AVERLY

por David Lorenzo Cardiel

Recuerdo de mi colegio una fuente verde junto a la pared del edificio de infantil. Estaba descolorida a trozos, descubriendo un gris oscuro metálico que contrastaba con la pintura verde que le caracterizaba. Aprovechábamos para beber agua en los recreos, aunque el mejor momento para hacerlo era cuando algún profe te enviaba a fotocopiar alguna cosa. Era mejor así, sin filas, ni gérmenes, y sin la impaciencia de tener que volver a clase. Una de esas veces aproveché para curiosear los detalles de la fuente. Estaba decorada con un motivo floral tallado en el metal, desde el arco superior hasta la base, donde el agua discurría por una pequeña reja hacia las tuberías de desagüe. Impresionaba pensar en sus orígenes, fabricada quizás por algún dragón de aspecto horripilante domesticado por enanos condenados en el infierno a forjar metales hasta la eternidad. Era bonito detenerse a imaginar historias que comprendíamos perfectamente que no eran ni podían ser ciertas muy a pesar de nuestra inventiva y ganas de que así fuera.

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“Tiempos Modernos”, digo, Averly. Fotografía de Mariano Candial y Carlos Blázquez tomada a finales del siglo XIX

Entonces no lo sabía, o no quería saberlo, pero en cualquier caso no me había percatado de que aquella fuente había sido modelada en un particular abismo lleno de mugre, herramientas, sangre, sudor y, como todo buen averno debe poseer, calor, mucho calor. Averly ha visto nacer y renacer cien veces Zaragoza y, sin embargo, en nuestra tierra, la edad no es suficiente atributo para justificar su supervivencia arquitectónica en la ciudad. En todo caso, el único efecto que la edad puede producir es abandono, y como consecuencia del deterioro producido por el abandono, sensación de estorbo. Pero particularmente en España, sobre todo en nuestra bien querida patria española, todo lo que no puede ser utilizado como generador de amplios beneficios es objeto directo de estorbo. La Torre Nueva lo fue a finales del siglo XIX, acusada de sufrir una falla estructural inexistente que convertía su inclinación natural en un peligro. El Mercado Central sufrió la represión política en los años setenta tras la creación de la actual avenida de Cesaraugusto. Tras el desafortunado caso de los arcos sonoros del entorno de las murallas romanas, que han sido derribados, la vieja fundición Averly se encuentra ahora en una situación complicada, al borde del derribo y con el silencio cómplice de la administración. El patrimonio de Averly está al borde de la desaparición y nadie parece darse cuenta de ello. Sólo lo parece, porque en realidad cualquiera es consciente de ello.

Lo interesante del caso Averly es la pérdida de conciencia del desinterés político. Quienes defienden la integridad de la vieja fundición consideran que la administración, por el hecho de haber sido elegida como administración, tiene la obligación, quizás la intención, de participar en la defensa del escaso patrimonio que conservamos en Aragón. Pero no es así. Averly, con toda su riqueza cultural, es concebida como un estorbo para el progreso de la ciudad, fundamentado en la metodología básica española del ladrillo. Para la administración y para la mayoría de la población, más valen doscientos pisos a estrenar que restaurar una vieja planta y darle un uso nuevo que revitalice un distrito degradado hasta la tristeza por el lamentable devenir de la mayoría de sus edificios históricos. Curiosa paradoja del destino si consideramos que nuestro único gran símbolo de la fabricación industrial a gran escala, el progreso en términos decimonónicos, es ahora dilapidado en nombre del mismo. El punto trascendental del asunto aparece cuando todas las partes emplean el progreso como premisa fundamental de su discurso, sin considerar que en verdad el progreso no existe ni tiene sentido en la realidad. El progreso es una invención valorativa, no una dirección ni un camino a seguir. Apelar al progreso es no estar diciendo nada, porque progreso no implica ninguna cosa per se. Que ante un legado arquitectónico como Averly la única defensa (y ofensa) apelada con destreza dialéctica esté empobrecida con la mención al progreso tan sólo demuestra la incapacidad de la sociedad para comprender y actuar según la realidad de las cosas.

Interior del desaparecido café Ambos Mundos, con columnas forjadas en Averly. Como ellas, de la fundición también salieron las del Matadero y la estatua del Justicia o la fuente de la Aguadora, entre otras piezas.

Interior del desaparecido café Ambos Mundos, con columnas forjadas en Averly. Como ellas, de la fundición también salieron las del Matadero y la estatua del Justicia o la fuente de la Aguadora, entre otras piezas.

Averly significa mucho más que patrimonio. Es historia comprimida entre muros que debe ser conservada en cada una de sus facetas, lo que inexcusablemente implica tanto la conservación de las construcciones y haberes que constituyen la fundición como su mantenimiento a lo largo del tiempo. La única manera de sortear la segunda vía es trazar un plan bien elaborado y meditado sobre su uso, no en un sentido lucrativo, sino en uno cultural, apacible para las actividades y proyectos que, hoy por hoy, no tienen lugar ni acogida en la ciudad. Hablo de convertir Averly en un espacio de libertad cultural o en una sede fundacional general de la cultura aragonesa, donde existiera libre disposición de trabajo para todo tipo de proyectos, idea que no es tan descabellada y que en la notable extensión de terreno y edificios que alberga la factoría podría realizarse con amplitud de espacios. Claro que, para ello, hace falta concebir la cultura como lo que es, cultura. Un espacio libre, no limitado a uno u a otro sector, un lugar donde todo autor, de la rama a la que pertenezca, pueda trabajar y colaborar con libertad en sus proyectos sin control político de por medio.

Estado actual de parte del complejo Averly

Estado actual de parte del complejo Averly

Sea cual sea la solución digna que pueda llegar a diseñarse para la conservación de Averly obliga a una comprensión de las circunstancias y a una voluntad de colaboración que consoliden los proyectos y puedan construirse encontrando su lugar en la ciudad. Si Averly debe sobrevivir a los tiempos modernos debe hacerlo incluyendo su tesoro patrimonial en una nueva misión que le otorgue sentido. Y para lograrlo es necesario independizar el discurso dejando a un lado la protesta y centrándolo en el diseño de su futuro.

Sería bonito verla convertida en algo más que ladrillo y hormigón armado. Sólo necesitamos claridad y pensamiento propio para construir este sueño. E imaginación, si queremos, no nos falta.

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