PEQUEÑAS COSAS SIN IMPORTANCIA

por David Lorenzo Cardiel

No lo digo yo, lo dice Cecilia a través de la voz de la estupendísima Eva Amaral:

Nada de mi, nada de ti
una brisa sin aire soy yo
nada de nadie.

Si algo sabía la dulce Cecilia es que la vida se construye de pequeños detalles que apenas somos capaces de percibir. Porque nosotros nos centramos en las cosas grandotas o, más bien, en las urgentes, en sobrevivir en una sociedad selvática de la mejor manera posible sin sucumbir en el intento. A veces no cuenta la derrota, sino la consecuencia que pueda conllevar. Es sencillo acabar perdonándose uno mismo cuando ha realizado todos los esfuerzos que podía llegar a realidad, pero es casi imposible hacerlo si el dolor apaga los ojos de las personas a quienes amas. Por eso, en esta mundana vida moderna, donde la existencia ha sido denostada hasta el último escalafón del oportunismo, y el tiempo vital de las personas es exprimido para el fútil beneficio ajeno, es casi imposible fijar la atención en las pequeñas cosas.

Claro está que fijarse en los detalles es comprenderlos, y comprender su esencia y fundamento es sentir el espíritu del mundo en nosotros. Ya no son tiempos para filósofos ni artistas que tratan de abrir los ojos a la humanidad. Ahora únicamente sirve la producción, el capital humano convertido en materia prima para la transformación del irracional e intangible capital monetario. Ahora no mandan las letras, sino los números. La democracia es su dictadura. Si se tuviera en cuenta nuestra realidad humana no se aplicaría un modelo laboral que nos somete como seres, sino una actividad que nos complemente y nos libere, capaz de llenarnos como personas y satisfacernos en nuestras ansias por vivir.

Porque sí, tenemos ansias por vivir. Hasta quienes niegan tenerlas desean vivir. Deseamos abrazar cada burbuja de espuma de mar y dejarnos transportar en cada bocanada de aire que nos regala la vida. Queremos sentirnos y amarnos, y sentir y amar a todo lo que nos rodea; devorar la incertidumbre y escupir sobre la racionalidad de los malditos números que nos extorsionan con la rotundidad de sus cifras mientras esclavizan nuestra existencia. Las matemáticas son sólo un intento banal por controlar a la vida y a las personas, incapaces de descubrir el sentido de la realidad que nos rodea. Nuestra sociedad plantea la eterna voluntad de poder donde todo es consumido en el delirante deseo de alcanzar sucesiones irrealizables de infinitas metas que devoran el tiempo del mundo. La existencia está hecha para contemplarla y recorrerla a nuestro ritmo vital. Nuestro destino es y siempre será nuestro camino, y por ello nuestra felicidad se encuentra en los pequeños detalles que constituyen el trayecto de nuestras vidas.

No somos nada de nada. Tan sólo un suspiro en cada amanecer. Pero lo que somos es necesario defenderlo. Somos personas, somos pequeñas gotas de lluvia desprendiéndose sobre el viento y la hierba. Queremos entregarnos a cada caricia y beso, a cada paseo por la playa y que el viento de nuestra imaginación nos meza en el eterno amanecer de nuestra alma, antes que hayamos recorrido nuestro camino y nuestros recuerdos se transformen en semillas cultivadas en nuestros sueños para que germinen en los corazones del mañana.

Vivir es girar frenéticamente en nuestro avanzar, detenernos y sentarnos en la linde de nuestros pasos para habitar la palabra del mundo hasta fundirnos en las entrañas del tiempo y de la vida.

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