El blog de David L. Cardiel

"Toda verdad pasa por tres etapas. Primero, se ridiculiza. Segundo, se niega con violencia. Tercero, se acepta como manifiesta." [Arthur Schopenhauer] Fotografía de Ilya kisaradov.

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CRÓNICA DE LA SESIÓN DE FIRMAS EN LA FERIA DEL LIBRO DE ZARAGOZA (31.05.2019)

El pasado viernes dio comienzo la Feria del Libro de Zaragoza y gracias a la generosidad de Librería Central inauguré la nómina de autores que durante estos días hemos dedicado ejemplares y que los dedicarán con ellos hasta el próximo domingo. Fue una tarde rebosante de alegría, de pasión por los libros, de libertad. Agradezco de nuevo de todo corazón a los amigos de Librería Central por contar de nuevo este año conmigo y con mi libro, y a los lectores que desafiasteis el calor feroz para haceros con uno de los últimos ejemplares de Tierra de nadie. Y, por supuesto, a los numerosos amigos y compañeros de letras que vinisteis a saludarme. Todos juntos demostramos que la Feria es algo más que palabras: unidos transformamos nuestras ilusiones de papel en diálogo y hermandad.

Feria del Libro de Zaragoza 2019 (31.05.2019). En las casetas de la estupenda Librería Central de Zaragoza posando con un ejemplar de Tierra de nadie. Foto del gran Marcos Cebrián.
Feria del Libro de Zaragoza 2019 (31.05.2019). Un momento de conversación, a la apacible sombra de los libros: junto con el escritor y librero Javier Lahoz Lostao, la escritora Irene Vallejo y el profesor Tomás Funes en las casetas de Librería Central de Zaragoza. Fotografía del gran Marcos Cebrián
Feria del Libro de Zaragoza 2019 (31.05.2019). A pesar del calor, de la intensidad con la que azotaba el oleaje solar, hidratados por la pasión por las palabras, nos zambullimos en la conversación. Fotografía del gran Marcos Cebrián.
Feria del Libro de Zaragoza 2019 (31.05.2019). Con Pascual Tisaire, gran lector, en Librería Central de Zaragoza. 
Feria del Libro de Zaragoza 2019 (31.05.2019). Junto con Irene Ramos, lectora prodigiosa y audaz, en Librería Central de Zaragoza.
Feria del Libro de Zaragoza 2019 (31.05.2019). Con Ramón Burunat, lector voraz, en Librería Central de Zaragoza. 
Feria del Libro de Zaragoza 2019 (31.05.2019). La foto más desenfadada de mi paso por la Feria. Aquí junto con los maravillosos -lo recalco: maravillosos- libreros de Libreria Central de ZaragozaAna Belén Casanova y Javier Lahoz.
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HOMENAJE-RECITAL A EMILIO GASTÓN (23.06.2018)

La tarde del pasado 23 de junio fue tan emotiva como especial. Más de sesenta artistas nos reunimos en el museo Pablo Gargallo de Zaragoza para rendir homenaje, desde el cariño y el recuerdo, al gran poeta, escultor, jurista, primer Justicia de Aragón y nubepensador Emilio Gastón. Gracias de corazón a Mari Carmen Gascon y a todos aquellos que han trabajado en organizar este acto tan hermoso. Las palabras de Emilio, forjadas en voz y verso, volaron raudas para habitar y alimentar el espíritu de quienes estuvimos allí. Y sus libros encontraron manos amigas que los mantendrán vivos.

Os dejo algunas instantáneas del acto. También comparto con vosotros la maravillosa visita virtual de la exposición Libros con versos, en la que numerosos libros del legado del gran Emilio Gastón fueron transformados en obras de arte. La visita virtual es obra de Antonio Mayo (más sobre el trabajo de Antonio Mayo, clicando aquí). Podéis realizarla clicando en el siguiente enlace:

 

Visita virtual a la exposición Libros con versos

 

Cartel de la exposición y el acto en recuerdo y homenaje de Emilio Gastón «Libros con versos», que tuvo lugar en el museo Pablo Gargallo de Zaragoza el pasado 23 de junio.

 

 

HOY Y MAÑANA, EN LA FERIA DEL LIBRO DE ZARAGOZA…

Y este fin de semana, primer asalto literario-ferial. Hoy y mañana por la tarde, de 18.30 a 21 horas, estaré firmando ejemplares de Tierra de nadie en la caseta nº3, de Anorak Ediciones (a la altura de la Lonja). Allí estaré con mis estilográficas, cargadas con el mismo tono de tinta azul que aparece en la portada del libro, deseando conoceros, saludaros y, si os enamoráis de sus versos, dedicaros el ejemplar único que queráis llevaros a vuestra casa.

Venid, venid a la gran fiesta de los libros. Os estaré esperando.

 

FIRMAS EN LA FERIA DEL LIBRO DE ZARAGOZA 2018

La gran fiesta de los libros ha llegado. Del 1 al 10 de junio Zaragoza celebrará una nueva edición de su prestigiosa Feria del Libro, que este año mantendrá la ubicación que inauguró en su anterior edición, en la Plaza del Pilar.

Si os apetece pasear entre libros y disfrutar del ambiente, y decidís acercaros para conocer a Tierra de nadie y sumergiros entre sus páginas y poemas, estaré encantado de recibiros en las siguientes casetas y horarios:

 

Viernes, 1 de junio, de 18.30 a 21 horas. Anorak Ediciones (caseta nº 3).

 

Sábado, 2 de junio, de 18.30 a 21 horas. Anorak Ediciones (caseta nº 3).

 

Miércoles, 6 de junio, de 18.30 a 20.30 horas. Fnac (casetas nº 18 y 19).

 

Viernes, 8 de junio, de 18.30 a 20.30 horas. Librería Central (casetas nº 45, 46 y 47).

 

¡Acudid, venid! ¡Os esperamos!

 

BREVE CRÓNICA DEL DÍA DEL LIBRO 2018 EN ZARAGOZA

Jugábamos con las cartas marcadas: el Día del Libro siempre es motivo de alegría, reencuentros, lecturas compartidas, conversaciones gratificantes, risas entre amigos y compañeros de letras. Pero, incluso con la ventaja de ser un día especial, nadie podía asegurar el templado éxito.

Pero lo fue, gracias a vosotros, los lectores. Curiosos, atrevidos, embriagados del aroma de las palabras: todas estas cualidades vuestras impidieron que la intempestiva lluvia y el incierto día arruinasen la fiesta. Era imposible que sucediera. Estabais vosotros, con vuestro amor por los libros, y con vuestra ilusión devolvisteis la huída luz al día.

Mi agradecimiento a todos los que paseasteis ayer por el Paseo de la Independencia de Zaragoza en busca de un compañero de papel que acoger en vuestro hogar. Gracias de todo corazón a aquellos que os acercasteis a compartir un rato de vuestro tiempo conmigo y, en especial, a quienes confiasteis en Tierra de nadie. Fuisteis muchos. Para todos vosotros, mi gratitud infinita.

Os dejo algunas fotografías de momentos que vivimos ayer. Son sólo unas pocas, pero bastan para comprobar la alegría y la emoción que respirábamos en el ambiente.

 

Foto de familia de los escritores de Anorak Ediciones que firmábamos en horario de tarde: Fico Ruiz, Laura Sierra, Mario Ornat y Ricardo Lladosa. Entre Fico y Laura, un servidor.

 

FIRMAS DÍA DEL LIBRO EN ZARAGOZA

El próximo lunes, 23 de abril, va a ser un día muy especial y lleno de ilusión. Libreros y editores vestirán el Paseo de la Independencia de pequeños tesoros de palabras. Los libros os estarán aguardando, bajo el sol y la sombra, en la inclemencia o en el primaveral día, anhelando que los acariciéis, los hojeéis y os enamoréis de ellos.

Si decidís acudir a celebrar el Día del Libro en Zaragoza, estaré en el Paseo de la Independencia por la mañana y por la tarde, deseando encontrarme con vosotros.

Os estaré esperando en los siguientes lugares:

HORARIO DE MAÑANA

De 12 a 14 horas.      Librería Antígona (delante de C&A).

HORARIO DE TARDE

De 17 a 18 horas.      Fnac Plaza de España (en tienda en C/ Coso, 25-27).

De 18 a 19 horas.      Librería Central (esquina de Independencia con C/ Casa Jiménez).

De 19 a 21 horas.      Anorak Ediciones (esquina de Independencia con C/ Casa Jiménez).

 

También podéis encontrar los horarios y puestos donde firmaré clicando en el cartel que comparto abajo.

¡Acudid, venid a celebrar con nosotros la gran fiesta de los libros!

 


CRÓNICA DE LA PRESENTACIÓN DE ‘TIERRA DE NADIE’ EN ZARAGOZA

Un poemario crece despacio. Sus versos nacen llenos del sentimiento de quien, primero, los alberga en su mente, y después, tras muchas dudas, los convierte en tinta sobre el papel, en palabra escrita. Esos versos nunca navegan seguros: sufrirán cambios en su esencia, tendrán que soportar los delirios perfeccionistas de sus creadores y, si sobreviven a todo el proceso de ilusión y crítica, formarán parte de un poema, o quizás de un libro.

Los versos que dan forma a Tierra de nadie han tenido el insólito privilegio de convertirse en libro. Una confianza y una generosidad que supo tener Sergio Navarro, el editor del estupendo sello Anorak Ediciones. El pasado jueves 15 de marzo fue la puesta de largo del libro en Zaragoza, en el fórum de Fnac Plaza de España. El primero en hablar fue Sergio, cargando sus palabras de ilusión y de cariño. Carmen Aliaga y Emilio Pedro Gómez me arroparon con la sensibilidad poética y humanística que les es característica. Emilio desgranó la estética del poemario y su fondo sentimental y poético; Carmen, con su voz y hondura prodigiosas, supo llegar a la médula del libro, al mensaje que alberga. Dieron en el clavo. Tanto, que consiguieron emocionarme hasta el punto de que la garganta se me hiciera un nudo.

Gracias de corazón a todos aquellos que acudisteis a acoger a este libro y a este escritor primerizo en sus iniciales pisadas literarias. Fuisteis muchos, llenasteis el salón de actos. ¿Qué mayor fortuna podría desear que ésta para celebrar el nacimiento de Tierra de nadie? Fue una fiesta de la amistad, de la literatura y de la emoción. Vosotros la habéis hecho posible. Gracias por todo, que es muchísimo.

 

Así de abarrotado estaba el fórum de Fnac Plaza de España de Zaragoza durante la presentación de ‘Tierra de nadie’. Fotografía de Marcos Cebrián.

Los poetas Emilio Pedro Gómez y Carmen Aliaga, junto con Sergio Navarro (editor de Anorak Ediciones) y un servidor en un momento de la presentación. Fotografía de Marcos Cebrián.

AVERLY

Recuerdo de mi colegio una fuente verde junto a la pared del edificio de infantil. Estaba descolorida a trozos, descubriendo un gris oscuro metálico que contrastaba con la pintura verde que le caracterizaba. Aprovechábamos para beber agua en los recreos, aunque el mejor momento para hacerlo era cuando algún profe te enviaba a fotocopiar alguna cosa. Era mejor así, sin filas, ni gérmenes, y sin la impaciencia de tener que volver a clase. Una de esas veces aproveché para curiosear los detalles de la fuente. Estaba decorada con un motivo floral tallado en el metal, desde el arco superior hasta la base, donde el agua discurría por una pequeña reja hacia las tuberías de desagüe. Impresionaba pensar en sus orígenes, fabricada quizás por algún dragón de aspecto horripilante domesticado por enanos condenados en el infierno a forjar metales hasta la eternidad. Era bonito detenerse a imaginar historias que comprendíamos perfectamente que no eran ni podían ser ciertas muy a pesar de nuestra inventiva y ganas de que así fuera.

averly

“Tiempos Modernos”, digo, Averly. Fotografía de Mariano Candial y Carlos Blázquez tomada a finales del siglo XIX

Entonces no lo sabía, o no quería saberlo, pero en cualquier caso no me había percatado de que aquella fuente había sido modelada en un particular abismo lleno de mugre, herramientas, sangre, sudor y, como todo buen averno debe poseer, calor, mucho calor. Averly ha visto nacer y renacer cien veces Zaragoza y, sin embargo, en nuestra tierra, la edad no es suficiente atributo para justificar su supervivencia arquitectónica en la ciudad. En todo caso, el único efecto que la edad puede producir es abandono, y como consecuencia del deterioro producido por el abandono, sensación de estorbo. Pero particularmente en España, sobre todo en nuestra bien querida patria española, todo lo que no puede ser utilizado como generador de amplios beneficios es objeto directo de estorbo. La Torre Nueva lo fue a finales del siglo XIX, acusada de sufrir una falla estructural inexistente que convertía su inclinación natural en un peligro. El Mercado Central sufrió la represión política en los años setenta tras la creación de la actual avenida de Cesaraugusto. Tras el desafortunado caso de los arcos sonoros del entorno de las murallas romanas, que han sido derribados, la vieja fundición Averly se encuentra ahora en una situación complicada, al borde del derribo y con el silencio cómplice de la administración. El patrimonio de Averly está al borde de la desaparición y nadie parece darse cuenta de ello. Sólo lo parece, porque en realidad cualquiera es consciente de ello.

Lo interesante del caso Averly es la pérdida de conciencia del desinterés político. Quienes defienden la integridad de la vieja fundición consideran que la administración, por el hecho de haber sido elegida como administración, tiene la obligación, quizás la intención, de participar en la defensa del escaso patrimonio que conservamos en Aragón. Pero no es así. Averly, con toda su riqueza cultural, es concebida como un estorbo para el progreso de la ciudad, fundamentado en la metodología básica española del ladrillo. Para la administración y para la mayoría de la población, más valen doscientos pisos a estrenar que restaurar una vieja planta y darle un uso nuevo que revitalice un distrito degradado hasta la tristeza por el lamentable devenir de la mayoría de sus edificios históricos. Curiosa paradoja del destino si consideramos que nuestro único gran símbolo de la fabricación industrial a gran escala, el progreso en términos decimonónicos, es ahora dilapidado en nombre del mismo. El punto trascendental del asunto aparece cuando todas las partes emplean el progreso como premisa fundamental de su discurso, sin considerar que en verdad el progreso no existe ni tiene sentido en la realidad. El progreso es una invención valorativa, no una dirección ni un camino a seguir. Apelar al progreso es no estar diciendo nada, porque progreso no implica ninguna cosa per se. Que ante un legado arquitectónico como Averly la única defensa (y ofensa) apelada con destreza dialéctica esté empobrecida con la mención al progreso tan sólo demuestra la incapacidad de la sociedad para comprender y actuar según la realidad de las cosas.

Interior del desaparecido café Ambos Mundos, con columnas forjadas en Averly. Como ellas, de la fundición también salieron las del Matadero y la estatua del Justicia o la fuente de la Aguadora, entre otras piezas.

Interior del desaparecido café Ambos Mundos, con columnas forjadas en Averly. Como ellas, de la fundición también salieron las del Matadero y la estatua del Justicia o la fuente de la Aguadora, entre otras piezas.

Averly significa mucho más que patrimonio. Es historia comprimida entre muros que debe ser conservada en cada una de sus facetas, lo que inexcusablemente implica tanto la conservación de las construcciones y haberes que constituyen la fundición como su mantenimiento a lo largo del tiempo. La única manera de sortear la segunda vía es trazar un plan bien elaborado y meditado sobre su uso, no en un sentido lucrativo, sino en uno cultural, apacible para las actividades y proyectos que, hoy por hoy, no tienen lugar ni acogida en la ciudad. Hablo de convertir Averly en un espacio de libertad cultural o en una sede fundacional general de la cultura aragonesa, donde existiera libre disposición de trabajo para todo tipo de proyectos, idea que no es tan descabellada y que en la notable extensión de terreno y edificios que alberga la factoría podría realizarse con amplitud de espacios. Claro que, para ello, hace falta concebir la cultura como lo que es, cultura. Un espacio libre, no limitado a uno u a otro sector, un lugar donde todo autor, de la rama a la que pertenezca, pueda trabajar y colaborar con libertad en sus proyectos sin control político de por medio.

Estado actual de parte del complejo Averly

Estado actual de parte del complejo Averly

Sea cual sea la solución digna que pueda llegar a diseñarse para la conservación de Averly obliga a una comprensión de las circunstancias y a una voluntad de colaboración que consoliden los proyectos y puedan construirse encontrando su lugar en la ciudad. Si Averly debe sobrevivir a los tiempos modernos debe hacerlo incluyendo su tesoro patrimonial en una nueva misión que le otorgue sentido. Y para lograrlo es necesario independizar el discurso dejando a un lado la protesta y centrándolo en el diseño de su futuro.

Sería bonito verla convertida en algo más que ladrillo y hormigón armado. Sólo necesitamos claridad y pensamiento propio para construir este sueño. E imaginación, si queremos, no nos falta.

FRIVOLIDAD

Durante un tiempo, la cabecera de este blog estuvo custodiada por un baturro con fusil. Por supuesto, sólo se veía el ambiente difuminado, un trozo del viejo farol y al soldadito, con su traje típico mal apañado, vigilando uno de los improvisados bastiones que Palafox mandó construir durante la tregua de verano en 1808. Sin embargo, el recorte heroico esconde algo un poco menos propagandístico. Si tomamos el lienzo completo del cuadro Baturro de guardia durante los Sitios, del pintor zaragozano Marcelino de Unceta, observaremos esto:

Baturro_de_guardia_durante_los_Sitios_de_Zaragoza

Marcelino de Unceta era un pintor de historia, y los pintores de historia rara vez emplean el óleo para ilustrar la realidad. En 1902 pinta este cuadro bastante cercano al estilo de las vanguardias que se habían instalado y desarrollado con soltura en la ciudad de la luz. Unceta tiene el privilegio de rescatar el legado de Orange o de Louis-François Lejeune para rendir su particular tributo a los héroes y mártires de la Guerra de la Independencia, de cara a la celebración del primer centenario del comienzo de las hostilidades. Y busca un recodo de la historia que no haya sido narrado, pintado o desgastado por otros artistas. El impresionismo del detalle. Un soldado cansado y fatigado, sin ánimo de hostilidad, que protege el sueño de sus tres compañeros, sin uniforme, que por abandonar han abandonado hasta sus fusiles. Al fondo, entre la neblina, un cañón abandonado.

Labradores, que no han tocado un arma en su vida, fatigados, entre ruinas y sin disciplina militar (el fusil nunca es abandonado por un soldado, ni siquiera durante el sueño, y mucho menos en un frente de guerra). La visión más desgarradora desde las tropecientas agustinas pintadas y cantadas en todo el mundo. Pero las agustinas ni siquiera tienen rostro, porque casi ningún artista llegó a conocer el rostro de la gran heroína de Zaragoza. Son inventadas. Como el combate glorioso de Lejeune en el patio de Santa Engracia o la propia pintura de Unceta. Son testigos de una ciudad y unos combates inventados, anclados en la idea compartida de heroísmo y en la entrega absoluta de los defensores a la acción bélica. La Zaragoza de Unceta, como la de tantos otros, no es la Zaragoza de los Sitios, ni siquiera una reconstrucción deforme de aquella Zaragoza, sino otra distinta, una que cure las heridas de la derrota, la invasión y la destrucción que la desgarró. Así nació un mito que se exprimiría y se retorcería hasta las batallitas recreadas como conmemoración del II Centenario hace unos días.

Los pueblos buscan sus héroes, como las personas, y si no los encuentran deformarán el heroísmo hasta convertir cualquier exabrupto en un alarde de valentía y ejemplo a seguir. Ahora mismo, que andamos un poco flojos de reflexión, cualquiera puede convertirse en uno. Antes, con algunos méritos y un poco de caos, también. La propaganda no es un invento de la guerra moderna, cada nación ha inventado la suya a partir del boca a boca. Y aquí es donde subyace la dimensión heroica: destrozados por el horror de la guerra, con el miedo y el dolor aún impresos en las entrañas, tanto unos como otros necesitan creer que han hecho todo lo posible. Aún más: que han hecho más que todo lo posible. Y que los que dejaron su vida en el frente fueron mucho más que seres humanos.

León Tolstói habló de los héroes de Sebastopol antes de que Sebastopol se convirtiera en la Zaragoza rusa. Luego, el estalinismo sustituyó la gesta de aquellos hombres por los patrióticos relatos de resistencia y sitio que soportaron los camaradas en Stalingrado y Leningrado, por contener menos alarde burgués y mayor carácter propagandístico para la ideología. Pero en la época en que escribió Tolstói, o sea, mitad del siglo XIX, las gestas de Sebastopol eran lo más. Llegaron a todos los círculos intelectuales, incluidos los beligerantes París y Estambul, donde nadie discutió el heroísmo y el sacrificio de los marineros rusos. Tolstói, sin embargo, que estaba de balnearios por la zona, escribió probablemente el testimonio más fiel que se haya legado jamás a la historia de un acontecimiento histórico con tanta repercusión y significado para la Europa decimonónica. Comienza diciendo que los héroes no existen, y que si existen son tan puntuales y tan humanos que no tiene sentido recompensarlos por encima de cualquier otra persona del mundo. Y pone ejemplos. Dice: ¿es acaso más héroe el soldado que aprovecha cualquier momento para adherirse a una timba que el aprendiz que se entrega a la limpieza del cañón o que el médico que llena sus manos de sangre al intentar extirpar los balazos de los innumerables heridos que llegan desde las trincheras? Es evidente que no, que Sebastopol y su defensa no fueron heroicas, y que si debe haber un heroísmo es el espíritu de resistencia ante tal infierno. Porque desde el principio de la contienda, los treinta mil marineros rusos sabían perfectamente que no resistirían el asedio del casi medio millón de soldados bien pertrechados y con muchos más cañones y suministro que ellos. Y aceptaron resistir. Pero salvo ese espíritu, compartido por casi todos, no hay héroes, sino miembros de una misma heroicidad. Por eso Tolstói nos pasea por la ciudad y nos advierte: se dirán muchas cosas de Sebastopol, probablemente Sebastopol se convierta en el mito bélico más trascendental de la historia moderna, pero nada de lo que se diga en esos relatos, aunque gratifique el honor de los pueblos, será completamente cierto, porque lo cierto es el barro, la sangre, la pobreza, la muerte, los lamentos, el terror, la duda, la cobardía de los resistentes, la huida desesperada, la valentía, la entrega, las apuestas, los lios de faldas y los bailes en las plazas. Y ni un solo pensamiento en la guerra. El único héroe para Tolstói es la verdad. La verdad es que nadie piensa en la guerra cuando estás en la guerra, porque es tan liviana e insignificante frente a los detalles maravillosos de la vida que a quién le importa que retumbe ese cañón mientras se siga bailando en la plaza de las flores con las hijas de los marineros.

León Tosltói, al menos, ha legado una visión acertada de la vida. Como lectura, ha sido relegada acusada de frivolidad. La misma que aplica Galdós a la hora de narrar la guerra de Zaragoza. Mientras que Tolstói nos presenta la naturalidad de los bailes y el trasiego de apuestas, deudas y pactos de honor entre los combatientes, absolutamente despreocupados del horror que se está viviendo unos metros más allá de donde juegan a las cartas, Galdós describe una Zaragoza entregada que únicamente piensa en destripar gabachos. Si en Sebastopol no se recogen los muertos de las calles es porque la miseria es tan palpable que no hay fuerzas para ello. Si en Zaragoza los moribundos son atendidos improvisadamente es pensando en cuántos franceses podrán ser destripados tras la recuperación del enfermo. Cuando Gabrielito se enamora de una chiquilla y se ven a escondidas en la plaza de San Felipe, es porque en el fondo no es consciente de la gravedad de los hechos que están sucediendo en la ciudad. Y Galdós se lo recrimina a su personaje en cada conversación o confesión: frívolo, que eres un frívolo. Con la que está cayendo, con cientos de muertos y heridos tirados por el Coso y decenas de mujeres blandiendo sus tijeritas de costura para cargar contra los dragones y tú, un jovenzano en edad de combatir, enamorándote de la hija de un ricohombre. Porque tiene que ser ricohombre, para no compartir la penuria de no destripar franceses y que la frivolidad sea aún mayor. Y Gabrielito, angustiado por su frivolidad y su falta de deseo de destripar gabachos se pasea por el Coso y por la plaza de San Miguel y recobra el espíritu belicista para entregarse a lo verdaderamente importante: destripar franchutes. Lo salva la campana, que anuncia la rendición de la ciudad, pero si no, ahí hubiéramos visto a Gabrielito, postulándose para héroe nacional, destripando casacas azules y disparando cañones de noventa libras como un buen patriota, impasible ante las caricias de la chica de San Felipe.

Todo lo contrario a Tolstói, que nos habla de hombres cobardes, jóvenes que se han escapado de su puesto de guardia para rondar a las mozas de la plaza de los bailes y de brillantes militares que han aceptado luchar en Sebastopol en busca de un rápido ascenso social. También los muertos son diferentes. Los muertos en la guerra son cifras. No tienen nombre ni apellidos, ni siquiera una imagen que poder recordar de ellos. En el caldo de los muertos cabe cualquier cosa muerta, y no se notará en el relato. Galdós juega con ello y habla de los muertos. En Sebastopol no hay muertos, hay muertos. La hija del marinero rondada por el asistente del oficial, que llora en la ventana la muerte de su padre. El hermano que ha sido masacrado en la cuarta y que es nombrado en la enfermería, mientras el médico sierra una pierna justo al lado. La Zaragoza real debió parecerse mucho al Sebastopol encharcado de sangre, mugre y lodo que nos narra Tolstói y no a la pulcra ciudad patriotísima que nos han tratado de hacernos creer que era.

Sin embargo, el heroísmo no se diluye con la miseria, la cobardía y las dudas, sino que reside en la actitud humana sobre quienes se aplica. Quien es capaz de capear una guardia para pasar la noche con la mujer amada y a la vez sacrificarse por su compañero en el bastión es un héroe. El médico que llora ante la impotencia de ver a los heridos morir en sus manos es un héroe. Luchar inconscientes de la realidad de la vida es renunciar a ella y rendirse ante la adversidad. Seguir amando y siendo uno mismo es luchar por la vida para no ser jamás vencido. Ni Tolstói ni Galdós vivieron los respectivos sitios, pero mientras que uno recopiló los cantares de gesta dedicados a Zaragoza, el otro visitó la ciudad antes de la ruina e interrogó, después, a los soldados que habían sido evacuados de la ciudad.

Me gustaría pensar que hoy más que nunca hacemos alarde de toda la frivolidad del mundo. Adoro ser frívolo y ser absolutamente incapaz de escribir algo que no sea inútil a los ojos del mundo. Quiero ser inútil, y vivir en la inutilidad de un beso al atardecer, de una caricia en un paseo inesperado o de una mirada escondida detrás de cada instante. No sé vivir de otra forma que no sea siendo inútil y rodeándome con la inutilidad de cada uno de mis actos. Que sirvan para mí, y para el mundo, y para nada más que para servir a las cosas.

Quiero que me llamen frívolo para poder vivir los sueños y construirlos en la frivolidad. Guárdense sus periódicos y las secciones de economía, escondan las noticias en mi presencia y no nombren las cosas insignificantes del mundo. Soy un insensible, como Tolstói, y soy incapaz de concienciarme de la importancia de Wall Street y los bonos basura que tanto temen los gobiernos europeos.

Quédense en sus palacios, hablando de la guerra, ustedes que pueden. Yo prefiero el barro de la trinchera. Quedarme con las cigüeñas que comienzan su tránsito y abandonan sus nidos en lo alto de los campanarios. Reflejarme en el agua del río a cada amanecer. Y bailar en la plaza entre flores e impecables uniformes para vestir el alma. Seguiré llevando un tulipán mientras los cañones, mis cañones, retumban con cada pensamiento en la mañana.

EL ÚLTIMO PASEO DE LOS ROMÁNTICOS

Escribo a los pies de una ventana desde donde se ven las nubes. El sol se esconde detrás de un frente rasgado por el viento, y destella por debajo de otras nubes, mucho más elevadas y pacíficas, seccionando la luz en transversal para construir la tarde.

También llueve, y lo veo desde la ventana. Mientras algunas de las gotitas se estrella contra los cristales, los adoquines se van pigmentando de gris, y ni siquiera las suelas del calzado de los niños pueden secar su pátina de agua.

Se me ha ocurrido sacar la mano por la ventana y tocar la lluvia, pero para eso prefiero pasear bajo mi paraguas a la vez que se empapa todo. Zaragoza ha sido una ciudad preciosa para pasear. Tiene todo lo que un romántico desearía. Sus paseos son cortos, pero amplios y entretenidos. Su embaldosado es variopinto, a la vez que uniforme y escueto. Los edificios varían según los aires de la historia. El centro se hace místico por su bien conservada diversidad. He paseado mucho por Alfonso y sus bocacalles. Me conozco muy bien Santa Isabel de Portugal y la Sas. No hay nada más maravilloso en el mundo que agarrar con fuerza el paraguas mientras el agua salpica intensamente en la esquina del Fortea, junto al escaparate del Montal. La plaza de San Felipe se llena de vida en Domingo de Ramos, dentro de nada, en unos días. La luz riega de primavera los viejos edificios y difumina la visión al mirar a los tejados. Junto al Mercado Central estaba “La reina de las Tintas”, azul y blanca, y con un suelo de madera desgastado que crujía a cada paso. Algunos recuerdan el Sepu de la esquina, pero sólo recuerdo la soledad de las calles de la plaza de la aguadora y del Mercado Central. El abandono se extiende hasta la pajarería de San Pablo, justo delante del Royal Concert, la sacrificada Oasis, para entendernos. La lluvia es una buena aliada para despejar las calles y mirar al interior de los ventanales. El hotel París siempre me ha llamado la atención por su mobiliario y la lámpara de araña que cuelga del vestíbulo. Frente a la iglesia hay un locutorio, pero antes compartía acera con la farmacia una pastelería en la que se vendían sanblasitos el día de ídem. San Pablo es sombría, como sus calles, pero robusta y serena, misteriosa y llena de riquezas bajo su imagen decadente. Antes de que se construyera el tranvía, el paseo de Cesaraugusto también poseía su encanto y sus tiendas. En la esquina del Coso, podías decidir. Subir hacia la puerta del Carmen, tan impersonal y proletaria, sin gloria, como advierte el monumento; pasear por Conde de Aranda hacia el éxodo de Casa Emilio, o girar por el Coso, recuperando el centro. También hay otra opción: avanzar hasta la iglesia de Santiago y buscar la plaza de Salamero. La luz es mustia hasta llegar a las calles del otro extremo de la plaza. Ha anochecido, no cabe duda. Pero hemos llegado al territorio de la luz. La calle Cinco de Marzo es una buena excusa siempre que hay que pasear. Afortunadamente llueve ligeramente, porque es la ligereza de la lluvia la que la hace especial. Zaragoza era antes una ciudad de pasajes, y junto al recuperado Ciclón y Argensola, duerme el sueño de los justo el Palafox, en honor a los cines. Creo que queda una mercería, y eso ya es mucho decir. El pasaje Palafox tiene salida a otra calle, que también es de bares. Si sigue lloviendo es un buen pretexto para salir de los porches de Independencia y pisar acera. Es fin de semana, viernes o sábado noche, y el juego de luces no puede ser más hermoso. Importa poco el sentido en que se recorra ni los escaparates o edificios que se admiren mientras se pasee entre los tilos a mediodía o mitad de tarde. El paseo es una excusa para caminar entre los tilos. En otoño queman sus hojas y las dejan caer sobre la acera. Durante el proceso, llenan de belleza cromática sus copas. En septiembre amarillean y enrojecen, e irán llenándose de colores hasta mediados de noviembre. Luego, a comienzos de marzo empiezan a florecer y a llenarlo todo con su fragancia. Observar la lluvia bajo el cromatismo de los tilos es una de las mejores impresiones de mis paseos por la ciudad. Lástima que no seamos franceses y carezcamos del espíritu del espacio. Los tilos quedan para los ciclistas, que escupen el tiempo con sus cadenas. Ya nadie podrá deleitarse del maravilloso paso de la vida.

Los tilos llevan hasta el Paraninfo, y allí también podemos decidir. Entre Paraíso y Goya, Sagasta guarda el recuerdo de la gloriosa época de los cines. Los Elíseos, los decrépitos Mola, convertidos en un restaurante de comida rápida; los Espumosos, el boulevard donde se colocan los artesanos los días de fiesta y el edificio de la Hidrográfica, que destaca entre las construcciones burguesas. La lluvia también hace especial a la Gran Vía y al paseo de las Damas. También a la plaza de San Sebastián. Son lugares de paso, y cuando llueve se vacían casi por completo. Descendiendo hacia el paseo de la Mina está el último monumento a los paseantes. Bajo la lluvia artificial de una fuente. Ahora que no se puede pasear bajo los tilos y el Coso ha radicalizado su urbanismo, merece la pena olvidarse de las grandes avenidas y caminar por la calle San Miguel hasta la plaza de los Sitios. Han vuelto a poner el carrusel que desmontaron en noviembre para aprovechar el buen tiempo. Tiene un submarino, un coche de bomberos de época y un viejo tranvía verde. Es un tiovivo italiano y vintage, como los monumentos de su plaza: floristerías, viejos museos y escuelas, edificios rehabilitados por bancos y el emblema de los Sitios. Hace luz y es una de esas mañanas agradables de primavera, y aún queda una hora para llegar al mediodía. Tomarse un café y comprar alguna flor en el pequeño puesto de la esquina antes de sentarse a leer en los escasos bancos privilegiados con vistas a los Caídos. ¿Qué más puede pedir un romántico con su paraguas?

Sí, llegar hasta San Miguel, la plaza. Zaragoza es una ciudad de iglesias, por si alguien no se ha dado cuenta, y los barrios se rigen por su presencia. La plaza de San Miguel está a medio camino entre el tránsito impuesto por la cotidianeidad y la melancolía de los poetas. Una avenida de cuatro carriles rasga la plaza, pero la Campana de los Perdidos sigue repiqueteando los toques de aviso para los campesinos rezagados. No combaten las aguadoras contra los dragones polacos, pero hay un callejón dedicado a un perro que se jugó el tipo llevando mensajes a través del campo francés a la resistencia rural. Oculta más allá de Heroísmo, detrás del Centro de Historias, reaparece la auténtica Zaragoza. Una iglesia chiquitita con costaleros al estilo andaluz para custodiar sus pasos en Semana Santa, el famélico Coso Bajo, avergonzado de los baños judíos que aún no han sido abiertos como museo, y la Magdalena. San Nicolás de Bari y San Vicente de Paúl. La plaza de San Pedro Nolasco, Mayor, Espoz y Mina, Méndez Núñez y La Seo. Todas ellas mejor con lluvia. San Francisco, Romareda, los antiguos Renoir. Hasta ahí. Y vuelta a empezar, callejeando por Universidad hasta alcanzar, de nuevo, el centro.

Zaragoza es una ciudad de lluvia. Su belleza aparece cuando la diáspora de gotas inunda las calles de paraguas y destapa el frescor de sus calles.

Hoy llueve, y me han arrebatado los tilos. Dejaré que mis pasos estudien de nuevo la ciudad. ¿Será el Tubo, Alfonso, mis queridas San Miguel y San Felipe o la aguadora? Será mi paraguas quien decida.

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