daba a conocer y que, tal y como justifica su primer puesto entre las noticias con mayor número de visitas ha debido conmocionar a los asiduos lectores del periódico.

El asunto, por desgracia, es tan duro como frío: un hombre de unos cincuenta años va a coger un taxi con su mujer y sufre un infarto. Algunas de las personas que se acercan a ayudar colaboran con la mujer en la reanimación de su marido pero en el corrillo formado entorno al caído alguien roba el monedero de la mujer, que se encontraba en el bolso que ésta había puesto bajo la cabeza del infartado con el fin de peraltarla y asirla. Las circunstancias hacen que el suceso acabe trágicamente y el hombre fallezca.

Sinceramente, me parece algo tan ruín como hijoputesco (con todas sus letras) robar, en tan amargas circunstancias, el monedero de la mujer junto con todas las tarjetas, muchas de ellas necesarias ante las circunstancias, como es el caso del DNI.
Creo que no hace falta rebuscar muchos más atributos que aplicar a la persona que se ha atrevido a robar a una persona tendida en el suelo y que pugna entre la vida y la muerte. Cada uno que le incorpore los que más desee y los que mejor describan sus sentimientos y los añada a su ya, supongo, más que abultada lista de cisnamientos que carga en sus espaldas morales y que, colateralmente, tienen que sufrir todos aquellos familiares, vivos o difuntos, que ninguna culpa aparente tienen de que esa persona haya cometido semejante acto. Un acto que no puede ser castigado desde el punto de vista legal humano. Ya sé que muchos de vosotros pensaréis que la única ley eficiente contra un acto malvado es la penalización mediante las leyes civiles, pero pienso que en el caso de actos cuya destrucción afecta a partes extramateriales de la realidad, como es este caso, toda acción legal pierde su sentido. Imaginen un asesinato, cualquiera de los que por desgracia colman las portadas de los magazines de actualidad. ¿Qué puede realmente hacer la ley? ¿Multar al malhechor y convertir el “pago” del daño inmaterial cometido al ámbito de unas cuantas cifras, que para colmo representan dinero, un ente inexistente por sí mismo en la naturaleza? ¿Encarcelarlo? ¿Aplicarle una pena de muerte? Ninguna de ellas, ninguno de nosotros tenemos el “poder” necesario para reestablecer el daño ejercido, para restaurar el hecho que originó la muerte de la víctima y para paliar el dolor de los familiares y amigos que lloran la pérdida. Nos sirve, nos consuela; es justo hasta cierta medida, pero realmente, nuestras leyes físicas son incapaces de devolver lo perdido y de revocar el acto. Esto último es lo que, por ejemplo, de identificarse al individuo o individuos que han optado por aprovecharse de la amarga situación de la mujer que atendía a su marido infartado para robarle el monedero, sucedería. Si pillan al que haya robado esos enseres, nos consuela aunque sea con un débil halo de justicia el hecho de que se le aplique alguna pena, aunque sea risoria y baladí. Pero el daño ya está hecho. La persona que sufrió el infarto murió y la cartera con el dinero, el DNI y los oportunos enseres ya ha sido sustraída. Desgraciadamente, el ladrón o ladrona ha demostrado, con amargura y falta de respeto, que salvo que se trate de un motivo de necesidad loable, como por ejemplo es paliar el hambre o sobrevivir con algo de calor y refugio un día más; que de nuevo, los valores de la sociedad que más me penan, como son este meterialismo cruel y excesivo y este individualismo que nos estrangula y nos cuece a fuego lento hasta nuestro último estertor hacen de las suyas, en cada individuo vulnerable a ellos, convirtiendo este mundo en un lugar un poco más penoso y más decadente cada día.

Request in peace, convecino.

Gracias a todas las personas que no dudan un instante en ayudar a quien precisa auxilio. Sin vuestra presencia, la humanidad estaría, como bien sabéis, finiquitada.

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