PABLO

por David Lorenzo Cardiel

En ocasiones, por mucho que hayamos comprendido una realidad, un proceso o una verdad, es el dolor más intenso el que te impide seguir viendo más allá y el que incluso vierte la duda sin fundamento desde el desgarro interno de tu ser.

Quizás me esté expresando fatal. Puede ser. Pero ahora mismo no tengo otras palabras con qué hacerlo.

Hace cuatro días me encontraba ojeando librerías por el centro de Bilbao, ajeno a la desgracia que estaba sucediendo en aquellos mismos instantes a kilómetros de distancia. Esa jornada de dolor indescriptible de los padres que perdieron a su pequeño de apenas dos años resultó para mi persona, que poco importa ahora en este texto y en estos momentos, el último día de mis vacaciones. Un colofón que sin advertirlo iba a agriarse con la temida noticia pocas horas después, cuando por la noche del día siguiente, al llegar a casa y conectarme a internet, supe de la tragedia, del dolor de estos padres que han perdido a lo que más querían, y de mi personal impotencia por no haber podido estar aquí acompañándoles en su sufrimiento, derramando mis lágrimas con ellos, despidiendo a un ser hermoso que había perdido su batalla en esta vida pero no la guerra de su eterna existencia.

Aún no lo he asimilado del todo. No he podido hacerlo. Dormí mal aquella noche que recibí la noticia. Ni siquiera era una noticia. Era una despedida en el dolor, un aviso fatal, una mancha sombría que me costaba creer que había sucedido. Palabras llenas de un torrente de amor, desesperación, dolor, ira e impotencia que se desparramaban del dique de mi ser y, poco a poco, me invadían en la melancolía. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Cesare Pavese). Ha venido y no tenía tus ojos. Ha venido y no tenía ojos. Ha venido. Éstas fueron las palabras.

La batalla ha sido difícil, una tragedia griega en la que Pablo estuvo a punto de vencer a sus monstruos y desembarcar en la Arcadia de la vida que le quedaba por vivir. Hoy, mientras escribo estas líneas, confuso, asustado y lleno de dolor a un tiempo, Pablo se dirige a otra Arcadia, no mejor ni peor, pero sí a otra, la misma a la que pertenecemos todos por nuestra auténtica naturaleza. No es una seguridad ni una creencia, es una afirmación absoluta.

Pablo no ha estado solo en la batalla. Sus padres han sido su arco y su flecha, y el amor de quienes le cuidaban en la enfermadad, su espada indestructible. También hemos estado nosotros, cientos de voces distantes que hemos acompañado a Pablo y a sus pacientes padres en todo momento desde el comienzo, transmitiéndoles fuerza y amor infinitas. Através del blog de su padre, Sergio, o de su Twitter íbamos involucrándonos en una guerra que, de alguna minúscula e intrascendente manera, también comenzaba a ser nuestra; y seguíamos con esperanza las noticias que tanto Sergio como Cris, cuando tenían fuerzas para ello, nos traían y comunicaban. Algunas fueron pésimas y nos abatieron a todos. Otras, en cambio, fueron esperanzadoras y nos llenaron de alegría. En la más absoluta distancia he seguido los progresos de Pablo en la enfermedad, he sufrido cada revés y he sonreído sincero con cada buena noticia que me llegaba de manos de sus padres. Hace unos meses, después de un largo periodo de sufrimiento, las noticias que llegaban eran realmente buenas. Pablo estaba venciendo, el mal parecía retirarse. De alguna manera (y pido disculpas por esto tanto a Cris como a Sergio), pese a ser alguien ajeno y prácticamente externo a sus vidas, un cariño especial me había unido a Pablo, aunque fuese a distancia. Estaba contento por la mejoría y esperaba con anhelo que de un momento a otro un mensaje en el twitter o un artículo en el blog anunciase el final de la batalla, la derrota definitiva de la enfermedad.

No me quedan palabras para continuar mucho más. Sin advertirlo, se ha ido, y ni siquiera he podido estar donde debería haber estado, acompañando a sus padres cuando más necesitaban el cariño de todos. Sé perfectamente que en esta historia tan solo soy un eslabón insignificante, que el cariño de los que pudieron estar suplió suficientemente el que yo hubiera podido aportar. Sin embargo siento en mi interior que ha quedado una cuenta pendiente. Siento rabia por no haber podido estar allí, por estar ajeno a todo. Puedo sentir aún en la lejanía el silencio de la agonía de unos padres que han perdido lo que más querían en este mundo: su hijo.

Y ni siquiera pude estar en su despedida. Ni siquiera pude rendirle un homenaje digno a su corta estancia en este mundo material.

Por eso quiero dedicar tanto a Pablo, que ahora sigue su camino eterno, como a Sergio y a Cris estas torpes palabras. Quiero que éste sea mi homenaje personal, el adiós que no pude dedicar en el momento que debiera. Sé que mis palabras resultan insignificantes, que toda verdad resulta inútil ante el dolor que desborda y sobrepasa los límites del ser que ama y lo hace por encima del todo y de la nada. Por eso quiero concluir con algunos fragmentos (no sé si acertados o no) de dos poemas de Neruda: la primera y última estrofas del poema Sólo la muerte y algunos fragmentos del poema Oda a la vida:

SÓLO LA MUERTE

Hay cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como irnos cayendo desde la piel del alma.

                    […]

La muerte está en los catres:
en los colchones lentos, en las frazadas negras
vive tendida, y de repente sopla:
sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,
y hay camas navegando a un puerto
en donde está esperando, vestida de almirante.

ODA A LA VIDA

La noche entera
con un hacha
me ha golpeado el dolor,
pero el sueño
pasó lavando como un agua oscura
piedras ensangrentadas.
Hoy de nuevo estoy vivo.
De nuevo
te levanto,
vida,
sobre mis hombros.

Oh vida, copa clara,
de pronto
te llenas
de agua sucia,
de vino muerto,
de agonía, de pérdidas,
de sobrecogedoras telarañas,
y muchos creen
que ese color de infierno
guardarás para siempre.

No es cierto.

Pasa una noche lenta,
pasa un solo minuto
y todo cambia.
Se llena
de transparencia
la copa de la vida.
El trabajo espacioso
nos espera.
De un solo golpe nacen las palomas.
Se establece la luz sobre la tierra.

Vida, los pobres
poetas
te creyeron amarga,
no salieron contigo
de la cama
con el viento del mundo.

Recibieron los golpes
sin buscarte,
se barrenaron
un agujero negro
y fueron sumergiéndose
en el luto
de un pozo solitario.

No es verdad, vida,
eres
bella
como la que yo amo
y entre los senos tienes
olor a menta.

[…]
Vida,
eres como una viña:
atesoras la luz y la repartes
transformada en racimo.
El que de ti reniega
que espere
un minuto, una noche,
un año corto o largo,
que salga
de su soledad mentirosa,
que indague y luche, junte
sus manos a otras manos,
que no adopte ni halague
a la desdicha,
que la rechace dándole
forma de muro,
como a la piedra los picapedreros,
que corte la desdicha
y se haga con ella
pantalones.
La vida nos espera
a todos
los que amamos
el salvaje
olor a mar y menta
que tiene entre los senos.

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