El blog de David L. Cardiel

"Toda verdad pasa por tres etapas. Primero, se ridiculiza. Segundo, se niega con violencia. Tercero, se acepta como manifiesta." [Arthur Schopenhauer] Fotografía de Ilya kisaradov.

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VESTIR EN PIJAMA

Quizá lo más doloroso y lo más recomendable sea asumir lo que dice Rafael Reig en Literatura para caníbales: la literatura no es más que un señor en pijama que escribe en una casa para que le lea otro señor en pijama en otra casa. Nada más, ni nada menos. Lo demás es coctelería y tramoya.

Debía esta crítica desde hacía mucho tiempo y no es por casualidad. No soy un devorador de libros, ni un leviatán de librería, ni siquiera soy capaz de combinar con cierto éxito la lectura de dos libros y no abandonarlos en el intento. Pero he leído suficientes textos como para distinguir entre lo que es auténtica literatura y lo que simplemente la imita. Libros de renombrados autores incapaces de emocionar en sus escenas, obras de nóveles y consagrados absolutamente desprovistas de una historia que contar y algo que transmitir aunque sus contraportadas aseguren que algo se cuenta y se transmite. Pocos libros han sido capaces de emocionarme de verdad y despertar en mí la necesidad suficiente como para leerlos una y otra vez hasta desenterrar cada detalle oculto, cada verdad escondida, cada fugaz sentimiento extraviado en la lectura pasajera.

El restaurante favorito de Nina Hagen es uno de esos libros maravillosos en los que nunca terminas de encontrar retazos y símbolos que te fascinan con cada lectura. Lo acabé de leer hace meses, al sol de poniente frente al mediterráneo, recordando la frase atribuída a Marco Varelio Marcial: poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces. Y es que tanto libro como autor comparten la mordacidad y el sentimiento con que redactaba Marcial sus epigramas.

El restaurante favorito de Nina Hagen es una sucesión entretejida de artículos novelados escritos por Sergio del Molino tanto en papel como en su blog personal, que se fusionan hasta configurar la ventana a una vida, la vida de un Sergio paralelo, dual, un Sergio que no es Sergio pero que es fácilmente identificable con él. El libro es una oda a los recuerdos, una sucesión de imágenes cargadas de un vitalismo desbordante capaz de abstraer al lector en cada una de las historias que se cuentan hasta trasladarlo a un mundo distinto, una nueva existencia para la que nosotros somos su reflejo intrascendente y no el petulante ser que se refleja.

Es precisamente la sencillez de su prosa, liberada de fastuosidades y futilidades, la que junto a la naturalidad de los relatos consiguen dotar al texto de la profundidad y el sentimiento que poseen, haciéndolo único, veraz y puro hasta convertirlo en una lectura necesaria y trascendental, en un relato íntimo que parece extraído de las páginas de un polvoriento y olvidado diario que no importa a nadie. Si un mensaje puede destilarse de este desbordante cuaderno de notas es la necesidad de retornar a la sencillez, a la expresión absoluta de la realidad en toda su dimensión y existencia, sin temor a ser nosotros mismos y sin ostentosidades inútiles añadidas a esa realidad.

Si ese santoral laico español existe -con todos los atributos que le son propios, con sus hagiografías, su liturgia, su iconografía, su milagrería y sus fanáticos devotos-, Antonio Machado tiene que ser el Santiago y cierra España. Aún diría más: Antonio Machado sería el equivalente de la Virgen del Pilar. Y Serrat, su profeta.

He pasado por delante de su casa-museo, pero no la he visitado. Me he quedado fuera mirando desde la cancela de la estampa de Machado recortada en la ventana del primer piso, como si estuviera asomado a ella, y me he acordado de la casa de Bernardette en Lourdes (el lugar más espantoso del mundo después del autoservicio para autobuses de Esteras de Medinaceli). Efectivamente, como el Lourdes, estaba contemplando la casa de un santo, y las veces que me he plantado silencioso y solemne junto a su tumba en Colliure, he venerado unas reliquias de santo. Sin duda.

De repente, me ha parecido indigno. Tengo una propensión natural a recelar de los mitos, de las beaterías y de las cosas que no admiten debate. me sigue gustando que la estación se llame Guiomar, pero ahora la veo como a una virgen, y para ser virgen, folló y se rió demasiado. ¿Es que los humanos no sabemos recordar homenajear sin caer en misticismos religiosos?

Sergio intenta huir de la nostalgia que encierra el recuerdo, aunque es incapaz de conseguirlo. El libro es un retrato de momentos olvidados, vivencias que se han perdido en la eternidad del tiempo y de amigos y seres queridos que ya no están. Cada rincón es una oda a la memoria de Pablo y a la complicada relación entre padres e hijos. Sin embargo elude recrearse en el suspiro melancólico para construir un relato vivo y alegre, esperanzador y poderoso, con vida propia, capaz de desbordarse de las palabras y los márgenes de las páginas.

Pero El restaurante favorito de Nina Hagen es mucho más que recuerdos fabulados. Es el cuaderno íntimo que un viajero, el retrato de una época y sus corrientes culturales narradas desde la visión de quien las ha vivido y sentido con toda intensidad. Resulta interesante el papel contradictorio que juegan las siglas. Puedes llegar a identificar en ellas personas, asociarlas a nombres y apellidos, creer reconocer voces escondidas bajo su anonimato y, sin embargo, ser incapaz de confirmar que se trata de ésta o aquella persona hasta asumir, como el lector desvinculado del panorama cultural zaragozano, que las iniciales son personajes inexistentes con pequeñas trazas de gente real, pero inventados. Una vez más, la realidad es el reflejo y no quien se refleja.

Además, es un discurso que oscila entre la reivindicación y la reflexión filosófica, que navega a través de la experiencia de los relatos, siempre narrados con grandes dosis de humor y seriedad a un tiempo. Sin duda es ésta la principal faceta de Sergio del Molino, con la que embriaga toda su literatura. No es sencillo aunar seriedad con humor sin caer en el aburrimiento o en el apoltronamiento de formas. Y esto lo convierte en un escritor dinámico en su estilo y soberbio en su mensaje, capaz de deleitar mundanamente y a la vez sumergir al lector en un mar de interrogantes acerca de la realidad que a nadie pueden dejar indiferente.

La edición del libro ha corrido a cargo de un gran amante de la literatura, Sergio Navarro Villar, a través de su sello Anorak Ediciones, una editorial intimista y selectiva que cuida tanto a sus autores como a los lectores de los libros que publican.

Resulta curioso el menosprecio al que se somete a los relatos cortos. Ha sucedido con relatos de grandes escritores que han sido condenados a la ignominia que supone la denominación de novela menor. Ninguna novela puede valorarse a peso, sino por la capacidad de transmitir que posee el texto. Y El restaurante favorito de Nina Hagen es una de esas obras desbordantes que un día acabarán eclipsadas ante la despampanante bibliografía de su autor y caerán en el olvido, siendo su lectura de los pocos privilegiados que sepan apreciar su enorme profundidad.

No quiero destripar el libro y espero no haberlo hecho. Extraerle su jugo depende de cada lector. Quiero terminar con unos versos con los que el propio autor introduce el libro. Son del rockero Paul Westerberg, lider y compositor de la banda ochentera de rock alternativo The replacements.

Here comes a regular
Call out your name.
Here comes a regular.
Am I the only one who feels ashamed?

Versos muy significativos ante los que no se puede evitar recordar los que los preceden:

And everybody wants to be special here
They call your name out loud and clear.

¿Quién no echa en falta más tipos en pijama en este mundo que nos rodea?

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PABLO

En ocasiones, por mucho que hayamos comprendido una realidad, un proceso o una verdad, es el dolor más intenso el que te impide seguir viendo más allá y el que incluso vierte la duda sin fundamento desde el desgarro interno de tu ser.

Quizás me esté expresando fatal. Puede ser. Pero ahora mismo no tengo otras palabras con qué hacerlo.

Hace cuatro días me encontraba ojeando librerías por el centro de Bilbao, ajeno a la desgracia que estaba sucediendo en aquellos mismos instantes a kilómetros de distancia. Esa jornada de dolor indescriptible de los padres que perdieron a su pequeño de apenas dos años resultó para mi persona, que poco importa ahora en este texto y en estos momentos, el último día de mis vacaciones. Un colofón que sin advertirlo iba a agriarse con la temida noticia pocas horas después, cuando por la noche del día siguiente, al llegar a casa y conectarme a internet, supe de la tragedia, del dolor de estos padres que han perdido a lo que más querían, y de mi personal impotencia por no haber podido estar aquí acompañándoles en su sufrimiento, derramando mis lágrimas con ellos, despidiendo a un ser hermoso que había perdido su batalla en esta vida pero no la guerra de su eterna existencia.

Aún no lo he asimilado del todo. No he podido hacerlo. Dormí mal aquella noche que recibí la noticia. Ni siquiera era una noticia. Era una despedida en el dolor, un aviso fatal, una mancha sombría que me costaba creer que había sucedido. Palabras llenas de un torrente de amor, desesperación, dolor, ira e impotencia que se desparramaban del dique de mi ser y, poco a poco, me invadían en la melancolía. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Cesare Pavese). Ha venido y no tenía tus ojos. Ha venido y no tenía ojos. Ha venido. Éstas fueron las palabras.

La batalla ha sido difícil, una tragedia griega en la que Pablo estuvo a punto de vencer a sus monstruos y desembarcar en la Arcadia de la vida que le quedaba por vivir. Hoy, mientras escribo estas líneas, confuso, asustado y lleno de dolor a un tiempo, Pablo se dirige a otra Arcadia, no mejor ni peor, pero sí a otra, la misma a la que pertenecemos todos por nuestra auténtica naturaleza. No es una seguridad ni una creencia, es una afirmación absoluta.

Pablo no ha estado solo en la batalla. Sus padres han sido su arco y su flecha, y el amor de quienes le cuidaban en la enfermadad, su espada indestructible. También hemos estado nosotros, cientos de voces distantes que hemos acompañado a Pablo y a sus pacientes padres en todo momento desde el comienzo, transmitiéndoles fuerza y amor infinitas. Através del blog de su padre, Sergio, o de su Twitter íbamos involucrándonos en una guerra que, de alguna minúscula e intrascendente manera, también comenzaba a ser nuestra; y seguíamos con esperanza las noticias que tanto Sergio como Cris, cuando tenían fuerzas para ello, nos traían y comunicaban. Algunas fueron pésimas y nos abatieron a todos. Otras, en cambio, fueron esperanzadoras y nos llenaron de alegría. En la más absoluta distancia he seguido los progresos de Pablo en la enfermedad, he sufrido cada revés y he sonreído sincero con cada buena noticia que me llegaba de manos de sus padres. Hace unos meses, después de un largo periodo de sufrimiento, las noticias que llegaban eran realmente buenas. Pablo estaba venciendo, el mal parecía retirarse. De alguna manera (y pido disculpas por esto tanto a Cris como a Sergio), pese a ser alguien ajeno y prácticamente externo a sus vidas, un cariño especial me había unido a Pablo, aunque fuese a distancia. Estaba contento por la mejoría y esperaba con anhelo que de un momento a otro un mensaje en el twitter o un artículo en el blog anunciase el final de la batalla, la derrota definitiva de la enfermedad.

No me quedan palabras para continuar mucho más. Sin advertirlo, se ha ido, y ni siquiera he podido estar donde debería haber estado, acompañando a sus padres cuando más necesitaban el cariño de todos. Sé perfectamente que en esta historia tan solo soy un eslabón insignificante, que el cariño de los que pudieron estar suplió suficientemente el que yo hubiera podido aportar. Sin embargo siento en mi interior que ha quedado una cuenta pendiente. Siento rabia por no haber podido estar allí, por estar ajeno a todo. Puedo sentir aún en la lejanía el silencio de la agonía de unos padres que han perdido lo que más querían en este mundo: su hijo.

Y ni siquiera pude estar en su despedida. Ni siquiera pude rendirle un homenaje digno a su corta estancia en este mundo material.

Por eso quiero dedicar tanto a Pablo, que ahora sigue su camino eterno, como a Sergio y a Cris estas torpes palabras. Quiero que éste sea mi homenaje personal, el adiós que no pude dedicar en el momento que debiera. Sé que mis palabras resultan insignificantes, que toda verdad resulta inútil ante el dolor que desborda y sobrepasa los límites del ser que ama y lo hace por encima del todo y de la nada. Por eso quiero concluir con algunos fragmentos (no sé si acertados o no) de dos poemas de Neruda: la primera y última estrofas del poema Sólo la muerte y algunos fragmentos del poema Oda a la vida:

SÓLO LA MUERTE

Hay cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como irnos cayendo desde la piel del alma.

                    […]

La muerte está en los catres:
en los colchones lentos, en las frazadas negras
vive tendida, y de repente sopla:
sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,
y hay camas navegando a un puerto
en donde está esperando, vestida de almirante.

ODA A LA VIDA

La noche entera
con un hacha
me ha golpeado el dolor,
pero el sueño
pasó lavando como un agua oscura
piedras ensangrentadas.
Hoy de nuevo estoy vivo.
De nuevo
te levanto,
vida,
sobre mis hombros.

Oh vida, copa clara,
de pronto
te llenas
de agua sucia,
de vino muerto,
de agonía, de pérdidas,
de sobrecogedoras telarañas,
y muchos creen
que ese color de infierno
guardarás para siempre.

No es cierto.

Pasa una noche lenta,
pasa un solo minuto
y todo cambia.
Se llena
de transparencia
la copa de la vida.
El trabajo espacioso
nos espera.
De un solo golpe nacen las palomas.
Se establece la luz sobre la tierra.

Vida, los pobres
poetas
te creyeron amarga,
no salieron contigo
de la cama
con el viento del mundo.

Recibieron los golpes
sin buscarte,
se barrenaron
un agujero negro
y fueron sumergiéndose
en el luto
de un pozo solitario.

No es verdad, vida,
eres
bella
como la que yo amo
y entre los senos tienes
olor a menta.

[…]
Vida,
eres como una viña:
atesoras la luz y la repartes
transformada en racimo.
El que de ti reniega
que espere
un minuto, una noche,
un año corto o largo,
que salga
de su soledad mentirosa,
que indague y luche, junte
sus manos a otras manos,
que no adopte ni halague
a la desdicha,
que la rechace dándole
forma de muro,
como a la piedra los picapedreros,
que corte la desdicha
y se haga con ella
pantalones.
La vida nos espera
a todos
los que amamos
el salvaje
olor a mar y menta
que tiene entre los senos.

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