PIANOS

por David Lorenzo Cardiel

No sé qué tienen los pianos que cada vez que una mano artística pretende acercarse a ellos, el vendedor de turno se lanza a impedirlo como si en ello le fuera la vida, como si el piano, en lugar de ser un piano, fuera su vástago recién nacido y la mano, la bestia que ha de devorarlo. No sé qué tiene de delicado un piano para llegar al punto de no poder ni acariciar la tapa con la finura necesaria y que no tenga un violín, o un contrabajo o un arpa.

Me resulta curioso que en casi todos los lugares donde hay un piano hay un ojo vigilante, aunque sea tras un visillo, que lo protege y lo mima frente a los dedos crueles que quieren martillear sus teclas y hacer acordes malignos con ellas. Desde muy pequeño me han gustado los pianos y los violines, en este orden de preferencia, y aún hoy me siento atraído por el piano, sobre todo por la grandiosa sonoridad y presencia del piano de cola. Cuando iba por los grandes almacenes y daba la casualidad o la no casualidad de atravesar la sección de música, siempre me quedaba unos minutos admirando los pianos y los teclados que allí vendían, y casi siempre, sin ni siquiera llegar a hacer mención de tocar uno de ellos, había un vendedor que vigilaba mis movimientos y carraspeaba ruidoso, sin abandonar el lugar hasta que hubiera desaparecido.

Uno puede tener la tentación de pensar, cuando el relato que te cuentan alude a la niñez, que el vendedor vigila esas caras y finas piezas del nervioso repiqueteo del infante, dispuesto a desmontar tecla por tecla y cuerda por cuerda. Uno bien podría pensarlo si no tuviera en cuenta un detalle fugaz que cambia la situación: la vigilancia, el carraspeo y la mirada asesina durante la huída del visitante no son motivadas por el niño juguetón sino por la simple presencia humana cerca del piano.

No solamente grandes almacenes los guardan celosamente. El otro día, por ejemplo, estuve en el mercadillo benéfico Aragón, que se celebraba en el Auditorio, rebuscando en el puesto de libros viejos algún ejemplar que llevarme a casa y justo a la salida veo un hermoso piano de pared, con su tapita cerrada y aparentemente desprotegido. Me acerco cauto y sigiloso, para que nadie note mi presencia, y disimulo caracoleando a su alrededor para inmediatamente después tocar una pequeña y arbitraria pieza. La toqué a gusto, pausadamente y a mi ritmo, desahogándome de tanta composición frustrada. Entonces, cuando miro de reojo, observo una presencia estática, de violenta mirada, que parece haber estado allí unos largos minutos observando mi virtuosidad improvisada esperando a que dejara de tocar una vez por todas. Creo que no hizo falta que me indicara la salida.

He hablado de tiendas y sin embargo no de la relación celosa entre el propietario y su piano. Es sorprendente cómo la sola posesión de un piano hace que el propietario se convierta en su guardián permanente, haciendo todo lo posible por salvar su querido instrumento hasta de las miradas obscenas que aluden a pervertidas intenciones artísticas. Porque una cosa es que el genuino pianista no permita que todas las manos y todas las personas golpeteen su piano y otra que su uso y disposición sea exclusiva para él.

No sé qué tiene el piano que no tengan otros instrumentos para que se le proteja tanto. Desconozco si en un futuro podré meter un piano de cola en casa sin andar demasiado apretujado por su sola presencia, pero desde luego, si es que eso ocurre, ojalá no me convierta en un auténtico pianista. Al menos, no en uno extremadamente posesivo.

Ah, qué tiene el piano que a todos nos transforma.

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