El blog de David L. Cardiel

"Toda verdad pasa por tres etapas. Primero, se ridiculiza. Segundo, se niega con violencia. Tercero, se acepta como manifiesta." [Arthur Schopenhauer] Fotografía de Ilya kisaradov.

Etiqueta: música

PEQUEÑAS COSAS SIN IMPORTANCIA

No lo digo yo, lo dice Cecilia a través de la voz de la estupendísima Eva Amaral:

Nada de mi, nada de ti
una brisa sin aire soy yo
nada de nadie.

Si algo sabía la dulce Cecilia es que la vida se construye de pequeños detalles que apenas somos capaces de percibir. Porque nosotros nos centramos en las cosas grandotas o, más bien, en las urgentes, en sobrevivir en una sociedad selvática de la mejor manera posible sin sucumbir en el intento. A veces no cuenta la derrota, sino la consecuencia que pueda conllevar. Es sencillo acabar perdonándose uno mismo cuando ha realizado todos los esfuerzos que podía llegar a realidad, pero es casi imposible hacerlo si el dolor apaga los ojos de las personas a quienes amas. Por eso, en esta mundana vida moderna, donde la existencia ha sido denostada hasta el último escalafón del oportunismo, y el tiempo vital de las personas es exprimido para el fútil beneficio ajeno, es casi imposible fijar la atención en las pequeñas cosas.

Claro está que fijarse en los detalles es comprenderlos, y comprender su esencia y fundamento es sentir el espíritu del mundo en nosotros. Ya no son tiempos para filósofos ni artistas que tratan de abrir los ojos a la humanidad. Ahora únicamente sirve la producción, el capital humano convertido en materia prima para la transformación del irracional e intangible capital monetario. Ahora no mandan las letras, sino los números. La democracia es su dictadura. Si se tuviera en cuenta nuestra realidad humana no se aplicaría un modelo laboral que nos somete como seres, sino una actividad que nos complemente y nos libere, capaz de llenarnos como personas y satisfacernos en nuestras ansias por vivir.

Porque sí, tenemos ansias por vivir. Hasta quienes niegan tenerlas desean vivir. Deseamos abrazar cada burbuja de espuma de mar y dejarnos transportar en cada bocanada de aire que nos regala la vida. Queremos sentirnos y amarnos, y sentir y amar a todo lo que nos rodea; devorar la incertidumbre y escupir sobre la racionalidad de los malditos números que nos extorsionan con la rotundidad de sus cifras mientras esclavizan nuestra existencia. Las matemáticas son sólo un intento banal por controlar a la vida y a las personas, incapaces de descubrir el sentido de la realidad que nos rodea. Nuestra sociedad plantea la eterna voluntad de poder donde todo es consumido en el delirante deseo de alcanzar sucesiones irrealizables de infinitas metas que devoran el tiempo del mundo. La existencia está hecha para contemplarla y recorrerla a nuestro ritmo vital. Nuestro destino es y siempre será nuestro camino, y por ello nuestra felicidad se encuentra en los pequeños detalles que constituyen el trayecto de nuestras vidas.

No somos nada de nada. Tan sólo un suspiro en cada amanecer. Pero lo que somos es necesario defenderlo. Somos personas, somos pequeñas gotas de lluvia desprendiéndose sobre el viento y la hierba. Queremos entregarnos a cada caricia y beso, a cada paseo por la playa y que el viento de nuestra imaginación nos meza en el eterno amanecer de nuestra alma, antes que hayamos recorrido nuestro camino y nuestros recuerdos se transformen en semillas cultivadas en nuestros sueños para que germinen en los corazones del mañana.

Vivir es girar frenéticamente en nuestro avanzar, detenernos y sentarnos en la linde de nuestros pasos para habitar la palabra del mundo hasta fundirnos en las entrañas del tiempo y de la vida.

Anuncios

LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ

Hay épocas de sequía y otras en las que abunda la vida. Acaba de salir publicado en la revista Hypérbole mi nueva colaboración, un pequeño cuento escrito hace mucho tiempo y que, después de darle muchas vueltas al asunto, he decidido corregirlo y publicarlo.

Agradezco a los chicos de Hypérbole la delicadeza con la que han ilustrado el texto y han tratado la edición.

Los Idus del viento. Pueden leerlo pinchando sobre el enlace.

Fotografía realizada por Anka Zhuravleva.

Fotografía realizada por Anka Zhuravleva.

ALGO DE QUE HABLAR

Rinette,

Soy verdaderamente un distraído, sin excusa posible, ya que llevo conmigo tu relato pero debo a mi olvido la fotografía de un lugar encantador, por esto no echo nada de menos.

Quise llamarte el domingo para presentarte, al fin, excusas, pero no estabas en casa y por Madame Saussine me enteré del luto que te aflige. Rinette, no puedo hacer otra cosa más que reiterarte mi vieja amistad y decirte cuán cerca de ti estoy en mi corazón.

Asistí ayer por la noche al triunfo del hermoso Eusebio. Explicaba ante una sala repleta de gente cómo se escalan montañas más puntiagudas que agujas de campanario. Hablaba negligentemente de su heroísmo y las viejas damas se estremecían. El relato era bastante bueno pero las descripciones, Rinette… Daba a las «cimas sublimes», al cielo, a la aurora, a las puestas de sol dulzuras de mermelada, de caramelo. Las agujas eran rosadas, los horizontes lechosos y las rocas doradas por los primeros rayos de sol. El paisaje parecía comestible. Al escucharle pensaba en la sobriedad de tu cuento. Tienes que trabajar, Rinette. Destacas muy bien el elemento particular de cada cosa, aquello que le da vida propia. Los objetos, en la narrativa de Eusebio, permanecen abstractos. Se trata de «la Cima, la Puesta de sol, la Aurora». Salen del almacén de accesorios. Cuanto más abundan en su descripción más impersonal resulta.

Es el método que es malo o, mejor, la visión, que está  ausente. N0 se debe aprender a escribir, sino a ver. Escribir es una consecuencia. Él toma un objeto e intenta embellecerlo. Los epítetos son capas de pintura. No destaca lo esencial sino que añade elementos arbitrarios. A propósito de una aguja hablará de Dios, del color malva y de las águilas. Entonces uno se siente sucesivamente enaltecido, enternecido y aterrorizado. Es un truco. Hay que decirse: «¿Cómo voy a transmitir esta impresión?». Y las cosas nacen de la reacción que te provocan, son descritas en profundidad. Solamente así deja de ser un juego. Te hablo de Eusebio porque sus defectos ponen de relieve las cualidades que tienes y que debes cultivar. Parte siempre de una impresión. Es imposible que sea banal. Habrá una cohesión íntima en tu relato. No estará hecho de retazos. Ve cómo los monólogos más incoherentes de Dostoievsky dan la impresión de necesidad, de lógica, mantienen un ritmo. La conexión es interna.Y observa cómo los personajes de tantos otros, cuya psicología bien estructurada podría mostrarse coherente, permanecen arbitrarios en sus expresiones y en sus actos a pesar de una lógica externa. Se trata de construcciones ficticias, como las montañas de Eusebio. No se crea un ente vivo atribuyéndole cualidades y defectos y haciendo que de ello surja la novela, sino expresando las impresiones vividas.Una emoción aun sencilla, como la alegría, es demasiado compleja para ser inventada si uno no quiere contentarse con decir de su héroe que «estaba alegre», con lo cual no expresa nada, no es personal. Una alegría nunca se parece a otra.Y es justamente esta diferencia, esta vida propia de cada alegría lo que hay que expresar. Pero ahí se puede caer en la pedantería, querer explicar esta alegría. Hay que expresarla a través de sus consecuencias, de las reacciones del individuo. Entonces no es necesario decir «estaba alegre», esta alegría brotará de sí misma con su identidad propia, como una determinada alegría que experimentas y a la que no puede aplicarse con exactitud adjetivo alguno. Si opinas que la palabra alegría basta para expresar lo que siente tu héroe, es que es ficticio, es que no tienes nada que decir.

Me siento ridículo, voy a terminar. En la pequeña taberna desde la que te escribo un piano mecánico fabrica una musiquilla sentimental. La cajera bailotea de un lado para otro. El dueño, vacío de deseos, bosteza. El camarero revolotea a mi alrededor carraspeando porque soy su último cliente y tiene sueño, todo esto rezuma melancolía. Tengo la sensación de estorbar, me voy.

No te he agradecido, Rinette, el que tocaras para mí, el otro día, aquellas páginas de Bach. Soy muy torpe para dar las
gracias, pero me proporcionaste un gran placer.

El camarero, Rinette, plantado ante mí, agita su servilleta como una escoba.

Adiós pues, Rinette.

Antoine

[Cartas a una amiga inventada, Antoine de Saint-Exupéry, 1925]

Peco de pedantería. Me lo dice Saint-Exupéry cada día a través de esta carta errante, que ha perdido su dueño y ahora vive huérfana, en corazones desconocidos.

Soy torpe, no sé dar las gracias. No sé darlas transmitiendo todo aquello que siento. No soy capaz de decir con un te amo todo lo que se esconde detrás de mi confesión. Las palabras se vacían a mi alrededor y pierdo el momento, muere el instante y se extravía su sentido. Si no sabemos hacer literatura tampoco sabremos hacer, en consecuencia, vida.

Porque sí, la vida es como la literatura. En mi parquedad lo he dicho muchas veces. Entre líneas, no por no atreverme a hablar, sino por no encontrar la manera de hacerlo. No como los relatos, que nacen de la realidad que existe, sino que esa misma expresión, como la fotografía que se guarda para siempre o el calor de un abrazo, conserva la esencia de la vida, y la existencia se convierte literatura, y permanece en la nuestra para siempre.

Somos un libro que se escribe. ¿Vas a decir simplemente te quiero? ¿Vas a separar cada hilo tejido y vas a hacer un ovillo con él? Quisiera escribir como siento, porque vivir, vivir, ya vivo como siento. El sentimiento somos nosotros. Nada más. Materia inmortal que nunca desaparece. Nuestra esencia. Banalizar nuestras palabras es hacerlo también a nuestras vidas. Debemos ser viajeros a Ítaca que aprendan a no temer y a perdonar los errores de quienes nos aman. Porque nos aman. Nadie se merece amanecer convertido en un océano de cristales rotos.

Y es de aquello mismo que se transmite, que no son palabras o estados arbitrarios, sino el retal de la vida, de donde brotan todas las cosas y el relato desborda nuestra ventana para desarrollarse más allá de nuestro pensamiento. Tenemos la sensación de que aquel criado que limpiaba cuidadosamente la plata de la cubertería cada tarde a la misma hora, cuando el reloj sonaba las cuatro, o que aquella joven desconocida plantada cada anochecer frente al balcón viven en alguna parte del tiempo y del espacio, y que están ahí, esperando una negligencia del destino para encontrarnos tras la esquina de la plaza de la iglesia, aunque no nos reconozcamos y se estremezca nuestro cuerpo con un escalofrío mientras miramos atrás, tratando de justificar lo injustificable.

Porque también podemos ser olvidados. Las palabras vuelan, las promesas se queman en el tiempo y la distancia. ¿Nos atreveremos a mirar de nuevo las fotos que guardamos? La foto es un cadáver. ¿Quién nos devolverá el cine jamás realizado o la literatura que no ha sido escrita? ¿Qué sería de nosotros sin algo que transmitir y que transmitirnos en los momentos difíciles? No hay dos alegrías iguales, dos amores gemelos o dos seres idénticos. Todo es diferente a todo. Como en la literatura.

A veces lo olvido y me pierdo entre mis sombras. Por eso deseo que el resto de nuestra vida seamos música para los demás y literatura para nuestros propios ojos, secuencias editadas en nuestros sueños, escenas de una vida conservadas para siempre en nuestra memoria y en la de quienes nos rodean. Quiero que tú seas mi deseo para que alguna estrella fugaz tenga la bondad de concedérmelo. Y tu felicidad. Y tu vuelo singular. Y tu propio camino recorrido en la soledad de la compañía. Deseo que seas una vida que habita en lo más profundo de la todas las demás vidas. Y que esta carta encuentre, por fin, otra morada que habitar.

COME AWAY WITH ME

Durante semanas y meses, pasamos los días con la persona adecuada. Sin saberlo. Solo a veces, cuando nos quedamos solos, pensamos en esa persona, en la curva de sus labios, en ciertos gestos suyos o inflexiones de voz, y al pensar en estas cosas, el corazón nos da un vuelco, pero apenas prestamos atención a un vuelco tan pequeño y sordo. Lo raro es que en compañía de esa persona nos sentimos siempre a gusto y en paz, con una respiración tranquila, con la frente, que durante tantos años había estado ceñida y torva, despejada de pronto. Nos damos cuenta de que nunca hemos tenido una relación parecida a esta con ningún ser humano. Al cabo de un tiempo, todos los seres humanos nos parecían tan indefensos, tan simples y pequeños… Esta persona, mientras camina junto a nosotros con su paso, distinto al nuestro, con su severo perfil, posee una infinita facultad de hacernos todo el bien y todo el mal. No obstante, nos sentimos definitivamente tranquilos.

Y dejamos nuestra casa, y nos vamos a vivir para siempre con esa persona, no porque nos hayamos convencido de que es la persona adecuada, al contrario, no estamos en absoluto convencidos, y siempre abrigamos la sospecha de que la verdadera persona adecuada para nosotros se esconde en algún lugar de la ciudad. Pero no tenemos ganas de saber dónde se esconde, sentimos que ya no tenemos mucho que decirle, porque se lo decimos todo a esa persona, tan vez no la adecuada, con la que vivimos. Y el bien y el mal de nuestra vida queremos recibirlo de esta persona y con ella.

[Las pequeñas virtudes, Natalia Ginzburg]

RELOJES

La segunda y la tercera estrofa de Clocks dice más o menos esto:

Confusion never stops
clossing walls and ticking clocks (gonna)
come back and take you home,
                                -I couldn’t stop-
that you now know (singing)
come out upon my seas,
curse mised opportunities
(Am I) a part of the cure,
or Am I part of the disease? (singing)
 
You are
and nothing else compares
oh no, nothing else compares
and nothing else compares.
 

Lo que viene a ser en español:

La confusión nunca acaba,
tapiando muros y relojes que hacen tictac (vas a)
volver y llegar a tu hogar,
                         -no podría parar-
aquello que sabes (cantando)
sal de mis mares,
malditas oportunidades perdidas
¿(Soy) una parte de la cura
o una parte de la enfermedad?
 
Tú eres
y ninguna otra cosa es comparable
oh no, ninguna otra cosa es comparable
y ninguna otra cosa es comparable.
 

Desde que los chicos de Coldplay lanzaron Clocks en 2003, el tema fue bien acogido por la crítica y por el ámbito audiovisual, asombrados por la fuerza y el dinamismo que presentan los arpegios de piano frente a un fondo muy minimalista de bajo y batería. Acústicamente hablando, el tema es sencillo: además de los arpegios y las repeticiones, se emplea una escala descendente que cambia de tonalidad. La clave musical radica en el buen criterio llegado el momento de mezclar esos elementos y añadirle sutiles acompañamientos de sintetizador que consigan el efecto deseado. No se equivocaron al predecir que Clocks iba a convertise en uno de los mejores sencillos de todos los tiempos y en uno de los temas de referencia en el futuro, incluso para la propia banda británica. De hecho, muchos de los temas de su tercer disco, X&Y, arrastran el poso que Clocks había dejado, estando incluso presente en el sencillo Speed of Sound, donde se imita la misma progresión exacta de acordes.

Clocks ha pasado a la historia por su virtud musical, pero nadie parece haberse fijado en un pequeño detalle. Es algo muy simple, una nimiedad: Clocks es una obra maestra, y ante obras maestras como ésta no se puede resumir su capacidad a una buena ejecución de los arpegios o a un acertado uso de los ostinatos. Clocks es mucho más que armonía. Para comprenderlo no podemos quedarnos con los primeros árboles que veamos. Tenemos que abarcar el bosque, y para hacerlo hay que dar el primer paso, hacer crujir las primeras ramas secas y adentrarnos en la canción. Para comprender Clocks hay que comenzar sintiendo su letra.

Y aquí hemos llegado al telón de acero. Coldplay tiene la capacidad de hacer buena música, y la buena música es capaz de combinar la acústica con la letra. Es decir, una buena canción, de tener letra, es toda una, no hay discordia entre las palabras y los acordes. Coldplay consigue crear himnos, y al igual que Viva la Vida, Christmas Light o Violet Hill (de esta última espero hablar más adelante), es absurdo diferenciar la letra de la melodía, como si fueran inmiscibles. Quienes se han atrevido a inspeccionarla, la califican de críptica. ¿Desde cuando la letra de una canción puede ser críptica? Es muy difícil que la letra de un tema sea críptica, pero más aún que lo sea una de Coldplay. No, el mensaje de Clocks no es confuso, sino directo y elocuente. Aprovecha los cambios de escala y las diferentes mezclas con los arpegios para generar cambios bruscos de tonalidad que transmiten una sensación de rapidez y ajetreo que envuelve al oyente, jugando con las repeticiones, que otorgan un sentimiento de implacable monotonía, y el final de las escalas descendentes para incluir un elemento clave en la letra: los nexos. El nexo permite cerrar el círculo del trasiego monótono para provocar el sentimiento de angustia y desasosiego ante la falta de tiempo. Porque aquí está la clave que nos permitirá conocer el bosque.

Letra y música son absolutamente independientes y cada una, por su cuenta, es capaz de transmitir exactamente lo mismo. Pero son juntas cuando consiguen retratar el ritmo de vida de la sociedad moderna occidental. La letra nos habla precisamente de la impotencia ante la exigencia de los demás y de la desesperación por vivir y ser uno mismo de quien la sufre. ¿Y qué efecto acentúa este hecho, en general? La dificultad para pensar y sentir. Coldplay logra evocar a la perfección esta realidad mediante el uso de frases cortas y sin aparente correlación, cantadas en paralelo, con el mismo ritmo y siguiendo las constantes repeticiones. De esta forma se genera la simbiosis justa, una letra que refuerza y dota de sentido absoluto a la música y una melodía que otorga vida a lo que en principio es un mensaje sin sentido.

La clave de que Clocks se haya colado en un universo completamente devoto de las listas de ventas es que quienes han pillado su sentido confían plenamente en el etiquetado comercial y quienes podrían haberlo tomado en serio no lo han pillado. Que críticos tan supuestamente acostumbrados al análisis musical como los que firman en Rolling Stone o en el New York Times hayan etiquetado su letra de críptica porque no entra dentro de unos cánones convencionales (ni siquiera tiene un estribillo que se reitere: de hecho, el único estribillo es la tercera estrofa, que es anunciada al final de la primera) es absolutamente inaceptable. Quizás este hecho permita comprobar hasta qué punto el etiquetado comercial dificulta el diálogo a través de la cultura. Aunque hoy en día fardamos de ser cultos, lo único que se observa es pedantería y gilipollez, síntomas inequívocos del desconocimiento y la incomprensión que arrastramos. Occidente sigue considerándose más sabio que el resto del mundo mientras que cualquier tribu africana es, en proporción, infinitamente más culta.

No debería extrañarnos, por tanto, que en nuestras antípodas se comprenda mucho mejor la cultura. El simple legado de la filosofía zen ya supone una ayuda considerable para facilitar la necesaria comprensión y el sentimiento. Aquí estamos acostumbrados al discurso fácil, a las palabras de un divo y el amén de sus seguidores, no a pensar  y reflexionar. Y es una pena que la tradición oriental, mucho menos alejada de la realidad de las cosas, esté siendo desplazada e invadida por las convenciones occidentales. Es una lástima que en un continente tan extenso donde se ha apreciado durante milenios el momento y la existencia acabe perdiendo su pequeño rincón de ser. No es lo malo perder el tiempo, sino dejar morir el momento. Nuestra vida está llena de momentos maravillosos, cada uno de ellos completamente diferente a cualquier otro que pueda llegar a existir o que se haya producido previamente. Es al momento y no al tiempo al que hemos renunciado, y con él, a nuestra esencia, a la existencia y a la felicidad.

Sin embargo, Clocks también aporta la solución, no solo el problema, y este detalle convierte a Coldplay en una banda más memorable aún de lo que ya es. En la cuarta estrofa dice:

You are…
Home, home, where I wanted to go.
 

In spanish:

Tú eres…
Hogar, hogar, a donde quería ir.
 

Es decir, que después de la tribulación ha llegado la calma. El hogar es el refugio del confundido, y es en la tranquilidad del hogar donde el ser puede ser él mismo. En otras palabras: sea usted mismo, sienta el momento y no se deje machacar por la ineptitud de quienes le rodean.

Aunque no me considero fan de nadie en particular, tenía que decirlo. No sé como Coldplay no es indiscutiblemente considerada la mejor banda del mundo. Unos tíos tan grandes capaces de hacer buena música además de escribir unas canciones tan maravillosas deberían ser tenidos mucho más en cuenta de lo que ya lo están, aunque solo sea por sus letras (atención a Paradise: todo lo comentado aquí se cumple de nuevo a la perfección). Ya siento haber soltado el discurso en pleno agosto (y con la ola de calor in crescendo), pero tenía que hacerlo. Coldplay se lo merece, y todos nosotros también.

ALGO FALLA

Me lo comentaba hace un tiempo un amigo mientras tomábamos un café: si alguien quiere estudiar Filosofía, si de verdad quiere estudiar eso, que emigre, porque aquí solo hay postmodernos.

Al principio, evidentemente, no comprendí exactamente a qué se refería. Para mí, los llamados postmodernos no tenían ningún nombre ni denominación: eran simplemente la gente esa que estaba degradando el conocimiento y se lo estaba cargando, gente influida por los antañones sofistas griegos y los falsarios nihilistas, y a la que no le importaba hacer creer al gran público que lo absolutamente objetivo era relativo si así les interesaba. No me había percatado de que habían formado escuela, se habían consolidado en el ambiente cultural y llevaban tiempo minando tanto a la filosofía como a la ciencia. Cuando finalmente me explicó en qué estado se encontraban los estudios de Filosofía fue cuando llegé a darme cuenta de que los postmodernos habían invadido literalmente la facultad, imponiendo su visión relativista en todos los ámbitos salvo en las materias más difíciles de convertir. Ahora comenzaba a explicarme porqué nadie, ni siquiera los ámbitos culturales y académicos, eran capaces de enfrentarse a una degradación conceptual que nos está incapacitando cada vez con mayor brío a la hora de conocer la genuina realidad.

Ayer, en El País salió algo de ésto. Resulta que también es tendencia emocionarse con una película mientras todo el mundo bosteza ruidosamente en la sala, examinar hasta el último detalle de un Velázquez mientras el resto dormita en los bancos del museo o tararear lo último de Adele cuando el mundo se rinde ante el gran David Guetta. Eso es lo que, según Peter Robinson, son manifestaciones del “nuevo aburrido”.

¿Nuevo aburrido? Sí, lo han leído bien. Así aparece en el celebérrimo diario The Guardian y así debe de ser. Amén. Porque si lo dice The Guardian va a misa.

Demasiado acostumbrados al berreo musical, a performances que hacen sobresaltar a nuestros sentidos, a que las actrices de moda enseñen una teta incluso en las escenas más ridículas o a que toda serie de época se convierta en una nueva Águila Roja, ha nacido lo tedioso, lo que a nadie se le ocurriría ir a ver, leer o escuchar, y va y nos jode la fiesta. Nos invade el negocio. Ahora llega una tipa con un piano cantando una balada y jubila a Lady Gaga. Ahora lo que mola es seguir Downtown Abbey, ver películas castizas en blanco y negro y sin sonido, escuchar a Pablo Alborán y rescatar todos los jerséis raídos que tengamos a mano para exibirlos ante el público mientras hacemos nubecitas con nuestra pipa. Lo que hasta 2011 eran expresiones culturales de segunda, incapaces de atraer la atención de un público asimilado por un mecanismo de difusión cultural empobrecido y monetizado, ahora son las formas preferidas, las deseadas, lo que la gente busca en las tiendas.

Los críticos anglosajones señalan como causante de este cambio de preferencias el excesivo boom de la música de baile, que desprovisto de todo sentimiento ha invadido nuestra música desde hace unos cuantos meses. Pero se equivocan. En España, antes del boom de la música de baile, ya triunfaron en contra de toda estadística comercial series como La Señora, fieles a una época y de gran carga sentimental. Tras la serie, nuestra televisión ha comenzado a producir ficciones más fieles a la realidad, más auténticas, con cuyos personajes nos podamos sentir identificados y con los que podamos ser nosotros mismos. Porque ese es el auténtico problema: estamos hartos del puñetero nihilismo, de ver cómo los personajes hacen el amor sin ni siquiera mirarse a los ojos, de escuchar canciones que nos dicen las mismas sandeces una y otra vez. Estamos hasta el gorro de una sociedad y una industria cultural que se esfuerza en limitar nuestra existencia, en despojarnos de toda humanidad, en convertirnos en entes sombríos incapaces de sentir y de existir en toda nuestra esencia. Lo que está sucediendo no es una moda ni una tendencia ni una corriente cultural. Es un retorno desesperado a la realidad de la que nunca deberíamos habernos despegado. Es una búsqueda del sentimentalismo perdido en el momento en que tuvimos miedo de vivir, de sufrir al amar, de sentirnos desamparados. Necesitamos amar y que nos amen, y es precisamente de esto de lo que carecen nuestros productos culturales.

Lo curioso es que pese a lo evidente de la situación, nadie sea capaz de reconocer la realidad. Se le achaca a un exceso del mismo tipo de música o incluso a un resurgimiento de la tendencia vintage, pero siempre asociada a un movimiento cultural, a una reacción enmarcada dentro de la oferta y la demanda y dentro de lo que la mal llamada industria cultural nos tiene acostumbrados. Sin embargo, se trata de una necesidad hoy más urgente que nunca. El cine ya no suele hablar de la vida, sino de una visión muy pobre de la misma; la música y la poesía, que antes eran el feudo del sentimiento, han terminado por sucumbir al materialismo más atroz, concibiéndose al poeta sentimental como una antigualla aburrida concebida para adormilar al personal. Incluso la literatura comienza a verse contaminada por libros inexpresivos que imponen tesis vacías al relato que narran. Ansiamos todo aquello que hable de lo que somos y de la vida que vivimos y de lo que sentimos, y no de la versión de la realidad que quieren que nos creamos.

Pero aún así, seguimos poniendo etiquetas e inventándonos denominaciones imbéciles como lo del nuevo aburrido. ¿Qué es aburrido en todo ésto? ¿Qué tiene de malo o de bueno emocionarse con Someone like you o comentar, eufórico, el gran descubrimiento que ha resultado El árbol de la vida? ¿Alguien se ha parado a pensar que lo aburrido o lo gracioso es simplemente una concepción nuestra y no un atributo de las cosas?

La pregunta no debería limitarse a cuestionarse porqué y cómo consigue triunfar la naturalidad en un ambiente que hace las mil virguerías para llevarse al público al bolsillo, sino también a pensar para quiénes resultan un coñazo las canciones de Adele y los capítulos de Gran Hotel o, mejor dicho, a quiénes les interesa que resulten un coñazo unas piezas capaces de llegar a lo más íntimo de cada persona.

Mientras tanto, seguiremos sufriendo la insidia postmoderna soportando que un nuevo concepto ridículo más acabe siendo la excusa perfecta para sacarse de la manga una tendencia de lo más lucrativa. Y todo porque lo que dice The Guardian, sea lo que sea, en España es tendencia y va a misa.

PIANOS

No sé qué tienen los pianos que cada vez que una mano artística pretende acercarse a ellos, el vendedor de turno se lanza a impedirlo como si en ello le fuera la vida, como si el piano, en lugar de ser un piano, fuera su vástago recién nacido y la mano, la bestia que ha de devorarlo. No sé qué tiene de delicado un piano para llegar al punto de no poder ni acariciar la tapa con la finura necesaria y que no tenga un violín, o un contrabajo o un arpa.

Me resulta curioso que en casi todos los lugares donde hay un piano hay un ojo vigilante, aunque sea tras un visillo, que lo protege y lo mima frente a los dedos crueles que quieren martillear sus teclas y hacer acordes malignos con ellas. Desde muy pequeño me han gustado los pianos y los violines, en este orden de preferencia, y aún hoy me siento atraído por el piano, sobre todo por la grandiosa sonoridad y presencia del piano de cola. Cuando iba por los grandes almacenes y daba la casualidad o la no casualidad de atravesar la sección de música, siempre me quedaba unos minutos admirando los pianos y los teclados que allí vendían, y casi siempre, sin ni siquiera llegar a hacer mención de tocar uno de ellos, había un vendedor que vigilaba mis movimientos y carraspeaba ruidoso, sin abandonar el lugar hasta que hubiera desaparecido.

Uno puede tener la tentación de pensar, cuando el relato que te cuentan alude a la niñez, que el vendedor vigila esas caras y finas piezas del nervioso repiqueteo del infante, dispuesto a desmontar tecla por tecla y cuerda por cuerda. Uno bien podría pensarlo si no tuviera en cuenta un detalle fugaz que cambia la situación: la vigilancia, el carraspeo y la mirada asesina durante la huída del visitante no son motivadas por el niño juguetón sino por la simple presencia humana cerca del piano.

No solamente grandes almacenes los guardan celosamente. El otro día, por ejemplo, estuve en el mercadillo benéfico Aragón, que se celebraba en el Auditorio, rebuscando en el puesto de libros viejos algún ejemplar que llevarme a casa y justo a la salida veo un hermoso piano de pared, con su tapita cerrada y aparentemente desprotegido. Me acerco cauto y sigiloso, para que nadie note mi presencia, y disimulo caracoleando a su alrededor para inmediatamente después tocar una pequeña y arbitraria pieza. La toqué a gusto, pausadamente y a mi ritmo, desahogándome de tanta composición frustrada. Entonces, cuando miro de reojo, observo una presencia estática, de violenta mirada, que parece haber estado allí unos largos minutos observando mi virtuosidad improvisada esperando a que dejara de tocar una vez por todas. Creo que no hizo falta que me indicara la salida.

He hablado de tiendas y sin embargo no de la relación celosa entre el propietario y su piano. Es sorprendente cómo la sola posesión de un piano hace que el propietario se convierta en su guardián permanente, haciendo todo lo posible por salvar su querido instrumento hasta de las miradas obscenas que aluden a pervertidas intenciones artísticas. Porque una cosa es que el genuino pianista no permita que todas las manos y todas las personas golpeteen su piano y otra que su uso y disposición sea exclusiva para él.

No sé qué tiene el piano que no tengan otros instrumentos para que se le proteja tanto. Desconozco si en un futuro podré meter un piano de cola en casa sin andar demasiado apretujado por su sola presencia, pero desde luego, si es que eso ocurre, ojalá no me convierta en un auténtico pianista. Al menos, no en uno extremadamente posesivo.

Ah, qué tiene el piano que a todos nos transforma.

Fallece Labordeta, el símbolo más humano de Aragón

Una y media de la mañana. Para muchos de ustedes este momento del día no significa demasiado. Sin embargo, ese horario, ese anguloso movimiento de las saetas de cualquier reloj ha marcado, trágicamente, un antes y un después en la historia contemporánea de España y de Aragón.
A esa hora, a la una y media del 19 de Septiembre moría el gran símbolo de Aragón, un luchador indomable que dió la cara por esta parcela de nuestro extenso mundo. En el Miguel Servet de Zaragoza, donde estaba hospitalizado desde hacía unos días al empeorar su salud.
Durante meses, Labordeta ha estado postrado en su casa a causa de un cáncer, su último enemigo, librando sus últimas batallas.
José Antonio, siempre luchador ha muerto peleando, contra su cruel enfermedad a los 75 años de edad. Con su muerte, Aragón pierde su emblema. Pierde su voz. Pierde parte de su ser. Luchó con soltura y sin miramientos contra la hipocresía y la opresión, tanto de España como de Aragón. Para ello utilizó sus mejores y más humanas armas: la música, la palabra y la poesía. Incansable defensor de la nación aragonesa, nació el 10 de marzo de 1935 en la capital de Aragón, en Zaragoza. Estudió en el Colegio Alemán y en la escuela familiar, continuando sus estudios en la Universidad de Zaragoza, licenciándose en Filosofía y Letras.
En los años sesenta comenzó su andadura musical como cantautor, a la par que se inició en el mundo de la docencia, siendo profesor de Geografía, Historia y Arte.
A su primer álbum, Cantar y callar, le siguen muchos otros, todos ellos caracterizados por la vinculación de sus letras a Aragón, la melancolía con que hacía referencia a su tierra y el contenido esperanzador de algunas de sus canciones, como su celebérrimo Canto a la libertad, considerado por muchos el verdadero himno de Aragón.
José Antonio siempre fue una persona intelectualmente activa, ampliando sus horizontes hacia el mundo de las letras. En 1959 publicó Sucede el pensamiento, uno de sus muchos libros de poemas. También probó el dulce sabor de la novela con Cada cual aprenda su juego (1974) o Banderas Rotas (2001). Publicó hasta el último momento, reflejándose en obras como por ejemplo Memoras de un beduíno en el Congreso de los Diputados (2009).
También expuso sus ideas en abierto, creando en los años cincuenta la revista Orejudín y más adelante, junto con otros colaboradores el diario Andalán, con el que se opuso al régimen franquista e inauguró la transición aragonesa. Hasta sus últimos días estuvo colaborando de columnista en el periódico Público y publicando sus últimos poemas en su blog.
A partir de los años setenta se configuró como el símbolo vivo de la nación aragonesa, defendiéndola hasta su muerte.
Con su programa en TVE Un país en la mochila, donde daba a conocer la verdadera esencia del país nació su faceta de presentador.
Su personalidad política nace tras la muerte de Franco, concretamente en 1976, participando en la creación del Partido Socialista de Aragón. Fiel a sus ideas de libertad, llegando a catalogarse un “anarco-burgués”, se presentó al Senado con IU. Sin embargo su etapa política más notable fue al presentarse con Chunta Aragonesista (CHA) al Congreso de los Diputados donde representó a este partido durante ocho años (2000-2008). Allí no dejó de pelear por un Aragón (casi) olvidado, consiguiendo algunos progresos para la región pese a tener únicamente un escaño, algo que apenas le daba poder. Uno de sus numerosos enfrentamientos en la cámara fue el famoso “a la mierda” que “dedicó” al Partido Popular y con el que vibró todo Aragón. En 2006 se le diagnosticó un terrible cáncer de próstata, enfermedad que no le impidió continuar defendiendo su lugar de origen.
Gran persona, fiel a su identidad, directa y luchadora; términos que han caracterizado toda su existencia y que ahora, para el dolor de todos los aragoneses pasan al recuerdo.

Su agitada vida ha terminado efímeramente este 19 de Septiembre de 2010, habiendo recibido, además, títulos como La Orden de Saurí, La Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo, Doctor Honoris Causa por la Universidad de Zaragoza y la Gran Cruz de la Orden de Alfonso X El Sabio, esta última otorgada en su casa por el Gobierno de España el seis de Septiembre de 2010.
Su última gran aparición en público fue como pregonero de las Fiestas del Pilar de 2009 en la que recordó la historia aragonesa y zaragozana y en la que instó a sentirse orgulloso de ser aragonés.

Todo Aragón, toda España, todo el Mundo estamos de luto. Hoy perdemos al gran símbolo contemporáneo de Aragón. Hoy Aragón pierde una parte de su ser. Hoy Aragón llora, melancólico a este gran hombre. Request in peace.

NOTA: el lugar donde se pondrá la Capilla Ardiente será en el Palacio de la Aljafería, en las Cortes de Aragón a las 18:00 h.A título póstumo se le va a conceder la Medalla de Aragón.



Imagen diseñada y creada por el autor de esta página, “Historias de Cardiel”. El autor de la página liberaliza de derechos esta imagen para el uso exclusivo de difusión web en señal de luto por el fallecimiento de Labordeta. Se ruega enlazar a esta página al copiar la imagen. Gracias.



A %d blogueros les gusta esto: