El blog de David L. Cardiel

"Toda verdad pasa por tres etapas. Primero, se ridiculiza. Segundo, se niega con violencia. Tercero, se acepta como manifiesta." [Arthur Schopenhauer] Fotografía de Ilya kisaradov.

Etiqueta: arte

EL CAMINO DE LA AUSTERIDAD

Cuando el bueno de Tolstói promulgó su pensamiento sobre la relación entre felicidad y vida lo hizo con un sólo motivo: que a la humanidad le entrara algo de razón y comprensión acerca de adónde nos dirigimos. Por supuesto, el pesado, el cansino de León Tolstói escribió sus obras durante la segunda mitad del siglo XIX, así que llevaba una agradable ventaja frente a los librepensadores que tendrían que venir después.

Tolstói era un tipo de trinchera y eso me gusta. Quizás se ponía un poco pedante cuando se alargaba con alguna gran obra y la terciaba con un pequeño ensayo o con alguna disertación con ademanes de homilía de misa mayor para terminar de redundar lo redundado. Por ejemplo, al final de Guerra y paz, cuando escribe un muy interesante pero innecesario ensayo acerca de la guerra y el poder. O en Anna Karénina y la parte en la que a Kostia se le iluminan las ideas y llega a su casa, coge a su esposa Kitty y le suelta que acaba de descubrir el verdadero sentido de la felicidad: la vida sencilla.

Vale, León, te pasaste. Ya habían quedado claras todas estas ideas en las actitudes de los personajes del príncipe Andrei, Pierre y Kostia respectivamente en ambas novelas. Lo hiciste un poco mejor en Resurrección, pero aún así, lo que agita verdaderamente el alma, lo que provoca que cerremos el libro y nos dejemos llevar por lo que acabamos de leer son precisamente los hechos de la narración. Lo sabías muy bien, si no no se explica que hubieras escrito obras de arte como La felicidad conyugal, El cupón falso o la so called Hadjí Murat. Quizás el tiquismiquis sea yo y no tú, a pesar de que me encantan esos anexos en los que las cosas quedan bien claras. Para muchos, en ocasiones también para mí, son redundancias, pero pensado para un gran público, que difícilmente analiza cada idea sino que se traga las páginas en transversal, un pequeño ensayo al final del libro o una serie de escenas aparentemente innecesarias e incluso forzadas donde se explican las tesis meticulosamente tejidas en la narración es imprescindible para que por lo menos un trocito de la esencia de los libros logre quedar en la mente de cada lector. Es el precio a pagar entre escribir quinientas páginas de ensayo filosófico y narrar para dejar las cosas claras. En la virtud del término medio se encuentra la ficción que acaba con ensayo, que no termina de ser del todo ficción ni absolutamente ensayo, sino que son como los cuentos con moraleja que el viejo Tolstói les contaba a sus nietos.

Y más cercano al cuento hay un breve relato que apenas ocupa nueve páginas en pdf que se titula ¿Cuánta tierra necesita un hombre?, en el que la idea de la felicidad, la vida y su relación con la vida sencilla no está ensayada sino narrada a través de la actitud de Pajom. Pues bien, por si Tolstói no hubiera sido suficientemente explícito en el cuento, a pesar de haber dado la lata con capítulos teóricamente innecesarios para lectores que no sean chimpancés, después de haber escrito, divulgado y soltado discursos (entrevista incluida del gran Chéjov por en medio) hasta el final de su vida, parece que no ha quedado claro qué puñetas nos quería decir Tolstói a juzgar por artículos como el que accidentalmente me he encontrado en el número 92 de la revista Mente Sana que justifica en el breve cuento de Tolstói la redención de la torpe e ingenua ciudadanía en manos del adoctrinamiento de la austeridad. De hecho, el artículo comienza con las siguiente autoexplicación (auto porque parece que sea el firmante quien intenta convencerse a sí mismo más que convencer a los potenciales lectores). Las negritas son mías:

El camino de la austeridad, una actitud vital llena de dignidad y gozo. 

La austeridad, bien entendida, nos recuerda que podemos progresar continuamente, pero hacia adentro. Más que un fin, es un camino que haya sus recompensas en los goces y lujos más cotidianos y sencillos, alejados de la sobreabundancia material y de los deseos sin fin que caracterizan nuestra sociedad.

Vayamos por partes. Si buscamos austero en la web de la RAE, obtenemos los siguientes resultados:

austero, ra

(Del latín austerus y del griego αστηρς)

1. adj. Severo, rigurosamente ajustado a las normas de la moral.

2. adj. Sobrio, morigerado, sencillo, sin ninguna clase de alardes.

3. adj. Agrio, astringente y áspero al gusto.

4. adj. Retirado, mortificado y penitente.

Hay dos acepciones intercaladas: el significado tradicional, que generaliza la austeridad como la actitud propia del hombre sencillo, entendido sencillo en occidente como la persona que roza o supera la tacañería y la mezquindad; o el sentido de retirado, mortificado y penitente, o sea, la actitud del amargado, que lucha por limitar la vida de los demás porque es incapaz de vivir la suya propia. La austeridad, bien entendida, y sin necesidad de aclaraciones por parte de la RAE, es pobreza, limitación y actitud roñosa y desconsiderada, toda una recatada y fina apología de la espiritualidad y el progreso humano.  Ser austero no es un camino hacia la felicidad y el gozo, es el estancamiento de la humanidad en su propio lodazal ontológico, que incapaz de alcanzar la felicidad y conocerse a sí mismo decide fundamentarse en la avaricia para resarcirse sobre el mundo. Los austeros ni son humildes ni son sencillos, son pedantes avariciosos que encuentran su superioridad moral en la pobreza ajena. Un hombre sencillo, el hombre que defendía Tolstói, no buscará excusar los recursos sino que cada cual tenga lo justo y necesario en cada momento de su vida y acorde a su condición, sin promulgar el exceso ni la carencia. Un austero se vanagloria de ver hambre entre sus congéneres, mientras un hombre sencillo sólo deseará la felicidad del mundo antes que la suya propia. Concluyendo, que es gerundio: la austeridad es justo la actitud inversa a la defendida por León Tolstói.

Y aquí se abre otro asunto que me preocupa: las ideologías, como toda postura falsa y alejada de la realidad, necesita basarse en doctrinas de pensamiento que o bien se correspondan por falsedad con sus intereses o, en caso extremo, puedan ser malinterpretadas, manipuladas y readaptadas para sus propósitos. Todas las grandes ideologías han buscando una base intelectual como argumento de impunidad moral ante su barbarie. Es la manera que tienen de adentrarse en la cultura y crear un argumento de valor sobre su idiosincrasia y sobre la masa que tienen que someter.

Tolstói no es el único al que se le toman las ideas a la bartola. Un caso típico de pensador transvalorado es Friedrich Nietzsche, un tipo presuntamente majo con el que se podían tomar unas cañas aunque deseara un holocausto nuclear, si hubiera llegado a conocer la existencia de la bomba atómica. En su obra El Anticristo, por ejemplo, separa las enseñanzas de Jesús del discutible proceder de la Iglesia, postura no sólo acertada sino verdadera. Así habló Zaratrustra es una apología del dolor personal ante un mundo humano degradado que reniega de Dios y del significado de Dios, al que ha apartado de su espíritu y cuya presencia y existencia toma en vano justificando en él los crímenes de la sociedad. Nietzsche, que ironizaba contra antisemitas como su amigo Richard Wagner o su cuñado, es ahora el símbolo y el fundamento de ideologías extremistas. Parecido, aunque menos tergiversado, el caso de Karl Marx y el truhán de Engels, dos burgueses fiesteros y desenfrenados que tampoco se tomaban muy en serio aquello de la dictadura del proletariado.

Ahora parece ser que se quiere emplumar a Tolstói el fundamentalismo de la dictadura de la austeridad. Si estamos desprotegidos y están adulterando la verdad y nuestras palabras, y están golpeándonos destruyendo nuestras vidas, leamos a Tolstói y a Saint-Exupéry. Dejemos de leer la sección de política de los periódicos, apaguemos la tele, dejemos a Rajoy hablando sobre sus intrascendencias. Que legislen, que muevan ficha, que censuren. Defendamos nuestra vida, la vida sencilla de la felicidad y el presente de nuestros sueños, construyámoslos, ayudemos con nuestras manos, no dejemos a nadie desamparado, transformemos nuestro entorno y cambiemos para siempre el devenir del mundo. Sin rencores, ni pataletas, ni dictaduras ni golpes de decreto. Todo está en nuestras manos. Conocer la verdad, también. Vayamos a coger las ciruelas que nos ofrece la vida antes que se acabe el verano y la nieve vuelva a cubrirlo todo un invierno más.

Anuncios

COMO UNA FLOR DESESPERADA

Poema en honor a la poetisa uruguaya Juana de Ibarbourou (1892-1979) inspirado en el poema homónimo Como una flor desesperada.

“Llena, pues, de palabras mi locura
o déjame vivir en mi serena
noche del alma para siempre oscura.”
 
[Federico García Lorca]

La quiero, con el hueso
con la sangre
con el ojo que suspira,
con el aliento que mira
con este corazón
preso y caliente
anclado en la frente
que inclina el pensamiento,
y con el sueño obseso
de mi amor que copa
el sentimiento
desde la breve risa
                hasta el lamento
desde su beso hasta la herida bruja
en la que mi vida es de ti
tributaria
tumulto o solitaria
como una sola flor desesperada.
 
Depende, de ella
como del leño duro
la orquídea o la hiedra sobre el
muro
que sólo en ella, levantada,
respira.
 

(c) David Lorenzo Cardiel

Fotografía: “Woman on park bench”, Central Park of New York City, 1957, del fotógrafo norteamericano Yale Joel.

BGTr7mXCEAEgoOz.jpg large

PALABRAS

Las palabras vienen y van. Se usan, se estrujan y a veces, hasta se tiran. Las palabras no definen el mundo como aseguran los postmodernos. Las palabras referencian cada elemento que forma parte de la realidad permitiendo sostenerlo en nuestros labios. El prodigio de la humanidad no es hablar para comunicarse, sino reflexionar y sentir la vida para poder contenerla en nuestros corazones.

Las palabras son el mejor espejo de la humanidad. Cada época tiene las suyas. Un historiador moderno que pretenda triunfar en su entorno académico no puede explicar un proceso humano si no introduce un término del campo semántico de la economía. Convivimos día a día con cientos de términos que tratan de marcar el ritmo de nuestra existencia, y nos zambullimos en un océano de vocablos cuyo sentido y fundamento hemos asimilado en un falso ritmo de cotidianeidad. Sentimos que nuestro lenguaje es libre, a pesar  que algunas palabras están encadenadas al infortunio del desuso. Un lingüista explicaría que los idiomas evolucionan según las necesidades de sus hablantes, pero lo cierto es que desconocemos qué necesitamos realmente. ¿Podemos permitirnos asesinar el amor? ¿Es posible identificarnos con una actitud económica que trata de aniquilar el escaso pedazo de humanidad que sobrevive en nosotros? Hemos sacrificado las palabras para quedarnos con las cifras, y con ello hemos dejado de pensar para dejarnos arrastrar por la corriente del relativismo.

A la ciencia le falta filosofía para encontrar sus palabras. Buena parte de los investigadores son incapaces de dominar un estilo de escritura sencillo y eficaz que les permita expresarse con riqueza conceptual. No es falta de educación, es falta de reflexión. Incapaces de mirar el mundo por sí mismos, vacíos de sentimientos que promuevan el pensamiento, no encuentran palabras que describan su entorno porque no tienen nada que describir. De hecho, faltan adjetivos, no sustantivos. Sabemos diferenciar una escalera de un vaso, pero no explicar con humildad y certeza los fundamentos atómicos que provocan la diferencia entre ambos objetos. Nada está fuera del alcance de nuestro intelecto, pero concibiendo el mundo como un ente complejo e inabarcable nos sentimos protegidos ante la escasez de pensamiento. Todo es cuestión de matices, y en los matices está la verdad. Un beso, una caricia, una palabra en el momento preciso y se hace la vida. Un alma se ilumina con un suspiro de amor. La gravedad tan sólo necesita una insignificante partícula para juntarlo todo.

Sin embargo seguimos pensando que es mejor calcular que sentir, que es más seguro dejarnos marear por la infamia social que alcanzar nuestros sueños aunque la corriente empuje en contra. Si viviéramos la vida a través de nuestros sentimientos alcanzaríamos la energía vital necesaria para atravesar las barreras ideológicas en un efecto túnel de verdad. El opuesto al conocimiento no es el desconocimiento, sino la incertidumbre. Por eso las pelis de terror ocultan el rostro del mal. Precisamente por eso se quedan siempre los necios y escapan los corazones nobles. No es una fuga de cerebros, sino una puesta a salvo de la humanidad.

Platón y su caverna, Tomás Moro y Enrique VIII, guillotina contra verdad. Adoctrinamiento proletario contra humanismo. Materialismo darwinista contra kropotkinismo. La ayuda mutua del humanismo ruso contra la idea pseudocientífica de supervivencia. ¿Hechos probados? Tan solo palabras. Cada cultura escoge sus héroes, aunque a algunos les toca siempre habitar en el olvido. Revoluciones y contrarrevoluciones, pensamientos que separan personas y abrazos dialécticos que las aúnan. Palabras que se quedan para siempre en el horizonte de nuestra existencia.

Podemos cambiar el mundo con una palabra. Las palabras son pájaros que vuelan con el viento fraguando un mundo en cada espíritu. Alcémoslas bien alto hasta alcanzar el futuro que nos espera.

AVERLY

Recuerdo de mi colegio una fuente verde junto a la pared del edificio de infantil. Estaba descolorida a trozos, descubriendo un gris oscuro metálico que contrastaba con la pintura verde que le caracterizaba. Aprovechábamos para beber agua en los recreos, aunque el mejor momento para hacerlo era cuando algún profe te enviaba a fotocopiar alguna cosa. Era mejor así, sin filas, ni gérmenes, y sin la impaciencia de tener que volver a clase. Una de esas veces aproveché para curiosear los detalles de la fuente. Estaba decorada con un motivo floral tallado en el metal, desde el arco superior hasta la base, donde el agua discurría por una pequeña reja hacia las tuberías de desagüe. Impresionaba pensar en sus orígenes, fabricada quizás por algún dragón de aspecto horripilante domesticado por enanos condenados en el infierno a forjar metales hasta la eternidad. Era bonito detenerse a imaginar historias que comprendíamos perfectamente que no eran ni podían ser ciertas muy a pesar de nuestra inventiva y ganas de que así fuera.

averly

“Tiempos Modernos”, digo, Averly. Fotografía de Mariano Candial y Carlos Blázquez tomada a finales del siglo XIX

Entonces no lo sabía, o no quería saberlo, pero en cualquier caso no me había percatado de que aquella fuente había sido modelada en un particular abismo lleno de mugre, herramientas, sangre, sudor y, como todo buen averno debe poseer, calor, mucho calor. Averly ha visto nacer y renacer cien veces Zaragoza y, sin embargo, en nuestra tierra, la edad no es suficiente atributo para justificar su supervivencia arquitectónica en la ciudad. En todo caso, el único efecto que la edad puede producir es abandono, y como consecuencia del deterioro producido por el abandono, sensación de estorbo. Pero particularmente en España, sobre todo en nuestra bien querida patria española, todo lo que no puede ser utilizado como generador de amplios beneficios es objeto directo de estorbo. La Torre Nueva lo fue a finales del siglo XIX, acusada de sufrir una falla estructural inexistente que convertía su inclinación natural en un peligro. El Mercado Central sufrió la represión política en los años setenta tras la creación de la actual avenida de Cesaraugusto. Tras el desafortunado caso de los arcos sonoros del entorno de las murallas romanas, que han sido derribados, la vieja fundición Averly se encuentra ahora en una situación complicada, al borde del derribo y con el silencio cómplice de la administración. El patrimonio de Averly está al borde de la desaparición y nadie parece darse cuenta de ello. Sólo lo parece, porque en realidad cualquiera es consciente de ello.

Lo interesante del caso Averly es la pérdida de conciencia del desinterés político. Quienes defienden la integridad de la vieja fundición consideran que la administración, por el hecho de haber sido elegida como administración, tiene la obligación, quizás la intención, de participar en la defensa del escaso patrimonio que conservamos en Aragón. Pero no es así. Averly, con toda su riqueza cultural, es concebida como un estorbo para el progreso de la ciudad, fundamentado en la metodología básica española del ladrillo. Para la administración y para la mayoría de la población, más valen doscientos pisos a estrenar que restaurar una vieja planta y darle un uso nuevo que revitalice un distrito degradado hasta la tristeza por el lamentable devenir de la mayoría de sus edificios históricos. Curiosa paradoja del destino si consideramos que nuestro único gran símbolo de la fabricación industrial a gran escala, el progreso en términos decimonónicos, es ahora dilapidado en nombre del mismo. El punto trascendental del asunto aparece cuando todas las partes emplean el progreso como premisa fundamental de su discurso, sin considerar que en verdad el progreso no existe ni tiene sentido en la realidad. El progreso es una invención valorativa, no una dirección ni un camino a seguir. Apelar al progreso es no estar diciendo nada, porque progreso no implica ninguna cosa per se. Que ante un legado arquitectónico como Averly la única defensa (y ofensa) apelada con destreza dialéctica esté empobrecida con la mención al progreso tan sólo demuestra la incapacidad de la sociedad para comprender y actuar según la realidad de las cosas.

Interior del desaparecido café Ambos Mundos, con columnas forjadas en Averly. Como ellas, de la fundición también salieron las del Matadero y la estatua del Justicia o la fuente de la Aguadora, entre otras piezas.

Interior del desaparecido café Ambos Mundos, con columnas forjadas en Averly. Como ellas, de la fundición también salieron las del Matadero y la estatua del Justicia o la fuente de la Aguadora, entre otras piezas.

Averly significa mucho más que patrimonio. Es historia comprimida entre muros que debe ser conservada en cada una de sus facetas, lo que inexcusablemente implica tanto la conservación de las construcciones y haberes que constituyen la fundición como su mantenimiento a lo largo del tiempo. La única manera de sortear la segunda vía es trazar un plan bien elaborado y meditado sobre su uso, no en un sentido lucrativo, sino en uno cultural, apacible para las actividades y proyectos que, hoy por hoy, no tienen lugar ni acogida en la ciudad. Hablo de convertir Averly en un espacio de libertad cultural o en una sede fundacional general de la cultura aragonesa, donde existiera libre disposición de trabajo para todo tipo de proyectos, idea que no es tan descabellada y que en la notable extensión de terreno y edificios que alberga la factoría podría realizarse con amplitud de espacios. Claro que, para ello, hace falta concebir la cultura como lo que es, cultura. Un espacio libre, no limitado a uno u a otro sector, un lugar donde todo autor, de la rama a la que pertenezca, pueda trabajar y colaborar con libertad en sus proyectos sin control político de por medio.

Estado actual de parte del complejo Averly

Estado actual de parte del complejo Averly

Sea cual sea la solución digna que pueda llegar a diseñarse para la conservación de Averly obliga a una comprensión de las circunstancias y a una voluntad de colaboración que consoliden los proyectos y puedan construirse encontrando su lugar en la ciudad. Si Averly debe sobrevivir a los tiempos modernos debe hacerlo incluyendo su tesoro patrimonial en una nueva misión que le otorgue sentido. Y para lograrlo es necesario independizar el discurso dejando a un lado la protesta y centrándolo en el diseño de su futuro.

Sería bonito verla convertida en algo más que ladrillo y hormigón armado. Sólo necesitamos claridad y pensamiento propio para construir este sueño. E imaginación, si queremos, no nos falta.

FRIVOLIDAD

Durante un tiempo, la cabecera de este blog estuvo custodiada por un baturro con fusil. Por supuesto, sólo se veía el ambiente difuminado, un trozo del viejo farol y al soldadito, con su traje típico mal apañado, vigilando uno de los improvisados bastiones que Palafox mandó construir durante la tregua de verano en 1808. Sin embargo, el recorte heroico esconde algo un poco menos propagandístico. Si tomamos el lienzo completo del cuadro Baturro de guardia durante los Sitios, del pintor zaragozano Marcelino de Unceta, observaremos esto:

Baturro_de_guardia_durante_los_Sitios_de_Zaragoza

Marcelino de Unceta era un pintor de historia, y los pintores de historia rara vez emplean el óleo para ilustrar la realidad. En 1902 pinta este cuadro bastante cercano al estilo de las vanguardias que se habían instalado y desarrollado con soltura en la ciudad de la luz. Unceta tiene el privilegio de rescatar el legado de Orange o de Louis-François Lejeune para rendir su particular tributo a los héroes y mártires de la Guerra de la Independencia, de cara a la celebración del primer centenario del comienzo de las hostilidades. Y busca un recodo de la historia que no haya sido narrado, pintado o desgastado por otros artistas. El impresionismo del detalle. Un soldado cansado y fatigado, sin ánimo de hostilidad, que protege el sueño de sus tres compañeros, sin uniforme, que por abandonar han abandonado hasta sus fusiles. Al fondo, entre la neblina, un cañón abandonado.

Labradores, que no han tocado un arma en su vida, fatigados, entre ruinas y sin disciplina militar (el fusil nunca es abandonado por un soldado, ni siquiera durante el sueño, y mucho menos en un frente de guerra). La visión más desgarradora desde las tropecientas agustinas pintadas y cantadas en todo el mundo. Pero las agustinas ni siquiera tienen rostro, porque casi ningún artista llegó a conocer el rostro de la gran heroína de Zaragoza. Son inventadas. Como el combate glorioso de Lejeune en el patio de Santa Engracia o la propia pintura de Unceta. Son testigos de una ciudad y unos combates inventados, anclados en la idea compartida de heroísmo y en la entrega absoluta de los defensores a la acción bélica. La Zaragoza de Unceta, como la de tantos otros, no es la Zaragoza de los Sitios, ni siquiera una reconstrucción deforme de aquella Zaragoza, sino otra distinta, una que cure las heridas de la derrota, la invasión y la destrucción que la desgarró. Así nació un mito que se exprimiría y se retorcería hasta las batallitas recreadas como conmemoración del II Centenario hace unos días.

Los pueblos buscan sus héroes, como las personas, y si no los encuentran deformarán el heroísmo hasta convertir cualquier exabrupto en un alarde de valentía y ejemplo a seguir. Ahora mismo, que andamos un poco flojos de reflexión, cualquiera puede convertirse en uno. Antes, con algunos méritos y un poco de caos, también. La propaganda no es un invento de la guerra moderna, cada nación ha inventado la suya a partir del boca a boca. Y aquí es donde subyace la dimensión heroica: destrozados por el horror de la guerra, con el miedo y el dolor aún impresos en las entrañas, tanto unos como otros necesitan creer que han hecho todo lo posible. Aún más: que han hecho más que todo lo posible. Y que los que dejaron su vida en el frente fueron mucho más que seres humanos.

León Tolstói habló de los héroes de Sebastopol antes de que Sebastopol se convirtiera en la Zaragoza rusa. Luego, el estalinismo sustituyó la gesta de aquellos hombres por los patrióticos relatos de resistencia y sitio que soportaron los camaradas en Stalingrado y Leningrado, por contener menos alarde burgués y mayor carácter propagandístico para la ideología. Pero en la época en que escribió Tolstói, o sea, mitad del siglo XIX, las gestas de Sebastopol eran lo más. Llegaron a todos los círculos intelectuales, incluidos los beligerantes París y Estambul, donde nadie discutió el heroísmo y el sacrificio de los marineros rusos. Tolstói, sin embargo, que estaba de balnearios por la zona, escribió probablemente el testimonio más fiel que se haya legado jamás a la historia de un acontecimiento histórico con tanta repercusión y significado para la Europa decimonónica. Comienza diciendo que los héroes no existen, y que si existen son tan puntuales y tan humanos que no tiene sentido recompensarlos por encima de cualquier otra persona del mundo. Y pone ejemplos. Dice: ¿es acaso más héroe el soldado que aprovecha cualquier momento para adherirse a una timba que el aprendiz que se entrega a la limpieza del cañón o que el médico que llena sus manos de sangre al intentar extirpar los balazos de los innumerables heridos que llegan desde las trincheras? Es evidente que no, que Sebastopol y su defensa no fueron heroicas, y que si debe haber un heroísmo es el espíritu de resistencia ante tal infierno. Porque desde el principio de la contienda, los treinta mil marineros rusos sabían perfectamente que no resistirían el asedio del casi medio millón de soldados bien pertrechados y con muchos más cañones y suministro que ellos. Y aceptaron resistir. Pero salvo ese espíritu, compartido por casi todos, no hay héroes, sino miembros de una misma heroicidad. Por eso Tolstói nos pasea por la ciudad y nos advierte: se dirán muchas cosas de Sebastopol, probablemente Sebastopol se convierta en el mito bélico más trascendental de la historia moderna, pero nada de lo que se diga en esos relatos, aunque gratifique el honor de los pueblos, será completamente cierto, porque lo cierto es el barro, la sangre, la pobreza, la muerte, los lamentos, el terror, la duda, la cobardía de los resistentes, la huida desesperada, la valentía, la entrega, las apuestas, los lios de faldas y los bailes en las plazas. Y ni un solo pensamiento en la guerra. El único héroe para Tolstói es la verdad. La verdad es que nadie piensa en la guerra cuando estás en la guerra, porque es tan liviana e insignificante frente a los detalles maravillosos de la vida que a quién le importa que retumbe ese cañón mientras se siga bailando en la plaza de las flores con las hijas de los marineros.

León Tosltói, al menos, ha legado una visión acertada de la vida. Como lectura, ha sido relegada acusada de frivolidad. La misma que aplica Galdós a la hora de narrar la guerra de Zaragoza. Mientras que Tolstói nos presenta la naturalidad de los bailes y el trasiego de apuestas, deudas y pactos de honor entre los combatientes, absolutamente despreocupados del horror que se está viviendo unos metros más allá de donde juegan a las cartas, Galdós describe una Zaragoza entregada que únicamente piensa en destripar gabachos. Si en Sebastopol no se recogen los muertos de las calles es porque la miseria es tan palpable que no hay fuerzas para ello. Si en Zaragoza los moribundos son atendidos improvisadamente es pensando en cuántos franceses podrán ser destripados tras la recuperación del enfermo. Cuando Gabrielito se enamora de una chiquilla y se ven a escondidas en la plaza de San Felipe, es porque en el fondo no es consciente de la gravedad de los hechos que están sucediendo en la ciudad. Y Galdós se lo recrimina a su personaje en cada conversación o confesión: frívolo, que eres un frívolo. Con la que está cayendo, con cientos de muertos y heridos tirados por el Coso y decenas de mujeres blandiendo sus tijeritas de costura para cargar contra los dragones y tú, un jovenzano en edad de combatir, enamorándote de la hija de un ricohombre. Porque tiene que ser ricohombre, para no compartir la penuria de no destripar franceses y que la frivolidad sea aún mayor. Y Gabrielito, angustiado por su frivolidad y su falta de deseo de destripar gabachos se pasea por el Coso y por la plaza de San Miguel y recobra el espíritu belicista para entregarse a lo verdaderamente importante: destripar franchutes. Lo salva la campana, que anuncia la rendición de la ciudad, pero si no, ahí hubiéramos visto a Gabrielito, postulándose para héroe nacional, destripando casacas azules y disparando cañones de noventa libras como un buen patriota, impasible ante las caricias de la chica de San Felipe.

Todo lo contrario a Tolstói, que nos habla de hombres cobardes, jóvenes que se han escapado de su puesto de guardia para rondar a las mozas de la plaza de los bailes y de brillantes militares que han aceptado luchar en Sebastopol en busca de un rápido ascenso social. También los muertos son diferentes. Los muertos en la guerra son cifras. No tienen nombre ni apellidos, ni siquiera una imagen que poder recordar de ellos. En el caldo de los muertos cabe cualquier cosa muerta, y no se notará en el relato. Galdós juega con ello y habla de los muertos. En Sebastopol no hay muertos, hay muertos. La hija del marinero rondada por el asistente del oficial, que llora en la ventana la muerte de su padre. El hermano que ha sido masacrado en la cuarta y que es nombrado en la enfermería, mientras el médico sierra una pierna justo al lado. La Zaragoza real debió parecerse mucho al Sebastopol encharcado de sangre, mugre y lodo que nos narra Tolstói y no a la pulcra ciudad patriotísima que nos han tratado de hacernos creer que era.

Sin embargo, el heroísmo no se diluye con la miseria, la cobardía y las dudas, sino que reside en la actitud humana sobre quienes se aplica. Quien es capaz de capear una guardia para pasar la noche con la mujer amada y a la vez sacrificarse por su compañero en el bastión es un héroe. El médico que llora ante la impotencia de ver a los heridos morir en sus manos es un héroe. Luchar inconscientes de la realidad de la vida es renunciar a ella y rendirse ante la adversidad. Seguir amando y siendo uno mismo es luchar por la vida para no ser jamás vencido. Ni Tolstói ni Galdós vivieron los respectivos sitios, pero mientras que uno recopiló los cantares de gesta dedicados a Zaragoza, el otro visitó la ciudad antes de la ruina e interrogó, después, a los soldados que habían sido evacuados de la ciudad.

Me gustaría pensar que hoy más que nunca hacemos alarde de toda la frivolidad del mundo. Adoro ser frívolo y ser absolutamente incapaz de escribir algo que no sea inútil a los ojos del mundo. Quiero ser inútil, y vivir en la inutilidad de un beso al atardecer, de una caricia en un paseo inesperado o de una mirada escondida detrás de cada instante. No sé vivir de otra forma que no sea siendo inútil y rodeándome con la inutilidad de cada uno de mis actos. Que sirvan para mí, y para el mundo, y para nada más que para servir a las cosas.

Quiero que me llamen frívolo para poder vivir los sueños y construirlos en la frivolidad. Guárdense sus periódicos y las secciones de economía, escondan las noticias en mi presencia y no nombren las cosas insignificantes del mundo. Soy un insensible, como Tolstói, y soy incapaz de concienciarme de la importancia de Wall Street y los bonos basura que tanto temen los gobiernos europeos.

Quédense en sus palacios, hablando de la guerra, ustedes que pueden. Yo prefiero el barro de la trinchera. Quedarme con las cigüeñas que comienzan su tránsito y abandonan sus nidos en lo alto de los campanarios. Reflejarme en el agua del río a cada amanecer. Y bailar en la plaza entre flores e impecables uniformes para vestir el alma. Seguiré llevando un tulipán mientras los cañones, mis cañones, retumban con cada pensamiento en la mañana.

LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ

Hay épocas de sequía y otras en las que abunda la vida. Acaba de salir publicado en la revista Hypérbole mi nueva colaboración, un pequeño cuento escrito hace mucho tiempo y que, después de darle muchas vueltas al asunto, he decidido corregirlo y publicarlo.

Agradezco a los chicos de Hypérbole la delicadeza con la que han ilustrado el texto y han tratado la edición.

Los Idus del viento. Pueden leerlo pinchando sobre el enlace.

Fotografía realizada por Anka Zhuravleva.

Fotografía realizada por Anka Zhuravleva.

VENTANAS Y ESCALERAS

Ni siquiera se fijó en que, de repente, una casa de cuatro pisos se elevaba ante él. Sus cuatro brillantes filas de ventanas lo miraron todas a un tiempo, y la verja de la entrada le propinó su empujón de hierro. Vio volar a la desconocida escalera arriba, la vio volverse, llevarse un dedo a los labios y hacerle seña de seguirla… ¡Cuánta dicha en un instante! ¡Qué vida tan maravillosa en sólo dos minutos! […] ¿No sería un sueño todo esto? ¿Era posible que aquella por cuya celestial mirada estaría dispuesto a dar toda su vida y respecto de la cual comunicaba una dicha acercarse tan sólo a su vivienda, fuera ahora tan atenta y benévola con él? Subió volando la escalera… La escalera ascendía, y con ella ascendían ya dentro de sí fuerza y decisión para todo. [Nikolái Gógol, “Perspectiva Nevski”]

Rusia Hoy publica este fragmento entre otros relatos de escritores rusos en un precioso reportaje sobre San Petersburgo, la ciudad del arte y el sentimiento. “San Petersburgo no creció como las otras ciudades. Ni el comercio ni la política pueden explicar su desarrollo: fue construida como una obra de arte”, sentenció con acierto Orlando Figes en su obra El baile de Natasha.

El fotógrafo Roman Mezenin rescata ahora instantáneas robadas a la intimidad de la ciudad de los zares. Busca más allá del monumento y el explendor palaciego para adentrarse en el San Petersburgo real, el que se disfraza ante los turistas, el que queda diluido en la rutina de sus habitantes. Como Edward Hopper con su Nueva York de los años sesenta o nuestro Pepe Cerdá con la Zaragoza de hoy, Mezenin presenta una ciudad de avenidas grandes y vacías repletas de ventanas y misteriosas escaleras que conducen hasta ellas. Espacios en blanco que son la esencia de una ciudad que es arte en movimiento.

Prometo hablar algún día de la importante relación simbólica de las ventanas y las escaleras con la existencia y la vida. Espero hacerlo pronto y en varias ocasiones. Por el momento, dejo una de sus escaleras. Una que conduce directamente hacia la luz. ¿Será la misma que nos describe con sobriedad Gógol? Es bonito imaginarse la respuesta.

Foto de Roman Mezenin

A %d blogueros les gusta esto: