VESTIR EN PIJAMA

por David Lorenzo Cardiel

Quizá lo más doloroso y lo más recomendable sea asumir lo que dice Rafael Reig en Literatura para caníbales: la literatura no es más que un señor en pijama que escribe en una casa para que le lea otro señor en pijama en otra casa. Nada más, ni nada menos. Lo demás es coctelería y tramoya.

Debía esta crítica desde hacía mucho tiempo y no es por casualidad. No soy un devorador de libros, ni un leviatán de librería, ni siquiera soy capaz de combinar con cierto éxito la lectura de dos libros y no abandonarlos en el intento. Pero he leído suficientes textos como para distinguir entre lo que es auténtica literatura y lo que simplemente la imita. Libros de renombrados autores incapaces de emocionar en sus escenas, obras de nóveles y consagrados absolutamente desprovistas de una historia que contar y algo que transmitir aunque sus contraportadas aseguren que algo se cuenta y se transmite. Pocos libros han sido capaces de emocionarme de verdad y despertar en mí la necesidad suficiente como para leerlos una y otra vez hasta desenterrar cada detalle oculto, cada verdad escondida, cada fugaz sentimiento extraviado en la lectura pasajera.

El restaurante favorito de Nina Hagen es uno de esos libros maravillosos en los que nunca terminas de encontrar retazos y símbolos que te fascinan con cada lectura. Lo acabé de leer hace meses, al sol de poniente frente al mediterráneo, recordando la frase atribuída a Marco Varelio Marcial: poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces. Y es que tanto libro como autor comparten la mordacidad y el sentimiento con que redactaba Marcial sus epigramas.

El restaurante favorito de Nina Hagen es una sucesión entretejida de artículos novelados escritos por Sergio del Molino tanto en papel como en su blog personal, que se fusionan hasta configurar la ventana a una vida, la vida de un Sergio paralelo, dual, un Sergio que no es Sergio pero que es fácilmente identificable con él. El libro es una oda a los recuerdos, una sucesión de imágenes cargadas de un vitalismo desbordante capaz de abstraer al lector en cada una de las historias que se cuentan hasta trasladarlo a un mundo distinto, una nueva existencia para la que nosotros somos su reflejo intrascendente y no el petulante ser que se refleja.

Es precisamente la sencillez de su prosa, liberada de fastuosidades y futilidades, la que junto a la naturalidad de los relatos consiguen dotar al texto de la profundidad y el sentimiento que poseen, haciéndolo único, veraz y puro hasta convertirlo en una lectura necesaria y trascendental, en un relato íntimo que parece extraído de las páginas de un polvoriento y olvidado diario que no importa a nadie. Si un mensaje puede destilarse de este desbordante cuaderno de notas es la necesidad de retornar a la sencillez, a la expresión absoluta de la realidad en toda su dimensión y existencia, sin temor a ser nosotros mismos y sin ostentosidades inútiles añadidas a esa realidad.

Si ese santoral laico español existe -con todos los atributos que le son propios, con sus hagiografías, su liturgia, su iconografía, su milagrería y sus fanáticos devotos-, Antonio Machado tiene que ser el Santiago y cierra España. Aún diría más: Antonio Machado sería el equivalente de la Virgen del Pilar. Y Serrat, su profeta.

He pasado por delante de su casa-museo, pero no la he visitado. Me he quedado fuera mirando desde la cancela de la estampa de Machado recortada en la ventana del primer piso, como si estuviera asomado a ella, y me he acordado de la casa de Bernardette en Lourdes (el lugar más espantoso del mundo después del autoservicio para autobuses de Esteras de Medinaceli). Efectivamente, como el Lourdes, estaba contemplando la casa de un santo, y las veces que me he plantado silencioso y solemne junto a su tumba en Colliure, he venerado unas reliquias de santo. Sin duda.

De repente, me ha parecido indigno. Tengo una propensión natural a recelar de los mitos, de las beaterías y de las cosas que no admiten debate. me sigue gustando que la estación se llame Guiomar, pero ahora la veo como a una virgen, y para ser virgen, folló y se rió demasiado. ¿Es que los humanos no sabemos recordar homenajear sin caer en misticismos religiosos?

Sergio intenta huir de la nostalgia que encierra el recuerdo, aunque es incapaz de conseguirlo. El libro es un retrato de momentos olvidados, vivencias que se han perdido en la eternidad del tiempo y de amigos y seres queridos que ya no están. Cada rincón es una oda a la memoria de Pablo y a la complicada relación entre padres e hijos. Sin embargo elude recrearse en el suspiro melancólico para construir un relato vivo y alegre, esperanzador y poderoso, con vida propia, capaz de desbordarse de las palabras y los márgenes de las páginas.

Pero El restaurante favorito de Nina Hagen es mucho más que recuerdos fabulados. Es el cuaderno íntimo que un viajero, el retrato de una época y sus corrientes culturales narradas desde la visión de quien las ha vivido y sentido con toda intensidad. Resulta interesante el papel contradictorio que juegan las siglas. Puedes llegar a identificar en ellas personas, asociarlas a nombres y apellidos, creer reconocer voces escondidas bajo su anonimato y, sin embargo, ser incapaz de confirmar que se trata de ésta o aquella persona hasta asumir, como el lector desvinculado del panorama cultural zaragozano, que las iniciales son personajes inexistentes con pequeñas trazas de gente real, pero inventados. Una vez más, la realidad es el reflejo y no quien se refleja.

Además, es un discurso que oscila entre la reivindicación y la reflexión filosófica, que navega a través de la experiencia de los relatos, siempre narrados con grandes dosis de humor y seriedad a un tiempo. Sin duda es ésta la principal faceta de Sergio del Molino, con la que embriaga toda su literatura. No es sencillo aunar seriedad con humor sin caer en el aburrimiento o en el apoltronamiento de formas. Y esto lo convierte en un escritor dinámico en su estilo y soberbio en su mensaje, capaz de deleitar mundanamente y a la vez sumergir al lector en un mar de interrogantes acerca de la realidad que a nadie pueden dejar indiferente.

La edición del libro ha corrido a cargo de un gran amante de la literatura, Sergio Navarro Villar, a través de su sello Anorak Ediciones, una editorial intimista y selectiva que cuida tanto a sus autores como a los lectores de los libros que publican.

Resulta curioso el menosprecio al que se somete a los relatos cortos. Ha sucedido con relatos de grandes escritores que han sido condenados a la ignominia que supone la denominación de novela menor. Ninguna novela puede valorarse a peso, sino por la capacidad de transmitir que posee el texto. Y El restaurante favorito de Nina Hagen es una de esas obras desbordantes que un día acabarán eclipsadas ante la despampanante bibliografía de su autor y caerán en el olvido, siendo su lectura de los pocos privilegiados que sepan apreciar su enorme profundidad.

No quiero destripar el libro y espero no haberlo hecho. Extraerle su jugo depende de cada lector. Quiero terminar con unos versos con los que el propio autor introduce el libro. Son del rockero Paul Westerberg, lider y compositor de la banda ochentera de rock alternativo The replacements.

Here comes a regular
Call out your name.
Here comes a regular.
Am I the only one who feels ashamed?

Versos muy significativos ante los que no se puede evitar recordar los que los preceden:

And everybody wants to be special here
They call your name out loud and clear.

¿Quién no echa en falta más tipos en pijama en este mundo que nos rodea?

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