MI INSTITUTO

por David Lorenzo Cardiel

Estudié en un instituto de barrio, con árboles en su jardín, verdes vallas por frotera y un fresco olor a azahar. Estudié en uno de esos centros que los ineptos y los imbéciles se atreven a mirar por encima del hombro. En uno de esos lugares fruto de la democracia proletaria que Robespierre nunca hubiera aceptado. Concebido para una educación minimal vendida como libertad universal.

En mi instituto nunca se han aceptado los métodos y las restricciones. Jamás. El ruido de fondo de los pasillos refleja el empeño de sus profesores. Las voces mezcladas mutilan la educación precaria de esta España moribunda y herida de muerte. En mi instituto se hablaba de cultura. Comentábamos a Unamuno y debatíamos acerca de su pensamiento. Disfrutábamos con los hermanos Machado, escarbábamos en la vida del melancólico pero vital García Lorca y tratábamos de encajar la trascendencia del esperpento en la literatura contemporánea.

Recibíamos clases de lingüística de Fernando Lázaro Carreter a través de uno de sus discípulos, sin duda el más fervoroso y discreto de todos los que pudiera tener. Un hombre que tenía las cosas claras en un tiempo de oscurantismo como el nuestro. Miguel nos enseñó el poso oculto de las lenguas clásicas en el español moderno y a elaborar argumentados comentarios de texto. El teatro clásico y la poesía eran dos de sus obsesiones. Aristóteles y sus normas teatrales, el significado simple y profundo de la obra de Miguel Hernández en la España eterna de mediocridad y negligencia. Un intelectual enviado a un frente de batalla sin más armas que su sabiduría y su fortaleza.

Acaba de jubilarse este año. Se ha retirado como lo hacen los luchadores que han dedicado su vida a la guerra: con esperanza de que un día termine. Detrás ha dejado un instituto culto y ejemplar, digno de sus coloquios de literatura con escritores como Fernando Lalana, Luis del Val o Arturo Pérez-Reverte y de un prototipo de revista cultural que, curiosa brutalidad, justo ahora comienza a ser más culta que nunca.

No es casualidad esto último. En los últimos años mi instituto se ha convertido en una residencia de intelectuales dispuestos a desafiar cualquier adversidad que se presente. Maria José ha recorrido el corazón de España durante su intensa vida docente intentando transmitir el sentimiento profundo de la literatura hispana. Su vocación era capaz de desbordar los márgenes del aula para inundar otros ámbitos, como el coloquio literario. Tertulias de cafetín para aquellos alumnos que querían profundizar más allá de lo aparente. Su paso por La Almunia de Doña Godina también fue significativo. Un pueblo de imagen rural que esconde, gracias al tesón del gran José María Pemán, una actividad cinematográfica envidiable y significativa. Su tesis doctoral sobre la obra de Antonio Muñoz Molina la convierte en un referente acerca del libro más pesado (si se me permite el exabrupto) que he leído hasta el momento: Beatus ille. No es su frase larga ni su ritmo lento aquello que lo convierte en una obra densa, sino la expresión de la acción, carente de detalles en situaciones donde son necesarios y abarrotada de ellos en momentos en los que no hacen falta.

De alguna manera se está cometiendo un grave error en cuanto a la visión que se transmite de la literatura, así como le ocurre a la enseñanza de filosofía. Vargas Llosa, un escritor capaz de realizar una obra sultil y directa como Los Cachorros y de retratar la extraviada sociedad moderna en La ciudad y lo perros, está dilapidando su literatura en sus últimas publicaciones, El sueño del celta y el lamentable ensayo La civilización del espectáculo, con defensores y retractores, como suele ocurrir en estos casos, abriendo debate en prensa y en revistas culturales internacionales (lo último, la defensa del libro que se publicó contra Jorge Volpi en El País). Es inconcebible hablar de la muerte de algo que es consecuencia directa de nuestra realidad humana, como es la cultura. Podrá reducirse o limitarse a un grupo, restringirse u ocultarse a la mirada del mundo, pero mientras exista un solo ser humano seguirá habiendo cultura. El libro de Vargas Llosa es, de alguna manera, un fiel reflejo de la sensación de abandono a las que se tiene sometida tanto a la filosofía como a la cultura en general. El error vuelve a estar en la endogamia. En la maldita endogamia. La filosofía no es para los filósofos (como narra Buñuel en sus memorias Mi último suspiro que le espetó un filósofo contemporáneo), la filosofía lo es todo. Se ha relegado el pensamiento a un papel de circo para la gloria de los académicos, limitada a su fundamentalismo en premisas y concepciones previamente aceptadas y construída a partir de ellas. ¿Dónde ha quedado esa búsqueda de la Verdad que tan bien retrataron los griegos con la expresión amor (philos)? ¿Dónde ha quedado ese conocimiento natural e inexpugnable capaz de alcanzar el conocimiento de cualquier cosa y que nace de nuestra propia existencia humana? No ha muerto, solo ha quedado relegado a unos pocos supervivientes, guerreros de la auténtica filosofía al margen de la imbecilidad social. Tampoco lo ha hecho la cultura, limitada a otro circo, al lucro. Ni la verdadera filosofía ni la genuina cultura se fundamentan el en discurso endogámico, ya que su realidad es contraria a ello. Y ahí está el problema. La enseñanza de la literatura, del cine, de la música o de la filosofía se fundamenta en las viejas glorias, asumiento descaradamente que somos incapaces de conocer por nosotros mismos y de sentir la realidad, como de alguna forma percibió tímidamente María Zambrano y que queda reflejado en el final de Horizonte del liberalismo. Hay que romper esos grilletes aniquiladores que imponen la visión arcaica de la cultura y la filosofía. Ojalá se combinara la literatura histórica con la actual para reflejar a la juventud que no ha muerto, que está ahí y que seguirá existiendo hasta la eternidad. Ojalá pudiera combinarse la España de pandereta de Antonio Machado con la España eternamente moribunda reflejada en De tu ventana a la mía por la maravillosa Paula Ortiz antes de que vengan los analistas e intenten interpretar el film. Por mi parte, me presto voluntario para abrir coloquio o debate sobre este y otros temas, en mi instituto o en cualquier otra parte.

Es cierto que en mi instituto esa ausencia de naturalidad y realidad en la cultura transmitida por la metodología educativa de hoy en día ha estado equilibrada con una actividad cultural trascendental. Emilio Pedro Gómez, poeta incombustible, también se ha jubilado este año. Recuerdo nuestras conversaciones por los pasillos, cuando insistía en que cualquiera que sienta la poesía puede ser poeta. Vinculó como pocos se han atrevido a hacer sus dos pasiones: poesía y matemáticas. En ocasiones inauguraba sus clases de teoremas y corolarios con breves piezas simbólicas de gran belleza y sentimiento, e incluso llevaba algunos de sus libros y de los poemas que había escrito la noche anterior, aún en sucio, para leérnoslos y debatir su sentido. Grande como poeta y enorme como persona, gracias a él quienes pasaron por mi instituto tuvieron la posibilidad de hablar con un poeta vivo sin tener que suspirar por los que ya han muerto y debatir su poesía y el sentido de la misma.

Jesús, escritor de relatos juveniles y de historias descarnadas, acaba de llevar al cine una de ellas, un mediometraje absolutamente concebido en mi instituto, que ha erigido su propia productora, de la mano de Juanjo, uno de los jefes de estudio, y Fernando, un profesor de inglés muy peculiar. Su proyecto ha conseguido demostrar que el buen cine se hace con determinación y tesón, y no a base de talonario, como cree la gente. Han podido dar una lección fuera de la concepción educativa de la política actual: el cine no se concibe en la pantalla, sino detrás de ella. Alumnos y profesores pudieron comprobar la dificultad que supone expresarse con naturalidad bajo la atenta mirada del público y la potente iluminación de los focos. Fue una de la últimas secuencias que se grabaron antes de iniciar el trabajo informático. Una reunión de profesores donde transcurre una escena vital para la trama. Espero hablar pronto acerca de esta película.

Uno de los profesores que acudieron como personajes secundarios a la grabación de la secuencia fue David Mario, ex alumno de María José en otros tiempos y experto en teatro contemporáneo. También pasó por La Almunia de Doña Godina antes de llegar a mi instituto. Su breve paso por el centro supuso una agitación cultural renovadora. Recuerdo su confidencialidad cuando nos contaba asuntos personales, su disposición a apoyarnos en cuestiones literarias ajenas al programa educativo y su decisión a la hora de involucrarse en los proyectos que iban surgiendo. Inolvidable fue su viaje a Madrid, guiándonos por el Barrio de las Letras y por el Museo del Prado. Inolvidable fue también su proyecto de crear un club de lectura y acercar la biblioteca al alumnado, que hoy es un elemento más de las actividades culturales del centro.

No puedo terminar este texto en negrita sin nombrar a otra gran profesora de mi instituto, al que ha dedicado más de veinte años de su vida. Isabel estudió filosofía en Madrid y después de recorrer brevemente el centro de España regresó definitivamente a Aragón. Sus clases de filosofía y ética eran capaces de esquivar la morralla de la que suelen estar rodeada estos temas. Isabel es una persona ejemplar, abierta al debate y transigente en las discusiones. Ojalá no pierda la fe en la filosofía.

Pido disculpas a todos aquellos a los que no dedico un párrafo o una mención pese a merecerlo. No me he olvidado de vosotros, Rosa, Julio, Elva, Maite, Santiago, Beatriz, Magdalena, David Gimeno, Elena y José Antonio, entre otros muchos.

Ahora mi instituto está pasando tiempos difíciles. La educación pública está siendo vapuleada más aún y existe el riesgo de que a corto plazo algunos de los profesores que lo sustentan acaben siendo reorganizados o despedidos. Mi instituto, que fue construido desde la dedicación de los docentes, puede llegar a perder su revista e incluso las reuniones del club de lectura. Ya ha perdido, como consecuencia de la ignominia política, los coloquios literarios en los que participaba. Pero mi instituto es algo más que un centro orientado ignorantemente a la lumpenproletariedad. Es un enclave cultural defendido por personas que aman la cultura. Y eso no lo detiene ni toda la maldad y mezquindad del mundo.

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