COMO PASEAR EN UNA NOCHE DE VERANO

por David Lorenzo Cardiel

– ¡Capitán! ¡Tiran muy fuerte a la izquierda! ¡Desvíe!

Patada.

– ¡Ay!, la cosa se agrava…

Quizás…

La cosa se agrava, pero yo estoy en el interior de las cosas, dispongo de todos mis recuerdos. Y de todas las provisiones que he hecho, y de todos mis amores. Dispongo de mi infancia que se pierde en la noche como se pierde una raíz. Mi vida comenzó con la melancolía de un recuerdo… La cosa se agrava, pero no reconozco en mí nada de lo que pensé que sentiría frente a los zarpazos de estas estrellas fugaces.

Estoy en una región que me llega al corazón. El día muere. Entre las borrascas, a la izquierda, grandes lienzos de luz constituyen fragmentos de vitrales. A dos pasos, casi puedo palpar con la mano las cosas buenas. Los ciruelos con ciruelas, la tierra con olor a tierra. Debe ser bueno caminar a través de tierras húmedas. Sabes, Paula, avanzo suavamente, balanceándome de derecha a izquierda, como un carro de heno. Crees que es rápido un avión… ¡claro, si reflexionas lo es! Pero si olvidas la máquina, si miras, nada más, entonces simplemente paseas por el campo…

Estaba ahí y, sin embargo, ha pasado desapercibido para casi todos. Incluso para los franceses. Para el mundo, Antoine de Saint-Exúpery es El Principito, pero El Principito es tan solo un ensayo poético que resume a Saint-Exúpery y a la propia vida.

Acabo de encontrar al Exúpery que quería encontrar. El que existió. El que fue capaz de sentir todo aquello que reflejó en El Principito hasta dudar en la melancolía, y no el genial fabulador de literatura infantil que durante generaciones nos han hecho creer que era.

Piloto de Guerra (Pilote de Guerre, en el original) es la gran obra del autor francés, un relato autobiográfico escrito en el destierro neoyorquino acerca de la belleza de la vida, la existencia y la ignominia de la guerra. Saint-Exúpery compone las memorias de los días que estuvo al frente de las tareas de reconocimiento llevadas a cabo por la sección 2/33 al final de la Guerre Curieuse, cuando los alemanes comenzaron a invadir Francia ante la impotencia de sus defensores.

A diferencia de otras obras, Piloto de Guerra no es un relato acerca del belicismo y del patriotismo, sino un ensayo filosófico que fluye a través del recuerdo de los sentimientos del autor durante esos días de guerra. Saint-Exúpery observa la muerte, la violencia y el fanatismo de los combatientes y se lamenta por la suerte de aquella sociedad que se estaba deshaciendo en una espiral de venganza y destrucción frente a la realidad que es justa y buena. En un párrafo solemne advierte:

Solo una victoria une, la derrota no solo separa al hombre de los demás hombres, sino que lo separa de sí mismo. Si los fugitivos no lloran sobre una Francia que se desmorona es porque se trata de vencidos, porque Francia está deshecha no en torno a ellos sino en ellos mismos. Llorar por Francia significaría ser vencedor.

A casi todos, tanto a los que todavía resisten como a los que ya no resisten, únicamente más tarde, en las horas del silencio, se les mostrará el rostro de Francia vencida. En ese momento, todos se desgastan en algún detalle vulgar que se rebela o se estropea, contra un camión descompuesto, contra una carretera embotellada, contra una llave de gas que se atasca, contra lo absurdo de una misión. El signo del derrumbamiento es que la misión se vuelva absurda, que se torne absurdo el acto mismo que se opone al derrumbamiento. Porque todo se vuelve sobre sí mismo. No llora uno por el desastre universal, sino únicamente por el objeto del que se es responsable, que es lo único tangible y que se desequilibra. Francia que se desmorona solo es un diluvio de pedazos, de los cuales ninguno muestra un rostro: ni la misión, ni el camión, ni la carretera, ni esta porquería de llave de gas.

Antoine de Saint-Exúpery, con el uniforme del Ejército Francés, antes de iniciar uno de sus vuelos de reconocimiento.

Antoine de Saint-Exúpery, con el uniforme del Ejército Francés, antes de iniciar uno de sus vuelos de reconocimiento.

Es decir, Saint-Exúpery se da cuenta de que la derrota únicamente reside en la concepción de victoria. Para los soldados franceses, impedir el avance alemán es la única vía posible para salvar Francia, olvidando que Francia son los franceses y no el territorio que ocupan. Cuando se ven incapacitados por el brutal avance de las divisiones Panzer los mismos franceses se abandonan, huyen, roban y se dan por vencidos, asumiendo una derrota que no existe ni puede existir jamás. Entonces buscan inocentes a los que cargar las culpas de su incapacidad. Aparece el sabotaje de traidores a una patria que los propios verdugos han asesinado. Francia, indestructible, es asaltada por la propia Francia inmortal.

Pero aún añade un detalle más acerca de la guerra. Los soldados no solo luchan engañados por falacias patrióticas distanciándose de la belleza y la paz del mundo, sino que además la propaganda política intenta que se convierta al enemigo en una bestia, justificando así la venganza y la destrucción. Pero los invasores son también seres humanos que, por algún motivo, están causando ese daño.

El condenado tiene del verdugo la imagen de un robot pálido. Cuando se presenta un hombre como todos, que sabe estornudar y hasta sonreir, el condenado se aferra a la sonrisa como si fuera un camino que condujera a la liberación… Pero solo es un camino fantasma. El verdugo, si bien es cierto que estornuda, le cortará la cabeza. ¿Cómo rechazar la esperanza?

Quizás lo más difícil es enfrentarse a la realidad de las cosas comprobando que el horror procede de la misma sociedad que defendemos, que el acicate que nos conduce a la batalla es el mismo que dirige, en otras circunstancias, a nuestros enemigos.

En su época, y aún ahora, decir que los nazis también eran seres humanos y no bestias levantó muchas ampollas. Mientras el mundo se desangra en mil batallas, mientras millones de personas son aniquiladas en campos de exterminio, Saint-Exúpery, considerado el ejemplo de la lucha antinazi entre la intelectualidad, desmonta el mito de la bestia. Nosotros también arrastramos el germen del nazismo, parece decir. Los seres humanos no somos malos, pero todas las naciones acabamos bebiendo del mismo cáliz que beben los nazis, en nuestra idiotez.

La patada sentó muy mal, como de alguna manera sigue sentando. Charles de Gaulle, cuando regresó al frente de las tropas francesas de liberación, tildó a Saint-Exúpery de nazi y antipatriota por el método de la sofística: si no está con nosotros, es que confraterniza con el enemigo. Los circulos intelectuales de la época tampoco quisieron comprender sus palabras. Antoine de Saint-Exúpery pasó de héroe y ejemplo a traidor cada vez más cerca del punto de mira de la Résistence. Se había topado con la mentira que fundamenta todas las guerras. El único sentido de la lucha es la defensa ante el daño, pero esa realidad ha sido absurdamente banalizada hasta convertirla en un instrumento para hacer el daño, para que miles de personas cojan un fusil y vayan al frente a morir por nada ni nadie.

Ésa tampoco es mi guerra, ni puede ser la nuestra. Ésa es la guerra del maligno que la provoca. No hay defensa en un ataque o en una matanza sin piedad. Y cuando los nazis comenzaron a ser vencidos, a entrar en retirada, todos aquellos soldados, franceses, ingleses, rusos o americanos violaban a las mujeres, quemaban las cosechas y bombardeaban sin piedad las ciudades desprotegidas. ¿Qué diferencia hay entre un nazi y un libertador que no duda en cometer los mismos crímenes que el primero? El nazismo es venganza. La venganza, por desgracia, nunca nos sobra.

Al final del libro, Saint-Exúpery comienza a derrumbarse en la más profunda melancolía. Desde su avión observa las columnas de humo extenderse desde las ciudades que un día estuvieron llenas de vida entre la lluvia y la noche de verano. ¿Tiene sentido reconocer un caos que no van a ser capaces de detener? Ésta guerra es estúpida, dice, pero nosotros

Saint-Exúpery, el segundo por la derecha. Retrato de infancia con sus hermanos. Tendría cinco o seis años. Quizás a esta edad, aún se carteaba con Paula.

hemos aceptado esa estupidez. Ante el peligro, recuerda a su aya Paula, una tirolesa a la que tan solo conoció a través de cartas que, un día, dejaron de llegar. Paula es más que un recuerdo para Saint-Exúpery. Paula lo es todo para él. Paula es su protectora pero a la vez su amor, es alguien perdido pero que sigue estando allí, en cada uno de sus vuelos, en cada ciruela del prado bendito y en cada una de las gotas de agua que luchan por apagar los incendios de la guerra. Paula y la noche, Paula entera, y él, en el interior de las cosas. Paula le reconduce de la mano a su infancia, donde podía ser él mismo. Y se lamenta: ¿por qué los hombres han dejado de ser ellos mismos?

Paula es la realidad inmortal que nunca puede ser vencida. Paula representa a Dios. Y Saint-Exúpery lo sabe en cada uno de sus vuelos.

Esta conversación no se prolongará mucho. ¡Ah, Paula! ¡Si los grupos aéreos tuvieran ayas tirolesas, haría ya mucho tiempo que todo el Grupo 2/33 se hubiera ido a la cama!

Como ocurre con las grandes obras, Piloto de Guerra ha sido trágicamente considerada un relato menor. No es la primera vez que me encuentro con obras excepcionales que han sido pesadas a bulto por los críticos. León Tólstoi y Antoine de Saint-Exúpery comparten bastante en común. Ambos han sido dos escritores que han destacado en el panorama internacional a través de una escritura sin artificialides y con un hilo conductor interno que permite expresar el sentimiento de las cosas, tan difícil de encontrar en unas artes que se empeñan en escribir la historia en función de una tesis y no dejar que la tesis sea consecuencia de esa historia.

Saint-Exúpery y Consuelo Suncín, su gran amor.

Piloto de Guerra posee la misma particularidad que las obras de Tólstoi: son relatos en las que el escritor escribe lo que siente sin alterar nada, dejándose sorprender por la propia historia y la propia realidad contenida en ellas. Son obras de auténticos filósofos o de personas que quieren conocer y no tienen miedo a ello. Porque conocer no es observar a través de un microscopio, sino sentir lo observado, pasar a formar parte del interior de las cosas.

Conocer es un acto de valentía. Significa enfrentarse a la ruptura total con lo que crees conocer para abrirte paso hacia la genuina realidad. Conocer es amar, o terminar amando, mirar a través de una ventana sintiendo a la persona que también estará mirando a través de la suya pensando en tí. Conocer es como pasear por el campo en una noche de verano.

No he podido evitar reconocerme en estas líneas, como filósofo que se enfrenta a las mentiras del mundo. No puedo evitar tampoco reconocer que me hubiera gustado charlar con Saint-Exúpery de la vida y la guerra en una tetería árabe frente al puerto y al zoco. A pesar de todas las discrepancias que han surgido durante la lectura del texto (que han sido muchas) y de la profunda melancolía en la que parece sumergirse el autor, Piloto de Guerra sigue siendo un libro magnífico donde la guerra se presenta como tal, como un acto ejecutado por personas que no son conscientes en realidad del daño que están causando por algo que ni siquiera les corresponde y que nunca les va a corresponder. Quizás no esté hablando del libro más maravilloso que he leído, pero sin duda Piloto de Guerra es un relato exquisito que habla de la vida en un marco de locura y guerra. Un relato que parece especialmente dirigido a las épocas modernas, donde la realidad está más banalizada que nunca. Como concluye Saint-Exúpery:

Mañana tampoco diremos nada. Para los testigos, mañana seremos los vencidos. Los vencidos deben callar. Como las semillas.

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