SÍMILES DE GUERRA

¿Dónde, pues, veremos en este relato el mal que es necesario evitar y el bien hacia que debemos tender? ¿Dónde está el traidor? ¿Dónde el héroe? Todos son buenos y todos son malos. No serán Kaluguin con su valor brillante, su arrojo caballeresco y su vanidad, principal motor de todas sus acciones…ni Praskimin, nulo e inofensivo a pesar de haber caído en el campo de batalla por la fe, el trono y la patria…ni Mikhailov, tan tímido; ni Pesth, aquella criatura sin convicciones y sin sentido moral, quienes puedan pasar por desleales o héroes.

No, el héroe de mis relatos, aquel a quien amo con todas las fuerzas de mi espíritu, el que he tratado de reproducir con toda su hermosura, el que ha sido, es y será siempre bello, ¡es la verdad!

[Sebastopol en mayo, en Relatos de Sebastopol, León Tolstói, 1855]

En mayo de 1855, Sebastopol había soportado más de ocho meses de sitio. Se encontraban rodeados en todas direcciones, tanto por el norte como por el sur y el este, y los rusos apenas podían mantener una especie de corredor que les conectaba con el continente. La otra vía de escape, el océano, había sido cortada: los buques de guerra y los mercantes que se encontraban en los alrededores habían sido hundidos al comienzo de las hostilidades con el fin de bloquear la bahía y evitar el bombardeo de la flota aliada sobre la ciudad. Rusia tenía el convencimiento de que, manteniendo a toda costa las posiciones en Sebastopol y forzando combates en los cuarteles generales aliados en la península de Crimea, donde se encontraban, conseguirían forzar una retirada hacia la costa que inclinara la guerra a su favor. Pero no fue así. Las batallas de Alma, Balaclava e Inkerman diezmaron la célebre caballería cosaca y gran parte de las tropas de tierra rusas, obligándoles a comenzar una desesperada táctica defensiva en Sebastopol. Los aliados, aprovechando las derrotas en el continente y el bloqueo naval ruso se dedicaron a desembarcar un contingente que rondaba el medio millón de soldados con la misión de atrincherarlo frente a las defensas de la ciudad, custodiadas por apenas treinta mil marineros ante la imposibilidad de recibir más tropas desde Moscú.

Treinta mil contra medio millón, sin contar las huestes otomanas. Y luego pensamos que Zaragoza es la única que no se rinde.

Ríete del francés. Ríete de Napoleón I y su estúpida guerra de España. Ríete de la gallardía de Palafox y el heroísmo de Agustina de Aragón.

Ríete de las historias de héroes y traidores, y las leyendas de abanderados disparando su cañón bajo el fuego enemigo. Porque como le ocurrió a Tolstói con su apreciada Sebastopol, lo único que observo en un acto como este es destrucción y miseria.

Nosotros también hemos convertido los Sitios en una leyenda. La literatura manda, y ha escrito su versión de los hechos. Campesinos desarrapados, sin un calzado digno con el que caminar, comportándose como caballerosos y siempre leales soldados junto a militares de toda condición y casta entregados a una lucha sangrienta e inclinada a priori hacia la victoria francesa. En la Ilíada también sucede lo mismo. Ningún soldado, griego o troyano, se comporta indecorosamente, o duda de la orden de su superior, o reza en público ante la inminente carga de caballería. Todos son valientes y luchan con la dignidad del héroe. Hasta Patroclo, que es un militar de camarín, se viste con la armadura de Aquiles para enfrentarse al gran Héctor sin pensar en las consecuencias de tal acto. Campesinos, mujeres y hombres que nunca han tocado un arma o que han tocado demasiadas, entregados con igual destreza e ímpetu a una guerra con un final muy negro.

Como a Tolstói, también me huele a chamusquina.

Pero Tolstói sí vivió parte del sitio de Sebastopol, sí le toco escribir atrincherado y, aunque es cierto que no disparó ni una sola vez contra el enemigo durante ese tiempo sí paseó por la ciudad, vio el improvisado hospital de los heridos, los médicos amputando piernas y brazos, mujeres en los bailes de las plazas, militares de vestimenta impecable cortejarlas y decenas de muertos arrinconados junto a las barricadas y los edificios. Vivió el horror de la guerra y la vida de una ciudad completamente asediada, los temores de sus habitantes y la gallardía de sus guardianes. Y observó que las historias de héroes y villanos no existen, y que lo único heroico que puede haber en un horror semejante es la entrega y la justicia.

En 2008 se cumplieron doscientos años del comienzo de las hostilidades con el Imperio Francés. Como le sucedió a los rusos, antes de que comenzaran las cargas de caballería en plena plaza de San Miguel caímos derrotados en varias batallas que, de haberlas ganado, hubieran cambiado el curso de la contienda. Palafox, que había recibido su cargo por la fuerza (una masa enfurecida, liderada por héroes como el Tío Jorge, asaltó su casa y le dijo: o aceptas o ya puedes darte por muerto. Y el hombre, de entre todas las opciones posibles, escogió voluntariamente y sin extorsión ninguna comandar los ejércitos del instaurado de nuevo Reino de Aragón). Las dos más importantes y que obligaron a replantearse la guerra fueron las de Pamplona y la de Mallén. Esta última hizo más daño al pundonor local que al proceso de la guerra en sí mismo, y los voluntarios, sintiéndose incapaces de continuar la lucha según la tradición miliar de la época, decidieron atrincherarse tras la frágil muralla de la ciudad y defenderla a toda costa.

Según una de las guías de la exposición de pinturas que visité como motivo del aniversario, Palafox era un cobarde que escapaba de la ciudad con la excusa de buscar refuerzos cada vez que los franceses lanzaban una ofensiva. También, que Agustina de Aragón los tenía más bien puestos que todos los españoles, franceses, rusos, austriacos y chilenos juntos. Y que la gallardía del pueblo zaragozano era homogénea y profesada como una fe verdadera, como muestra una célebre pintura de Orange.

Pero, ¿cómo juzgar a Palafox de héroe o traidor si tan solo era un oficial del ejército que combatía por Dios, la patria, el rey Fernando y, por supuesto, por los exquisitos argumentos de Tío Jorge y compañía? ¿Cómo hablar de Agustina de Aragón si el hecho más loable fue disparar un cañón en un puesto de artillería que había quedado desprotegido? ¿Y cómo condenar en el desprecio más absoluto al desconocido soldado francés que peleó casa por casa y habitación por habitación durante la toma del Arrabal? ¿Acaso la valentía aragonesa es mayor valentía que la francesa?

No me creo ni que todos los franceses fueran tan crueles como se dice ni que todos los defensores tan castos, serviciales y entregados como cantan las gestas. La Zaragoza de los Sitios debía parecerse mucho en circunstancias, época y desarrollo bélico a la Sebastopol de 1855, con la única diferencia de que Zaragoza no es Sebastopol, ni es tan onírica, ni tan agraciada, ni está situada en un enclave tan estratégico como para que medio occidente decida sacrificar a sus hijos por atravesar sus murallas.

A Zaragoza le hace falta un buen Manhattan Transfer y un buen Sebastopol enmarcado en los Sitios. Relatos realistas que hablen de las miserias y las virtudes de una ciudad maravillosa y aborrecible. El único que se atrevió a realizar algo parecido fue el bueno de Benito Pérez Galdós, y aun así pecó de patriota y poco realista a pesar del género al que pertenece su literatura. En Zaragoza, Gabrielito nos habla de baturros lanzándose impetuosos a la batalla en el reducto de Santa Engracia, o de mujeres y niños, tijera en mano, combatir descubiertas contra la caballería polaca; de campesinos y soldados sin comida, temblorosos por el tifus y el cólera, baterías sin munición que disparan toda suerte de objetos punzantes, edificios calcinados, voladuras casi diarias a modo de hostigamiento por parte de los zapadores franceses, y cientos de muertos acumulados en las calles. Pero fracasa en algo. La miseria, a pesar de los esfuerzos del autor en incluir una historia de amor imposible en ese marco, queda relegada a un papel de enaltecimiento del heroísmo zaragozano. A más miseria, más muertos en cada trinchera, más hambre, más enfermedad y más sangre derramada más gloriosa es la victoria o la derrota. Galdós se equivoca. No hay victoria o derrota gloriosa. Tan solo tifus, cólera, muerte, hambre y destrucción. Como en Sebastopol, los zaragozanos dormían cada noche y se acostumbraron a las explosiones y a los gritos al alba. Seguramente, los zaragozanos bailaban, se besaban, sufrían, temían y recogían florecillas a las puertas de la ciudad tras cada batalla como el chiquillo que lo hace cada día desde el comienzo de la tregua de Sebastopol. Seguían una vida normal, dentro de la normalidad que puede mantenerse cuando las bombas caen a tu alrededor. Nadie puede entregarse por completo a la tensión de la guerra y a la incertidumbre de la trinchera. Todas las historias que hablan de valientes consagrados son las historias de quienes quieren creen en esa consagración, aunque destrocen la humanidad de los personajes y su visión quede deforme para siempre. Me gustaría imaginar a una Agustina de Aragón capaz de amar, de llorar o de tener miedo además de disparar un cañón cargado hasta la espoleta de metralla. Pero parece ser que amar, llorar o tener miedo no es digno de los anales de la historia. Cuánto nos hemos equivocado.

Y cuánto nos seguimos equivocando. Ahora mismo hay una nueva Sebastopol o una vieja Zaragoza que también es mártir de relatos inverosímiles y ostentosos cantares de gesta. Gaza es considerada una ciudad sitiada por Israel, y a sus habitantes, por ende falaz, héroes de casta entregados al odio y a la resistencia. Pero, sin embargo, Gaza no se desangra, ni las mujeres se ocultan en los sótanos. En Gaza los niños siguen jugando al fútbol y en las plazas los mercaderes siguen instalando sus zocos. Las bombas caen a su alrededor, pero siguen haciendo la vida de siempre, o lo más parecido a la vida de siempre. Y seguro que se han acostumbrado a las explosiones, y a la presencia de blindados israelíes y a personajes variopintos con una ametralladora entre las manos.

Desde Troya hasta Gaza, nos hemos imaginado todas esas ciudades sitiadas y destrozadas. La Zaragoza de los Sitios también es una Zaragoza falsa que solo existe en nuestra cabeza, de la misma manera que nuestra concepción de victoria se manifiesta en función de nuestra concepción de derrota y viceversa. Y entre toda la miseria, los hombres y mujeres entregados a la batalla, los bailes de primavera, los afables cortejos y las operaciones de urgencia en improvisados hospitales, solo existe un héroe, y ese héroe es tan tangible y etéreo como un soplo de aire tibio en una tarde de otoño. El único héroe que conozco y al que merece la pena conocer es la verdad, y solo en la verdad podemos hallar la valentía necesaria para acabar con la ignominia de la guerra de una vez por todas.

 

Publicado por David Lorenzo Cardiel

Autor. David Lorenzo Cardiel aúna desde la adolescencia su vocación filosófica con su pasión por la poesía, el ensayo y la narrativa.

2 comentarios sobre “SÍMILES DE GUERRA

  1. La Verdad es el territorio a conquistar.
    En las guerras se usan las armas de destrucción masiva para ganar al enemigo. Como esa victoria se apellida “de mentira” lo único que conseguimos es debilitarnos porque perdemos humanidad.
    Las guerras son respuestas infantiles a problemas complejos.
    La verdad solo se puede ver desde el apellido “inocencia”, pero no hay una ventanilla donde adquirirla.
    Cada uno tenemos nuestra verdad. ¿Es un puzzle entonces? Sí. Un puzzle en el que cada aspecto lleva el latido de la imagen completa.
    Ocurre que hay quien tiene una pieza y otros varias. ¿Es injusta la vida, entonces? ¡No!
    Cada uno responde por los talentos que recibe. Desarrollarlos lleva un tiempo distinto para cada uno.
    Hay supersticiones por las que se impide que los niños se miren en los espejos, creyendo que ello traerá algún peligro. Yo lo interpreto así: La verdad es diáfana y en ocasiones no tenemos todavía la madurez suficiente para contemplarnos en ella.
    Un arma infalible es la empatía. Un buen actor lo entendería. Entrar en el espacio del otro para ver que ve y qué capacidad de respuesta tiene ante el problema que la vida le está planteando, todo un reto.
    Un amigo nos daría una clase. Cuando no podemos responder desde nuestra capacidad pero él sí desde la suya y no puede “prestarnos” su solución porque funcionamos con un programa anterior al suyo, se queda con nosotros acompañándonos en esa oscuridad. Esa solidaridad ilumina la verdad y ya podemos ver la salida. Una salida que es en realidad entrada en otro nivel. (Al cielo sólo se sube por esa escalera).

    Cuando la verdad acaricia nos invade la felicidad y es ahí donde nos gustaría establecernos.
    ¿Cómo reconocer la Verdad? Con una infalible prueba: Si no le sobra ninguna pieza.

    ¡Qué bien sienta conversar!
    Un abrazo fuerte.
    María

  2. Al hilo de lo que expones, me gustaría compartir contigo otro pasaje del mismo libro, pero en mi versión on line lo han recortado (lo que es una vergüenza) o no lo encuentro, que no creo. Así que te lo tendré que citar de memoria, más o menos:
    ***************

    “Nuestros diplomáticos desangran nuestros pueblos en horribles guerras como ésta, y en ellos se asume la justicia de un reino, o las virtudes de un imperio. De un diplomático se asume que es un hombre de razón, y que la culpa de la guerra es del enemigo al fracasar el diálogo. Cuando la diplomacia no es suficiente, entonces participa la guerra.

    ¿Pero qué decir cuando la diplomacia no hace nada por evitar la guerra, e incluso la busca? La diplomacia ha degradado en su sentido, y ya no obra con razón. ¿Cómo puede justificarse y dotarse de racionalidad a que diez mil o cien mil soldados, de uno y otro bando, se asesinen mutuamente de esta manera? ¿Acaso esto soluciona algo?

    A veces tengo un extraño pensamiento, y es el siguiente: imaginemos que, en vez de lanzar miles de soldados contra miles, un día se le ocurre a un diplomático una idea, y propone la simpleza de enfrentar a esos miles de hombres cara a cara e ir enviando uno de cada bando a pelear entre ellos. Cuando termine un combate, se enviarán otros dos, y luego otros más, y luego otros, así hasta que todos hayan luchado y ya no queden soldados en ambos ejércitos, partiendo del supuesto de que ambos poseen mismo número de hombres y fuerzas similares. ¿No es acaso más racional enviar la lucha de dos hombres en iguales condiciones que la de miles en circunstancias lamentables? ¿No sería más justo?

    La guerra no es racional ni puede justificarse por encima de la barbarie. Y tampoco de nuestros diplomáticos puede asumirse una racionalidad que no poseen más elevada que la de cualquier hijo de nuestra nación, que la opinión de un cortesano en su camarín o la de un campesino en su casa de labranza, cuando la barbarie es su única solución a los problemas.”
    *****************

    Espero haber podido conservar muchas de las palabras originales del autor.

    En realidad, la Verdad es absoluta y muy clara. Los que emborronamos la visión somos nosotros. ¿Por qué? Porque nos empeñamos en adaptar las cosas según nuestra circunstancias o nuestras convenciones, según intereses. Eso no es conocer ni hacer las cosas con justicia. La justicia es dejar cada pieza donde le corresponde y cómo le corresponde, y actuar en consecuencia de lo que son las cosas como corresponde que se haga. El motivo de las guerras es la imposición, quitarle al otro lo que le corresponde y siempre le va a corresponder. Luego, ante tal barbaridad, cada uno adapta la realidad como le da la gana. Rusia dirá que el Imperio Otomano amenaza sus fronteras y alegará, demagógicamente, a esa misma necesidad de defensa para invadir las orillas del Mar Negro. Por su parte, los Otomanos se limitarán a reclamar los hurtos territoriales llevados a cabo por los rusos en el pasado, cuando Catalina la Grande lideró las mayores guerras conocidas en Europa. Y los franceses, italianos e ingleses que ayudaron a Turquía, que son injustas las acciones contra territorios fundamentalmente otomanos y que por eso intervienen en una guerra que no les concierne. Pero la verdad es muy clara, solo hay que verla: Nicolás I quería expansionarse hacia el Bósforo, como un día hizo Catalina, al igual que mantenía una crudenta guerra en Chechenia con el mismo fin, y otras en dirección a Japón, Ucrania, Polonia, Alemania y Finlandia. Turquía, por su parte, llevaba décadas invadiendo territorios afines a Rusia y también estaba en guerra con Chechenia, a la que quería tomar cuanto antes. ¿Y Francia, Italia e Inglaterra? Francia pretendía defender las rutas comerciales a través del Líbano, territorio periférico a su gobierno y que pasaba por Turquía. Apoyarle era una cuestión absolutamente interesada. Italia por fines territoriales: Rusia avanzaba hacia el Bósforo y ya había comenzado a apuntar hacia los Balcanes. Inglaterra por un motivo más sutil: caída España y derrotada Francia, la única flota boyante, comercial y hegemónicamente era la rusa, hasta entonces una flota de segunda o tercera línea. Había demostrado años antes su potencial en batallas navales en los mares del norte e incluso alguna en el Pacífico, y carente de base en el Mediterráneo, controlado íntegramente por Inglaterra, no iba a permitir que los modernos y efectivos buques rusos crearan una base en Sebastopol. Cuando los ingleses envían su flota al Mar Negro, lo primero que hacen es interceptar la rusa. Cortan, desde Gibraltar, el acceso al Mediterráneo y destrozan la flota del Bósforo, bombardeando puertos y dársenas. Los últimos barcos, los de Sabastopol, serán hundidos. Inglaterra, si lo analizamos, una vez logrado su objetivo naval, envía trescientos mil soldados a sitiar Sebastopol, pero serán los cien o doscientos mil franceses quienes más activamente participen en las batallas. Ellos se limitarán a dejar bien visible su flota para atemorizar al enemigo.

    La Verdad nunca es ambigüa. Otra cosa es lo que nosotros decimos que es verdad. Y aquí es donde, hoy por hoy, campa a sus anchas demasiada mentira.

    Acertadisísima tu última frase: ¿cómo saber cuándo algo es lo que es y de una determinada manera? Cuando es eso mismo. Sin más. La cuestión más sencilla del mundo. Cuando lo conocido no se corresponde con la realidad supuestamente comprendida, quiere decir que algo hemos equivocado o que, sencillamente, necesitamos comprender más para conocerla en toda su profundidad. Cuando esa correspondencia es plena, ya no hace falta continuar más allá. Ya habremos llegado a la verdad de las cosas.

    Me encanta mantener esa escalera hacia el cielo de la soliraridad. Me está encantando esta conversación.

    Un muy fuerte abrazo
    David

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