El blog de David L. Cardiel

"Toda verdad pasa por tres etapas. Primero, se ridiculiza. Segundo, se niega con violencia. Tercero, se acepta como manifiesta." [Arthur Schopenhauer] Fotografía de Ilya kisaradov.

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ENTREVISTA EN ‘HERALDO DE ARAGÓN’ (02.05.2018)

«Vivimos tiempos frenéticos, donde el silencio, la humildad, la serenidad y la reflexión están siendo terriblemente arrinconados en la sociedad. Nos expresamos a golpe de tuit, de clic, de impulso. De reacción. Nuestro mundo social está prácticamente detenido. No hay futuro, hay una réplica del presente que aspira a ser eterna, solo animada mediante sutiles cambios tecnológicos que nos hacen vivir el espejismo de progresar.»

El gran Antón Castro me entrevista para Heraldo de Aragón, en su edición digital e impresa. Hablamos de Tierra de nadie, de poesía, de creación literaria, de referentes y de referencias, pero también de filosofía, de la búsqueda antediluviana de aquellos elementos vitales que sentimos y reconocemos como hogar, de la alegría.

Mil gracias, Antón.

Podéis leer la entrevista clicando aquí o, si no se leyese bien en el primer enlace, aquí.

Fotografía realizada por Marcos Cebrián en el Centro de Artesanía de Aragón.

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EL CAMINO DE LA AUSTERIDAD

Cuando el bueno de Tolstói promulgó su pensamiento sobre la relación entre felicidad y vida lo hizo con un sólo motivo: que a la humanidad le entrara algo de razón y comprensión acerca de adónde nos dirigimos. Por supuesto, el pesado, el cansino de León Tolstói escribió sus obras durante la segunda mitad del siglo XIX, así que llevaba una agradable ventaja frente a los librepensadores que tendrían que venir después.

Tolstói era un tipo de trinchera y eso me gusta. Quizás se ponía un poco pedante cuando se alargaba con alguna gran obra y la terciaba con un pequeño ensayo o con alguna disertación con ademanes de homilía de misa mayor para terminar de redundar lo redundado. Por ejemplo, al final de Guerra y paz, cuando escribe un muy interesante pero innecesario ensayo acerca de la guerra y el poder. O en Anna Karénina y la parte en la que a Kostia se le iluminan las ideas y llega a su casa, coge a su esposa Kitty y le suelta que acaba de descubrir el verdadero sentido de la felicidad: la vida sencilla.

Vale, León, te pasaste. Ya habían quedado claras todas estas ideas en las actitudes de los personajes del príncipe Andrei, Pierre y Kostia respectivamente en ambas novelas. Lo hiciste un poco mejor en Resurrección, pero aún así, lo que agita verdaderamente el alma, lo que provoca que cerremos el libro y nos dejemos llevar por lo que acabamos de leer son precisamente los hechos de la narración. Lo sabías muy bien, si no no se explica que hubieras escrito obras de arte como La felicidad conyugal, El cupón falso o la so called Hadjí Murat. Quizás el tiquismiquis sea yo y no tú, a pesar de que me encantan esos anexos en los que las cosas quedan bien claras. Para muchos, en ocasiones también para mí, son redundancias, pero pensado para un gran público, que difícilmente analiza cada idea sino que se traga las páginas en transversal, un pequeño ensayo al final del libro o una serie de escenas aparentemente innecesarias e incluso forzadas donde se explican las tesis meticulosamente tejidas en la narración es imprescindible para que por lo menos un trocito de la esencia de los libros logre quedar en la mente de cada lector. Es el precio a pagar entre escribir quinientas páginas de ensayo filosófico y narrar para dejar las cosas claras. En la virtud del término medio se encuentra la ficción que acaba con ensayo, que no termina de ser del todo ficción ni absolutamente ensayo, sino que son como los cuentos con moraleja que el viejo Tolstói les contaba a sus nietos.

Y más cercano al cuento hay un breve relato que apenas ocupa nueve páginas en pdf que se titula ¿Cuánta tierra necesita un hombre?, en el que la idea de la felicidad, la vida y su relación con la vida sencilla no está ensayada sino narrada a través de la actitud de Pajom. Pues bien, por si Tolstói no hubiera sido suficientemente explícito en el cuento, a pesar de haber dado la lata con capítulos teóricamente innecesarios para lectores que no sean chimpancés, después de haber escrito, divulgado y soltado discursos (entrevista incluida del gran Chéjov por en medio) hasta el final de su vida, parece que no ha quedado claro qué puñetas nos quería decir Tolstói a juzgar por artículos como el que accidentalmente me he encontrado en el número 92 de la revista Mente Sana que justifica en el breve cuento de Tolstói la redención de la torpe e ingenua ciudadanía en manos del adoctrinamiento de la austeridad. De hecho, el artículo comienza con las siguiente autoexplicación (auto porque parece que sea el firmante quien intenta convencerse a sí mismo más que convencer a los potenciales lectores). Las negritas son mías:

El camino de la austeridad, una actitud vital llena de dignidad y gozo. 

La austeridad, bien entendida, nos recuerda que podemos progresar continuamente, pero hacia adentro. Más que un fin, es un camino que haya sus recompensas en los goces y lujos más cotidianos y sencillos, alejados de la sobreabundancia material y de los deseos sin fin que caracterizan nuestra sociedad.

Vayamos por partes. Si buscamos austero en la web de la RAE, obtenemos los siguientes resultados:

austero, ra

(Del latín austerus y del griego αστηρς)

1. adj. Severo, rigurosamente ajustado a las normas de la moral.

2. adj. Sobrio, morigerado, sencillo, sin ninguna clase de alardes.

3. adj. Agrio, astringente y áspero al gusto.

4. adj. Retirado, mortificado y penitente.

Hay dos acepciones intercaladas: el significado tradicional, que generaliza la austeridad como la actitud propia del hombre sencillo, entendido sencillo en occidente como la persona que roza o supera la tacañería y la mezquindad; o el sentido de retirado, mortificado y penitente, o sea, la actitud del amargado, que lucha por limitar la vida de los demás porque es incapaz de vivir la suya propia. La austeridad, bien entendida, y sin necesidad de aclaraciones por parte de la RAE, es pobreza, limitación y actitud roñosa y desconsiderada, toda una recatada y fina apología de la espiritualidad y el progreso humano.  Ser austero no es un camino hacia la felicidad y el gozo, es el estancamiento de la humanidad en su propio lodazal ontológico, que incapaz de alcanzar la felicidad y conocerse a sí mismo decide fundamentarse en la avaricia para resarcirse sobre el mundo. Los austeros ni son humildes ni son sencillos, son pedantes avariciosos que encuentran su superioridad moral en la pobreza ajena. Un hombre sencillo, el hombre que defendía Tolstói, no buscará excusar los recursos sino que cada cual tenga lo justo y necesario en cada momento de su vida y acorde a su condición, sin promulgar el exceso ni la carencia. Un austero se vanagloria de ver hambre entre sus congéneres, mientras un hombre sencillo sólo deseará la felicidad del mundo antes que la suya propia. Concluyendo, que es gerundio: la austeridad es justo la actitud inversa a la defendida por León Tolstói.

Y aquí se abre otro asunto que me preocupa: las ideologías, como toda postura falsa y alejada de la realidad, necesita basarse en doctrinas de pensamiento que o bien se correspondan por falsedad con sus intereses o, en caso extremo, puedan ser malinterpretadas, manipuladas y readaptadas para sus propósitos. Todas las grandes ideologías han buscando una base intelectual como argumento de impunidad moral ante su barbarie. Es la manera que tienen de adentrarse en la cultura y crear un argumento de valor sobre su idiosincrasia y sobre la masa que tienen que someter.

Tolstói no es el único al que se le toman las ideas a la bartola. Un caso típico de pensador transvalorado es Friedrich Nietzsche, un tipo presuntamente majo con el que se podían tomar unas cañas aunque deseara un holocausto nuclear, si hubiera llegado a conocer la existencia de la bomba atómica. En su obra El Anticristo, por ejemplo, separa las enseñanzas de Jesús del discutible proceder de la Iglesia, postura no sólo acertada sino verdadera. Así habló Zaratrustra es una apología del dolor personal ante un mundo humano degradado que reniega de Dios y del significado de Dios, al que ha apartado de su espíritu y cuya presencia y existencia toma en vano justificando en él los crímenes de la sociedad. Nietzsche, que ironizaba contra antisemitas como su amigo Richard Wagner o su cuñado, es ahora el símbolo y el fundamento de ideologías extremistas. Parecido, aunque menos tergiversado, el caso de Karl Marx y el truhán de Engels, dos burgueses fiesteros y desenfrenados que tampoco se tomaban muy en serio aquello de la dictadura del proletariado.

Ahora parece ser que se quiere emplumar a Tolstói el fundamentalismo de la dictadura de la austeridad. Si estamos desprotegidos y están adulterando la verdad y nuestras palabras, y están golpeándonos destruyendo nuestras vidas, leamos a Tolstói y a Saint-Exupéry. Dejemos de leer la sección de política de los periódicos, apaguemos la tele, dejemos a Rajoy hablando sobre sus intrascendencias. Que legislen, que muevan ficha, que censuren. Defendamos nuestra vida, la vida sencilla de la felicidad y el presente de nuestros sueños, construyámoslos, ayudemos con nuestras manos, no dejemos a nadie desamparado, transformemos nuestro entorno y cambiemos para siempre el devenir del mundo. Sin rencores, ni pataletas, ni dictaduras ni golpes de decreto. Todo está en nuestras manos. Conocer la verdad, también. Vayamos a coger las ciruelas que nos ofrece la vida antes que se acabe el verano y la nieve vuelva a cubrirlo todo un invierno más.

TIERRA Y FUEGO

Une fois de plus, j’ai côtoyé une vérité que je n’ai pas comprise. Je me suis cru perdu, j’ai cru toucher le fond du désespoir et, une fois le renoncement accepté, j’ai connu la paix.

Tout est paradoxal chez l’homme, on le sait bien. On assure le pain de celui-là pour lui permettre de créer et il s’endort, le conquérant victorieux s’amollit, le genéreux, si on l’enrichit, devient ladre. Que nous importent les doctrines politiques qui prétendent épanouir les hommes, si nous ne connaissons d’abord quel type d’homme elles épanouiront. Qui va naître? Nous ne sommes pas un cheptel à l’engrais, et l’apparition d’un Pascal pauvre pèse plus lourd que la naissance de quelques anonymes prospères.

L’essentiel, nous ne savons pas le prévoir. Chacun de nous a connu les joies les plus chaudes là où rien nes les promettait. Elles nous ont laissé une telle nostalgie que nous regrettons jusqu’à nos misères, si nos misères les ont permises. Nous avons tout goûté, en retrouvant des camarades, l’enchantement des mauvais souvenirs.

Que savons-nous, sinon qui’il est des conditions inconnues qui nous fertilisent? Où loge la vérité de l’homme?

La vérité, ce n’est point ce qui se démontre. Si dans ce terrain, et non dans un autre, les orangers développent de solides racines et se chargent de fruits, ce terrain-là c’est la vérité des orangers. Si cette réligion, si cette culture, si cette échelle des valeurs, si cette forme d’activité et non de telles autres, favorisent dans l’homme cette plénitude, délivrent en lui un grand seigneur qui s’ignorait, c’est que cette échelle des valeurs, cette culture, cette forme d’activité, sont la vérité de l’homme. La logique? Qu’elle se débrouille pour rendre compte de la vie.

Quelques-uns de ceux qui ont obéi à une vocation souveraine, qui ont choisi le désert ou la ligne, comme d’autres eussent choisi le monastère; mais j’au trahi mon but si j’ai paru vos engager à admirer d’abord les hommes. Ce qui est admirable d’abord, c’est le terrain qui les a fondés.

Les vocations sans doute jouent un rôle. Les uns s’enferment dans leur boutiques. D’autres font leur chemin, impérieusement, dans une direction nécesaire: nous retrouvons en germe dans l’histoire de leur infance les élans qui epliqueront leur destinée. Mais l’Historie, lue après coup, fait illusion. Nous avons tout connu des boutiquiers qui, au cours de quelque nuit de naufrage ou d’incendie, se sont révélés plus grands qu’eux-mêmes. Ils ne se méprennent point sur la qualité de leur plenitude: cet incendie restera la nuit de leur vie. Mais faute d’occasions nouvelles, faute de terrain favorable, faute de réligion exigeante, ils se sont rendormis sans avoir cru en leur propre grandeur. 

Que en cristiano de las tierras hispanas viene a ser:

Una vez más me topé con una verdad que no supe comprender. Me encontré perdido, creí alcanzar el límite de mi desesperación hasta que, una vez que acepté la renuncia a comprender, encontré la paz.

Todo es paradójico en el ser humano, lo sabemos bien. Le aseguramos el pan a alguien para permitirle crear y se duerme, el conquitador victorioso se ablanda, el generoso, si se enriquece, se vuelve un roñoso. Que nos importan las doctrinas políticas que pretenden abrir a los hombres, si no conocemos de antemano qué tipo de hombre abrirán. ¿Quién va a nacer? No somos un rebaño dominable, y la aparición de un Pascal pobre pesa más que el nacimiento de algunos personajes ricos.

La clave, no podemos preveerlo. Cada uno de nosotros ha conocido las alegrías más intensas allí donde no pensaba encontrarlas. Ellas nos han dejado tal nostagia que echamos de menos hasta nuestras miserias, si nuestras miserias lo permitieron. Probamos todo,  encontrando de nuevo a nuestros compañeros, el encanto de los peores recuerdos.

¿Qué sabemos nosotros sino que son condiciones desconocidas las que nos impulsan? ¿Dónde albergamos la verdad del ser humano?

La verdad no es en absoluto aquello que se demuestra. Si en este terreno, y no en otro, los naranjos desarrollan raíces sólidas y se llenan de naranjas, aquel terreno será la verdad de los naranjos. Si esta religión, si esta cultura, si este tipo de valores, si esta clase de actividad y no cualquier otra, favorecen en el ser humano dicha plenitud y descubren en él a un gran señor que se ignoraba es que este tipo de valores, esta cultura, esta clase de actividad, son la verdad del hombre. ¿La lógica? Que se ocupe ella de rendir cuentas de la vida.

Algunos obedecieron a una vocación suprema, que escogieron el desierto o la línea, como otros han eligieron el monasterio; pero habría traicionado mi objetivo si me detengo a convenceros de admirar a los hombres. Aquello que es admirable de antemano es el terreno que les ha modelado.

Las vocaciones juegan sin duda un papel. Los unos se enclaustran en sus tiendas. Otros, realizan sus caminos de manera imperiosa en una dirección necesaria: encontramos en la historia de su infancia los rasgos que implicaron su posterior destino. Pero la historia, leída fuera de tiempo, da el pego. Todos hemos conocido tenderos que, en el transcurso de una noche de naufragio o de un incendio, se mostraron más grandes que como ellos se pensaban. Ellos no se percatan de su plenitud: aquel incendio será por siempre la noche de su vida. Pero por falta de nuevas oportunidades, por falta de un terreno favorable, por falta de una religión exigente, ellos se durmieron nuevamente sin haber creído en su propia grandeza.

[Terre des hommes, Antoine de Saint-Exupéry, original editado por Folio en 1939]

Y así pasamos nuestra vida, girando como en una noria sin retorno, sin conocer la grandeza que habita en nuestros corazones. Pasa el tiempo, y la vida, y las oportunidades para abrir nuestra alma. Es en ese momento cuando, atormentados ante la evidente falta de aplomo para desenterrar nuestra grandeza, justificamos en el mundo la raíz de nuestras desgracias. Pero siempre habrá una noche de incendio o de naufragio en la que liberar por siempre nuestra grandeza de cuyo recuerdo no podremos escondernos. Somos más capaces de hacer realidad nuestros sueños de lo que creemos. La humanidad y la capacidad para sentir habitan en nuestra esencia. Otra cosa es que prefiramos arremolinarnos en la idea de incapacidad y seguir echando la culpa al mundo. El asqueroso mundo. El que siempre nos traiciona.

Por mi parte, voy en busca de mi grandeza. Nada como comenzar de nuevo con una cita del bueno de Saint-Exupéry. Pocas voces he leído tan acertadas y con tan buen criterio de la realidad como la del piloto francés. Léanlo, háganle caso, merece la pena.

PALABRAS

Las palabras vienen y van. Se usan, se estrujan y a veces, hasta se tiran. Las palabras no definen el mundo como aseguran los postmodernos. Las palabras referencian cada elemento que forma parte de la realidad permitiendo sostenerlo en nuestros labios. El prodigio de la humanidad no es hablar para comunicarse, sino reflexionar y sentir la vida para poder contenerla en nuestros corazones.

Las palabras son el mejor espejo de la humanidad. Cada época tiene las suyas. Un historiador moderno que pretenda triunfar en su entorno académico no puede explicar un proceso humano si no introduce un término del campo semántico de la economía. Convivimos día a día con cientos de términos que tratan de marcar el ritmo de nuestra existencia, y nos zambullimos en un océano de vocablos cuyo sentido y fundamento hemos asimilado en un falso ritmo de cotidianeidad. Sentimos que nuestro lenguaje es libre, a pesar  que algunas palabras están encadenadas al infortunio del desuso. Un lingüista explicaría que los idiomas evolucionan según las necesidades de sus hablantes, pero lo cierto es que desconocemos qué necesitamos realmente. ¿Podemos permitirnos asesinar el amor? ¿Es posible identificarnos con una actitud económica que trata de aniquilar el escaso pedazo de humanidad que sobrevive en nosotros? Hemos sacrificado las palabras para quedarnos con las cifras, y con ello hemos dejado de pensar para dejarnos arrastrar por la corriente del relativismo.

A la ciencia le falta filosofía para encontrar sus palabras. Buena parte de los investigadores son incapaces de dominar un estilo de escritura sencillo y eficaz que les permita expresarse con riqueza conceptual. No es falta de educación, es falta de reflexión. Incapaces de mirar el mundo por sí mismos, vacíos de sentimientos que promuevan el pensamiento, no encuentran palabras que describan su entorno porque no tienen nada que describir. De hecho, faltan adjetivos, no sustantivos. Sabemos diferenciar una escalera de un vaso, pero no explicar con humildad y certeza los fundamentos atómicos que provocan la diferencia entre ambos objetos. Nada está fuera del alcance de nuestro intelecto, pero concibiendo el mundo como un ente complejo e inabarcable nos sentimos protegidos ante la escasez de pensamiento. Todo es cuestión de matices, y en los matices está la verdad. Un beso, una caricia, una palabra en el momento preciso y se hace la vida. Un alma se ilumina con un suspiro de amor. La gravedad tan sólo necesita una insignificante partícula para juntarlo todo.

Sin embargo seguimos pensando que es mejor calcular que sentir, que es más seguro dejarnos marear por la infamia social que alcanzar nuestros sueños aunque la corriente empuje en contra. Si viviéramos la vida a través de nuestros sentimientos alcanzaríamos la energía vital necesaria para atravesar las barreras ideológicas en un efecto túnel de verdad. El opuesto al conocimiento no es el desconocimiento, sino la incertidumbre. Por eso las pelis de terror ocultan el rostro del mal. Precisamente por eso se quedan siempre los necios y escapan los corazones nobles. No es una fuga de cerebros, sino una puesta a salvo de la humanidad.

Platón y su caverna, Tomás Moro y Enrique VIII, guillotina contra verdad. Adoctrinamiento proletario contra humanismo. Materialismo darwinista contra kropotkinismo. La ayuda mutua del humanismo ruso contra la idea pseudocientífica de supervivencia. ¿Hechos probados? Tan solo palabras. Cada cultura escoge sus héroes, aunque a algunos les toca siempre habitar en el olvido. Revoluciones y contrarrevoluciones, pensamientos que separan personas y abrazos dialécticos que las aúnan. Palabras que se quedan para siempre en el horizonte de nuestra existencia.

Podemos cambiar el mundo con una palabra. Las palabras son pájaros que vuelan con el viento fraguando un mundo en cada espíritu. Alcémoslas bien alto hasta alcanzar el futuro que nos espera.

FRIVOLIDAD

Durante un tiempo, la cabecera de este blog estuvo custodiada por un baturro con fusil. Por supuesto, sólo se veía el ambiente difuminado, un trozo del viejo farol y al soldadito, con su traje típico mal apañado, vigilando uno de los improvisados bastiones que Palafox mandó construir durante la tregua de verano en 1808. Sin embargo, el recorte heroico esconde algo un poco menos propagandístico. Si tomamos el lienzo completo del cuadro Baturro de guardia durante los Sitios, del pintor zaragozano Marcelino de Unceta, observaremos esto:

Baturro_de_guardia_durante_los_Sitios_de_Zaragoza

Marcelino de Unceta era un pintor de historia, y los pintores de historia rara vez emplean el óleo para ilustrar la realidad. En 1902 pinta este cuadro bastante cercano al estilo de las vanguardias que se habían instalado y desarrollado con soltura en la ciudad de la luz. Unceta tiene el privilegio de rescatar el legado de Orange o de Louis-François Lejeune para rendir su particular tributo a los héroes y mártires de la Guerra de la Independencia, de cara a la celebración del primer centenario del comienzo de las hostilidades. Y busca un recodo de la historia que no haya sido narrado, pintado o desgastado por otros artistas. El impresionismo del detalle. Un soldado cansado y fatigado, sin ánimo de hostilidad, que protege el sueño de sus tres compañeros, sin uniforme, que por abandonar han abandonado hasta sus fusiles. Al fondo, entre la neblina, un cañón abandonado.

Labradores, que no han tocado un arma en su vida, fatigados, entre ruinas y sin disciplina militar (el fusil nunca es abandonado por un soldado, ni siquiera durante el sueño, y mucho menos en un frente de guerra). La visión más desgarradora desde las tropecientas agustinas pintadas y cantadas en todo el mundo. Pero las agustinas ni siquiera tienen rostro, porque casi ningún artista llegó a conocer el rostro de la gran heroína de Zaragoza. Son inventadas. Como el combate glorioso de Lejeune en el patio de Santa Engracia o la propia pintura de Unceta. Son testigos de una ciudad y unos combates inventados, anclados en la idea compartida de heroísmo y en la entrega absoluta de los defensores a la acción bélica. La Zaragoza de Unceta, como la de tantos otros, no es la Zaragoza de los Sitios, ni siquiera una reconstrucción deforme de aquella Zaragoza, sino otra distinta, una que cure las heridas de la derrota, la invasión y la destrucción que la desgarró. Así nació un mito que se exprimiría y se retorcería hasta las batallitas recreadas como conmemoración del II Centenario hace unos días.

Los pueblos buscan sus héroes, como las personas, y si no los encuentran deformarán el heroísmo hasta convertir cualquier exabrupto en un alarde de valentía y ejemplo a seguir. Ahora mismo, que andamos un poco flojos de reflexión, cualquiera puede convertirse en uno. Antes, con algunos méritos y un poco de caos, también. La propaganda no es un invento de la guerra moderna, cada nación ha inventado la suya a partir del boca a boca. Y aquí es donde subyace la dimensión heroica: destrozados por el horror de la guerra, con el miedo y el dolor aún impresos en las entrañas, tanto unos como otros necesitan creer que han hecho todo lo posible. Aún más: que han hecho más que todo lo posible. Y que los que dejaron su vida en el frente fueron mucho más que seres humanos.

León Tolstói habló de los héroes de Sebastopol antes de que Sebastopol se convirtiera en la Zaragoza rusa. Luego, el estalinismo sustituyó la gesta de aquellos hombres por los patrióticos relatos de resistencia y sitio que soportaron los camaradas en Stalingrado y Leningrado, por contener menos alarde burgués y mayor carácter propagandístico para la ideología. Pero en la época en que escribió Tolstói, o sea, mitad del siglo XIX, las gestas de Sebastopol eran lo más. Llegaron a todos los círculos intelectuales, incluidos los beligerantes París y Estambul, donde nadie discutió el heroísmo y el sacrificio de los marineros rusos. Tolstói, sin embargo, que estaba de balnearios por la zona, escribió probablemente el testimonio más fiel que se haya legado jamás a la historia de un acontecimiento histórico con tanta repercusión y significado para la Europa decimonónica. Comienza diciendo que los héroes no existen, y que si existen son tan puntuales y tan humanos que no tiene sentido recompensarlos por encima de cualquier otra persona del mundo. Y pone ejemplos. Dice: ¿es acaso más héroe el soldado que aprovecha cualquier momento para adherirse a una timba que el aprendiz que se entrega a la limpieza del cañón o que el médico que llena sus manos de sangre al intentar extirpar los balazos de los innumerables heridos que llegan desde las trincheras? Es evidente que no, que Sebastopol y su defensa no fueron heroicas, y que si debe haber un heroísmo es el espíritu de resistencia ante tal infierno. Porque desde el principio de la contienda, los treinta mil marineros rusos sabían perfectamente que no resistirían el asedio del casi medio millón de soldados bien pertrechados y con muchos más cañones y suministro que ellos. Y aceptaron resistir. Pero salvo ese espíritu, compartido por casi todos, no hay héroes, sino miembros de una misma heroicidad. Por eso Tolstói nos pasea por la ciudad y nos advierte: se dirán muchas cosas de Sebastopol, probablemente Sebastopol se convierta en el mito bélico más trascendental de la historia moderna, pero nada de lo que se diga en esos relatos, aunque gratifique el honor de los pueblos, será completamente cierto, porque lo cierto es el barro, la sangre, la pobreza, la muerte, los lamentos, el terror, la duda, la cobardía de los resistentes, la huida desesperada, la valentía, la entrega, las apuestas, los lios de faldas y los bailes en las plazas. Y ni un solo pensamiento en la guerra. El único héroe para Tolstói es la verdad. La verdad es que nadie piensa en la guerra cuando estás en la guerra, porque es tan liviana e insignificante frente a los detalles maravillosos de la vida que a quién le importa que retumbe ese cañón mientras se siga bailando en la plaza de las flores con las hijas de los marineros.

León Tosltói, al menos, ha legado una visión acertada de la vida. Como lectura, ha sido relegada acusada de frivolidad. La misma que aplica Galdós a la hora de narrar la guerra de Zaragoza. Mientras que Tolstói nos presenta la naturalidad de los bailes y el trasiego de apuestas, deudas y pactos de honor entre los combatientes, absolutamente despreocupados del horror que se está viviendo unos metros más allá de donde juegan a las cartas, Galdós describe una Zaragoza entregada que únicamente piensa en destripar gabachos. Si en Sebastopol no se recogen los muertos de las calles es porque la miseria es tan palpable que no hay fuerzas para ello. Si en Zaragoza los moribundos son atendidos improvisadamente es pensando en cuántos franceses podrán ser destripados tras la recuperación del enfermo. Cuando Gabrielito se enamora de una chiquilla y se ven a escondidas en la plaza de San Felipe, es porque en el fondo no es consciente de la gravedad de los hechos que están sucediendo en la ciudad. Y Galdós se lo recrimina a su personaje en cada conversación o confesión: frívolo, que eres un frívolo. Con la que está cayendo, con cientos de muertos y heridos tirados por el Coso y decenas de mujeres blandiendo sus tijeritas de costura para cargar contra los dragones y tú, un jovenzano en edad de combatir, enamorándote de la hija de un ricohombre. Porque tiene que ser ricohombre, para no compartir la penuria de no destripar franceses y que la frivolidad sea aún mayor. Y Gabrielito, angustiado por su frivolidad y su falta de deseo de destripar gabachos se pasea por el Coso y por la plaza de San Miguel y recobra el espíritu belicista para entregarse a lo verdaderamente importante: destripar franchutes. Lo salva la campana, que anuncia la rendición de la ciudad, pero si no, ahí hubiéramos visto a Gabrielito, postulándose para héroe nacional, destripando casacas azules y disparando cañones de noventa libras como un buen patriota, impasible ante las caricias de la chica de San Felipe.

Todo lo contrario a Tolstói, que nos habla de hombres cobardes, jóvenes que se han escapado de su puesto de guardia para rondar a las mozas de la plaza de los bailes y de brillantes militares que han aceptado luchar en Sebastopol en busca de un rápido ascenso social. También los muertos son diferentes. Los muertos en la guerra son cifras. No tienen nombre ni apellidos, ni siquiera una imagen que poder recordar de ellos. En el caldo de los muertos cabe cualquier cosa muerta, y no se notará en el relato. Galdós juega con ello y habla de los muertos. En Sebastopol no hay muertos, hay muertos. La hija del marinero rondada por el asistente del oficial, que llora en la ventana la muerte de su padre. El hermano que ha sido masacrado en la cuarta y que es nombrado en la enfermería, mientras el médico sierra una pierna justo al lado. La Zaragoza real debió parecerse mucho al Sebastopol encharcado de sangre, mugre y lodo que nos narra Tolstói y no a la pulcra ciudad patriotísima que nos han tratado de hacernos creer que era.

Sin embargo, el heroísmo no se diluye con la miseria, la cobardía y las dudas, sino que reside en la actitud humana sobre quienes se aplica. Quien es capaz de capear una guardia para pasar la noche con la mujer amada y a la vez sacrificarse por su compañero en el bastión es un héroe. El médico que llora ante la impotencia de ver a los heridos morir en sus manos es un héroe. Luchar inconscientes de la realidad de la vida es renunciar a ella y rendirse ante la adversidad. Seguir amando y siendo uno mismo es luchar por la vida para no ser jamás vencido. Ni Tolstói ni Galdós vivieron los respectivos sitios, pero mientras que uno recopiló los cantares de gesta dedicados a Zaragoza, el otro visitó la ciudad antes de la ruina e interrogó, después, a los soldados que habían sido evacuados de la ciudad.

Me gustaría pensar que hoy más que nunca hacemos alarde de toda la frivolidad del mundo. Adoro ser frívolo y ser absolutamente incapaz de escribir algo que no sea inútil a los ojos del mundo. Quiero ser inútil, y vivir en la inutilidad de un beso al atardecer, de una caricia en un paseo inesperado o de una mirada escondida detrás de cada instante. No sé vivir de otra forma que no sea siendo inútil y rodeándome con la inutilidad de cada uno de mis actos. Que sirvan para mí, y para el mundo, y para nada más que para servir a las cosas.

Quiero que me llamen frívolo para poder vivir los sueños y construirlos en la frivolidad. Guárdense sus periódicos y las secciones de economía, escondan las noticias en mi presencia y no nombren las cosas insignificantes del mundo. Soy un insensible, como Tolstói, y soy incapaz de concienciarme de la importancia de Wall Street y los bonos basura que tanto temen los gobiernos europeos.

Quédense en sus palacios, hablando de la guerra, ustedes que pueden. Yo prefiero el barro de la trinchera. Quedarme con las cigüeñas que comienzan su tránsito y abandonan sus nidos en lo alto de los campanarios. Reflejarme en el agua del río a cada amanecer. Y bailar en la plaza entre flores e impecables uniformes para vestir el alma. Seguiré llevando un tulipán mientras los cañones, mis cañones, retumban con cada pensamiento en la mañana.

SUEÑOS

¿En qué momento hemos tirado la toalla ante la sensación de incertidumbre y el miedo a no avanzar en la dirección correcta? La filosofía nos enseña que, aunque nos confundamos de sendero y nos perdamos en la oscuridad de nuestros corazones, siempre podemos volver a comenzar de nuevo y emprender la búsqueda del camino, porque nosotros somos la brújula que nos llevará hasta la verdad.

Soñar es recuperar la vida y levantar la vista para construirla.

Es un fragmento de mi nueva colaboración en Andalán, El espíritu del sueño , que ha salido hace poco. Pueden leerla pinchando sobre el título.

SÍMILES DE GUERRA

¿Dónde, pues, veremos en este relato el mal que es necesario evitar y el bien hacia que debemos tender? ¿Dónde está el traidor? ¿Dónde el héroe? Todos son buenos y todos son malos. No serán Kaluguin con su valor brillante, su arrojo caballeresco y su vanidad, principal motor de todas sus acciones…ni Praskimin, nulo e inofensivo a pesar de haber caído en el campo de batalla por la fe, el trono y la patria…ni Mikhailov, tan tímido; ni Pesth, aquella criatura sin convicciones y sin sentido moral, quienes puedan pasar por desleales o héroes.

No, el héroe de mis relatos, aquel a quien amo con todas las fuerzas de mi espíritu, el que he tratado de reproducir con toda su hermosura, el que ha sido, es y será siempre bello, ¡es la verdad!

[Sebastopol en mayo, en Relatos de Sebastopol, León Tolstói, 1855]

En mayo de 1855, Sebastopol había soportado más de ocho meses de sitio. Se encontraban rodeados en todas direcciones, tanto por el norte como por el sur y el este, y los rusos apenas podían mantener una especie de corredor que les conectaba con el continente. La otra vía de escape, el océano, había sido cortada: los buques de guerra y los mercantes que se encontraban en los alrededores habían sido hundidos al comienzo de las hostilidades con el fin de bloquear la bahía y evitar el bombardeo de la flota aliada sobre la ciudad. Rusia tenía el convencimiento de que, manteniendo a toda costa las posiciones en Sebastopol y forzando combates en los cuarteles generales aliados en la península de Crimea, donde se encontraban, conseguirían forzar una retirada hacia la costa que inclinara la guerra a su favor. Pero no fue así. Las batallas de Alma, Balaclava e Inkerman diezmaron la célebre caballería cosaca y gran parte de las tropas de tierra rusas, obligándoles a comenzar una desesperada táctica defensiva en Sebastopol. Los aliados, aprovechando las derrotas en el continente y el bloqueo naval ruso se dedicaron a desembarcar un contingente que rondaba el medio millón de soldados con la misión de atrincherarlo frente a las defensas de la ciudad, custodiadas por apenas treinta mil marineros ante la imposibilidad de recibir más tropas desde Moscú.

Treinta mil contra medio millón, sin contar las huestes otomanas. Y luego pensamos que Zaragoza es la única que no se rinde.

Ríete del francés. Ríete de Napoleón I y su estúpida guerra de España. Ríete de la gallardía de Palafox y el heroísmo de Agustina de Aragón.

Ríete de las historias de héroes y traidores, y las leyendas de abanderados disparando su cañón bajo el fuego enemigo. Porque como le ocurrió a Tolstói con su apreciada Sebastopol, lo único que observo en un acto como este es destrucción y miseria.

Nosotros también hemos convertido los Sitios en una leyenda. La literatura manda, y ha escrito su versión de los hechos. Campesinos desarrapados, sin un calzado digno con el que caminar, comportándose como caballerosos y siempre leales soldados junto a militares de toda condición y casta entregados a una lucha sangrienta e inclinada a priori hacia la victoria francesa. En la Ilíada también sucede lo mismo. Ningún soldado, griego o troyano, se comporta indecorosamente, o duda de la orden de su superior, o reza en público ante la inminente carga de caballería. Todos son valientes y luchan con la dignidad del héroe. Hasta Patroclo, que es un militar de camarín, se viste con la armadura de Aquiles para enfrentarse al gran Héctor sin pensar en las consecuencias de tal acto. Campesinos, mujeres y hombres que nunca han tocado un arma o que han tocado demasiadas, entregados con igual destreza e ímpetu a una guerra con un final muy negro.

Como a Tolstói, también me huele a chamusquina.

Pero Tolstói sí vivió parte del sitio de Sebastopol, sí le toco escribir atrincherado y, aunque es cierto que no disparó ni una sola vez contra el enemigo durante ese tiempo sí paseó por la ciudad, vio el improvisado hospital de los heridos, los médicos amputando piernas y brazos, mujeres en los bailes de las plazas, militares de vestimenta impecable cortejarlas y decenas de muertos arrinconados junto a las barricadas y los edificios. Vivió el horror de la guerra y la vida de una ciudad completamente asediada, los temores de sus habitantes y la gallardía de sus guardianes. Y observó que las historias de héroes y villanos no existen, y que lo único heroico que puede haber en un horror semejante es la entrega y la justicia.

En 2008 se cumplieron doscientos años del comienzo de las hostilidades con el Imperio Francés. Como le sucedió a los rusos, antes de que comenzaran las cargas de caballería en plena plaza de San Miguel caímos derrotados en varias batallas que, de haberlas ganado, hubieran cambiado el curso de la contienda. Palafox, que había recibido su cargo por la fuerza (una masa enfurecida, liderada por héroes como el Tío Jorge, asaltó su casa y le dijo: o aceptas o ya puedes darte por muerto. Y el hombre, de entre todas las opciones posibles, escogió voluntariamente y sin extorsión ninguna comandar los ejércitos del instaurado de nuevo Reino de Aragón). Las dos más importantes y que obligaron a replantearse la guerra fueron las de Pamplona y la de Mallén. Esta última hizo más daño al pundonor local que al proceso de la guerra en sí mismo, y los voluntarios, sintiéndose incapaces de continuar la lucha según la tradición miliar de la época, decidieron atrincherarse tras la frágil muralla de la ciudad y defenderla a toda costa.

Según una de las guías de la exposición de pinturas que visité como motivo del aniversario, Palafox era un cobarde que escapaba de la ciudad con la excusa de buscar refuerzos cada vez que los franceses lanzaban una ofensiva. También, que Agustina de Aragón los tenía más bien puestos que todos los españoles, franceses, rusos, austriacos y chilenos juntos. Y que la gallardía del pueblo zaragozano era homogénea y profesada como una fe verdadera, como muestra una célebre pintura de Orange.

Pero, ¿cómo juzgar a Palafox de héroe o traidor si tan solo era un oficial del ejército que combatía por Dios, la patria, el rey Fernando y, por supuesto, por los exquisitos argumentos de Tío Jorge y compañía? ¿Cómo hablar de Agustina de Aragón si el hecho más loable fue disparar un cañón en un puesto de artillería que había quedado desprotegido? ¿Y cómo condenar en el desprecio más absoluto al desconocido soldado francés que peleó casa por casa y habitación por habitación durante la toma del Arrabal? ¿Acaso la valentía aragonesa es mayor valentía que la francesa?

No me creo ni que todos los franceses fueran tan crueles como se dice ni que todos los defensores tan castos, serviciales y entregados como cantan las gestas. La Zaragoza de los Sitios debía parecerse mucho en circunstancias, época y desarrollo bélico a la Sebastopol de 1855, con la única diferencia de que Zaragoza no es Sebastopol, ni es tan onírica, ni tan agraciada, ni está situada en un enclave tan estratégico como para que medio occidente decida sacrificar a sus hijos por atravesar sus murallas.

A Zaragoza le hace falta un buen Manhattan Transfer y un buen Sebastopol enmarcado en los Sitios. Relatos realistas que hablen de las miserias y las virtudes de una ciudad maravillosa y aborrecible. El único que se atrevió a realizar algo parecido fue el bueno de Benito Pérez Galdós, y aun así pecó de patriota y poco realista a pesar del género al que pertenece su literatura. En Zaragoza, Gabrielito nos habla de baturros lanzándose impetuosos a la batalla en el reducto de Santa Engracia, o de mujeres y niños, tijera en mano, combatir descubiertas contra la caballería polaca; de campesinos y soldados sin comida, temblorosos por el tifus y el cólera, baterías sin munición que disparan toda suerte de objetos punzantes, edificios calcinados, voladuras casi diarias a modo de hostigamiento por parte de los zapadores franceses, y cientos de muertos acumulados en las calles. Pero fracasa en algo. La miseria, a pesar de los esfuerzos del autor en incluir una historia de amor imposible en ese marco, queda relegada a un papel de enaltecimiento del heroísmo zaragozano. A más miseria, más muertos en cada trinchera, más hambre, más enfermedad y más sangre derramada más gloriosa es la victoria o la derrota. Galdós se equivoca. No hay victoria o derrota gloriosa. Tan solo tifus, cólera, muerte, hambre y destrucción. Como en Sebastopol, los zaragozanos dormían cada noche y se acostumbraron a las explosiones y a los gritos al alba. Seguramente, los zaragozanos bailaban, se besaban, sufrían, temían y recogían florecillas a las puertas de la ciudad tras cada batalla como el chiquillo que lo hace cada día desde el comienzo de la tregua de Sebastopol. Seguían una vida normal, dentro de la normalidad que puede mantenerse cuando las bombas caen a tu alrededor. Nadie puede entregarse por completo a la tensión de la guerra y a la incertidumbre de la trinchera. Todas las historias que hablan de valientes consagrados son las historias de quienes quieren creen en esa consagración, aunque destrocen la humanidad de los personajes y su visión quede deforme para siempre. Me gustaría imaginar a una Agustina de Aragón capaz de amar, de llorar o de tener miedo además de disparar un cañón cargado hasta la espoleta de metralla. Pero parece ser que amar, llorar o tener miedo no es digno de los anales de la historia. Cuánto nos hemos equivocado.

Y cuánto nos seguimos equivocando. Ahora mismo hay una nueva Sebastopol o una vieja Zaragoza que también es mártir de relatos inverosímiles y ostentosos cantares de gesta. Gaza es considerada una ciudad sitiada por Israel, y a sus habitantes, por ende falaz, héroes de casta entregados al odio y a la resistencia. Pero, sin embargo, Gaza no se desangra, ni las mujeres se ocultan en los sótanos. En Gaza los niños siguen jugando al fútbol y en las plazas los mercaderes siguen instalando sus zocos. Las bombas caen a su alrededor, pero siguen haciendo la vida de siempre, o lo más parecido a la vida de siempre. Y seguro que se han acostumbrado a las explosiones, y a la presencia de blindados israelíes y a personajes variopintos con una ametralladora entre las manos.

Desde Troya hasta Gaza, nos hemos imaginado todas esas ciudades sitiadas y destrozadas. La Zaragoza de los Sitios también es una Zaragoza falsa que solo existe en nuestra cabeza, de la misma manera que nuestra concepción de victoria se manifiesta en función de nuestra concepción de derrota y viceversa. Y entre toda la miseria, los hombres y mujeres entregados a la batalla, los bailes de primavera, los afables cortejos y las operaciones de urgencia en improvisados hospitales, solo existe un héroe, y ese héroe es tan tangible y etéreo como un soplo de aire tibio en una tarde de otoño. El único héroe que conozco y al que merece la pena conocer es la verdad, y solo en la verdad podemos hallar la valentía necesaria para acabar con la ignominia de la guerra de una vez por todas.

 

MI INSTITUTO

Estudié en un instituto de barrio, con árboles en su jardín, verdes vallas por frotera y un fresco olor a azahar. Estudié en uno de esos centros que los ineptos y los imbéciles se atreven a mirar por encima del hombro. En uno de esos lugares fruto de la democracia proletaria que Robespierre nunca hubiera aceptado. Concebido para una educación minimal vendida como libertad universal.

En mi instituto nunca se han aceptado los métodos y las restricciones. Jamás. El ruido de fondo de los pasillos refleja el empeño de sus profesores. Las voces mezcladas mutilan la educación precaria de esta España moribunda y herida de muerte. En mi instituto se hablaba de cultura. Comentábamos a Unamuno y debatíamos acerca de su pensamiento. Disfrutábamos con los hermanos Machado, escarbábamos en la vida del melancólico pero vital García Lorca y tratábamos de encajar la trascendencia del esperpento en la literatura contemporánea.

Recibíamos clases de lingüística de Fernando Lázaro Carreter a través de uno de sus discípulos, sin duda el más fervoroso y discreto de todos los que pudiera tener. Un hombre que tenía las cosas claras en un tiempo de oscurantismo como el nuestro. Miguel nos enseñó el poso oculto de las lenguas clásicas en el español moderno y a elaborar argumentados comentarios de texto. El teatro clásico y la poesía eran dos de sus obsesiones. Aristóteles y sus normas teatrales, el significado simple y profundo de la obra de Miguel Hernández en la España eterna de mediocridad y negligencia. Un intelectual enviado a un frente de batalla sin más armas que su sabiduría y su fortaleza.

Acaba de jubilarse este año. Se ha retirado como lo hacen los luchadores que han dedicado su vida a la guerra: con esperanza de que un día termine. Detrás ha dejado un instituto culto y ejemplar, digno de sus coloquios de literatura con escritores como Fernando Lalana, Luis del Val o Arturo Pérez-Reverte y de un prototipo de revista cultural que, curiosa brutalidad, justo ahora comienza a ser más culta que nunca.

No es casualidad esto último. En los últimos años mi instituto se ha convertido en una residencia de intelectuales dispuestos a desafiar cualquier adversidad que se presente. Maria José ha recorrido el corazón de España durante su intensa vida docente intentando transmitir el sentimiento profundo de la literatura hispana. Su vocación era capaz de desbordar los márgenes del aula para inundar otros ámbitos, como el coloquio literario. Tertulias de cafetín para aquellos alumnos que querían profundizar más allá de lo aparente. Su paso por La Almunia de Doña Godina también fue significativo. Un pueblo de imagen rural que esconde, gracias al tesón del gran José María Pemán, una actividad cinematográfica envidiable y significativa. Su tesis doctoral sobre la obra de Antonio Muñoz Molina la convierte en un referente acerca del libro más pesado (si se me permite el exabrupto) que he leído hasta el momento: Beatus ille. No es su frase larga ni su ritmo lento aquello que lo convierte en una obra densa, sino la expresión de la acción, carente de detalles en situaciones donde son necesarios y abarrotada de ellos en momentos en los que no hacen falta.

De alguna manera se está cometiendo un grave error en cuanto a la visión que se transmite de la literatura, así como le ocurre a la enseñanza de filosofía. Vargas Llosa, un escritor capaz de realizar una obra sultil y directa como Los Cachorros y de retratar la extraviada sociedad moderna en La ciudad y lo perros, está dilapidando su literatura en sus últimas publicaciones, El sueño del celta y el lamentable ensayo La civilización del espectáculo, con defensores y retractores, como suele ocurrir en estos casos, abriendo debate en prensa y en revistas culturales internacionales (lo último, la defensa del libro que se publicó contra Jorge Volpi en El País). Es inconcebible hablar de la muerte de algo que es consecuencia directa de nuestra realidad humana, como es la cultura. Podrá reducirse o limitarse a un grupo, restringirse u ocultarse a la mirada del mundo, pero mientras exista un solo ser humano seguirá habiendo cultura. El libro de Vargas Llosa es, de alguna manera, un fiel reflejo de la sensación de abandono a las que se tiene sometida tanto a la filosofía como a la cultura en general. El error vuelve a estar en la endogamia. En la maldita endogamia. La filosofía no es para los filósofos (como narra Buñuel en sus memorias Mi último suspiro que le espetó un filósofo contemporáneo), la filosofía lo es todo. Se ha relegado el pensamiento a un papel de circo para la gloria de los académicos, limitada a su fundamentalismo en premisas y concepciones previamente aceptadas y construída a partir de ellas. ¿Dónde ha quedado esa búsqueda de la Verdad que tan bien retrataron los griegos con la expresión amor (philos)? ¿Dónde ha quedado ese conocimiento natural e inexpugnable capaz de alcanzar el conocimiento de cualquier cosa y que nace de nuestra propia existencia humana? No ha muerto, solo ha quedado relegado a unos pocos supervivientes, guerreros de la auténtica filosofía al margen de la imbecilidad social. Tampoco lo ha hecho la cultura, limitada a otro circo, al lucro. Ni la verdadera filosofía ni la genuina cultura se fundamentan el en discurso endogámico, ya que su realidad es contraria a ello. Y ahí está el problema. La enseñanza de la literatura, del cine, de la música o de la filosofía se fundamenta en las viejas glorias, asumiento descaradamente que somos incapaces de conocer por nosotros mismos y de sentir la realidad, como de alguna forma percibió tímidamente María Zambrano y que queda reflejado en el final de Horizonte del liberalismo. Hay que romper esos grilletes aniquiladores que imponen la visión arcaica de la cultura y la filosofía. Ojalá se combinara la literatura histórica con la actual para reflejar a la juventud que no ha muerto, que está ahí y que seguirá existiendo hasta la eternidad. Ojalá pudiera combinarse la España de pandereta de Antonio Machado con la España eternamente moribunda reflejada en De tu ventana a la mía por la maravillosa Paula Ortiz antes de que vengan los analistas e intenten interpretar el film. Por mi parte, me presto voluntario para abrir coloquio o debate sobre este y otros temas, en mi instituto o en cualquier otra parte.

Es cierto que en mi instituto esa ausencia de naturalidad y realidad en la cultura transmitida por la metodología educativa de hoy en día ha estado equilibrada con una actividad cultural trascendental. Emilio Pedro Gómez, poeta incombustible, también se ha jubilado este año. Recuerdo nuestras conversaciones por los pasillos, cuando insistía en que cualquiera que sienta la poesía puede ser poeta. Vinculó como pocos se han atrevido a hacer sus dos pasiones: poesía y matemáticas. En ocasiones inauguraba sus clases de teoremas y corolarios con breves piezas simbólicas de gran belleza y sentimiento, e incluso llevaba algunos de sus libros y de los poemas que había escrito la noche anterior, aún en sucio, para leérnoslos y debatir su sentido. Grande como poeta y enorme como persona, gracias a él quienes pasaron por mi instituto tuvieron la posibilidad de hablar con un poeta vivo sin tener que suspirar por los que ya han muerto y debatir su poesía y el sentido de la misma.

Jesús, escritor de relatos juveniles y de historias descarnadas, acaba de llevar al cine una de ellas, un mediometraje absolutamente concebido en mi instituto, que ha erigido su propia productora, de la mano de Juanjo, uno de los jefes de estudio, y Fernando, un profesor de inglés muy peculiar. Su proyecto ha conseguido demostrar que el buen cine se hace con determinación y tesón, y no a base de talonario, como cree la gente. Han podido dar una lección fuera de la concepción educativa de la política actual: el cine no se concibe en la pantalla, sino detrás de ella. Alumnos y profesores pudieron comprobar la dificultad que supone expresarse con naturalidad bajo la atenta mirada del público y la potente iluminación de los focos. Fue una de la últimas secuencias que se grabaron antes de iniciar el trabajo informático. Una reunión de profesores donde transcurre una escena vital para la trama. Espero hablar pronto acerca de esta película.

Uno de los profesores que acudieron como personajes secundarios a la grabación de la secuencia fue David Mario, ex alumno de María José en otros tiempos y experto en teatro contemporáneo. También pasó por La Almunia de Doña Godina antes de llegar a mi instituto. Su breve paso por el centro supuso una agitación cultural renovadora. Recuerdo su confidencialidad cuando nos contaba asuntos personales, su disposición a apoyarnos en cuestiones literarias ajenas al programa educativo y su decisión a la hora de involucrarse en los proyectos que iban surgiendo. Inolvidable fue su viaje a Madrid, guiándonos por el Barrio de las Letras y por el Museo del Prado. Inolvidable fue también su proyecto de crear un club de lectura y acercar la biblioteca al alumnado, que hoy es un elemento más de las actividades culturales del centro.

No puedo terminar este texto en negrita sin nombrar a otra gran profesora de mi instituto, al que ha dedicado más de veinte años de su vida. Isabel estudió filosofía en Madrid y después de recorrer brevemente el centro de España regresó definitivamente a Aragón. Sus clases de filosofía y ética eran capaces de esquivar la morralla de la que suelen estar rodeada estos temas. Isabel es una persona ejemplar, abierta al debate y transigente en las discusiones. Ojalá no pierda la fe en la filosofía.

Pido disculpas a todos aquellos a los que no dedico un párrafo o una mención pese a merecerlo. No me he olvidado de vosotros, Rosa, Julio, Elva, Maite, Santiago, Beatriz, Magdalena, David Gimeno, Elena y José Antonio, entre otros muchos.

Ahora mi instituto está pasando tiempos difíciles. La educación pública está siendo vapuleada más aún y existe el riesgo de que a corto plazo algunos de los profesores que lo sustentan acaben siendo reorganizados o despedidos. Mi instituto, que fue construido desde la dedicación de los docentes, puede llegar a perder su revista e incluso las reuniones del club de lectura. Ya ha perdido, como consecuencia de la ignominia política, los coloquios literarios en los que participaba. Pero mi instituto es algo más que un centro orientado ignorantemente a la lumpenproletariedad. Es un enclave cultural defendido por personas que aman la cultura. Y eso no lo detiene ni toda la maldad y mezquindad del mundo.

ALEMANES, POR PARTIDA DOBLE

Esta semana se inauguran dos exposiciones de gran relevancia, dos justos homenajes a una parte de nuestra historia zaragozana que ha sido olvidada por las circunstancias que la rodearon y que ha pasado desapercibida hasta ahora.

La primera de ellas es Art-Studio Gustavo Freudenthal. Zaragoza, 1906-1930,que será la primera exposición en honor al fotógrafo y cónsul alemán en Zaragoza Gustav Freudenthal y que se inagura mañana martes 8 de mayo a las 20 h. en el Paraninfo (Plaza Basilio Paraíso). Nacido en Hannover en 1869, trabajó en el Estudio Fotográfico Napoleón de Barcelona y en el gabinete madrileño de Christian Francen antes de conseguir el título de proveedor de la Casa Real y abrir un primer estudio en el Coso 31 en 1905. Sus fotografías fueron un retrato ineludible de la realidad zaragozana de las primeras décadas del siglo XX, trabajando el retrato profesional hasta el artístico, pasando por la labor periodística, siendo uno de los primeros fotorreporteros aragoneses. Uno de sus más célebres retratos es el que realizó a Albert Einstein en 1929 cuando impartió dos conferencias sobre la teoría de la relatividad y la estructura del espacio en la Facultad de Medicina de la Universidad de Zaragoza. Cuenta la leyenda que a comienzos de los años treinta fotografió a una bella y joven dama que resultó ser la amante de un político local cayendo en desgracia, lo que le obligó a exiliarse a San Sebastián. Sea como fuere, en 1932 cesa como cónsul y se ve obligado a abandonar Zaragoza por un tiempo, siendo sustituido por Schmitz, enviado desde la Alemania nazi.

¿Qué hacía un nazi en una ciudad de provincias como Zaragoza, además de ostentar el título de cónsul? A esta cuestión responde la exposición La pequeña Alemania de Zaragoza. La aventura de los germanos que llegaron de Camerún (1916-1956), que rinde un trascendental homenaje a la colonia alemana que se afincó en Zaragoza tras la invasión de Camerún por parte de las tropas aliadas en la Gran Guerra. Trescientos germanos llegados del corazón de África que dieron un giro trascendental y cosmopolita a la Zaragoza antañona de comienzos de siglo, popularizando enclaves como la Sala Oasis o Los Espumosos, la actividad universitaria o deportes como el fútbol (el Camerún FC fue el precedente del que, años más tarde, sería el Real Zaragoza), además de modernizar la industria (El Tinte de los Alemanes fue la primera cadena de tiendas dedicada al lavado y secado de prendas en la ciudad) y abrir a la Europa lejana y distante a una burguesía encerrada y fundamentada en las costumbres de sus ancestros mediante su kindergarten y el posterior Colegio Alemán de Zaragoza, donde los niños tenían acceso sin restricciones a la cultura europea. La exposición es un repertorio de fotografías, objetos y otros artículos que son testimonio de la historia de una ciudad a través de la apacible vida de estos germanos y sus familias hasta el desmoronamiento de la colonia tras el particular horror que les tocó vivir durante los años de auge del nacionalsocialismo alemán. La exposición es fruto del trabajo de investigación realizado por Sergio del Molino y que se materializó en un libro, Soldados en el jardín de la paz, y en este blog, en el artículo Soldados en el friedhof. La inauguración tendrá lugar el jueves 10 de mayo a las 19 h. en el Centro de Historias de Zaragoza.

 

NOTA: pueden encontrar más información en el blog de Antón Castro y en el de Sergio del Molino pinchando en los enlaces correspondientes de la barra lateral de este blog.

SÍRVASE USTED MISMO

Al comienzo de Horizonte del Liberalismo aparece:

He creido impropio aducir citas en el curso de estas páginas, por no ser ellas un trabajo de investigación, para el que haya sido precisa una preparación especial.

Cuando se publicó el libro, al comienzo de la década de los años treinta, María Zambrano rondaba los veintiséis años y acababa de estrenarse como escritora en el complicado ámbito del ensayo. El ambiente que la rodeaba no era precisamente amical, dominado por una cultura fraccionada en vanguardias y una filosofía decadente a medio timón entre el nihilismo alemán y el bakunista regida con solemnidad académica desde las grandes urbes centroeuropeas. Por eso sorprende bastante encontrarse como prólogo una nota con la sinceridad y la pureza suficientes como para convertir lo que pretende ser un cuaderno de notas en todo un ejemplo de cómo debe escribirse un ensayo por encima de los decretos con que los académicos han conseguido pastorear y limitar la profundidad y frescura de este género.

Descubriré mis cartas: no suelo leer demasiado ensayo, y mucho menos, si es filosófico. No hay nada peor para alguien que tiende a conocer por sí mismo que tener que discrepar con cada párrafo de un libro. Sin embargo, y a pesar de mi hostilidad ante este tipo de lecturas, suelo agenciarme textos de todo tipo de temas y autores que voy leyendo en pequeñas dosis, dejándome llevar por el diálogo entre escritor y lector que fundamenta la existencia de la literatura. En el caso de Horizonte del Liberalismo me llegó como regalo, ya que el ejemplar había sido liberado por una biblioteca y acabó recayendo en mis manos. Lo primero que hice, como hago casi siempre, fue leer su final. Dice así:

Y es que cuando el mundo está en crisis y el horizonte que la inteligencia otea aparece ennegrecido de inminentes peligros; cuando la razón estéril se retira, reseca de luchar sin resultado, y la sensibilidad quebrada solo recoge el fragmento, el detalle, nos queda solo una vía de esperanza: el sentimiento, el amor, que, repitiendo el milagro, vuelva a crear el mundo.

Se refiere a un futuro capaz de ser vislumbrado en la época en la que lo escribe: en una sociedad asustada por el miedo a la guerra y fundamentada en la venganza donde el pensamiento está cada día más fragmentado, degradado y aniquilado, es necesario retornar cuanto antes a la realidad, a lo que somos, y reparar todo el daño ocasionado, exactamente lo que necesitamos en nuestros días con vital urgencia.

Sin embargo, lo que más me llamó la atención es el párrafo que corona el prólogo. ¿Seríamos hoy capaces de rebelarnos contra el dogma académico y dedicarnos a escribir de verdad? Existe una obsesión irritante por relacionar cada texto, párrafo o línea con otra ya existente, como si todo tuviera que ser una copia de algo previo, como si nadie más pudiera pensar por sí mismo o escribir genuinamente en un estilo similar al que alguien del pasado utilizaba. La teoría de las Ideas reventada en las universidades occidentales.

Es cierto que cuando se escribe el autor suele fundamentarse en el estilo y los métodos de sus antecesores que más se corresponden con lo que pretende trasmitir y con su estilo personal, único e irrepetible. Pero una cosa es utilizar los diferentes estilos como acicate para reforzar el tuyo propio y otra emplearlos a discrección, copiando directamente la técnica de otra persona sin pudor alguno. No es lo mismo tomar referencias que copiar, y por eso mientras en el primero se translucen rasgos emparentados con otros ya conocidos, en el segundo caso el esquema de lo nuevo y lo viejo es exactamente el mismo, como si fueran copias anacrónicas de un mismo texto. Esta diferencia ha sido llevada al extremo, castigando de forma desproporcionada al género del ensayo a causa de su estilo elocuente y, teóricamente, sincero.

No creo que a Montaigne le gustara lo que se está haciendo con el método que con esfuerzo levantó en el ambiente filosófico. Tengo la colección de sus Essays (en français, of course) y si algo creo haber notado que se transparentaba de ellos no es precisamente un meapilismo pedante hacia el lector, ni siquiera un intercambio de palmoteos dorsales con los otros pensadores que pudieran llegar a leerlos, sino naturalidad escrita según los cánones de la época. Hoy en día, si un ensayista renunciara a añadir citas por no haber tomado referencias ni consultado ningún otro texto, obra y autor arderían probablemente en la hoguera. El ensayo no puede generalizarse ni limitarse al caso de una temática fundamentada en una investigación sobre obras o sucesos ya existentes porque no todo lo que es ensayo se centra en la investigación. El ensayo filosófico es, con diferencia, el mejor ejemplo posible. Salvo que nos refiramos a la vida y obra de un pensador (por lo que ya no será necesariamente filosófico, sino histórico y analítico), no tiene sentido justificar ante el censor académico el conocimiento propio del filósofo con el recogido por los pensadores del pasado, porque la realidad no es siquiera un estilo literario o un método cartesiano que aplicar y al cual referenciar, sino algo que no depende de nosotros para que exista y que puede ser conocido directamente sin necesidad de haber tenido contacto con ninguna otra obra. No debe de ser aceptarse jamás que el conocimiento de alguien quede reducido a simples notas de la filosofía anterior. El ensayo es un estilo puro, fresco y centrado en el contenido, y por tanto no tiene sentido reducirlo a una serie de expresiones míseras incapaces de transmitir algo por sí mismas.

María Zambrano se atrevió en su primer libro. Ojalá nos atrevamos nosotros también.

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