El blog de David L. Cardiel

"Toda verdad pasa por tres etapas. Primero, se ridiculiza. Segundo, se niega con violencia. Tercero, se acepta como manifiesta." [Arthur Schopenhauer] Fotografía de Ilya kisaradov.

Categoría: sección reflexiva

Vergüenza

>Fíjense que a veces uno encuentra las propias respuestas a las tesis que plantea en la propia actualidad, sobre todo cuando hablan de antihéroes y de personas que sufren sus daños colaterales. Es el caso, por ejemplo, del suceso que Heraldo de Aragón daba a conocer y que, tal y como justifica su primer puesto entre las noticias con mayor número de visitas ha debido conmocionar a los asiduos lectores del periódico.

El asunto, por desgracia, es tan duro como frío: un hombre de unos cincuenta años va a coger un taxi con su mujer y sufre un infarto. Algunas de las personas que se acercan a ayudar colaboran con la mujer en la reanimación de su marido pero en el corrillo formado entorno al caído alguien roba el monedero de la mujer, que se encontraba en el bolso que ésta había puesto bajo la cabeza del infartado con el fin de peraltarla y asirla. Las circunstancias hacen que el suceso acabe trágicamente y el hombre fallezca.

Sinceramente, me parece algo tan ruín como hijoputesco (con todas sus letras) robar, en tan amargas circunstancias, el monedero de la mujer junto con todas las tarjetas, muchas de ellas necesarias ante las circunstancias, como es el caso del DNI.
Creo que no hace falta rebuscar muchos más atributos que aplicar a la persona que se ha atrevido a robar a una persona tendida en el suelo y que pugna entre la vida y la muerte. Cada uno que le incorpore los que más desee y los que mejor describan sus sentimientos y los añada a su ya, supongo, más que abultada lista de cisnamientos que carga en sus espaldas morales y que, colateralmente, tienen que sufrir todos aquellos familiares, vivos o difuntos, que ninguna culpa aparente tienen de que esa persona haya cometido semejante acto. Un acto que no puede ser castigado desde el punto de vista legal humano. Ya sé que muchos de vosotros pensaréis que la única ley eficiente contra un acto malvado es la penalización mediante las leyes civiles, pero pienso que en el caso de actos cuya destrucción afecta a partes extramateriales de la realidad, como es este caso, toda acción legal pierde su sentido. Imaginen un asesinato, cualquiera de los que por desgracia colman las portadas de los magazines de actualidad. ¿Qué puede realmente hacer la ley? ¿Multar al malhechor y convertir el “pago” del daño inmaterial cometido al ámbito de unas cuantas cifras, que para colmo representan dinero, un ente inexistente por sí mismo en la naturaleza? ¿Encarcelarlo? ¿Aplicarle una pena de muerte? Ninguna de ellas, ninguno de nosotros tenemos el “poder” necesario para reestablecer el daño ejercido, para restaurar el hecho que originó la muerte de la víctima y para paliar el dolor de los familiares y amigos que lloran la pérdida. Nos sirve, nos consuela; es justo hasta cierta medida, pero realmente, nuestras leyes físicas son incapaces de devolver lo perdido y de revocar el acto. Esto último es lo que, por ejemplo, de identificarse al individuo o individuos que han optado por aprovecharse de la amarga situación de la mujer que atendía a su marido infartado para robarle el monedero, sucedería. Si pillan al que haya robado esos enseres, nos consuela aunque sea con un débil halo de justicia el hecho de que se le aplique alguna pena, aunque sea risoria y baladí. Pero el daño ya está hecho. La persona que sufrió el infarto murió y la cartera con el dinero, el DNI y los oportunos enseres ya ha sido sustraída. Desgraciadamente, el ladrón o ladrona ha demostrado, con amargura y falta de respeto, que salvo que se trate de un motivo de necesidad loable, como por ejemplo es paliar el hambre o sobrevivir con algo de calor y refugio un día más; que de nuevo, los valores de la sociedad que más me penan, como son este meterialismo cruel y excesivo y este individualismo que nos estrangula y nos cuece a fuego lento hasta nuestro último estertor hacen de las suyas, en cada individuo vulnerable a ellos, convirtiendo este mundo en un lugar un poco más penoso y más decadente cada día.

Request in peace, convecino.

Gracias a todas las personas que no dudan un instante en ayudar a quien precisa auxilio. Sin vuestra presencia, la humanidad estaría, como bien sabéis, finiquitada.

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Va de informes (PISA)

>Recuerdo con la calentita y agradable nostalgia del paso de los artículos algunos escritos en los que traté el tema de las generalizaciones e inducciones. Hace demasiado tiempo. El necesario para que hayan olvidado las palabras de este cansino pensador.
Me quejaba, en síntesis, de que la mayoría de las personas que conforman nuestra sociedad actual lo único que saben hacer es acusar con el dedo valiéndose de la injusta y poco fiel con la realidad inducción. Ese método que, utilizado con precisión y ansias de búsqueda puede aportar resultados fiables al conocimiento de la realidad, pero que usado en boca de necios puede resultar más devastador que la bomba de Hiroshima. Al menos, integralmente.
Pues bien, en uno de los textos en los que con más impotencia rabiosa que destreza escribana les puse las peras al cuarto, con la verdad por delante, a los que manipularon mediante la generalización a cuanta gente escarmentada encontraron para acusar y apalear moralmente a todo joven existente (esos que se atreven a lanzar tales sentencias, metiendo en el mismo saco del “ni-ni” tanto a culturetas, pensadores e investigadores como a gamberros, pasotas y vividores), y en el que los llamé, concretamente, “secundum quiz” o “generalizadores indebidos”, también destaqué, como algo relacionado, la poca intención por parte de tales personajes -sean quienes sean- de intentar poner solución a los problemas en vez de usarlos como artilugio de disuasión y de desfogue de la cólera personal que cada uno carga consigo. Y uno de esos problemas que más preocupa y llena diarios sensacionalistas con respecto a la educación y los jóvenes es el Informe PISA.

El dichoso y puntilloso Informe PISA. 

La Biblia sobre la que descansan todas las expectativas en materia de Educación de éste y otros países.

El pasado domingo, en Aragón, los principales medios anunciaron a bombo y platillo el proyecto de realización de unos derivados del PISA por parte de la Consejería de Educación para evaluar con firmeza el nivel en conocimientos de alumnos de primaria y de segundo de ESO. Tal proyecto, como no podía ser de otra manera, procede del valor tan elevado como innecesario que la sociedad le ha otorgado a tal informe, que genera un ranquin, algo parecido a una Champions League de la cultura básica que clasifica a los países según los resultados de sus políticas educativas. Y claro está, no es algo baladí estar entre los cabeza de grupo. Hace años que el PISA se lleva haciendo en España, sobre todo desde la aparición de irresistibles intereses en europeizar España -algo que en principio no es negativo pero que, de abusar, podría serlo-, y últimamente la Piel de Toro no se encuentra en muy buena posición. El farolillo rojo de los “puestos de descenso” de nuestro ibérico país no hace más que evidenciar lo que ya se intuía desde el principio: la educación en territorio rojigualda “parece” no funcionar.
Tras un par de desastrosos informes, la maquinaria inquisidora de lo ajeno ha comenzado a poner el grito en el cielo en nombre de la ciudadanía española, suplicando “redención” para los caídos jóvenes, esos sin chicha que apestan a litrona que matan, en su opinión. Los políticos, encajonados entre la inevitable “vergüenza” ajena que suponen estos informes y el alarmismo de los inductores indebidos, se ven obligados a tomar medidas frente al próximo PISA. Y, ¿qué mejor medida que reunir a supuestos entendidos en materia científica y política para solucionar los malos resultados del PISA y lo que arrastra consigo -absentismo, fracaso escolar…-? Los eruditos, sintiéndose héroes en un Apocalipsis cultural y ante las presiones de políticos y de la encolerizada sociedad, han buscado -al menos, así me lo parece- una solución rápida al problema del fracaso escolar, que es el que suponen que acarrea la baja nota en el PISA: implantar un curso-almohada entre sexto de primaria y primero de la ESO.
Los “iluminados” deben pensar que el sistema educativo aragonés (porque por desgracia, en este país tenemos un sistema educativo por Comunidad) es demasiado duro para los pobres alevines deseosos de encontrar una educación a su medida en la enseñanza secundaria.

¿Enseñanza dura? ¡Venga ya!

Basta de bromas chungas. Las cartas sobre la mesa. Yo estudié la secundaria en el sistema ESO y la enseñanza, en particular primero, es bastante light. Muchas veces pienso que si no hubiera sido por los excelentes profesionales que ninguneados por la sociedad pusieron toda su rasmia en el asador complementando con admirable destreza el insuficiente programa educativo, hoy no podría ser el jovenzuelo pensador y juntaletras que soy.
Pero si el programa educativo que estudié era pobre, más lo es el que se imparte a día de hoy. No lo digo yo, lo dicen los docentes. La sociedad cada vez se conforma más por sí misma en lo que le interesa, y cada vez se molesta menos en ayudar a los niños a desarrollar los imprescindibles y necesarios pensamiento y reflexión. Y sin reflexión y pensamiento, díganme cómo van a escapar de los engaños y de la porquería de la propia sociedad y cómo van a valorar el estudio ni a interesarse por él. Es muy fácil eludir las responsabilidades cargándoselas únicamente a una mala gestión de los organismos públicos, a los valores de la juventud o a la supuesta “dureza” del sistema educativo. Crear unos cursos intermedios entre primaria y secundaria, y entre ésta última y bachiller me parece tan ridículo como centrar el suspenso español en el PISA en un déficit de conocimientos por parte de los escolares.
El año pasado, si mal no recuerdo, se elaboró el Informe PISA, y a su final, los profesores no daban crédito. No se explicaban cómo podían permitir que unos chavales de catorce o quince años recién cumplidos tuvieran que estar haciendo un examen durante una o dos horas y no pudieran salir al recreo a descansar y a almorzar, como ocurrió en esa edición. Obviamente, los jóvenes, que veían sonar los timbres que permitían el tiempo de almuerzo comenzaron a amotinarse, hambrientos, frente al profesor que custodiaba el aula y éste les informó que de acabar el examen saldrían al recreo. Los chavales, a los que el examen les importaba un carajo, comenzaron a poner respuestas casi al azar para lograr su merecido descanso.
Y luego, los políticos y la sociedad entera pretenden que los informes sean un primor. Si no comienzan por escuchar al profesorado, que es quien pasa más horas con los alumnos que con su propia familia, ningún plan, por catedrático que sea, podrá ayudar a solucionar el desvarío.
Todo esto sin contar con que el problema-raíz lo tenemos todos nosotros, en nuestra sociedad. Que no valoramos el pensamiento. Que preferimos la prostitución de ajustarnos a lo convencional frente a la nobleza de hacerlo a la realidad.
Así que mejor que no derrochen recursos en ridículos cursos intermedios ni en sistemas que únicamente reduzcan materia de estudio. Ahí no está la solución, sino todo lo contrario.
Claro, a no ser que a algunos sectores les interese generar una tribu de personajes analfabetos a los que manipular y controlar con extrema facilidad, ¿no creen?

Esperpento ideológico

>Idea, en griego, significa “visión”. Nuestra cultura -cimentada sobre el pensamiento griego-, y en particular nuestra lengua, el español, adoptó tal palabra para designar a aquel pensamiento o solución que podía ser desarrollado y pensado en la individualidad de la persona sobre una pregunta de cualquier tipo o ante un problema de cualquier envergadura.
Obviamente, si se escogió esta acepción en particular no fue por capricho. Al menos, no parece que así fuera. Como saben, el griego es una lengua con muchos vocablos equívocos -una palabra equívoca es aquella que posee más de un significado diferente en sí misma-, al igual que le ocurre al español. Aunque no soy un buen conocedor del griego y del latín, sabiendo de antemano la pluralidad etimológica de la primera lengua, es probable que a la hora de adoptar una palabra que definiera “idea” hubiera un número considerable de candidatas. Sin embargo, ¿por qué se hispanizó esta palabra griega en lugar de otra, con el paso del tiempo y la acción de la tradición? Quizás porque, fiel a la traducción “literal” con nuestro español moderno, una idea es en sí una visión. La visión de la solución. La visión de la realidad, de la verdad. En el Diccionario Básico Anaya de la Lengua, aparecen las siguientes definiciones de “idea”:
1-Representación mental de una cosa o de su esencia.
2-Plan.
3- Concepto de alguien o de algo.
4- Ingenio.

Si se fijan, las cuatro definiciones, independientemente de los matices que las diferencian giran en torno a una esencia que las une: la visión. La primera, la que se refiere con mayor fidelidad al pensamiento, enuncia “representación” como elemento significativo en la definición. Representarse algo es tener una visión aproximada o exacta de una cosa que, en un principio existe en la realidad. Es visualizar el objeto, verlo en nuestra mente.
La tercera, en cambio, hace referencia a una visualización de una persona o ser concreto, bien como recuerdo de ella, bien como resultado de la síntesis de una descripción. Las otras dos que faltan hacen referencia a la solución de problemas. Cuando elaboramos un plan o llevamos a cabo un ingenio, lo que hacemos es visualizar aquello que visualizar aquello que vamos a llevar a cabo. En cualquier caso, como digo, el pensamiento se fundamenta en la visión, la visión de la solución, la visión, a fin de cuentas, de la verdad que se busca.

Todo nuestra sociedad y nuestro conocimiento, hasta el científico, está fundamentado en las “visiones”. Un pensador, que es aquel que busca la verdad mediante la abstracción, la reflexión, el análisis y el pensamiento en general es el que, tras llegar en su ser personal e intransferible a determinadas visiones sobre la realidad las lega a la humanidad -que no a la sociedad-. Para poder legar tales visiones precisa del lenguaje, ya que esa “visión” que el pensador tiene en su ser es muchas veces tan abstracta que no se podría plasmar de igual forma. Llegado a estos extremos deberá aproximar la visión, la realidad por él conocida todo lo posible para que otras personas consigan captarla y componer esa visión, con la misma exactitud que su propietario primero. Sin embargo el hecho de transferir una idea o un pensamiento con éxito es una tarea ardua. Debido a que cada ser humano es diferente y no tiene porqué poseer la misma capacidad reflexiva que el pensador emisor de la idea, ésta tiende a “desnaturalizarse” por el camino, ya sea por la falta de precisión de las palabras que la transmiten o por la incapacidad de asimilación del sentido y esencia correcta cada una de esas palabras componiendo en la mente la imagen del algo conocido por parte de la persona receptora. Es fundamental, para el que conoce, transmitir con la mayor exactitud posible esas ideas, por lo que deberá centrar sus esfuerzos en tal tarea. Tanto si la visión es “entregada” con exactitud como si no a la persona receptora, otro vil enemigo de la verdad, que es el interés personal ligado al paso del tiempo tiende a tergiversar y maleficiar ese pensamiento-visión primero hasta convertirlo en un esperpento de la realidad. Esto es lo que sucede en las ideologías.
Todas ellas, del tipo que sean, se caracterizan -si lo reflexionan-, por unos principios o premisas primeras que sirven de pilares para posteriores aportaciones. El pensador que enuncia las ideas puede estar o no ligado a la ideología que surge a partir de ellas. Así, por ejemplo, si es el pensador el que dirige la doctrina que se elabora en torno a sus ideas, será un ideólogo. En la ideología, el matiz del pensamiento primero que dio origen a las ideas primeras es eliminado. La ideología no es ni pensamiento ni filosofía, sino una doctrina con fin de aplicación en la sociedad y en la humanidad fundamentada en determinadas ideas-premisas. Un pensador que se ligara a una ideología acabaría trasformándola y dirigiéndola hacia la verdad, proceso que no interesa dentro del propio sistema que es la ideología. Una ideología puede ser tan variada como ideas puedan existir, y no tiene porqué corresponderse con la realidad. Es únicamente una doctrina que evoluciona de forma restrictiva en torno a las ideas básicas en las que se fundamenta con el paso del tiempo y la sociedad. Si el objeto no es conocer la verdad sobre un tema sino aplicarla a la sociedad, las ideas primeras deberán adaptarse al avance de la sociedad a lo largo del tiempo, lo que implica una más que segura tergiversación de sus pilares y fundamentos. Los nuevos integrantes modifican según sus intereses, intenciones y situación las premisas primeras desfigurándolas, a la par que se incluyen nuevas ideas en muchas ocasiones dispares y caóticas, ya que en la mayoría de los casos no son fruto de la reflexión, sino de los intereses particulares o colectivos de grupos cerrados y aislados. Esto explica que cualquier ideología tienda a la fragmentación e incluso a la desaparición de la ideología inicial. Un ejemplo es el liberalismo, que en el caso español pronto comenzó a fraccionarse en diversos grupos, como los progresistas, los unionistas o los demócratas, todos ellos procedentes de unas mismas ideas primeras pero con matices que los hacen diferentes entre sí. En la actualidad, por ejemplo, el liberalismo como tal ha desaparecido, favoreciendo a los centenares de ideologías que nacieron a partir de sus premisas. El caso del marxismo también es relevante. El marxismo, como ideología, pronto se fragmentó en variantes que escogieron y añadieron a su imagen y semejanza las premisas que más les interesaron, sin respetar como se debe los principios de los que proceden. Socialismo y comunismo son un ejemplo de ramas del marxismo.
¿Y respecto a las ideologías de extrema derecha? En el caso de España, muchas nacieron a partir de ideales carlistas seleccionados a conciencia para generar los nuevos movimientos.
Otras, sin embargo, nacieron a raíz de diversos problemas sociales del momento y fueron instauradas respecto a los intereses de los primeros seguidores.

Analizando todo lo dicho, llegamos a la conclusión de que las ideologías, que prescinden en síntesis de un pensamiento que haría peligrar esos intereses que las rigen, no son precisamente un buen sistema ni un buen método para cambiar a la sociedad y hacer avanzar a la humanidad. Algo que funciona en torno al interés y que cuyas premisas-pilar se encuentran tergiversadas y desfiguradas por el paso de las gentes y del tiempo no puede conducir de manera impoluta a la justicia, a la realidad y hacia el bien, el progreso y la verdad necesarias. Entonces, si además las ideologías tienden a no ser tolerantes con otras ideas que no sean las suyas, ¿qué sentido tiene que millones de personas se involucren en diversas ideologías, pugnando unos con otros por imponer ideales que no se fundamentan, en base, en la verdad que hay que buscar? Las respuestas principales que encuentro son dos: la primera, que a causa de la presión del poder, ejercida por la sociedad, las propias ideologías y los prejuicios culturales y sociales, no se estimula a desarrollar un mínimo de reflexión y pensamiento que sirva a la persona a discernir y a calibrar lo que en la vida se va encontrando. La segunda, que ante la falta de reflexión y la fría e individualista sociedad que con el tiempo nuestros antepasados -y ahora, nosotros- han ido creando e instaurando en nuestras vidas, la gente está necesitada de seguir unos ideales que le den independencia, que los diferencien del resto; algo en lo que creer y por lo que luchar, huyendo así de la, para ellos, monótona e insulsa vida. Imposición tradicional y cultural aparte, las ideologías abren sus brazos a los descarriados e indecisos personajes para que sumen número entre sus filas. Porque, a falta de pensamiento, la única manera de ejercer un poder, aunque frío y barato es con el número, con sangrientas revoluciones que no llevan a ningún lado, con engaños, con sofística y con presencia en la degradada política.
Estas causas, y muchas otras, hacen que hasta para el pensador sea muchas veces dificultoso cribar esperpento y realidad; el primero, sin duda, creado a interés y dependiente de la verdad.
La segunda, inexpugnable, poderosa y eterna.

La vida del escritor novel

>Escribir no es tarea fácil, más bien todo lo contrario. Yo, personalmente no me imagino viviendo del arte de la escritura, pero sí escribiendo artículos en este blog, en algunas revistas y periódicos de confianza, publicando libros que escriba mimadamente y sin prisas comerciales a lo largo de mi existencia y, concluyendo, basando mi vida en la filosofía y en la escritura. Para mí -y para muchos- la escritura es algo más que un vehículo que solamente lo utilizamos para expresarnos y comunicarnos con los demás. Es todo un arte, cada palabra porta la esencia de aquello que deseas comunicar. Cada acepción es tu mensajero, no una burda herramienta sin sentido. El texto es tu mensaje. Por eso, la escritura no es una tarea fácil. Hay que saber tratar a cada palabra tal y como se merece, saber donde colocarla y en qué orden y momento del texto, de la novela o del artículo. Saber elegir cuál de ellas se adapta al tema que expones, cuál se adapta a tus sentimientos, a tu persona y al momento. O a tu público. A las palabras les sucede lo mismo que a las personas: pueden ser de una misma familia, sinónimas, pero siempre habrá diferencias entre ellas, meros matices que en una escritura coloquial no tiene sentido distinguir pero que en el arte de escribir cobran todo su sentido.
Sin embargo a escribir aprendimos todos desde pequeñitos pero pocos son verdaderos escritores, amantes de las palabras.
En mi opinión, siempre modesta, el escritor nace y se hace. No podemos ir a una escuela de escritores y entrar no sabiendo redactar con estilo y salir siendo un cautivador de lectores. Eso no existe, se lo aseguro. El escritor nace. Normalmente enseguida se distingue del resto personas de su alrededor y desde muy jovencito comienza a jugar con las palabras. El niño -o niña- las mima, las modifica, las reordena, las hace lucir y deslucir, prueba y cambia sus órdenes, las ama a fin de cuentas. Sus textos comenzarán poco a poco a tener calidad, gradualmente, al ritmo de la vida y del crecimiento. Aquí jugarán un papel importante los sentimientos y la lectura. Interesarse por la cultura, sumergirse en mundos inimaginables -siempre coherentes, claro está- y darle el valor que merecen a los sentimientos influirán en la vida del (posible) futuro escritor. ¿Qué sentido tendría escribir con arte si no hay sentimientos de por medio? Como escritor novel, pero como escritor a fin de cuentas reconozco que al escribir una novela juegan un papel muy importante las vivencias, los sentimientos y los libros leídos y asimilados. También la personalidad de cada uno será definitiva.
Para que el amigo de las palabras se convierta en su amante tendrá que pasar una etapa de deseo reconfortante interior con la escritura, lo que en filosofía se llama adecuación. El espíritu o llama interior deberá adecuarse con el arte de escribir y las palabras formarán parte de la persona, se fusionarán a él. El escritor que se precie debe sentir una especie de fuego interior, fuego que en realidad es el sentimiento de libertad plena que solo las palabras te pueden dar. Cuando ese momento llega, la calidad se hace notar por sí sola. El joven ya ha vivido lo suficiente con la presencia de las palabras que ya estará acostumbrado a su fragancia y sabrá ordenarlas y utilizarlas casi perfectamente. Digo casi porque nunca un escritor acaba de dominar hasta la perfección las palabras. Siempre hay errores y decisiones que restan belleza a un texto. Pero a fin de cuentas, esta es la gracia de este arte, ya que muestra la humanidad del que hay detrás de un escrito. Esta fase, de perfeccionamiento personal e intransferible durará toda la vida y en ella, el escritor se hace. Durante esta cocción el amante de las palabras pasará de escritor novel, primera etapa y muy dura a escritor a secas. Su fama dependerá de su virtuosidad en este mundillo y de la suerte que tenga, entre otros factores. Aún así, un buen escritor lo es con fama o sin fama. Y se nota. Y se le hecha en falta cuando no está ahí rellenando folios. Al final de la existencia, el escritor se convierte en veterano. Haya llegado lejos o no este ser conocerá las palabras como ninguno. Entonces es el momento de ver pasar a los noveles y, sin inmiscuirse en su lucha animarles con el pensamiento a hacerse con las que serán sus más fieles y reconfortantes amigas: las palabras.

Las palabras de Luis

>Luís fue un antiguo profesor mío, uno de esos exegetas que se conforman, en su modestia natural, con dedicarse a la Enseñanza Primaria Obligatoria cuando bien podrían estar disfrutando de una buena plaza en la Universidad y una jubilación más que decente en el futuro.
Luís era un tipo duro. Han pasado los suficientes años como para que sólo de él me queden algunas imágenes sueltas y algunos recuerdos estereotipados. Pero esto ya me sirve para retratarlo tal y como verdaderamente era. Sin embargo, Luís aparentaba ser duro. Era de la vieja escuela, de estos maestros que comprenden que si no se enderezan a los arbolillos desde pequeños de mayores van a estar torcidos siempre. Buscaba la disciplina como nadie y, la verdad, sabía infundirla hasta al más gamberro. Nunca le vi utilizar ningún artilugio para provocar ruido y llamar la atención de los alumnos ni nunca le he visto levantar la voz más allá de lo que acostumbraba en clase. Solo utilizaba su carácter, recto y guardando las distancias, y sus órdenes iban literalmente a misa. Por ejemplo, recuerdo una vez que mandó de deberes conjugar a la perfección todos los tiempos verbales. Nos hizo levantar a toda la clase y ponernos unos pegados a los otros siguiendo la línea de la pared. Acercándose a cada uno le pedía conjugar entero un verbo en todos sus tiempos y, si no cometía errores, lo felicitaba y le dejaba sentarse. Si te confundías, permanecías de pie hasta que te volviera a tocar turno, porque casi siempre no eres el único en la vida en confundirte en algo. Pero Luís no era un borde y su rectitud se amoldaba al nivel de cada uno de sus pupilos. Así, si sabía que un alumno no daba para conjugar un verbo complicado, le ordenaba uno sencillito. Por otra parte, a los que éramos más listotes nos ponía siempre los más complicados que encontraba. Naturalmente, cuando lograbas conjugarlo bien te sentabas pensando a qué clase de cabroncillo tenías como profesor.

– Un borde, es Don Luís -comentábamos entre nosotros-.

Sin embargo, el tiempo ha demostrado que Luís no era un borde ni mucho menos, sino un adelantado al que le gustaba sacar el mayor rendimiento exigible a un niño de siete, ocho o nueve años. Nos conocía perfectamente, sabía de que pie cojeábamos cada uno y, por supuesto, sabía si podías con algo difícil o no.
Don Luís, como ya se habrán fijado, es un apelativo un poco carca para los valores sociales que se pretenden conservar hoy en día. Algunos incluso puntualizarían que es hasta facha. Sin embargo, Luís era un hombre conservador. Le gustaba ir vestido con pantalones de traje, chaqueta gris a cuadros y camisa discreta. Le gustaba también ir peinado con estilo y la presencia para él era como una asignatura más a superar. No se podía asistir a clase de cualquier manera, no, había que ir bien peinado, bien aseado y como correspondía a los niveles tradicionales de vestimenta apropiada para un niño y para una niña. En su disciplina, Luís nos enseñaba el valor de las palabras. Nos decía que la palabra es el motor de la humanidad, el medio esencial por el que una persona se comunica con su todo. Y por eso nos enseñaba a valorar cada acepción. A él le gustaba que le llamaras Don Luís, con respeto y de usted. Para él, el usted era la clave para que un chavalín fuera persona de provecho en el futuro. Y no se equivocaba. Nunca forzaba a los alumnos a más allá del temario del libro, pues es raro y difícil que un niño de seis o siete años destaque en ostentosas redacciones y trabajos complejos, pero lo que enseñaba quería que fuera bien asimilado por aquellos que eran sus protegidos.
Luís siempre tuvo -y supongo que seguirá teniendo- un corazón de oro. Sabía apoyar hasta el final a cada alumno y si sabía que tenía oportunidades en la vida él lo defendía y lo impulsaba, le enseñaba a luchar. Si se encontraba frente a un mal alumno, Luís no desfallecía: continuaba su labor docente con la esperanza de poder despertar algún día esa chispa que todos tenemos en nuestro interior esperando a ser encendida, desencadenada.
Ahora que, como digo, hay cierta distancia temporal desde aquel año que me dio clases cuando apenas contaba un puñado de añitos puedo ver y entender que, comparando a Luís con otros docentes presentes por mi camino Luís fue un antes y un después en la vida de los que supimos aprovechar a ese grande entre los grandes. Luís se parece a otros profesores, aunque su mayor diferencia con ellos es que Luís tenía esperanza. Tanto en universidad como en la Enseñanza Secundaria o incluso en Bachiller es tan difícil hacer entender ciertas cosas a un alumno que, después de largos años de lucha casi diaria, si no se consigue despertar esa chispa con facilidad muchas veces se tira la toalla. Los años al timón y la indiferencia de muchos de los alumnos terminan por endurecer los corazones de los docentes y las toallas de la enseñanza acaban, tarde o temprano por rodar por la lona del cuadrilátero donde se bate a puños el alumno adoctrinado con las durezas de la vida.
Luís se jubiló al terminar ese mismo año. Se que nunca perdió la esperanza al igual que confío en que tampoco la haya perdido en ese nuevo estado de latencia y de impotencia docente que representa la jubilación para un gran profesor. Porque siendo como era, seguro que tiene que vivir esa impotencia. La impotencia de ver como el mundo se derrumba, la educación decae, la gente se desculturaliza y es cada vez más manipulable. La impotencia de ver caer en el pozo del olvido el pensamiento, el razonamiento, la reflexión y el valor de cada una de las palabras de esta bella lengua que hablamos. Una lengua de la que él hacía que nos sintiéramos orgullosos. Una perseverancia guerrera que ha participado, por ejemplo, en que hoy esté yo pegado a este ordenador dándole a la tecla y escribiendo este homenaje más que justo y más que merecido.

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