El blog de David L. Cardiel

"Toda verdad pasa por tres etapas. Primero, se ridiculiza. Segundo, se niega con violencia. Tercero, se acepta como manifiesta." [Arthur Schopenhauer] Fotografía de Ilya kisaradov.

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TODO EL DAÑO DE UNA SOLA VEZ

En la biblioteca de Aragón hay dos rincones que me encantan, dependiendo de la intención que tenga en cada visita. Si quiero leer, es imposible despreciar las cristaleras de la planta baja. ¿Alguien se ha fijado en ellas? ¡Qué hermosa luz, esculpida en las plantas del pequeño jardín, perdiéndose entre los edificios, atravesando el vidrio con la claridad de la mañana! El efecto solo dura hasta mediodía, cuando a esa misma luz cariñosa y agradable le da por apuntar de lleno y cocer a los enamorados personajes que nos repantingamos en las butacas, a medio camino entre el sillón y la hamaca campera. El único problema, claro está, es que las mesas son demasiado bajas o, mejor dicho, las hamacas hunden el culo demasiado y es imposible escribir ahí sin retorcerte y acabar molido. Es aquí cuando, si hace falta escribir, hay que cambiar a otra ubicación.

La sala de estudio está descartada. Escribir en una sala de estudio, con su luz artificial y el penetrante silencio no favorece nada. Hace falta algo más agradable y más natural, una alternativa a la luz de los ventanales pero con una mesa y un asiento adecuados. He buscado mucho por toda la biblioteca y el único lugar que reúne todos los requisitos es una pequeña mesa para dos personas oculta detrás de la estantería de los comics, justo al lado de los libros de teoría del guión cinematográfico y los de cine para dummies. Allí me siento algunas veces a escribir o a darle vuelta a algún libro que me haya llamado la atención lo suficiente como para verme obligado a tomar notas in situ.

Hace unos días me atreví por fin con un libro pendiente. Un rato antes había estado leyendo algunos capítulos de La muerte de Iván Ilich, del mil veces nombrado en este blog León Tolstói, y un poemario del poeta argentino y afincado en España Andrés Neuman (del que me encantó un poema que, si mal no recuerdo, se llama Mujer leyendo). El caso es que, cuando me decanté por tomar la edición de Acantilado de los versos de Neuman también miré a ver si había algo de Emilio Pedro Gómez y me encontré con ésto.

No es casualidad que haya recaído en Octavio Gómez Milián. Primero, porque estaba  buscando en la G. Segundo, porque Octavio imparte matemáticas en el que fue mi instituto. No es la primera vez que leo poesía de Octavio, pero sí que me zampo en una sola mañana uno de sus libros. Por qué no nos hicimos todo el daño de una sola vez es una recopilación fabulosamente urdida de poemas de amor, a través de los cuales el lector es sumergido en un océano de melancolía y esperanza que se funden en el instante del recuerdo. Octavio saca su arsenal desde el principio y comienza con una pieza simple, delicada e incluso introductoria a lo que vendrá después. Una descripción del amor tan sibilina ante la que es imposible no quedar interpelado.

ELLA

Me he enamorado tan lentamente
de ti
que parece que estoy así
                                     desde siempre.

Porque si algo caracteriza a la poesía de Gómez Milián es su frescura en ritmo y la sobriedad en el símbolo.

Una observación interesante acerca de las artes de nuestros días es que el símbolo ha sido transformado o, mejor dicho, se ha abierto a un nuevo registro: la interpelación circunstancial. En vez de basarse en una similitud (se me ocurre, por ejemplo, el típico sus dientes eran como perlas/esculpidas en el fondo del mar) el propio hilo narrativo del poema conduce hasta breves y castizas referencias a detalles del entorno del poeta, de los personajes, o de los días que vivimos. Así, por ejemplo, en su poesía hay referencias a rincones de la ciudad ante las que solo un buen zaragozano o un merodeador perspicaz se verá interpelado. No se trata de que el poema se vea restringido a unas referencias determinadas, pero sí suponer un guiño al entorno y a quienes viven en ese entorno. En pocas palabras: no hablo de rascacielos, solo de los neoyorquinos. Y esa diferencia marca un intimismo trascendental en la obra.

Octavio Gómez Milián hace lo que Sergio del Molino o Manuel Vilas en su literatura: el paisaje no es únicamente un entorno circunstancial en el que pasan cosas, sino que es su razón de ser, la esencia de esas cosas. La ruptura amorosa y el recuerdo serán lo mismo aquí o en Sebastópol, pero las lágrimas derramadas y las noches de alcohol solo son zaragozanas. Aquí es donde se diluye la poesía para convertirse en confesión. No se trata de la voz de un poeta que grita cuánto ama o ha dejado de amar, qué bello es esto o cuánto me gustó aquello, sino que se ofrece una ventana a la vida de la persona que se encuentra al otro lado del papel. Las cosas se presentan como tal, sin artificio ni obsesión alguna por dejar claro qué se quiere transmitir, una tarea que si bien es complicada en el resto de artes aún lo es más en poesía, donde el abuso de simbolismo conduce a una constante redundancia insalvable que destroza el sentido de la obra.

Octavio consigue esa naturalidad con maestría, jugando con los versos, cortando las frases, bailando con los silencios. Detrás de algunos poemas parece escucharse una sintonía de fondo que nos traslada a otra Zaragoza y a otras personas, esquinas y recuerdos de una ciudad que aún sueña con ser desenterrada del olvido. Un viaje que naufraga en la melancolía para reencontrarse en el recuerdo y el devenir de la vida, con el toque de humor y rabia que muchas veces se instala en estas situaciones, como indican con acierto los siguientes versos.

ÉL (ahora sé que lo tienes)

Brindo por el hombre
que tiene enamorada a mi mujer.
Brindo para que se ría de su
aspecto,
critique su jersey,
                   machaque el café que ella
                   le prepara por las mañanas.

O estos otros:

DOS OSTRAS
 
Tenemos algo parecido a una fecha secreta
y una canción nuestra.
Con mucho menos se derrumban imperios
y se mantienen imperturbables las motas de polvo.
¿Por qué no eliges qué prefieres?

Poesía y matemáticas parecen confluir con la literatura y la música, buscando esa armonía que los números son incapaces de regalar y a la cual solo sintiendo podemos aspirar. Versos encendidos que hablan de la decadencia o del amor perdido, o de la mujer amada que aún está por llegar y la grandeza del momento. Por qué no nos hicimos todo el daño de una sola vez es el primer poemario de Octavio Gómez Milián y, quizás, la mejor de sus obras hasta el momento. Una obra que merece mucho la pena ser leída y disfrutada en la apacible plenitud del silencio de la velada. Como nos sugieren los siguientes versos:

No preguntéis más por ella,
estoy tratando de escuchar
su silencio a través del teléfono.
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ALEMANES, POR PARTIDA DOBLE

Esta semana se inauguran dos exposiciones de gran relevancia, dos justos homenajes a una parte de nuestra historia zaragozana que ha sido olvidada por las circunstancias que la rodearon y que ha pasado desapercibida hasta ahora.

La primera de ellas es Art-Studio Gustavo Freudenthal. Zaragoza, 1906-1930,que será la primera exposición en honor al fotógrafo y cónsul alemán en Zaragoza Gustav Freudenthal y que se inagura mañana martes 8 de mayo a las 20 h. en el Paraninfo (Plaza Basilio Paraíso). Nacido en Hannover en 1869, trabajó en el Estudio Fotográfico Napoleón de Barcelona y en el gabinete madrileño de Christian Francen antes de conseguir el título de proveedor de la Casa Real y abrir un primer estudio en el Coso 31 en 1905. Sus fotografías fueron un retrato ineludible de la realidad zaragozana de las primeras décadas del siglo XX, trabajando el retrato profesional hasta el artístico, pasando por la labor periodística, siendo uno de los primeros fotorreporteros aragoneses. Uno de sus más célebres retratos es el que realizó a Albert Einstein en 1929 cuando impartió dos conferencias sobre la teoría de la relatividad y la estructura del espacio en la Facultad de Medicina de la Universidad de Zaragoza. Cuenta la leyenda que a comienzos de los años treinta fotografió a una bella y joven dama que resultó ser la amante de un político local cayendo en desgracia, lo que le obligó a exiliarse a San Sebastián. Sea como fuere, en 1932 cesa como cónsul y se ve obligado a abandonar Zaragoza por un tiempo, siendo sustituido por Schmitz, enviado desde la Alemania nazi.

¿Qué hacía un nazi en una ciudad de provincias como Zaragoza, además de ostentar el título de cónsul? A esta cuestión responde la exposición La pequeña Alemania de Zaragoza. La aventura de los germanos que llegaron de Camerún (1916-1956), que rinde un trascendental homenaje a la colonia alemana que se afincó en Zaragoza tras la invasión de Camerún por parte de las tropas aliadas en la Gran Guerra. Trescientos germanos llegados del corazón de África que dieron un giro trascendental y cosmopolita a la Zaragoza antañona de comienzos de siglo, popularizando enclaves como la Sala Oasis o Los Espumosos, la actividad universitaria o deportes como el fútbol (el Camerún FC fue el precedente del que, años más tarde, sería el Real Zaragoza), además de modernizar la industria (El Tinte de los Alemanes fue la primera cadena de tiendas dedicada al lavado y secado de prendas en la ciudad) y abrir a la Europa lejana y distante a una burguesía encerrada y fundamentada en las costumbres de sus ancestros mediante su kindergarten y el posterior Colegio Alemán de Zaragoza, donde los niños tenían acceso sin restricciones a la cultura europea. La exposición es un repertorio de fotografías, objetos y otros artículos que son testimonio de la historia de una ciudad a través de la apacible vida de estos germanos y sus familias hasta el desmoronamiento de la colonia tras el particular horror que les tocó vivir durante los años de auge del nacionalsocialismo alemán. La exposición es fruto del trabajo de investigación realizado por Sergio del Molino y que se materializó en un libro, Soldados en el jardín de la paz, y en este blog, en el artículo Soldados en el friedhof. La inauguración tendrá lugar el jueves 10 de mayo a las 19 h. en el Centro de Historias de Zaragoza.

 

NOTA: pueden encontrar más información en el blog de Antón Castro y en el de Sergio del Molino pinchando en los enlaces correspondientes de la barra lateral de este blog.

VESTIR EN PIJAMA

Quizá lo más doloroso y lo más recomendable sea asumir lo que dice Rafael Reig en Literatura para caníbales: la literatura no es más que un señor en pijama que escribe en una casa para que le lea otro señor en pijama en otra casa. Nada más, ni nada menos. Lo demás es coctelería y tramoya.

Debía esta crítica desde hacía mucho tiempo y no es por casualidad. No soy un devorador de libros, ni un leviatán de librería, ni siquiera soy capaz de combinar con cierto éxito la lectura de dos libros y no abandonarlos en el intento. Pero he leído suficientes textos como para distinguir entre lo que es auténtica literatura y lo que simplemente la imita. Libros de renombrados autores incapaces de emocionar en sus escenas, obras de nóveles y consagrados absolutamente desprovistas de una historia que contar y algo que transmitir aunque sus contraportadas aseguren que algo se cuenta y se transmite. Pocos libros han sido capaces de emocionarme de verdad y despertar en mí la necesidad suficiente como para leerlos una y otra vez hasta desenterrar cada detalle oculto, cada verdad escondida, cada fugaz sentimiento extraviado en la lectura pasajera.

El restaurante favorito de Nina Hagen es uno de esos libros maravillosos en los que nunca terminas de encontrar retazos y símbolos que te fascinan con cada lectura. Lo acabé de leer hace meses, al sol de poniente frente al mediterráneo, recordando la frase atribuída a Marco Varelio Marcial: poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces. Y es que tanto libro como autor comparten la mordacidad y el sentimiento con que redactaba Marcial sus epigramas.

El restaurante favorito de Nina Hagen es una sucesión entretejida de artículos novelados escritos por Sergio del Molino tanto en papel como en su blog personal, que se fusionan hasta configurar la ventana a una vida, la vida de un Sergio paralelo, dual, un Sergio que no es Sergio pero que es fácilmente identificable con él. El libro es una oda a los recuerdos, una sucesión de imágenes cargadas de un vitalismo desbordante capaz de abstraer al lector en cada una de las historias que se cuentan hasta trasladarlo a un mundo distinto, una nueva existencia para la que nosotros somos su reflejo intrascendente y no el petulante ser que se refleja.

Es precisamente la sencillez de su prosa, liberada de fastuosidades y futilidades, la que junto a la naturalidad de los relatos consiguen dotar al texto de la profundidad y el sentimiento que poseen, haciéndolo único, veraz y puro hasta convertirlo en una lectura necesaria y trascendental, en un relato íntimo que parece extraído de las páginas de un polvoriento y olvidado diario que no importa a nadie. Si un mensaje puede destilarse de este desbordante cuaderno de notas es la necesidad de retornar a la sencillez, a la expresión absoluta de la realidad en toda su dimensión y existencia, sin temor a ser nosotros mismos y sin ostentosidades inútiles añadidas a esa realidad.

Si ese santoral laico español existe -con todos los atributos que le son propios, con sus hagiografías, su liturgia, su iconografía, su milagrería y sus fanáticos devotos-, Antonio Machado tiene que ser el Santiago y cierra España. Aún diría más: Antonio Machado sería el equivalente de la Virgen del Pilar. Y Serrat, su profeta.

He pasado por delante de su casa-museo, pero no la he visitado. Me he quedado fuera mirando desde la cancela de la estampa de Machado recortada en la ventana del primer piso, como si estuviera asomado a ella, y me he acordado de la casa de Bernardette en Lourdes (el lugar más espantoso del mundo después del autoservicio para autobuses de Esteras de Medinaceli). Efectivamente, como el Lourdes, estaba contemplando la casa de un santo, y las veces que me he plantado silencioso y solemne junto a su tumba en Colliure, he venerado unas reliquias de santo. Sin duda.

De repente, me ha parecido indigno. Tengo una propensión natural a recelar de los mitos, de las beaterías y de las cosas que no admiten debate. me sigue gustando que la estación se llame Guiomar, pero ahora la veo como a una virgen, y para ser virgen, folló y se rió demasiado. ¿Es que los humanos no sabemos recordar homenajear sin caer en misticismos religiosos?

Sergio intenta huir de la nostalgia que encierra el recuerdo, aunque es incapaz de conseguirlo. El libro es un retrato de momentos olvidados, vivencias que se han perdido en la eternidad del tiempo y de amigos y seres queridos que ya no están. Cada rincón es una oda a la memoria de Pablo y a la complicada relación entre padres e hijos. Sin embargo elude recrearse en el suspiro melancólico para construir un relato vivo y alegre, esperanzador y poderoso, con vida propia, capaz de desbordarse de las palabras y los márgenes de las páginas.

Pero El restaurante favorito de Nina Hagen es mucho más que recuerdos fabulados. Es el cuaderno íntimo que un viajero, el retrato de una época y sus corrientes culturales narradas desde la visión de quien las ha vivido y sentido con toda intensidad. Resulta interesante el papel contradictorio que juegan las siglas. Puedes llegar a identificar en ellas personas, asociarlas a nombres y apellidos, creer reconocer voces escondidas bajo su anonimato y, sin embargo, ser incapaz de confirmar que se trata de ésta o aquella persona hasta asumir, como el lector desvinculado del panorama cultural zaragozano, que las iniciales son personajes inexistentes con pequeñas trazas de gente real, pero inventados. Una vez más, la realidad es el reflejo y no quien se refleja.

Además, es un discurso que oscila entre la reivindicación y la reflexión filosófica, que navega a través de la experiencia de los relatos, siempre narrados con grandes dosis de humor y seriedad a un tiempo. Sin duda es ésta la principal faceta de Sergio del Molino, con la que embriaga toda su literatura. No es sencillo aunar seriedad con humor sin caer en el aburrimiento o en el apoltronamiento de formas. Y esto lo convierte en un escritor dinámico en su estilo y soberbio en su mensaje, capaz de deleitar mundanamente y a la vez sumergir al lector en un mar de interrogantes acerca de la realidad que a nadie pueden dejar indiferente.

La edición del libro ha corrido a cargo de un gran amante de la literatura, Sergio Navarro Villar, a través de su sello Anorak Ediciones, una editorial intimista y selectiva que cuida tanto a sus autores como a los lectores de los libros que publican.

Resulta curioso el menosprecio al que se somete a los relatos cortos. Ha sucedido con relatos de grandes escritores que han sido condenados a la ignominia que supone la denominación de novela menor. Ninguna novela puede valorarse a peso, sino por la capacidad de transmitir que posee el texto. Y El restaurante favorito de Nina Hagen es una de esas obras desbordantes que un día acabarán eclipsadas ante la despampanante bibliografía de su autor y caerán en el olvido, siendo su lectura de los pocos privilegiados que sepan apreciar su enorme profundidad.

No quiero destripar el libro y espero no haberlo hecho. Extraerle su jugo depende de cada lector. Quiero terminar con unos versos con los que el propio autor introduce el libro. Son del rockero Paul Westerberg, lider y compositor de la banda ochentera de rock alternativo The replacements.

Here comes a regular
Call out your name.
Here comes a regular.
Am I the only one who feels ashamed?

Versos muy significativos ante los que no se puede evitar recordar los que los preceden:

And everybody wants to be special here
They call your name out loud and clear.

¿Quién no echa en falta más tipos en pijama en este mundo que nos rodea?

ENGAÑO MEDULAR

Perdonen el abandono al que tengo sometido al blog, pero lo cierto es que estoy pasando una temporada muy ajetreada y apenas tengo tiempo para escribir con tranquilidad y dedicación.

Hoy hago un inciso. Me ha llegado a través de Sergio del Molino una denuncia de la polémica generada entre la empresa alemana DKMS y el sistema sanitario español, que es acusado de no atender como corresponde a pacientes en espera de un transplante de médula.

No sé si ustedes habrán oído algo al respecto. Un servidor, balbuceos periodísticos que tanto quitan como ponen y que no llevan a ninguna parte. Pero lo cierto es que desde el principio me dió qué pensar y no me había quedado tranquilo al respecto. Es muy grave que no se conozca con absoluta claridad una situación que nos concierne a todos y que además está falseada porque la sanidad pública, pese a los indiscriminados recortes llevados a cabo por las administraciones, sigue siendo puntera en investigación e intervención contra el cáncer gracias a la increíble dedicación de los profesionales que hacen todo lo posible por salvar vidas.

La sociedad no debe formarse opiniones, sino desligarse de una vez por todas del ridículo de la opinión y centrarse en conocer la realidad, única y verdadera, y para eso hacen falta veracidad y reflexión.

Por eso, con el permiso de Sergio y Cristina, publico aquí los dos artículos aparecidos en Heraldo de Aragón de su autoría. Porque desgraciadamente saben de lo que hablan y sus voces, convertidas en texto, merecen todo mi apoyo y la mayor difusión posible.

Altruista, anónimo y comprometido [“La ciudad pixelada”, en el suplemento “Heraldo Domingo”, de Heraldo de Aragón. 22/01/2012. Por Sergio del Molino]

Tiene razón Rafael Matesanz al pulsar todas las alarmas y llamar la atención sobre el debate que se ha abierto en torno al sistema de donación de órganos en España. Ha surgido a raíz del caso de Hugo Pérez, enfermo de leucemia que ha recurrido a los servicios de una organización alemana, DKMS, para buscar un donante de médula ósea compatible.

Por desgracia, conozco demasiado bien el funcionamiento del sistema de donación de médula ósea en este país, he visto trabajar a los profesionales que lo hacen posible, y comparto plenamente los temores de Matesanz: si se abre un debate que cuestione el modelo español, corremos el riesgo de quebrarlo. Entiendo la desesperación de un enfermo de leucemia que se siente desahuciado —no saben hasta qué punto—, y comprendo también que ese enfermo toque todas las teclas y remueva todas las arenas posibles para encontrar su salvación. Pero la sociedad debería serenarse, informarse y no agitar un debate al calor de las emociones del momento, porque las cosas son mucho más complicadas y peligrosas de lo que un arrebato sentimental puede dejar entrever.

Padezco una enfermedad congénita que no es grave ni me incapacita para nada, pero que me excluye como posible donante de médula ósea. Aunque me inscribí en el registro internacional y me hice las pruebas pertinentes, la Fundación Josep Carreras rechazó mi solicitud por esta causa. Me enfurecí mucho conmigo mismo, pero entendí el rigor de sus criterios de selección. No pueden jugar con algo tan serio.

Cualquiera no sirve para donante. ¿No se han fijado en que apenas hay campañas en los medios para convencer a nuevos donantes de médula? Así como varios organismos solicitan constantemente donaciones de sangre, no hay marquesinas de autobús ni anuncios televisivos que reclamen médula ósea. De hecho, cualquier persona que, como yo o muchos de mis familiares y amigos, haya acudido a un centro médico autorizado para inscribirse como donante, habrá sentido que los hematólogos responsables intentan disuadirlo en lugar de convencerlo, haciendo mucho hincapié en los contras del proceso.

Esto es así porque se buscan donantes comprometidos, no personas conmovidas por un caso concreto que sueñan con salvar a tal niño o a tal enfermo. Se reclama serenidad y buen juicio, no entrega pasional y pasajera. Desde que alguien se inscribe en el Registro de Donantes de Médula Ósea (REDMO, en Aragón lo atienden los servicios de hematología de los hospitales Miguel Servet y Clínico) hasta que efectivamente algún enfermo de cualquier parte del mundo necesita esa médula, pueden pasar muchos años. De hecho, lo más probable es que no llamen nunca al posible donante, las posibilidades son de una entre quinientas. Cuando contactan con ellos, muchos de estos donantes compulsivos no solo han olvidado al emotivo enfermo que les indujo a inscribirse, sino que han olvidado incluso que estaban inscritos. Y, en algunos casos, la perspectiva de acudir a un quirófano para someterse a un proceso molesto, les horroriza. Por tanto, se niegan, condenando a una probable muerte al posible receptor. Para evitar estas situaciones, los gestores de REDMO solo quieren candidatos convencidos y plenamente conscientes de la importancia de su compromiso, por eso no hacen llamamientos masivos y han establecido un protocolo de inscripción muy rígido que no todo el mundo entiende. Se trata, efectivamente, de salvar vidas, y para eso se ha revelado mucho más eficaz el trabajo discreto y puntilloso de los profesionales que el ruido grosero del márquetin.

Las mentiras de DKMS. Publicado en “Heraldo de Aragón”. 20/01/2012. Por Cristina Delgado.

DESTELLOS DE GENIO

Hace tiempo que leer prensa se convirtió en una tortura insufrible para mí. Soy completamente incapaz de soportar la lectura continuada de un artículo tras otro, palabra por palabra, y mucho menos de conseguir llegar al final del periódico sin terribles dolores de cabeza -en mi caso, a la portada, pues soy de esos que empiezan el periódico por detrás-. Por eso, sin hacer remilgos ni excluir a ninguna publicación que caiga en mis manos, si el título o las primeras líneas de un artículo no me terminan de atraer, leo en transversal. Exactamente como leería cualquier buen político una sección de opinión.

Leer en transversal, si tiene como objetivo cribar contenidos y evitar malos tragos morralleros, no es un acto infame y borreguero. Es necesario cuando lo que tienes delante ya no escribe para tí, te tutea sin conocerte y te trata como un imbécil al que le pueden hacer creer la sarta de gilipolleces a las que nos tienen acostumbrados. Y la prensa de hoy está claro que tiene poco contenido al que redimir. Por suerte, mi lectura informativa se limita al ámbito dominguero, el mismo en el que nos despertamos casi al mediodía, desayunamos mal y nos repantingamos en el sofá a la espera de cualquier chorrada capaz de entretenernos mientras terminamos de despertarnos del todo. Es justo entonces cuando llega el periódico, que aún conserva el olor a tinta de rotativo, y te decides a abrilo justo por su final. Porque comenzar mirándolo por su final y no por su principio es lo único que justifica la compra de un periódico.

Casi todos los periódicos, por no decir que todos, tienen lo mismo en su principio, cambiando solo su versión. Es como si se produjera un robo violento en una joyería y un periódico retratara la versión del cliente que se ha meado encima a causa del susto, otro la del dependiente que exige mayor seguridad en su local, y el último, la del ladrón que justifica el robo porque necesitaba el dinero porque si no el banco lo iba a deshauciar al día siguiente. Un mismo hecho, diferentes versiones y todas ellas falseadas. En este aspecto, los primeros tres cuartos de un periódico solo complacen a los lectores ideológicos, que compran el periódico que les dice exactamente lo que quieren oir. Algo así como los oficiales incapaces de aceptar que el joven Rostov huyó asustado de la batalla en Guerra y Paz porque prefieren pensar que retrocedió ante el decidido avance del enemigo. Una consecución de artículos vacíos y de cada vez más escasa calidad dirigidos únicamente a un rebaño de fieles que no quiere conocer ni pensar, tan solo justificar lo que quieren creer que se ha producido. Prensa fácil para una sociedad idiotizada.

Sin embargo, no todo es mediocridad, y ese periodismo lúcido, culto y veraz, si ha de aparecer, lo hace una vez llegamos al último cuarto de publicación, que generalmente reúne las páginas de cultura, algún suplemento interesante y algunos artículos y columnas sueltas firmadas por gente que se toma el arte de juntar letras en serio. En las grandes publicaciones la sección cultural se ha reducido a un puñado de grandes artículos meramente informativos y que no son capaces de apuntar nada que no supiéramos de antemano, y alguna columna locuaz que parece habérseles colado durante la maquetación y que debería estar impresa en las páginas de clasificados. Solo unos cuantos artículos pueden presumir de tener a la cultura como leitmotiv, y solo algunos periódicos logran que esas firmas pertenezcan al ámbito de un periodismo literario, que es el medio informal de expresión del genuino ambiente cultural de nuestros días.

Los que leemos Heraldo de Aragón aún podemos sentirnos afortunados dentro de la tragedia periodística. Como todo lo que concierne a Aragón, el auténtico periodismo sobrevive por sus propios medios, a base de rasmia y de imponerse por su calidad hasta crear escuela entre quienes buscamos algo más que morralla barata. Desde la columna de cierre de Irene Vallejo hasta la que se cuela, brillante, de Antón Castro entre las páginas de opinión, y desde los elocuentes artículos de Guillermo Fatás hasta los de Luis Alegre y Sergio del Molino en el suplemento Heraldo Domingo, pasando por Artes y Letras, Muévete Zgz 7D y los blogs de Ana Usieto, Chaco Morais y Mariano García. Pequeñas porciones de calidad que son el único acicate a que siga gastándome un dineral en periódicos de los que solo leo una porción ínfima pero que sigue justificando la existencia de prensa escrita.

No sé cuánto tiempo durará este breve idilio. Supongo que hasta que la prensa termine por unificar todo su contenido para dirigirlo a su público belenestebaniano y se olvide definitivamente de nosotros, los lectores que nos consideramos cultos. Mientras tanto, seguiré disfrutando como un gorrino en su lodazal con la lectura de todas esas magníficas personas que aún siguen manteniendo vivos los periódicos. Esas que siguen escribiendo de puta madre even in this longest days.

LA FIEBRE DEL TRAJE

Una vez escribí, hace tanto que ya casi ni me acuerdo, un artículo en mi anterior garito bloguero que versaba sobre un cambio fundamental y no necesariamente positivo en la política y sociedad actuales. Siguiendo ese celebérrimo patrón histórico que bautiza a buena parte de los políticos españoles del siglo XIX como “político-militares”, por ser miembros castrenses que creyéndose salvadores de la nación emprenden su carrera política a base de pronunciamientos y golpes de Estado; yo hice lo propio nombrando a los nuestros, los del XXI, “político-moralistas”.

La mayoría de los políticos actuales parecen caricaturas nietzscheanas que auténticos defensores del Bien y la Verdad. Se creen, al igual que se creían sus tocayos de otrora salvadores de las formas hispanas, salvadores de la moralidad que interesa defender para los tiempos que corren. Una especie de ejército mesiánico dispuesto a adoctrinar, vara en mano (o código penal en mano), según su visión relativista, zafia y no precisamente muy veraz a la descarriada muchedumbre que no sabe hacer la “o” con un canuto. Esto último se da por descontado. Llegan, juzgan según la versión social que hoy se acepta e independientemente de que lo que prediquen sea bueno o dañino en realidad, y sin más titubeos, se pronuncian y pronuncian nuevas normas, fútiles y ridículas, que no solo no frenan el problema que pudiera existir, sino que además generan más caos y oposición.

Al tanto de todo esto, se quejaba el otro día un diario gratuito de que nuestros libros de preceptos andan sobrecargados de leyes y que esto se parece más a una dictadura que al montaje democrático al que estamos acostumbrados. Algunas de las normas que denunciaban animaban a coger la maleta y nacionalizarse francés, como han hecho otros muchos antes de nosotros y no precisamente por no poder comer en este país. Casi todas las ridiculeces posibles que puedan imaginar las legislan, o lo que narices sea, ayuntamientos y diputaciones de todos los rincones de la ibérica península, sin exceptuar prado virgen o municipio ácrata. Abunda la chulería en esta nación de chulos históricos y más hoy en día, que con la excusa de una supuesta sociedad mejor se convence a la actualmente más plebe que nunca para que respalden horrores inimaginables.

El asunto es que no solo queda dificultado pensar (lo que ya es una desgracia) y poder decir sin la inquisición de los demás lo que uno va conociendo, sino que además debemos pensar todos igual y hacer caso a la horda política que ahora parece ser nuestra nueva guía moral, o lo que sea que prediquen. Los discursos, obviamente despojados de toda intención justa y “moral”, y puestos en función del interés de quienes los recitan,  pretenden reforzar, como digo, esa visión genuinamente falsa y alejada de la verdad que quiere la sociedad que aceptemos y acojamos. Esto en un principio no parece demasiado problema por aquello de que se limita al discurso momentáneo o al anuncio de treinta y cinco segundos correspondiente emitido en hora punta y que, por lo general, representa una realidad tan forzada y artificial que apenas se la cree nadie tan cual viene de fábrica. El mal, sin embargo, comienza cuando esa falta de pensamiento y de veracidad intoxica las vías de expresión cultural.

Sergio del Molino explica muy bien en un artículo publicado recientemente esa contaminación pueril y destructiva en un ámbito tan sagrado como la literatura, que tanto ha ayudado a la humanidad a comprender y a mirar más allá de lo concebido en cada momento de la Historia. Solo hace falta leer las tragedias griegas, donde casi siempre el héroe justo se enfrenta a la sociedad injusta y cainita; el Cantar del Mío Cid, el Quijote o “Hadjí Murat”, de Tolstoi, para comprender de lo que se habla.

La literatura, la auténtica literatura, no puede estar desprovista de un sentido, al igual que nada de lo que existe está desprovisto de él. Si revisan cualquiera de las obras principales de la literatura universal podrán comprobar que cuando se terminan de leer nos ha quedado un mensaje más o menos claro. Las novelas de hoy en día, todas, también lo tienen. La diferencia entre la literatura que es literatura y la que solo es una aberración que nos viene a decir lo que queremos oir (o lo que quieren que oigamos) es la manera en que el autor pone en manifiesto la tesis en su texto. En nuestros días, tiempos demasiado lucrados para el explendor de una gran masa de geniales escritores, no se suelen escribir novelas, sino cuentos adaptados de los hermanos Grimm a la vida moderna. Se parte de una tesis, que generalmente es la aceptada por esta hipócrita sociedad, y se configura la novela de forma que constantemente se exprese la idea de esa tesis, en cada marco, en cada personaje, en cada beso, disparo o escena de cama. El resultado es una novela que haría llorar a la horda del nuevo moralismo del interés pero que es un auténtico bodrio intragable. Toda esa secuencia de escenas forzadas configuran unos personajes difíciles de creer y de sentir porque es también dificil que existan o que pudieran existir, y en su conjunto, la novela, que supuestamente habla de realidad, es un mundo amorfo, desfigurado y alejado de la verdad que existe. Además de que esa reiteración, mejor o peor encubierta por la trama, termina por agotar la paciencia y el conocimiento del lector, que sale hasta las narices de la cosa en papel que se ha comprado. Ganarán premios y se recibirán subvenciones, pero nunca podrán ser recordadas porque no han hecho ver nada ni han ayudado a solucionar nada. Son homilías largas que el lector escucha y cuando termina el libro, olvida y sigue son su vida diaria.

En la auténtica literatura, por contra, se llega a la tesis. Sí, los miedos y complejos que abundan hoy. Se parte de la realidad, con unos personajes inventados pero que resultan absolutamente veraces, y se avanza en ella hasta que la novela se acaba. El escritor no pretende sobrecargar el texto con un mensaje para el lector, sino que el mensaje suele ir implícito en la trama. Esta literatura es la que atrapa, la que introduce al lector como un elemento más de la narración, que es quien comprende lo que sucede, y lo hace cómplice de una realidad que podrá comparar según vaya acumulando vivencias. Aquí no se le trata de inculcar nada al lector, no lo trata como un niño o un ciudadano al que convencer ante las próximas primarias, sino de harcerle comprender, a lo sumo, la situación real descrita en la obra. Por supuesto, relatar la realidad implica no limitarla a una visión del mundo determinada. Aquí pueden salir cosas que no nos gusten o que nos inquieten y nos hagan replantearnos la realidad. Ésta es la auténtica magia de la literatura y lo que hace grande a un libro. Cuando el propio escritor (y, por supuesto, el lector), según van redescubriendo esa realidad plasmada a través de las letras que componen la novela, se ve obligado a parar y reflexionar para intentar conocer qué es lo que se está retratando, se está comprendiendo y conociendo, se está llegado al verdadero objeto de la literatura.

La literatura siempre ha sido un vehículo para sentir y para conocer, en definitiva. Para ayudar comprender, que es lo que hace avanzar a la humanidad, por encima de leyes y discursos banales que solo consiguen atemorizar un día para decaer en el caos el siguiente. Una literatura que hace “ver” se recuerda, porque ha ayudado a reflexionar al ser, ha dejado “poso” en él. Esa grandeza es la que hace que el escritor y su obra pasen a la posteridad y siglos después de su publicación sea leída y releída con total devoción.

El mal que azota de lleno a buena parte de la narrativa también está corrompiendo otros géneros. Por ejemplo, el de la poesía, donde apenas se hacen versos que hablen sobre la auténtica vida y realidad y no la farsa que nos venden, llena de materialismo, inexistencia y sexo. O el del ensayo, que viene a ser una retórica moderna que se refunda en el discurso político y en las convenciones que todos conocemos aunque sea por el bombardeo mediático al que estamos sometidos, sin aportar nada nuevo ni nada real.

Las llamadas “artes escénicas” tampoco se libran de la lacra. Ya no aparecen obras de teatro que abran la mente de sus espectadores. Parece que hemos vuelto a la arcaica y despótica época de los divos donde solo se hacen obras que agraden al público a la vez que lo hipnoticen. El cine, que debería recoger el testigo del teatro crítico, se ha convertido en un fiel servidor de la sociedad que lo mantiene. La literatura y el cine tienen en común que en ambas muestran a un receptor una realidad que tiene que comprender. El cine se degrada, al igual que la literatura, cuando se convierte en un instrumento hipnótico y reiterativo, pesado y hasta aberrante. Una película que adapta la supuesta realidad que pretende transmitir a una visión del mundo determinada pasa de ser cine a ser bodrio en imágenes. Podrían transmitir el mismo mensaje sin forzar la trama, sin hacerla inviable y sin acelerar o situar en el absurdo el filme entero. Pero para eso, hay que ser osado, despojarse del miedo a encontrar algo diferente a lo que se pretendía mostrar y acarrear las consecuencias de ellos. Y a este mundo apenas le quedan juanes sin miedo.

Con la filosofía, si me apuran, pasa exactamente ibídem. La que debería ayudar a conocer y comprender a la humanidad entera se limita cada vez con mayor brío y osadía a beber de los grandes filósofos antiguos, a elegir y creer la teoría que más gusta cada uno y a ponerla en función de la visión de hoy. Poco más que esto. El problema es que eso no es conocer ni buscar la verdad, por lo que una filosofía que se aleja del amor al conocimiento deja de ser precisamente ésto, filosofía. Las ciencias también se han dogmatizado y también se reorientan en torno a doctrinas no necesariamente ciertas pero que son asumidas y difundidas como tales.

Precisamente Sergio, en un artículo anterior hablaba del estancamiento de las ciencias y de que apenas pueden resurgir grandes investigadores porque el propia comunidad científica le podría trabas y negaría sus trabajos y conclusiones por el simple hecho de no palmotear la versión aceptan y defienden.

La falta de reflexión, que a la postre es la falta de pensamiento lleva a todo esto. Hemos estudiado, casi todos sabemos leer y escribir, pero a cambio de esto se nos está impidiendo pensar aturdiéndonos con tanta tontería e idiotez social. ¿Para qué sirve ser “más inteligentes que antaño”, como lo define Sergio, si apenas se piensa? ¿Para qué narices sirve todo este paripé si no somos capaces de discernir la realidad y nos quedamos en la versión falsa que le interesa hacer creer a unos poquitos?

Para estancarnos en la idiotez mutua y asentarnos en una sociedad cada vez peor.

SOLDADOS EN EL FRIEDHOF

No suelo trabajar la crítica literaria (aunque más me valdría) y suelo ser bastante introspectivo con los libros que leo, pero considero que hay excepciones y textos que merecen la pena ser mínimamente criticados y compartidos con el mundo.

Uno de ellos es Soldados en el jardín de la paz, del amiguete Sergio del Molino, autor revelación de la literatura aragonesa de nuestros días.

Soldados… no es su primer libro, aunque sí que es el primero que leo de su firma. Su aparición por el mundillo editorial comenzó con Malas influencias, un conjunto de cuentos que recibió la aprobación de la crítica literaria nacional. Casi seguido a la publicación de Malas influencias, Sergio publica este ensayo novelado de carácter histórico, de 245 páginas en su primera edición, con el que se adentra en un universo que nos afectó de cerca pero que ha permanecido en el olvido de los libros de historia e incluso de los historiadores: los alemanes que llegaron del Camerún en 1916.

Soldados… es una investigación prácticamente particular de Sergio, que tendrá que remover durante meses la apacible y provinciana historia de Zaragoza para despertar a la bestia del misterio, de la sorpresa e incluso del horror. Sergio no es historiador, pero como deja bien claro en la introducción, sí que es un escritor y periodista un tanto curioso que se encontró un filón capaz de saciar su curiosidad. Y es que la aventura, relatada con la estructura de un reportaje periodístico pero enmarcada en el género del ensayo, comenzó de forma inesperada, concretamente en una edición de la Feria del Libro Viejo. Sergio nos lo explica en esa misma introducción:

Sabiendo cómo funciona ese mundo de polvo y ex libris, me paseo por la feria sin involucrarme en ella. Por el placer de mirar. A veces compro alguna curiosidad que solamente tiene valor para mí, pero la mayoría de los paseos terminan en nada. Aquella primavera, sin embargo, me llevé una sorpresa. En un puesto tenían a la venta un buen fajo de panfletos de propaganda nazi. No me refiero a pasquines de grupos de skin heads, sino a propaganda nazi de verdad, del Partido Nacionalsocialista Alemán. Eran fragmentos de discursos de Hitler y de otros jerarcas traducidos al castellano y editados en Berlín de 1942. El librero me aclaró que procedían de una biblioteca particular de Zaragoza que había adquirido recientemente, pero no quiso decirme el nombre de su dueño.

Compré unos cuantos, me los llevé a casa y me metí en mi blog para escribir un artículo que titulé “Estraperlo librero”, en el que hablaba del tiempo, del rastro que dejábamos al morirnos y de cómo nuestro legado (¿qué es una biblioteca sino un legado?) se desintegra en anaqueles, trastiendas de librería y casetas de feria. ¿Cómo han acabado esos panfletos en una caseta de la Feria del Libro Viejo?, me preguntaba en el artículo.

Y tras el artículo llegó el detonante. Uno de sus lectores, un historiador aragonés afincado en Salamanca, le resumió lo que sabía acerca del asunto de los panfletos: seguramente iban dirigidos a los alemanes del Camerún, un nutrido grupo de germanos que, huyendo de la conquista aliada del Camerún en la Gran Guerra se refugiaron en España y quedaron definitivamente afincados en diversas ciudades formando colonias, una de ellas Zaragoza.

De esta manera comenzó la larga investigación acerca de la vida de estos olvidados y sorprendentes habitantes de la capital del Ebro, que popularizaron el foot-ball en la ciudad, que fomentaron la modernización y el comopolitismo de la olvidada capital y ejercieron de bastión cultural al popularizar la noche de cabaret y al fundar el Colegio Alemán, cuya enseñanza destacaba sobre la oferta del resto de instituciones zaragozanas. Pero no todo era gloria y apacible vida burguesa, y la leyenda negra azotó destructivamente la colonia. Nombres como Canaris, el conocido espía nazi; Schmitz o Seegers son capaces de poner los pelos de punta a más de un intrépido lector. ¿Quien se iba a imaginar que en la apacible vida de la distante Zaragoza iban a estar gestándose oscuros planes nazis y que existía toda una red de espionaje que extendía su telaraña hasta los despachos de los servicios secretos británicos y estadounidenses?

De todo esto trata Soldados en el jardín de la paz, un relato completamente veraz que busca esclarecer el olvidado devenir de la colonia alemana y su legado cultural, aún presente en nuestros días. El libro, pese a tratar un tema tan serio como éste, mantiene de manera constante un fluido y confidencial estilo que combina todos los recursos del periodista profesional y la estructura del ensayo histórico, ambos tan necesarios en estos casos. El texto concede lo que promete: resumir a grandes rasgos los pormenores de la colonia alemana afincada en Zaragoza, y las no siempre gratas relaciones entre Alemania y España. Su estilo fresco se combina frecuentemente con cuestiones que mantienen al lector entretenido en su lectura e inmerso en la historia, en la investigación y en la colonia en torno a la que gira la trama. De vez en cuando, tal y como reconoce el autor desde el principio, algunas de las preguntas formuladas no obtienen respuesta por el momento, y se presentan como auténticos misterios a resolver en el futuro. En algunos capítulos de amena lectura se roza incluso la cuestión filosófica, mientras que el conjunto del texto se fundamenta en el contexto histórico de la manera más formal y objetiva.

Como digo, la narración aporta lo que promete aunque si quieren saber mi opinión más personal, íntima e intrascendente, me ha sabido a poco. Yo, que soy un tipo que ansía conocer hasta el más mínimo detalle de todo y que también pretendía averiguar hasta los últimos pormenores de la colonia alemana en España y me encuentro con un magnífico texto que resume lo acontecido, que asienta tesis y que abre un nuevo filón histórico, pero que únicamente es un boceto de todo lo que aún se esconde tras el tiempo y los muros de la ciudad. ¿Qué quieren que les diga? El libro me ha encantado, aunque no sacia en absoluto mi curiosidad. Soy demasiado exigente en estos caso, qué se le va a hacer.

Otra cosa que favorece la inmersión en la trama son las fotografías, la mayoría pertenecientes al archivo fotográfico de la familia Bieger, que sin duda abren una ventana única hacia algunos de los personajes y lugares que son nombrados.

Quién sabe, quizás en un futuro se logren derribar los muros con los que Sergio se ha ido encontrando a lo largo de su investigación. Yo, por mi parte, tomo nota. A fin de cuentas me encuentro totalmente identificado con el mundillo investigador, librero y de anticuario, y también acostumbro a curiosear mercadillos y rastros de antigüedades y a ojear documentos antiguos (aunque carentes de trascendencia histórica).

Un último asunto: el libro no sólo es claro, sencillo (que no simple), veraz, sincero, humorístico y de calidad. También es un texto que aporta cultura, que plasma la parte que ha podido ser hallada del poso cultural que desde su llegada los alemanes del Camerún fueron dejando tanto en la ciudad como a lo largo y ancho de la geografía española. Notas de prensa, fragmentos de ensayos históricos, anuncios redactados en alemán para alemanes, obras líricas y teatrales sobre las colonias germanas e incluso chascarrillos humorísticos y pícaros publicados en la prensa del momento completan un repertorio cultural que sorprende y atrapa. Con el permiso de Sergio y de Mariano Gracía, quien rescató esta pieza del olvido, publico un vals que hizo las delicias de las veladas del Hotel Excélsior de Berlín, Die Nacht von Zaragoza, interpretada en 1933 por Emil Roósz y supuestamente compuesta por Hermann Frey y Karl Wilczynski. ¡Qué la disfruten!

Die Natch von Zaragoza                              

hat dich und mich berauscht,

als wir versteckt von Rosen

zumersten mal den Kuss getauscht.

Ja, die Nacht von Zaragoza,

die Nacht, ersehn’ich heiss zurück,

was ich erlebt in jenem Blütenmai,

warst du, du meines Lebens Glück.

——————————————

La noche de Zaragoza

a tí y a mí nos ha embriagado cuando,

escondidos tras unas rosas

nos besamos por primera vez.

Sí, la noche de Zaragoza,

la noche que con calor ansí que regrese,

lo que viví aquel mayo

fuiste tú, tú, la felicidad de mi vida.

(Traducción de Daniel Hübner)

PABLO

En ocasiones, por mucho que hayamos comprendido una realidad, un proceso o una verdad, es el dolor más intenso el que te impide seguir viendo más allá y el que incluso vierte la duda sin fundamento desde el desgarro interno de tu ser.

Quizás me esté expresando fatal. Puede ser. Pero ahora mismo no tengo otras palabras con qué hacerlo.

Hace cuatro días me encontraba ojeando librerías por el centro de Bilbao, ajeno a la desgracia que estaba sucediendo en aquellos mismos instantes a kilómetros de distancia. Esa jornada de dolor indescriptible de los padres que perdieron a su pequeño de apenas dos años resultó para mi persona, que poco importa ahora en este texto y en estos momentos, el último día de mis vacaciones. Un colofón que sin advertirlo iba a agriarse con la temida noticia pocas horas después, cuando por la noche del día siguiente, al llegar a casa y conectarme a internet, supe de la tragedia, del dolor de estos padres que han perdido a lo que más querían, y de mi personal impotencia por no haber podido estar aquí acompañándoles en su sufrimiento, derramando mis lágrimas con ellos, despidiendo a un ser hermoso que había perdido su batalla en esta vida pero no la guerra de su eterna existencia.

Aún no lo he asimilado del todo. No he podido hacerlo. Dormí mal aquella noche que recibí la noticia. Ni siquiera era una noticia. Era una despedida en el dolor, un aviso fatal, una mancha sombría que me costaba creer que había sucedido. Palabras llenas de un torrente de amor, desesperación, dolor, ira e impotencia que se desparramaban del dique de mi ser y, poco a poco, me invadían en la melancolía. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Cesare Pavese). Ha venido y no tenía tus ojos. Ha venido y no tenía ojos. Ha venido. Éstas fueron las palabras.

La batalla ha sido difícil, una tragedia griega en la que Pablo estuvo a punto de vencer a sus monstruos y desembarcar en la Arcadia de la vida que le quedaba por vivir. Hoy, mientras escribo estas líneas, confuso, asustado y lleno de dolor a un tiempo, Pablo se dirige a otra Arcadia, no mejor ni peor, pero sí a otra, la misma a la que pertenecemos todos por nuestra auténtica naturaleza. No es una seguridad ni una creencia, es una afirmación absoluta.

Pablo no ha estado solo en la batalla. Sus padres han sido su arco y su flecha, y el amor de quienes le cuidaban en la enfermadad, su espada indestructible. También hemos estado nosotros, cientos de voces distantes que hemos acompañado a Pablo y a sus pacientes padres en todo momento desde el comienzo, transmitiéndoles fuerza y amor infinitas. Através del blog de su padre, Sergio, o de su Twitter íbamos involucrándonos en una guerra que, de alguna minúscula e intrascendente manera, también comenzaba a ser nuestra; y seguíamos con esperanza las noticias que tanto Sergio como Cris, cuando tenían fuerzas para ello, nos traían y comunicaban. Algunas fueron pésimas y nos abatieron a todos. Otras, en cambio, fueron esperanzadoras y nos llenaron de alegría. En la más absoluta distancia he seguido los progresos de Pablo en la enfermedad, he sufrido cada revés y he sonreído sincero con cada buena noticia que me llegaba de manos de sus padres. Hace unos meses, después de un largo periodo de sufrimiento, las noticias que llegaban eran realmente buenas. Pablo estaba venciendo, el mal parecía retirarse. De alguna manera (y pido disculpas por esto tanto a Cris como a Sergio), pese a ser alguien ajeno y prácticamente externo a sus vidas, un cariño especial me había unido a Pablo, aunque fuese a distancia. Estaba contento por la mejoría y esperaba con anhelo que de un momento a otro un mensaje en el twitter o un artículo en el blog anunciase el final de la batalla, la derrota definitiva de la enfermedad.

No me quedan palabras para continuar mucho más. Sin advertirlo, se ha ido, y ni siquiera he podido estar donde debería haber estado, acompañando a sus padres cuando más necesitaban el cariño de todos. Sé perfectamente que en esta historia tan solo soy un eslabón insignificante, que el cariño de los que pudieron estar suplió suficientemente el que yo hubiera podido aportar. Sin embargo siento en mi interior que ha quedado una cuenta pendiente. Siento rabia por no haber podido estar allí, por estar ajeno a todo. Puedo sentir aún en la lejanía el silencio de la agonía de unos padres que han perdido lo que más querían en este mundo: su hijo.

Y ni siquiera pude estar en su despedida. Ni siquiera pude rendirle un homenaje digno a su corta estancia en este mundo material.

Por eso quiero dedicar tanto a Pablo, que ahora sigue su camino eterno, como a Sergio y a Cris estas torpes palabras. Quiero que éste sea mi homenaje personal, el adiós que no pude dedicar en el momento que debiera. Sé que mis palabras resultan insignificantes, que toda verdad resulta inútil ante el dolor que desborda y sobrepasa los límites del ser que ama y lo hace por encima del todo y de la nada. Por eso quiero concluir con algunos fragmentos (no sé si acertados o no) de dos poemas de Neruda: la primera y última estrofas del poema Sólo la muerte y algunos fragmentos del poema Oda a la vida:

SÓLO LA MUERTE

Hay cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como irnos cayendo desde la piel del alma.

                    […]

La muerte está en los catres:
en los colchones lentos, en las frazadas negras
vive tendida, y de repente sopla:
sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,
y hay camas navegando a un puerto
en donde está esperando, vestida de almirante.

ODA A LA VIDA

La noche entera
con un hacha
me ha golpeado el dolor,
pero el sueño
pasó lavando como un agua oscura
piedras ensangrentadas.
Hoy de nuevo estoy vivo.
De nuevo
te levanto,
vida,
sobre mis hombros.

Oh vida, copa clara,
de pronto
te llenas
de agua sucia,
de vino muerto,
de agonía, de pérdidas,
de sobrecogedoras telarañas,
y muchos creen
que ese color de infierno
guardarás para siempre.

No es cierto.

Pasa una noche lenta,
pasa un solo minuto
y todo cambia.
Se llena
de transparencia
la copa de la vida.
El trabajo espacioso
nos espera.
De un solo golpe nacen las palomas.
Se establece la luz sobre la tierra.

Vida, los pobres
poetas
te creyeron amarga,
no salieron contigo
de la cama
con el viento del mundo.

Recibieron los golpes
sin buscarte,
se barrenaron
un agujero negro
y fueron sumergiéndose
en el luto
de un pozo solitario.

No es verdad, vida,
eres
bella
como la que yo amo
y entre los senos tienes
olor a menta.

[…]
Vida,
eres como una viña:
atesoras la luz y la repartes
transformada en racimo.
El que de ti reniega
que espere
un minuto, una noche,
un año corto o largo,
que salga
de su soledad mentirosa,
que indague y luche, junte
sus manos a otras manos,
que no adopte ni halague
a la desdicha,
que la rechace dándole
forma de muro,
como a la piedra los picapedreros,
que corte la desdicha
y se haga con ella
pantalones.
La vida nos espera
a todos
los que amamos
el salvaje
olor a mar y menta
que tiene entre los senos.

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