EX LIBRIS

por David Lorenzo Cardiel

En agosto se cumplirá un año desde que estuve en el desembalaje de antigüedades de Torrelavega. Fue fortuito, ni siquiera sabía que existía hasta uno o dos días antes de su inauguración. No sé si me dieron el folleto en Noja, en Isla o en Cabezón de la Sal, pero sí que me dieron un pasquín colorido y rimbombante, parco en explicaciones, dirigido a un público concreto que no necesita que se las den.

El último día que permanecí en Cantabria me pasé por allí. Era la hora de la comida y algunos anticuarios habían extendido mesas plegables y sillas haciendo picnic, olvidando que no se encontraban en Berria sino en un mercado industrial que aún conservaba su olor a ganado. Recorrí algunos puestos pudiendo reconocer varias voces extranjeras, que otorgaban un toque exótico a un recinto rural, frío y solitario. Algunos vendían mobiliario antiguo, mezclando piezas hegemónicas con otras de aspecto decrépito a las que les faltaba una buena restauración, o bien unas simples manos de barniz al tinte que disimularan los desperfectos ocasionados por el tiempo y la mala vida de almacén. Otros, sin embargo, se especializaban en papeles o en material de escritura, en coleccionismo o en rarezas históricas y militares. Podías encontrar objetos atribuídos a líderes políticos comtemporáneos o los primeros números de revistas extintas, incluso estilográficas de gran belleza y cuartillas con mensajes revolucionarios que harían las delicias de cualquier buen coleccionista. Pero donde pasé la mayor parte de mi tiempo fue en aquellos puestos consagrados al estraperlo intrahistórico, ésto es, al comercio con objetos personales.

Nada produce en mí más excitación y a la vez repulsa que el trapicheo con cartas, postales, libros o fotografías de personas que ya no están o no pueden defender su patrimonio. Me produce cierto ardor de estómago pensar que un retrato íntimo o la postal escrita por los amantes puedan acabar entre una muchedumbre de objetos sin catalogar, desvestidos del romanticismo que poseían y manoseados por unos clientes ávidos de conseguir piezas para sus colecciones personales. Imagino todos esos objetos a la intemperie y me dan escalofríos. ¿Pueden acabar un día nuestras cartas, nuestros diarios, nuestras postales o nuestras fotografías en un desguace de antigüedades? Quien sabe, quizás acaben suplicando clemencia con su presencia inanimada a los furtivos paseantes de un mercadillo de barrio.

Hay algo de macabro, hasta de obsceno, en toda esta práctica contrabandística que involucra tanto a clientes como a vendedores. En Torrelavega encontré varios puestos dedicados a la venta de postales. La gente revolvía en los montones escarvando con el ansia de un expoliador arqueológico ante un yacimiento sin explotar mientras los anticuarios invadían agresivamente la intimidad de la plebe, como si fueran los guardianes de un templo y los objetos, sus reliquias sagradas.

Todo en el mundillo ex libris está desprovisto del sentimiento que debería rodear a los objetos con los que se trafica. El anticuario no se comporta como un vendedor más, sino como un censor que decide quién adquiere lo que considera valioso o quién no es digno de ello. Es un mundo sucio asentado en el lucro donde solo importa el beneficio y la posibilidad de poseer una buena pieza en la que la mayoría de los anticuarios y los clientes solo compran o venden sin importarles ni la historia ni lo que significa aquello que tienen entre manos. Lo más buscado entre muchos coleccionistas, en ese afán viperino por acumular bienes que nunca usarán ni apreciarán, es el acceso a la trastienda del anticuario, donde guarda los objetos mejor considerados. Es como el acceso al sancta sanctorum de una logia, que requiere un formalismo previo y una serena actitud religiosa que garantice la confianza de sus guardianes. La mayoría de las trastiendas no tienen nada de especial para el comprador que busca algo más que rarezas desproporcionadamente caras justificadas mediante historias fantásticas. Es un mundo de apariencias y prejuicios donde, lamentablemente, el auténtico recopilador de historias queda al margen del negocio.

Si algo tiene de emocionante todo este embrollo es la posibilidad de descubrir aquello que nadie ha descubierto aún. Lejos del milimetrismo del oficio, donde la venta se diferencia entre la destinada al populacho y la dirigida a un público comercial, existe un recodo inexpugnable, presente en todo mercadillo, puesto o tienda de antigüedades, en la que poder recrearse ante objetos significativos que no han sido interceptados todavía por el vendedor. Inocentes postales que encubren mensajes secretos, fotografías relevantes o pasquines reveladores; muebles que son capaces de trasladarte a la aristocracia rusa o a los restos de un antiguo tesoro familiar. Imaginar o descubrir esa intrahistoria, la genuina Historia, es la belleza de un oficio que ha perdido su esencia.

¿Cómo hemos podido convertir algo tan hermoso como la recopilación del legado de nuestros antepasados en un vulgar trapicheo? Muchas veces lo pienso ante álbumes fotográficos de familias desconocidas o ante las letras de amor que dirige una madre a su hijo médico que vive a miles de kilómetros de distancia, mientras el vendedor me intimida con la mirada. ¿Cómo puede haber sucumbido el sentimiento a la miseria de su nulidad? El viento, impasible, sigue arrastrando los recuerdos desnudos entre adoquines mojados y la humanidad que habita el mercadillo.

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