EL RÉGIMEN DEL SILENCIO

Toulouse, 24 de noviembre de 1926

Acabo de regresar. No he encontrado nada tuyo. No me escribas, no vale la pena. Mira, para no esperar nada no te doy ni la dirección de allá. Soy excesivamente ridículo. No tiene sentido ir mendigando así una amistad. Yo tenía necesidad de escribirte y tú no tenías ninguna necesidad de que lo hiciera. Puede ocurrir. Quizás te juzgue injustamente pero así sufriré menos y es mejor. Ya no te escribo más, aunque me hayas contestado, da lo mismo: no has sido capaz de hacerlo la noche en que lo habías prometido. No sé porqué razón voy a mandar esta carta. Hace unos días rompí tres, bien puedo romper la que hace cuatro. ¡Bah! será mi despedida. Y no te veas obligada a un recuerdo: ahora ya pienso que todo me da igual. Mi fallo está, Rinette, en haberte pedido demasiado. En haber esperado demasiado de ti… Ahora me doy cuenta y me sabe mal. Pierdo una buena amistad y no te tengo rencor. Es culpa mía si no sé retroceder y contentarme con poco.

Antoine

Café Restaurant Lafayette, Toulouse. Diciembre de 1926

Perdóname, Rinette… Mientras yo escribía tú me escribías -y una carta, además, que me ha hecho muy feliz […] En Toulouse -oh, Rinette- rehago cada día mi camino provinciano. Paso junto a esta farola y en el café me siento en aquella silla. Compro mi periódico en el mismo quiosco y digo cada vez la misma frase a la vendedora. Y los mismos compañeros, Rinette…hasta que sienta, Rinette, una necesidad inmensa de renovarme, de evadirme. Entonces emigraré hacia otro café, u otra farola u otro quiosco de periódicos e inventaré otra frase para la vendedora. Una frase mucho más hermosa.

Me canso rápidamente de mí mismo, Rinette, y por ello no haré nunca nada en la vida. Necesito demasiado el ser libre. […]

Perpignan, diciembre de 1926

Rinette, no eres muy amable conmigo. No volveré a escribirte porque no me gusta sufrir una decepción a cada correo. Para ti esto no tiene importancia pero yo vivo solo aquí y encuentro placer en las pequeñas cosas. Y además tú rehusas las cartas de conversación. Y a mí las cartas de cortesía cada tres meses me fastidian. Seguramente dirás: “¡Dios mío, otra carta que responder!” Pues no vale la pena. Y a lo mejor también te molesta por algo en concreto: las personas son tan complicadas…

Es imprudente dar a las personas aquel derecho del que hablabas -derecho a que te interesen un poco-. Se aprovechan… Pienso que debo parecer tonto diciéndote esto. Pero me da igual. […]

Lisboa, 19 de Septiembre de 1929

Mi vieja Rinette,

Me voy -por desgracia- a América del Sur. He pasado en París dos días melancólicos: no he vuelto a ver a nadie. ¡La salida ha sido tan brusca!

Cree en mi mucha amistad.

Antoine

18 de julio de 1930

Cómo es posible, Rinette, que tenga que enterarme por casualidad de que estás en Río: ni siquiera me lo has dicho. Habría podido ir muy fácilmente la semana pasada.

Quizás pueda ir todavía, pero sin duda tendrás muchos compromisos, almuerzos, cenas y veladas, y serás invisible. Además, parece que no tienes mucho interés.

Si el avión que viene del norte no ha pasado todavía quizás tengas tiempo de mandarme una nota.

Estás mezclada a tantos recuerdos, formas una parte tan importante de la vida pasada que hubiera creído imposible para mí ir a Francia y no verte.

Tú vienes a Río y ves esto como muy posible. Es raro, me encuentro un poco envejecido al ver cómo envejecen todos mis recuerdos.

Antoine

No recomiendo leer Cartas a una amiga inventada. La herencia literaria que rodea a Antoine de Saint-Exupéry es imprecisa y limitada, completamente huérfana de una visión global del autor y su obra. Leer El Principito es fácil. Leer Correo del Sur es fácil. Leer Cartas a una amiga inventada requiere conocer la soledad.

Ni siquiera Renée de Saussine (aka, Rinette) supo comprender la soledad de su amigo durante los muchos años que se estuvieron carteando. En concreto, unos seis o siete. Y a pesar de todo, comete la osadía de publicar un prólogo hablando de lo mucho que quería a su amigo del alma Saint-Exú (como ella le llamaba), los pasteles que tomaban juntos en La dame blanche y las películas que algunas tardes iban a ver en el cine de estrenos del distrito de Saint Germain. De hecho, dice:

En lo sucesivo, estando Antoine lejos, nosotros, sus amigos, le escribíamos. Yo le escribía. Pero no lo bastante. No con la rapidez deseada. Este fluído anti-soledad que él reclamaba necesitábamos, como los curanderos, tiempo para rehacerlo.

O sea, chère Rinette, que a mí, un chico de 2013, me vienes a contar que no tenías tiempo  para atenderle. Que le escribías. Ya. Imagino. ¿Antes o después, querida Rinette?

Louise de Volmorin
Louise de Vilmorin, “Loulou”. Después de años de “fiancées”, con una boda a punto de celebrarse y habiendo hecho renunciar a Antoine de su pasión, la aviación, decide casarse con otro hombre. Y a pesar del dolor, Antoine le siguió escribiendo como si nada hubiera pasado hasta el final de sus días…

Porque no es lo mismo escribir antes de que te hayan escrito que después de haber acumulado veinte cartas suyas antes de que te dispongas a enviar la tuya. A las pruebas me remito. Qué fácil es hablar del amor y del cariño profesados cuando el interpelado ya no se puede defender. Qué poco se habló de ello antes de que su avión fuera derribado en las costas de Marsella. Una persona se deshace lentamente durante más de diez años viendo cómo sus amigos son incapaces de apoyarle en los momentos más delicados y ahora que ha muerto y es un renombrado escritor todo el mundo manifiesta su profunda amistad con él. Cuánto le queríamos y le apoyábamos cuando su gran amor Louise de Vilmorin le abandonó después de años de noviazgo y una boda planeada para casarse con un americano mucho más rico que él (porque sí, Rinette, y para las actuales Rinettes, los hombres también sufrimos por estas cosas y las cicatrices quedan grabadas, para siempre, en nuestros corazones). Solo, abrazado al tránsito. El tránsito simbolizado a través de la aviación, de la incertidumbre del viaje, de la vida en sí misma. Y vosotros, sus amigos, negándoos a conversaciones largas, obligándole a colgar el teléfono las veces que él llamaba.

Vosotros, sus amigos.

No habéis aprendido nada.

No tenéis ni puta idea del dolor que causa vuestra indiferencia.

Por eso no todo el mundo está capacitado para leerlo. Muy poca gente lo entendería. Cartas a una amiga inventada son pequeñas confidencias escritas desde el dolor de la soledad a una amiga completamente indiferente a su situación, que de hecho, publica una selección de las más trascendentales como quien saca del trastero un baúl viejo sin importancia.

Me duele Cartas a una amiga inventada. Me duele que puedan existir personas como Rinette. Me desgarra que, además, tengan la poca decencia de mentir al mundo y hacer creer que nada es lo que parece. Porque aquí las apariencias no engañan.

Así es el régimen del silencio.

Publicado por David Lorenzo Cardiel

Autor. David Lorenzo Cardiel aúna desde la adolescencia su vocación filosófica con su pasión por la poesía, el ensayo y la narrativa.

4 comentarios sobre “EL RÉGIMEN DEL SILENCIO

  1. Hay un hermoso tango de Homero Manzi que expresa esa paradoja.

    Fui como una lluvia de cenizas y fatigas
    en las horas resignadas de tu vida…
    Gota de vinagre derramada,
    fatalmente derramada, sobre todas tus heridas.
    Fuiste por mi culpa golondrina entre la nieve
    rosa marchitada por la nube que no llueve.
    Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza
    que no puede vislumbrar su tarde mansa.
    Fuimos el viajero que no implora, que no reza,
    que no llora, que se echó a morir.

    ¡Vete…!
    ¿No comprendes que te estás matando?
    ¿No comprendes que te estoy llamando?
    ¡Vete…!
    No me beses que te estoy llorando
    ¡Y quisiera no llorarte más!
    ¿No ves?,
    es mejor que mi dolor
    quede tirado con tu amor
    librado de mi amor final
    ¡Vete!,
    ¿No comprendes que te estoy salvando?
    ¿No comprendes que te estoy amando?
    ¡No me sigas, ni me llames, ni me beses
    ni me llores, ni me quieras más!
    (y sigue…)

    Trasmites bien ese dolor. La soledad de ese viaje que inevitablemente uno tiene que realizar solo. Es la única manera de llegar al destino correcto. El propio corazón.

    Un abrazo
    María

  2. Gracias por tu compañía, María. Gracias también por el fragmento de tango que me has regalado. Realmente hermoso. Lo he leído varias veces. Voy a leerlo unas cuantas más. Me encanta.

    Leo estos días a Saint-Exupéry porque, verdaderamente, hace mucho bien en mí. Compartimos muchas cosas en común. El tránsito de la vida representado con la fuerza vital del avión, la fusión con el mundo, el contacto con la eternidad de nuestra esencia… Lees “Correo del Sur”, o “Vuelo nocturno” o “Tierra de Hombres” y te da un vuelco el corazón. Y estas confesiones robadas, que a fin de cuentas lo son, desgarradoras, silenciosas, tan inocentes, que no buscan explicar el dolor ni cargarlo a las espaldas de nadie…

    Hace mucho bien leer a Saint-Exupéry. Como tu precioso tango.

    Muchas gracias por volver a llenar de vida estas líneas.

    Un abrazo,

    David

    1. La fuerza vital del avión…

      Te contaré otro de mis sueños (oníricos). Me encuentro subida en un avión con mi hija de tan solo unos pocos años, en pleno vuelo. Me dirijo a la puerta porque es el momento de bajar (con ella también). Me doy cuenta del peligro pero tengo que hacerlo.

      No se trataba de un suicidio sino de todo lo contrario. “No perder tierra”, es decir, contacto con la realidad.

      Me encantaría tener más tiempo para leer todo lo que quisiera pero no me quejo. Leo a los amigos.

      Un abrazo
      María

  3. Para Saint-Exupéry, el avión le une con el mundo. Transforma la “tierra” con el “cielo”, es un momento de evasión de un mundo caótico y de unidad con la realidad y la esencia humana.

    En “Carta al general X” afirma: “Odio con todas mis fuerzas mi época.” También habla de la aviación y le recrimina que se le considere viejo, porque aunque sus manos (otro elemento muy importante para él) ya no pueden competir con las de su juventud, necesita volar, necesita unirse al mundo a través del vuelo.

    Me ha llamado la atención tu sueño. Y te diré que también siento la misma conexión con los aviones. No te creas que soy atrevido, que les tengo un miedo…

    Pero la conexión ahí está. Esa dominación tan frágil y sujeta a la incertidumbre, la misma que sentían los navegantes de hace siglos al echarse a la mar en sus cascarones de madera.

    ¿Qué nos queda ahora, como elemento onírico de libertad y espiritualidad? Supongo que los viajes por el espacio, cuando se logre. Al menos, así ocurrirá en el principio. Estoy seguro.

    Ahora, lo que es “ahora”, la propia vida, que creo que es tan intensa que no necesita símbolo alguno.

    Gracias por leerme 😉

    Un abrazo,

    David

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