Las palabras de Luis

por David Lorenzo Cardiel

>Luís fue un antiguo profesor mío, uno de esos exegetas que se conforman, en su modestia natural, con dedicarse a la Enseñanza Primaria Obligatoria cuando bien podrían estar disfrutando de una buena plaza en la Universidad y una jubilación más que decente en el futuro.
Luís era un tipo duro. Han pasado los suficientes años como para que sólo de él me queden algunas imágenes sueltas y algunos recuerdos estereotipados. Pero esto ya me sirve para retratarlo tal y como verdaderamente era. Sin embargo, Luís aparentaba ser duro. Era de la vieja escuela, de estos maestros que comprenden que si no se enderezan a los arbolillos desde pequeños de mayores van a estar torcidos siempre. Buscaba la disciplina como nadie y, la verdad, sabía infundirla hasta al más gamberro. Nunca le vi utilizar ningún artilugio para provocar ruido y llamar la atención de los alumnos ni nunca le he visto levantar la voz más allá de lo que acostumbraba en clase. Solo utilizaba su carácter, recto y guardando las distancias, y sus órdenes iban literalmente a misa. Por ejemplo, recuerdo una vez que mandó de deberes conjugar a la perfección todos los tiempos verbales. Nos hizo levantar a toda la clase y ponernos unos pegados a los otros siguiendo la línea de la pared. Acercándose a cada uno le pedía conjugar entero un verbo en todos sus tiempos y, si no cometía errores, lo felicitaba y le dejaba sentarse. Si te confundías, permanecías de pie hasta que te volviera a tocar turno, porque casi siempre no eres el único en la vida en confundirte en algo. Pero Luís no era un borde y su rectitud se amoldaba al nivel de cada uno de sus pupilos. Así, si sabía que un alumno no daba para conjugar un verbo complicado, le ordenaba uno sencillito. Por otra parte, a los que éramos más listotes nos ponía siempre los más complicados que encontraba. Naturalmente, cuando lograbas conjugarlo bien te sentabas pensando a qué clase de cabroncillo tenías como profesor.

– Un borde, es Don Luís -comentábamos entre nosotros-.

Sin embargo, el tiempo ha demostrado que Luís no era un borde ni mucho menos, sino un adelantado al que le gustaba sacar el mayor rendimiento exigible a un niño de siete, ocho o nueve años. Nos conocía perfectamente, sabía de que pie cojeábamos cada uno y, por supuesto, sabía si podías con algo difícil o no.
Don Luís, como ya se habrán fijado, es un apelativo un poco carca para los valores sociales que se pretenden conservar hoy en día. Algunos incluso puntualizarían que es hasta facha. Sin embargo, Luís era un hombre conservador. Le gustaba ir vestido con pantalones de traje, chaqueta gris a cuadros y camisa discreta. Le gustaba también ir peinado con estilo y la presencia para él era como una asignatura más a superar. No se podía asistir a clase de cualquier manera, no, había que ir bien peinado, bien aseado y como correspondía a los niveles tradicionales de vestimenta apropiada para un niño y para una niña. En su disciplina, Luís nos enseñaba el valor de las palabras. Nos decía que la palabra es el motor de la humanidad, el medio esencial por el que una persona se comunica con su todo. Y por eso nos enseñaba a valorar cada acepción. A él le gustaba que le llamaras Don Luís, con respeto y de usted. Para él, el usted era la clave para que un chavalín fuera persona de provecho en el futuro. Y no se equivocaba. Nunca forzaba a los alumnos a más allá del temario del libro, pues es raro y difícil que un niño de seis o siete años destaque en ostentosas redacciones y trabajos complejos, pero lo que enseñaba quería que fuera bien asimilado por aquellos que eran sus protegidos.
Luís siempre tuvo -y supongo que seguirá teniendo- un corazón de oro. Sabía apoyar hasta el final a cada alumno y si sabía que tenía oportunidades en la vida él lo defendía y lo impulsaba, le enseñaba a luchar. Si se encontraba frente a un mal alumno, Luís no desfallecía: continuaba su labor docente con la esperanza de poder despertar algún día esa chispa que todos tenemos en nuestro interior esperando a ser encendida, desencadenada.
Ahora que, como digo, hay cierta distancia temporal desde aquel año que me dio clases cuando apenas contaba un puñado de añitos puedo ver y entender que, comparando a Luís con otros docentes presentes por mi camino Luís fue un antes y un después en la vida de los que supimos aprovechar a ese grande entre los grandes. Luís se parece a otros profesores, aunque su mayor diferencia con ellos es que Luís tenía esperanza. Tanto en universidad como en la Enseñanza Secundaria o incluso en Bachiller es tan difícil hacer entender ciertas cosas a un alumno que, después de largos años de lucha casi diaria, si no se consigue despertar esa chispa con facilidad muchas veces se tira la toalla. Los años al timón y la indiferencia de muchos de los alumnos terminan por endurecer los corazones de los docentes y las toallas de la enseñanza acaban, tarde o temprano por rodar por la lona del cuadrilátero donde se bate a puños el alumno adoctrinado con las durezas de la vida.
Luís se jubiló al terminar ese mismo año. Se que nunca perdió la esperanza al igual que confío en que tampoco la haya perdido en ese nuevo estado de latencia y de impotencia docente que representa la jubilación para un gran profesor. Porque siendo como era, seguro que tiene que vivir esa impotencia. La impotencia de ver como el mundo se derrumba, la educación decae, la gente se desculturaliza y es cada vez más manipulable. La impotencia de ver caer en el pozo del olvido el pensamiento, el razonamiento, la reflexión y el valor de cada una de las palabras de esta bella lengua que hablamos. Una lengua de la que él hacía que nos sintiéramos orgullosos. Una perseverancia guerrera que ha participado, por ejemplo, en que hoy esté yo pegado a este ordenador dándole a la tecla y escribiendo este homenaje más que justo y más que merecido.

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