COME AWAY WITH ME

Durante semanas y meses, pasamos los días con la persona adecuada. Sin saberlo. Solo a veces, cuando nos quedamos solos, pensamos en esa persona, en la curva de sus labios, en ciertos gestos suyos o inflexiones de voz, y al pensar en estas cosas, el corazón nos da un vuelco, pero apenas prestamos atención a un vuelco tan pequeño y sordo. Lo raro es que en compañía de esa persona nos sentimos siempre a gusto y en paz, con una respiración tranquila, con la frente, que durante tantos años había estado ceñida y torva, despejada de pronto. Nos damos cuenta de que nunca hemos tenido una relación parecida a esta con ningún ser humano. Al cabo de un tiempo, todos los seres humanos nos parecían tan indefensos, tan simples y pequeños… Esta persona, mientras camina junto a nosotros con su paso, distinto al nuestro, con su severo perfil, posee una infinita facultad de hacernos todo el bien y todo el mal. No obstante, nos sentimos definitivamente tranquilos.

Y dejamos nuestra casa, y nos vamos a vivir para siempre con esa persona, no porque nos hayamos convencido de que es la persona adecuada, al contrario, no estamos en absoluto convencidos, y siempre abrigamos la sospecha de que la verdadera persona adecuada para nosotros se esconde en algún lugar de la ciudad. Pero no tenemos ganas de saber dónde se esconde, sentimos que ya no tenemos mucho que decirle, porque se lo decimos todo a esa persona, tan vez no la adecuada, con la que vivimos. Y el bien y el mal de nuestra vida queremos recibirlo de esta persona y con ella.

[Las pequeñas virtudes, Natalia Ginzburg]

Publicado por David Lorenzo Cardiel

Autor. David Lorenzo Cardiel aúna desde la adolescencia su vocación filosófica con su pasión por la poesía, el ensayo y la narrativa.

4 comentarios sobre “COME AWAY WITH ME

  1. Nos pasa que proyectamos. Esperamos encontrar en el otro las piezas que nos faltan para vernos completos. Nos añoramos y como respuesta pedimos cuentas a quien no estuvo donde quisimos, en ese momento.

    Si aceptásemos la soledad, ella, la soledad, nos acompañaría. Esa hospitalidad sería irresistible para que nos quisiera quien queremos.

    Dejemos que sea el hado, el destino, quien marque el ritmo y seremos libres para interpretar su melodía.

    Solo así podremos estar desde el principio hasta el final de la pieza.

    Abrazos
    María

  2. Ohhhh, es precioso, María, y muyyyy preciso. Efectivamente, sufrimos porque nos obsesionamos, porque tanto deseamos estar junto a la persona amada que, inevitablemente, pretendemos romper el ritmo de la vida, el nuestro, el suyo y el del resto de las cosas, y nos encerramos en nuestra propia cárcel, que hemos inventado tan injustamente.

    Debemos aceptar ese ritmo de la existencia para poder ser nosotros mismos con el resto de las cosas…aunque, a veces, nos resulte duro y complicado…

    Fíjate, María, que iba a escribir sobre la importancia de la música en nuestras vidas…¡y comparas estos sentimientos con música y con baile! Es maravillosa esa conexión tan profunda…

    Gracias por haber estado, de nuevo, ahí. Mil gracias.

    Abrazo fuerte, fuerte
    David

    PD: por cierto, ahora que me acuerdo…mucho hablar de ventanas pero aún debo un artículo sobre ellas! A ver si saco templanza y lo publico en unos días… Que no me he olvidado! Abrazo!

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