El blog de David L. Cardiel

«Toda verdad pasa por tres etapas. Primero, se ridiculiza. Segundo, se niega con violencia. Tercero, se acepta como manifiesta». [Arthur Schopenhauer] Fotografía de Elda Maganto. Museo de Zaragoza.

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FRIVOLIDAD

Durante un tiempo, la cabecera de este blog estuvo custodiada por un baturro con fusil. Por supuesto, sólo se veía el ambiente difuminado, un trozo del viejo farol y al soldadito, con su traje típico mal apañado, vigilando uno de los improvisados bastiones que Palafox mandó construir durante la tregua de verano en 1808. Sin embargo, el recorte heroico esconde algo un poco menos propagandístico. Si tomamos el lienzo completo del cuadro Baturro de guardia durante los Sitios, del pintor zaragozano Marcelino de Unceta, observaremos esto:

Baturro_de_guardia_durante_los_Sitios_de_Zaragoza

Marcelino de Unceta era un pintor de historia, y los pintores de historia rara vez emplean el óleo para ilustrar la realidad. En 1902 pinta este cuadro bastante cercano al estilo de las vanguardias que se habían instalado y desarrollado con soltura en la ciudad de la luz. Unceta tiene el privilegio de rescatar el legado de Orange o de Louis-François Lejeune para rendir su particular tributo a los héroes y mártires de la Guerra de la Independencia, de cara a la celebración del primer centenario del comienzo de las hostilidades. Y busca un recodo de la historia que no haya sido narrado, pintado o desgastado por otros artistas. El impresionismo del detalle. Un soldado cansado y fatigado, sin ánimo de hostilidad, que protege el sueño de sus tres compañeros, sin uniforme, que por abandonar han abandonado hasta sus fusiles. Al fondo, entre la neblina, un cañón abandonado.

Labradores, que no han tocado un arma en su vida, fatigados, entre ruinas y sin disciplina militar (el fusil nunca es abandonado por un soldado, ni siquiera durante el sueño, y mucho menos en un frente de guerra). La visión más desgarradora desde las tropecientas agustinas pintadas y cantadas en todo el mundo. Pero las agustinas ni siquiera tienen rostro, porque casi ningún artista llegó a conocer el rostro de la gran heroína de Zaragoza. Son inventadas. Como el combate glorioso de Lejeune en el patio de Santa Engracia o la propia pintura de Unceta. Son testigos de una ciudad y unos combates inventados, anclados en la idea compartida de heroísmo y en la entrega absoluta de los defensores a la acción bélica. La Zaragoza de Unceta, como la de tantos otros, no es la Zaragoza de los Sitios, ni siquiera una reconstrucción deforme de aquella Zaragoza, sino otra distinta, una que cure las heridas de la derrota, la invasión y la destrucción que la desgarró. Así nació un mito que se exprimiría y se retorcería hasta las batallitas recreadas como conmemoración del II Centenario hace unos días.

Los pueblos buscan sus héroes, como las personas, y si no los encuentran deformarán el heroísmo hasta convertir cualquier exabrupto en un alarde de valentía y ejemplo a seguir. Ahora mismo, que andamos un poco flojos de reflexión, cualquiera puede convertirse en uno. Antes, con algunos méritos y un poco de caos, también. La propaganda no es un invento de la guerra moderna, cada nación ha inventado la suya a partir del boca a boca. Y aquí es donde subyace la dimensión heroica: destrozados por el horror de la guerra, con el miedo y el dolor aún impresos en las entrañas, tanto unos como otros necesitan creer que han hecho todo lo posible. Aún más: que han hecho más que todo lo posible. Y que los que dejaron su vida en el frente fueron mucho más que seres humanos.

León Tolstói habló de los héroes de Sebastopol antes de que Sebastopol se convirtiera en la Zaragoza rusa. Luego, el estalinismo sustituyó la gesta de aquellos hombres por los patrióticos relatos de resistencia y sitio que soportaron los camaradas en Stalingrado y Leningrado, por contener menos alarde burgués y mayor carácter propagandístico para la ideología. Pero en la época en que escribió Tolstói, o sea, mitad del siglo XIX, las gestas de Sebastopol eran lo más. Llegaron a todos los círculos intelectuales, incluidos los beligerantes París y Estambul, donde nadie discutió el heroísmo y el sacrificio de los marineros rusos. Tolstói, sin embargo, que estaba de balnearios por la zona, escribió probablemente el testimonio más fiel que se haya legado jamás a la historia de un acontecimiento histórico con tanta repercusión y significado para la Europa decimonónica. Comienza diciendo que los héroes no existen, y que si existen son tan puntuales y tan humanos que no tiene sentido recompensarlos por encima de cualquier otra persona del mundo. Y pone ejemplos. Dice: ¿es acaso más héroe el soldado que aprovecha cualquier momento para adherirse a una timba que el aprendiz que se entrega a la limpieza del cañón o que el médico que llena sus manos de sangre al intentar extirpar los balazos de los innumerables heridos que llegan desde las trincheras? Es evidente que no, que Sebastopol y su defensa no fueron heroicas, y que si debe haber un heroísmo es el espíritu de resistencia ante tal infierno. Porque desde el principio de la contienda, los treinta mil marineros rusos sabían perfectamente que no resistirían el asedio del casi medio millón de soldados bien pertrechados y con muchos más cañones y suministro que ellos. Y aceptaron resistir. Pero salvo ese espíritu, compartido por casi todos, no hay héroes, sino miembros de una misma heroicidad. Por eso Tolstói nos pasea por la ciudad y nos advierte: se dirán muchas cosas de Sebastopol, probablemente Sebastopol se convierta en el mito bélico más trascendental de la historia moderna, pero nada de lo que se diga en esos relatos, aunque gratifique el honor de los pueblos, será completamente cierto, porque lo cierto es el barro, la sangre, la pobreza, la muerte, los lamentos, el terror, la duda, la cobardía de los resistentes, la huida desesperada, la valentía, la entrega, las apuestas, los lios de faldas y los bailes en las plazas. Y ni un solo pensamiento en la guerra. El único héroe para Tolstói es la verdad. La verdad es que nadie piensa en la guerra cuando estás en la guerra, porque es tan liviana e insignificante frente a los detalles maravillosos de la vida que a quién le importa que retumbe ese cañón mientras se siga bailando en la plaza de las flores con las hijas de los marineros.

León Tosltói, al menos, ha legado una visión acertada de la vida. Como lectura, ha sido relegada acusada de frivolidad. La misma que aplica Galdós a la hora de narrar la guerra de Zaragoza. Mientras que Tolstói nos presenta la naturalidad de los bailes y el trasiego de apuestas, deudas y pactos de honor entre los combatientes, absolutamente despreocupados del horror que se está viviendo unos metros más allá de donde juegan a las cartas, Galdós describe una Zaragoza entregada que únicamente piensa en destripar gabachos. Si en Sebastopol no se recogen los muertos de las calles es porque la miseria es tan palpable que no hay fuerzas para ello. Si en Zaragoza los moribundos son atendidos improvisadamente es pensando en cuántos franceses podrán ser destripados tras la recuperación del enfermo. Cuando Gabrielito se enamora de una chiquilla y se ven a escondidas en la plaza de San Felipe, es porque en el fondo no es consciente de la gravedad de los hechos que están sucediendo en la ciudad. Y Galdós se lo recrimina a su personaje en cada conversación o confesión: frívolo, que eres un frívolo. Con la que está cayendo, con cientos de muertos y heridos tirados por el Coso y decenas de mujeres blandiendo sus tijeritas de costura para cargar contra los dragones y tú, un jovenzano en edad de combatir, enamorándote de la hija de un ricohombre. Porque tiene que ser ricohombre, para no compartir la penuria de no destripar franceses y que la frivolidad sea aún mayor. Y Gabrielito, angustiado por su frivolidad y su falta de deseo de destripar gabachos se pasea por el Coso y por la plaza de San Miguel y recobra el espíritu belicista para entregarse a lo verdaderamente importante: destripar franchutes. Lo salva la campana, que anuncia la rendición de la ciudad, pero si no, ahí hubiéramos visto a Gabrielito, postulándose para héroe nacional, destripando casacas azules y disparando cañones de noventa libras como un buen patriota, impasible ante las caricias de la chica de San Felipe.

Todo lo contrario a Tolstói, que nos habla de hombres cobardes, jóvenes que se han escapado de su puesto de guardia para rondar a las mozas de la plaza de los bailes y de brillantes militares que han aceptado luchar en Sebastopol en busca de un rápido ascenso social. También los muertos son diferentes. Los muertos en la guerra son cifras. No tienen nombre ni apellidos, ni siquiera una imagen que poder recordar de ellos. En el caldo de los muertos cabe cualquier cosa muerta, y no se notará en el relato. Galdós juega con ello y habla de los muertos. En Sebastopol no hay muertos, hay muertos. La hija del marinero rondada por el asistente del oficial, que llora en la ventana la muerte de su padre. El hermano que ha sido masacrado en la cuarta y que es nombrado en la enfermería, mientras el médico sierra una pierna justo al lado. La Zaragoza real debió parecerse mucho al Sebastopol encharcado de sangre, mugre y lodo que nos narra Tolstói y no a la pulcra ciudad patriotísima que nos han tratado de hacernos creer que era.

Sin embargo, el heroísmo no se diluye con la miseria, la cobardía y las dudas, sino que reside en la actitud humana sobre quienes se aplica. Quien es capaz de capear una guardia para pasar la noche con la mujer amada y a la vez sacrificarse por su compañero en el bastión es un héroe. El médico que llora ante la impotencia de ver a los heridos morir en sus manos es un héroe. Luchar inconscientes de la realidad de la vida es renunciar a ella y rendirse ante la adversidad. Seguir amando y siendo uno mismo es luchar por la vida para no ser jamás vencido. Ni Tolstói ni Galdós vivieron los respectivos sitios, pero mientras que uno recopiló los cantares de gesta dedicados a Zaragoza, el otro visitó la ciudad antes de la ruina e interrogó, después, a los soldados que habían sido evacuados de la ciudad.

Me gustaría pensar que hoy más que nunca hacemos alarde de toda la frivolidad del mundo. Adoro ser frívolo y ser absolutamente incapaz de escribir algo que no sea inútil a los ojos del mundo. Quiero ser inútil, y vivir en la inutilidad de un beso al atardecer, de una caricia en un paseo inesperado o de una mirada escondida detrás de cada instante. No sé vivir de otra forma que no sea siendo inútil y rodeándome con la inutilidad de cada uno de mis actos. Que sirvan para mí, y para el mundo, y para nada más que para servir a las cosas.

Quiero que me llamen frívolo para poder vivir los sueños y construirlos en la frivolidad. Guárdense sus periódicos y las secciones de economía, escondan las noticias en mi presencia y no nombren las cosas insignificantes del mundo. Soy un insensible, como Tolstói, y soy incapaz de concienciarme de la importancia de Wall Street y los bonos basura que tanto temen los gobiernos europeos.

Quédense en sus palacios, hablando de la guerra, ustedes que pueden. Yo prefiero el barro de la trinchera. Quedarme con las cigüeñas que comienzan su tránsito y abandonan sus nidos en lo alto de los campanarios. Reflejarme en el agua del río a cada amanecer. Y bailar en la plaza entre flores e impecables uniformes para vestir el alma. Seguiré llevando un tulipán mientras los cañones, mis cañones, retumban con cada pensamiento en la mañana.

SÍMILES DE GUERRA

¿Dónde, pues, veremos en este relato el mal que es necesario evitar y el bien hacia que debemos tender? ¿Dónde está el traidor? ¿Dónde el héroe? Todos son buenos y todos son malos. No serán Kaluguin con su valor brillante, su arrojo caballeresco y su vanidad, principal motor de todas sus acciones…ni Praskimin, nulo e inofensivo a pesar de haber caído en el campo de batalla por la fe, el trono y la patria…ni Mikhailov, tan tímido; ni Pesth, aquella criatura sin convicciones y sin sentido moral, quienes puedan pasar por desleales o héroes.

No, el héroe de mis relatos, aquel a quien amo con todas las fuerzas de mi espíritu, el que he tratado de reproducir con toda su hermosura, el que ha sido, es y será siempre bello, ¡es la verdad!

[Sebastopol en mayo, en Relatos de Sebastopol, León Tolstói, 1855]

En mayo de 1855, Sebastopol había soportado más de ocho meses de sitio. Se encontraban rodeados en todas direcciones, tanto por el norte como por el sur y el este, y los rusos apenas podían mantener una especie de corredor que les conectaba con el continente. La otra vía de escape, el océano, había sido cortada: los buques de guerra y los mercantes que se encontraban en los alrededores habían sido hundidos al comienzo de las hostilidades con el fin de bloquear la bahía y evitar el bombardeo de la flota aliada sobre la ciudad. Rusia tenía el convencimiento de que, manteniendo a toda costa las posiciones en Sebastopol y forzando combates en los cuarteles generales aliados en la península de Crimea, donde se encontraban, conseguirían forzar una retirada hacia la costa que inclinara la guerra a su favor. Pero no fue así. Las batallas de Alma, Balaclava e Inkerman diezmaron la célebre caballería cosaca y gran parte de las tropas de tierra rusas, obligándoles a comenzar una desesperada táctica defensiva en Sebastopol. Los aliados, aprovechando las derrotas en el continente y el bloqueo naval ruso se dedicaron a desembarcar un contingente que rondaba el medio millón de soldados con la misión de atrincherarlo frente a las defensas de la ciudad, custodiadas por apenas treinta mil marineros ante la imposibilidad de recibir más tropas desde Moscú.

Treinta mil contra medio millón, sin contar las huestes otomanas. Y luego pensamos que Zaragoza es la única que no se rinde.

Ríete del francés. Ríete de Napoleón I y su estúpida guerra de España. Ríete de la gallardía de Palafox y el heroísmo de Agustina de Aragón.

Ríete de las historias de héroes y traidores, y las leyendas de abanderados disparando su cañón bajo el fuego enemigo. Porque como le ocurrió a Tolstói con su apreciada Sebastopol, lo único que observo en un acto como este es destrucción y miseria.

Nosotros también hemos convertido los Sitios en una leyenda. La literatura manda, y ha escrito su versión de los hechos. Campesinos desarrapados, sin un calzado digno con el que caminar, comportándose como caballerosos y siempre leales soldados junto a militares de toda condición y casta entregados a una lucha sangrienta e inclinada a priori hacia la victoria francesa. En la Ilíada también sucede lo mismo. Ningún soldado, griego o troyano, se comporta indecorosamente, o duda de la orden de su superior, o reza en público ante la inminente carga de caballería. Todos son valientes y luchan con la dignidad del héroe. Hasta Patroclo, que es un militar de camarín, se viste con la armadura de Aquiles para enfrentarse al gran Héctor sin pensar en las consecuencias de tal acto. Campesinos, mujeres y hombres que nunca han tocado un arma o que han tocado demasiadas, entregados con igual destreza e ímpetu a una guerra con un final muy negro.

Como a Tolstói, también me huele a chamusquina.

Pero Tolstói sí vivió parte del sitio de Sebastopol, sí le toco escribir atrincherado y, aunque es cierto que no disparó ni una sola vez contra el enemigo durante ese tiempo sí paseó por la ciudad, vio el improvisado hospital de los heridos, los médicos amputando piernas y brazos, mujeres en los bailes de las plazas, militares de vestimenta impecable cortejarlas y decenas de muertos arrinconados junto a las barricadas y los edificios. Vivió el horror de la guerra y la vida de una ciudad completamente asediada, los temores de sus habitantes y la gallardía de sus guardianes. Y observó que las historias de héroes y villanos no existen, y que lo único heroico que puede haber en un horror semejante es la entrega y la justicia.

En 2008 se cumplieron doscientos años del comienzo de las hostilidades con el Imperio Francés. Como le sucedió a los rusos, antes de que comenzaran las cargas de caballería en plena plaza de San Miguel caímos derrotados en varias batallas que, de haberlas ganado, hubieran cambiado el curso de la contienda. Palafox, que había recibido su cargo por la fuerza (una masa enfurecida, liderada por héroes como el Tío Jorge, asaltó su casa y le dijo: o aceptas o ya puedes darte por muerto. Y el hombre, de entre todas las opciones posibles, escogió voluntariamente y sin extorsión ninguna comandar los ejércitos del instaurado de nuevo Reino de Aragón). Las dos más importantes y que obligaron a replantearse la guerra fueron las de Pamplona y la de Mallén. Esta última hizo más daño al pundonor local que al proceso de la guerra en sí mismo, y los voluntarios, sintiéndose incapaces de continuar la lucha según la tradición miliar de la época, decidieron atrincherarse tras la frágil muralla de la ciudad y defenderla a toda costa.

Según una de las guías de la exposición de pinturas que visité como motivo del aniversario, Palafox era un cobarde que escapaba de la ciudad con la excusa de buscar refuerzos cada vez que los franceses lanzaban una ofensiva. También, que Agustina de Aragón los tenía más bien puestos que todos los españoles, franceses, rusos, austriacos y chilenos juntos. Y que la gallardía del pueblo zaragozano era homogénea y profesada como una fe verdadera, como muestra una célebre pintura de Orange.

Pero, ¿cómo juzgar a Palafox de héroe o traidor si tan solo era un oficial del ejército que combatía por Dios, la patria, el rey Fernando y, por supuesto, por los exquisitos argumentos de Tío Jorge y compañía? ¿Cómo hablar de Agustina de Aragón si el hecho más loable fue disparar un cañón en un puesto de artillería que había quedado desprotegido? ¿Y cómo condenar en el desprecio más absoluto al desconocido soldado francés que peleó casa por casa y habitación por habitación durante la toma del Arrabal? ¿Acaso la valentía aragonesa es mayor valentía que la francesa?

No me creo ni que todos los franceses fueran tan crueles como se dice ni que todos los defensores tan castos, serviciales y entregados como cantan las gestas. La Zaragoza de los Sitios debía parecerse mucho en circunstancias, época y desarrollo bélico a la Sebastopol de 1855, con la única diferencia de que Zaragoza no es Sebastopol, ni es tan onírica, ni tan agraciada, ni está situada en un enclave tan estratégico como para que medio occidente decida sacrificar a sus hijos por atravesar sus murallas.

A Zaragoza le hace falta un buen Manhattan Transfer y un buen Sebastopol enmarcado en los Sitios. Relatos realistas que hablen de las miserias y las virtudes de una ciudad maravillosa y aborrecible. El único que se atrevió a realizar algo parecido fue el bueno de Benito Pérez Galdós, y aun así pecó de patriota y poco realista a pesar del género al que pertenece su literatura. En Zaragoza, Gabrielito nos habla de baturros lanzándose impetuosos a la batalla en el reducto de Santa Engracia, o de mujeres y niños, tijera en mano, combatir descubiertas contra la caballería polaca; de campesinos y soldados sin comida, temblorosos por el tifus y el cólera, baterías sin munición que disparan toda suerte de objetos punzantes, edificios calcinados, voladuras casi diarias a modo de hostigamiento por parte de los zapadores franceses, y cientos de muertos acumulados en las calles. Pero fracasa en algo. La miseria, a pesar de los esfuerzos del autor en incluir una historia de amor imposible en ese marco, queda relegada a un papel de enaltecimiento del heroísmo zaragozano. A más miseria, más muertos en cada trinchera, más hambre, más enfermedad y más sangre derramada más gloriosa es la victoria o la derrota. Galdós se equivoca. No hay victoria o derrota gloriosa. Tan solo tifus, cólera, muerte, hambre y destrucción. Como en Sebastopol, los zaragozanos dormían cada noche y se acostumbraron a las explosiones y a los gritos al alba. Seguramente, los zaragozanos bailaban, se besaban, sufrían, temían y recogían florecillas a las puertas de la ciudad tras cada batalla como el chiquillo que lo hace cada día desde el comienzo de la tregua de Sebastopol. Seguían una vida normal, dentro de la normalidad que puede mantenerse cuando las bombas caen a tu alrededor. Nadie puede entregarse por completo a la tensión de la guerra y a la incertidumbre de la trinchera. Todas las historias que hablan de valientes consagrados son las historias de quienes quieren creen en esa consagración, aunque destrocen la humanidad de los personajes y su visión quede deforme para siempre. Me gustaría imaginar a una Agustina de Aragón capaz de amar, de llorar o de tener miedo además de disparar un cañón cargado hasta la espoleta de metralla. Pero parece ser que amar, llorar o tener miedo no es digno de los anales de la historia. Cuánto nos hemos equivocado.

Y cuánto nos seguimos equivocando. Ahora mismo hay una nueva Sebastopol o una vieja Zaragoza que también es mártir de relatos inverosímiles y ostentosos cantares de gesta. Gaza es considerada una ciudad sitiada por Israel, y a sus habitantes, por ende falaz, héroes de casta entregados al odio y a la resistencia. Pero, sin embargo, Gaza no se desangra, ni las mujeres se ocultan en los sótanos. En Gaza los niños siguen jugando al fútbol y en las plazas los mercaderes siguen instalando sus zocos. Las bombas caen a su alrededor, pero siguen haciendo la vida de siempre, o lo más parecido a la vida de siempre. Y seguro que se han acostumbrado a las explosiones, y a la presencia de blindados israelíes y a personajes variopintos con una ametralladora entre las manos.

Desde Troya hasta Gaza, nos hemos imaginado todas esas ciudades sitiadas y destrozadas. La Zaragoza de los Sitios también es una Zaragoza falsa que solo existe en nuestra cabeza, de la misma manera que nuestra concepción de victoria se manifiesta en función de nuestra concepción de derrota y viceversa. Y entre toda la miseria, los hombres y mujeres entregados a la batalla, los bailes de primavera, los afables cortejos y las operaciones de urgencia en improvisados hospitales, solo existe un héroe, y ese héroe es tan tangible y etéreo como un soplo de aire tibio en una tarde de otoño. El único héroe que conozco y al que merece la pena conocer es la verdad, y solo en la verdad podemos hallar la valentía necesaria para acabar con la ignominia de la guerra de una vez por todas.

 

COMO PASEAR EN UNA NOCHE DE VERANO

– ¡Capitán! ¡Tiran muy fuerte a la izquierda! ¡Desvíe!

Patada.

– ¡Ay!, la cosa se agrava…

Quizás…

La cosa se agrava, pero yo estoy en el interior de las cosas, dispongo de todos mis recuerdos. Y de todas las provisiones que he hecho, y de todos mis amores. Dispongo de mi infancia que se pierde en la noche como se pierde una raíz. Mi vida comenzó con la melancolía de un recuerdo… La cosa se agrava, pero no reconozco en mí nada de lo que pensé que sentiría frente a los zarpazos de estas estrellas fugaces.

Estoy en una región que me llega al corazón. El día muere. Entre las borrascas, a la izquierda, grandes lienzos de luz constituyen fragmentos de vitrales. A dos pasos, casi puedo palpar con la mano las cosas buenas. Los ciruelos con ciruelas, la tierra con olor a tierra. Debe ser bueno caminar a través de tierras húmedas. Sabes, Paula, avanzo suavamente, balanceándome de derecha a izquierda, como un carro de heno. Crees que es rápido un avión… ¡claro, si reflexionas lo es! Pero si olvidas la máquina, si miras, nada más, entonces simplemente paseas por el campo…

Estaba ahí y, sin embargo, ha pasado desapercibido para casi todos. Incluso para los franceses. Para el mundo, Antoine de Saint-Exúpery es El Principito, pero El Principito es tan solo un ensayo poético que resume a Saint-Exúpery y a la propia vida.

Acabo de encontrar al Exúpery que quería encontrar. El que existió. El que fue capaz de sentir todo aquello que reflejó en El Principito hasta dudar en la melancolía, y no el genial fabulador de literatura infantil que durante generaciones nos han hecho creer que era.

Piloto de Guerra (Pilote de Guerre, en el original) es la gran obra del autor francés, un relato autobiográfico escrito en el destierro neoyorquino acerca de la belleza de la vida, la existencia y la ignominia de la guerra. Saint-Exúpery compone las memorias de los días que estuvo al frente de las tareas de reconocimiento llevadas a cabo por la sección 2/33 al final de la Guerre Curieuse, cuando los alemanes comenzaron a invadir Francia ante la impotencia de sus defensores.

A diferencia de otras obras, Piloto de Guerra no es un relato acerca del belicismo y del patriotismo, sino un ensayo filosófico que fluye a través del recuerdo de los sentimientos del autor durante esos días de guerra. Saint-Exúpery observa la muerte, la violencia y el fanatismo de los combatientes y se lamenta por la suerte de aquella sociedad que se estaba deshaciendo en una espiral de venganza y destrucción frente a la realidad que es justa y buena. En un párrafo solemne advierte:

Solo una victoria une, la derrota no solo separa al hombre de los demás hombres, sino que lo separa de sí mismo. Si los fugitivos no lloran sobre una Francia que se desmorona es porque se trata de vencidos, porque Francia está deshecha no en torno a ellos sino en ellos mismos. Llorar por Francia significaría ser vencedor.

A casi todos, tanto a los que todavía resisten como a los que ya no resisten, únicamente más tarde, en las horas del silencio, se les mostrará el rostro de Francia vencida. En ese momento, todos se desgastan en algún detalle vulgar que se rebela o se estropea, contra un camión descompuesto, contra una carretera embotellada, contra una llave de gas que se atasca, contra lo absurdo de una misión. El signo del derrumbamiento es que la misión se vuelva absurda, que se torne absurdo el acto mismo que se opone al derrumbamiento. Porque todo se vuelve sobre sí mismo. No llora uno por el desastre universal, sino únicamente por el objeto del que se es responsable, que es lo único tangible y que se desequilibra. Francia que se desmorona solo es un diluvio de pedazos, de los cuales ninguno muestra un rostro: ni la misión, ni el camión, ni la carretera, ni esta porquería de llave de gas.

Antoine de Saint-Exúpery, con el uniforme del Ejército Francés, antes de iniciar uno de sus vuelos de reconocimiento.

Antoine de Saint-Exúpery, con el uniforme del Ejército Francés, antes de iniciar uno de sus vuelos de reconocimiento.

Es decir, Saint-Exúpery se da cuenta de que la derrota únicamente reside en la concepción de victoria. Para los soldados franceses, impedir el avance alemán es la única vía posible para salvar Francia, olvidando que Francia son los franceses y no el territorio que ocupan. Cuando se ven incapacitados por el brutal avance de las divisiones Panzer los mismos franceses se abandonan, huyen, roban y se dan por vencidos, asumiendo una derrota que no existe ni puede existir jamás. Entonces buscan inocentes a los que cargar las culpas de su incapacidad. Aparece el sabotaje de traidores a una patria que los propios verdugos han asesinado. Francia, indestructible, es asaltada por la propia Francia inmortal.

Pero aún añade un detalle más acerca de la guerra. Los soldados no solo luchan engañados por falacias patrióticas distanciándose de la belleza y la paz del mundo, sino que además la propaganda política intenta que se convierta al enemigo en una bestia, justificando así la venganza y la destrucción. Pero los invasores son también seres humanos que, por algún motivo, están causando ese daño.

El condenado tiene del verdugo la imagen de un robot pálido. Cuando se presenta un hombre como todos, que sabe estornudar y hasta sonreir, el condenado se aferra a la sonrisa como si fuera un camino que condujera a la liberación… Pero solo es un camino fantasma. El verdugo, si bien es cierto que estornuda, le cortará la cabeza. ¿Cómo rechazar la esperanza?

Quizás lo más difícil es enfrentarse a la realidad de las cosas comprobando que el horror procede de la misma sociedad que defendemos, que el acicate que nos conduce a la batalla es el mismo que dirige, en otras circunstancias, a nuestros enemigos.

En su época, y aún ahora, decir que los nazis también eran seres humanos y no bestias levantó muchas ampollas. Mientras el mundo se desangra en mil batallas, mientras millones de personas son aniquiladas en campos de exterminio, Saint-Exúpery, considerado el ejemplo de la lucha antinazi entre la intelectualidad, desmonta el mito de la bestia. Nosotros también arrastramos el germen del nazismo, parece decir. Los seres humanos no somos malos, pero todas las naciones acabamos bebiendo del mismo cáliz que beben los nazis, en nuestra idiotez.

La patada sentó muy mal, como de alguna manera sigue sentando. Charles de Gaulle, cuando regresó al frente de las tropas francesas de liberación, tildó a Saint-Exúpery de nazi y antipatriota por el método de la sofística: si no está con nosotros, es que confraterniza con el enemigo. Los circulos intelectuales de la época tampoco quisieron comprender sus palabras. Antoine de Saint-Exúpery pasó de héroe y ejemplo a traidor cada vez más cerca del punto de mira de la Résistence. Se había topado con la mentira que fundamenta todas las guerras. El único sentido de la lucha es la defensa ante el daño, pero esa realidad ha sido absurdamente banalizada hasta convertirla en un instrumento para hacer el daño, para que miles de personas cojan un fusil y vayan al frente a morir por nada ni nadie.

Ésa tampoco es mi guerra, ni puede ser la nuestra. Ésa es la guerra del maligno que la provoca. No hay defensa en un ataque o en una matanza sin piedad. Y cuando los nazis comenzaron a ser vencidos, a entrar en retirada, todos aquellos soldados, franceses, ingleses, rusos o americanos violaban a las mujeres, quemaban las cosechas y bombardeaban sin piedad las ciudades desprotegidas. ¿Qué diferencia hay entre un nazi y un libertador que no duda en cometer los mismos crímenes que el primero? El nazismo es venganza. La venganza, por desgracia, nunca nos sobra.

Al final del libro, Saint-Exúpery comienza a derrumbarse en la más profunda melancolía. Desde su avión observa las columnas de humo extenderse desde las ciudades que un día estuvieron llenas de vida entre la lluvia y la noche de verano. ¿Tiene sentido reconocer un caos que no van a ser capaces de detener? Ésta guerra es estúpida, dice, pero nosotros

Saint-Exúpery, el segundo por la derecha. Retrato de infancia con sus hermanos. Tendría cinco o seis años. Quizás a esta edad, aún se carteaba con Paula.

hemos aceptado esa estupidez. Ante el peligro, recuerda a su aya Paula, una tirolesa a la que tan solo conoció a través de cartas que, un día, dejaron de llegar. Paula es más que un recuerdo para Saint-Exúpery. Paula lo es todo para él. Paula es su protectora pero a la vez su amor, es alguien perdido pero que sigue estando allí, en cada uno de sus vuelos, en cada ciruela del prado bendito y en cada una de las gotas de agua que luchan por apagar los incendios de la guerra. Paula y la noche, Paula entera, y él, en el interior de las cosas. Paula le reconduce de la mano a su infancia, donde podía ser él mismo. Y se lamenta: ¿por qué los hombres han dejado de ser ellos mismos?

Paula es la realidad inmortal que nunca puede ser vencida. Paula representa a Dios. Y Saint-Exúpery lo sabe en cada uno de sus vuelos.

Esta conversación no se prolongará mucho. ¡Ah, Paula! ¡Si los grupos aéreos tuvieran ayas tirolesas, haría ya mucho tiempo que todo el Grupo 2/33 se hubiera ido a la cama!

Como ocurre con las grandes obras, Piloto de Guerra ha sido trágicamente considerada un relato menor. No es la primera vez que me encuentro con obras excepcionales que han sido pesadas a bulto por los críticos. León Tólstoi y Antoine de Saint-Exúpery comparten bastante en común. Ambos han sido dos escritores que han destacado en el panorama internacional a través de una escritura sin artificialides y con un hilo conductor interno que permite expresar el sentimiento de las cosas, tan difícil de encontrar en unas artes que se empeñan en escribir la historia en función de una tesis y no dejar que la tesis sea consecuencia de esa historia.

Saint-Exúpery y Consuelo Suncín, su gran amor.

Piloto de Guerra posee la misma particularidad que las obras de Tólstoi: son relatos en las que el escritor escribe lo que siente sin alterar nada, dejándose sorprender por la propia historia y la propia realidad contenida en ellas. Son obras de auténticos filósofos o de personas que quieren conocer y no tienen miedo a ello. Porque conocer no es observar a través de un microscopio, sino sentir lo observado, pasar a formar parte del interior de las cosas.

Conocer es un acto de valentía. Significa enfrentarse a la ruptura total con lo que crees conocer para abrirte paso hacia la genuina realidad. Conocer es amar, o terminar amando, mirar a través de una ventana sintiendo a la persona que también estará mirando a través de la suya pensando en tí. Conocer es como pasear por el campo en una noche de verano.

No he podido evitar reconocerme en estas líneas, como filósofo que se enfrenta a las mentiras del mundo. No puedo evitar tampoco reconocer que me hubiera gustado charlar con Saint-Exúpery de la vida y la guerra en una tetería árabe frente al puerto y al zoco. A pesar de todas las discrepancias que han surgido durante la lectura del texto (que han sido muchas) y de la profunda melancolía en la que parece sumergirse el autor, Piloto de Guerra sigue siendo un libro magnífico donde la guerra se presenta como tal, como un acto ejecutado por personas que no son conscientes en realidad del daño que están causando por algo que ni siquiera les corresponde y que nunca les va a corresponder. Quizás no esté hablando del libro más maravilloso que he leído, pero sin duda Piloto de Guerra es un relato exquisito que habla de la vida en un marco de locura y guerra. Un relato que parece especialmente dirigido a las épocas modernas, donde la realidad está más banalizada que nunca. Como concluye Saint-Exúpery:

Mañana tampoco diremos nada. Para los testigos, mañana seremos los vencidos. Los vencidos deben callar. Como las semillas.

Gibraltar, otra vez

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Vale, que sí, que nos hicieron la jugarreta. Que con toda cara los guiris levantaron estandarte anglosajón en el Peñón en 1704, en plena guerra de Sucesión entre austrias y borbones. Con la Corona de Aragón fusil en mano. Con Castilla, Navarra y Francia cañón al hombro.
Imagen de Gibraltar en el siglo XIX
Fuente: Wikipedia Commons
Cierto es que los ingleses no perdieron el tiempo. Aprovechando la toma combinada de Gibraltar, en lugar de levantar la bandera del bando ganador levantó la británica. Desde entonces, aprovechando la coyuntura y el despiste generalizado España perdió el pueblecito. Felipe V, el vencedor, tuvo que ceder el castillo, las murallas y el pueblo a los inglesitos. Sin remisión. Pocos años después, como de costumbre en esas épocas España volvió a declarar la guerra a Inglaterra, tras recuperar Menorca (ocupada también por los ingleses), Nápoles, Cerdeña y otras posesiones aragonesas y vencer la flota inglesa a la española. España contraatacó al estilo inglés, por la espalda. Aprovechó la pelea dinástica británica para enviar una flota a apoyar a los escoceses y un regimiento español para tomar Inglaterra. La flota se hundió en Finisterre y el regimiento peleó junto con los escoceses y terminó huyendo y perdiendo la guerra (en conmemoración por el apoyo español a los escoceses existe hoy en día el Paso de los españoles, en la húmeda Escocia).
Cierto es que, con guerra o sin guerra, Gibraltar permeneció en manos británicas. España intentó la toma en varias ocasiones, con miles de hombres, con cañones, con la armada, con todo; pero los ingleses nos dieron para el pelo en todas ellas.
Gibraltar (encuadrado) fotografiado por la NASA
Fuente: Wikipedia Commons
Franco, en su día, cercó Gibraltar. Le cerró la fronterita y los dejó aislados, marginados. Años después, tras el abandono español, la frontera volvió a abrirse. El pueblo gibraltareño no olvida el rechazo español y, hace seis años, cuando España reclamó el peñón a Inglaterra ellos se declararon independientes, ni británicos ni españoles.
Sin embargo, parece que los “llanitos” van a tener un motivo actual para volver a odiarnos. Según parece, un pueblecito cercano piensa gravar los vehículos que atraviesen la frontera, limitando así las entradas y salidas del peñón.
Desconozco hasta qué punto puede tener o no repercusión la medida, pues vivo lo suficientemente lejos de Andalucía para no afectarme el asuntillo. Sin embargo, sí desearía dar mi opinión al respecto. Gibraltar, pese a ser inglés es tan español como lo puede ser la ciudad de Madrid. Los habitantes hablan una variedad del español (el llanito), viven más en España que en Inglaterra y sus costumbres son hispanas. Esto además de que multitud de ciudadanos españoles trabajan en Gibraltar. Para aterrizar en su aeropuerto necesitan la confirmación española, para amarrar en su puerto necesitan el permiso de Cádiz. Para subsistir, muchas veces necesitan una España que les abra su corazón y sus fronteras. Gibraltar, a fin de cuentas, es dependiente de España.
Pero, como opinión personal, no me parece justo que se les cerque a la “moderna”, mediante el cobro. Si los gibraltareños tienen que hacer vida en España y algunos españoles vida en gibraltar, necesitarán en muchas ocasiones usar sus vehículos para cruzar su frontera. Y a la vuelta tendrán que pagar, aunque sea un precio simbólico por regresar a sus hogares o por ir al trabajo. De alguna forma, pensándolo bien el comercio terrestre se resentirá y no todas las distribuidoras querrán surtir al peñón. El gobierno del pueblecito español que pretende llevar a cabo el cobro tendrá sus razones, muchas de ellas igualmente justas, pero creo que la solución no es atormentar a los lugareños del peñón. Bastante tienen ya con soportar la pugna entre ingleses y españoles como para ahora que no puedan salir y entrar tranquilos, en libertad.
Frontera española con Gibraltar (peñón al fondo).
En la imagen, la aduana de paso.
Fuente: Wikipedia Commons
No voy a ser yo quién se oponga a la medida, porque como digo ni me va ni me viene, ni estoy en contra ni a favor. No voy a ser yo quien demonice o angelice a ambas partes, que cada cual haga lo que quiera y que el asunto se lo coman con patatas fritas o con chips, si así lo prefieren los ingleses, entre los gobiernos de España, Ingleterra, Gibraltar y el ayuntamiento de la localidad. No es mi problema. Allá se las compongan. Lo que sí quería hacer es emplear mi derecho a la libertad de opinión y, como persona, expresar mis ideas respecto al asunto. Que uno lee y es libre, carajo. Que no acuso, como algunos pueden llegar a afirmar, aunque lo parezca. Solo me limito a decir lo que me parece justo, como cualquier otro ciudadano del mundo. ¿Que mi opinión  no es del agrado de un bando? Qué se le va a hacer, a aguantar mecha, como todos. Así que concluyo, que el tiempo pasa y las horas del día hay que repartirlas para muchas faenas. En mi opinión, no se debería cobrar nada por entrar en el peñón. Punto. Así de sencillo. Son gente libre al igual que nosotros que tiene la suerte o la desgracia, dependiendo a quién le preguntes de vivir en territorio hostil, en tierra de nadie pero a la vez de todos. Gente que debería tener el derecho a entrar y salir libremente, sin tener que pagar por volver a casa. Y qué decir de los españoles que cruzan la frontera para tener que trabajar. ¿Es que ellos también deben pagar el canon y los platos rotos, solo por tener trabajo en Gibraltar? Alguno pensará que soy hasta antiespañol, más inglés que aragonés, si cabe. Pues que esas personas piensen lo que quieran. Yo solo me dedico a ver la realidad y, aunque siempre he apoyado el Gibraltar español, rojigualda, no me parece bien cercar a los habitantes, sean cuales sean las razones mediante el cobro simbólico. Esa medida, de llevarse a cabo puede afectar más a los propios españoles fronterizos que al propio peñón. Ya no estamos en aquellos siglos en los que no había hermandad y España estaba en guerra con Inglaterra cada dos por tres. Ahora es tiempo de comportarse como miembros de una unión, la Europea. Creo, sinceramente, que para solucionar los problemas del pueblecito fronterizo, tan importantes como los de los demás pueblos, hay otras soluciones menos drásticas. Esto es todo, my friends.
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