Desubvencionalizándose

por David Lorenzo Cardiel

>Hay veces en que tengo morriña de casi todo, incluido de esos tiempos antiguos que la demagogia encubierta de avance y progreso tachan de hipócritas, cainitas y aberrantes.
El mundo actual, como bien saben ustedes y como bien sabrán los ancianos del lugar no dista demasiado en mentalidad de aquel del que sobre todo desde la política tanto se tacha de incierto, procaz, revolucionario y caciquil, entre otras flores. Cada uno a su estilo y maneras ha adaptando tales incongruencias al paso del tiempo y a los nuevos cambios que se han ido produciendo en la humanidad y que han ido modificando a la sociedad. Por eso la sociedad de finales del siglo XIX y principios del XX, que es a la que me refiero no es ni mejor ni peor de lo que pueda ser ésta que soportamos y en la que nos movemos y hacemos nuestro día a día.
Uno de los rasgos que más admiro de las sociedades de principios del siglo XX es el cultural. Supongo que en esos tiempos también habría sus inconvenientes y sus problemas. Lo sé. Quizás éstos eran más perjudiciales que a los que hoy cualquier decidido cultureta se puede enfrentar, por la inexistencia de democracia, las ideologías multitudinarias dispuestas a declarar la guerra a todo lo que no sea como son ellos y la perra vida caciquil y explotadora que reinaba en lares españoles.
Sin embargo, lo que admiro del aspecto cultural de esas épocas es la entereza de quienes lo componían. De los intelectuales y culturetas que a punto estuvieron de cambiar la mentalidad rastrera que se profesaba (y, como digo, se sigue profesando en nuestros días), al menos, suavizarla un poco. Tengo en mente en estos momentos a Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza (ILE), catedrático que, hiciera más o hiciera menos por el mundo novecentista configuró un nuevo sistema de enseñanza de corte filosófico-krausista, en ocasiones incluso al margen de las leyes, que serviría de base para una posterior red de instituciones de difusión y creación cultural que constituirían la red necesaria para que generaciones enteras de intelectuales pudieran dar rienda suelta a sus obras y estilos.
La ILE sirvió de trampolín para la gran mayoría de los coetáneos de la Generación del 98, comprometidos con la situación política y social en la que se encontraba España. Ahí tienen a Valle-Inclán con sus esperpentos y a Machado sufriendo por ese País de pandereta y cainita que en el fondo tanto amaba. Porque discrepancias aparte, quien sufre por la realidad, quien sufre por algo, es evidente que ama a ese algo. Más amantes de la realidad y de España los encontramos en la generación del 14 y en la del 27, sobre todo los de esta última, cuyo repertorio cultural se expandió con notable explendor a todos los aspectos que la cultura del momento podía ofrecer. Y son estas últimas generaciones las que más admiración despiertan en mi ser. Eran gente por lo general luchadora, a la vez sentimental; con ganas de cambio pero sin intención de ser manipulados impíamente. Tenían conciencia de que ellos llevaban la batuta que dirigiría el cambio de la mentalidad española en los próximos decenios, y lo hubieran logrado en mayor o menor medida de no entrar España en un sistema dictatorial que no apoyaban en absoluto. Pese a esa conciencia, ellos también sabían muy bien lo que eran y que por ser esa su misión tampoco eran ni más ni menos que ningún otro compatriota suyo. Sus composiciones literarias, sobre todo, aunque también en el resto de actividades culturales contribuyeron para que este país volviera a estar en la élite cultural mundial.
Ahora, setenta años después del exhilio y muerte de muchos de estos personajes lo único que les importa a las autoridades, en síntesis, es la apariencia y el nombre que puedan dar al país. Están más orgullosos de que el esfuerzo de esas personas fuera interpretado desde el exterior como un respetable avance cultural de la nación que de lo que quisieran expresar en sus composiciones y obras.
Por otro lado todo intelectual de aquellos tiempos poseía la suficiente independencia y a la vez sentimiento de unidad con el mundo como para no depender de un institucionalismo que, en el mejor de los casos hubiera prostituido sus obras. Valle-Inclán lo reflejó bien, aunque le costara una vida bohemia y extremadamente austera al no querer adaptar sus obras a las “exigencias” del público burgués de la época, que era quien podía costearse una butaca en el teatro.
Estos intelectuales estaban bien ligados, en mayor o menor medida a sus contemporáneos, de forma que no era difícil encontrarles reunidos en cafés y cafetines para entablar coloquios de todo tipo. Ésta era la magia de la difusión cultural e intelectual de la época que, por desgracia se ha perdido y dificilmente pueda ser recuperada algún día.
Estos personajes no dependían de que una institución, un ayuntamiento, el Ministerio o alguna entidad pública o privada del tipo que sea les subvencionara sus reuniones y sus coloquios, lo cual permitía una cierta abertura de los movimientos culturales a jóvenes intelectuales y a todo aquel que quisiera adentrarse en esos mundillos.
En la actualidad tenemos demasiado convencionalizado el problema del dinero. Quizás por ir demasiado ligado con el aberrante individualismo. La antigua y sólida red de amiguetes que internacionalmente conectaba a unos y otros intelectuales y pertenecientes al mundillo cultural se ha convertido, en su medida a causa de la frialdad de nuevas tecnologías del estilo de las redes sociales, en un mero listado de nombres donde cada persona marcha a su ritmo, sin apenas contacto recíproco con sus coetáneos y donde los pensamientos y las iniciativas de mejora y de reflexión y apoyo, en vez de sumarse, tienden a mermarse. El hecho de que cada cual no se sienta realmente miembro del mundo y de la humanidad que le rodea (no necesariamente de la sociedad) provoca que hagan falta notables ofertas e ingentes cantidades de dinero para atraer en conferencias y frías reuniones a los que, con acierto o sin él son considerados los nuevos culturetas del siglo XXI. En esas reuniones deben entrar en juego instituciones de todo tipo, lo que supone, en la mayoría de los casos, una politización del evento, una criba del tipo de intelectuales que se desea que participen en los encuentros en realación con los intereses de los patrocinadores y una frialdad para quienes participan en ellos que tiene más de pantomima que de verdadera reunión cultural, con todos mis respetos a quienes organizan esa clase de eventos.
En esta situación parece imposible que pueda existir cultura sin una exagerada inversión por parte de los gobiernos y de los depositores privados de la economía. Pero la cultura no depende intrínsecamente de elementos como el dinero, sino de quienes la generan y quienes la reciben. Para ello, si queremos construir un verdadero mundo más cultural habrá que dejar de depender en su justa medida del exceso de iniciativas extravagantes donde el único objetivo que se pretende lograr es la pose en las fotos que recogerá la prensa del día siguiente y la opinión pública que se genere de ello.
Los antiguos de principios del siglo XX sabían bien lo que se hacían, por las razones anteriormente expuestas y porque carecían de todo apoyo. Sabían que es en el diálogo y en el contacto directo, tú a tú, donde fluye la literatura, el cine, la música y la pintura, por ejemplo. Porque sabían que el motor de la humanidad no es lo material, ni el absurdo dinero, ni la apariencia, ni las pantimimas exageradas, ni la fama, por supuesto; sino el sentimiento, en sentirse a gusto por los demás, comprendido, abrazado, parte de un algo al que no sirves como una pieza mecanizada, tal y como nos pretenden transmitir en relación con la sociedad, sino como un elemento con identidad propia cuya misión es fundamental para el funcionamiento del todo. Ese sentimiento veraz es el que hacía difundir la cultura y hacer crecer a esos hombres no ante los demás y los intereses y convecionalismos sociales, sino en sí mismos y en lo que ellos deseaban progresar. En su propia vida.
Por ello quiero hacer llamada a un regreso a lo simple, a lo neto, a lo propio, a lo que realmente es y no a lo abultado, a lo tergiversado y a lo, en muchas ocasiones, mediocre.
Lo digo sobretodo no solo de cara a nuestros días y a los venideros, que es el objeto principal de estas líneas, sino también por los grandes proyectos y el lucro que rodea a la cultura, ya sea desde el punto de vista de la venta y distribución de las obras, por cualquiera de los frentes en disputa, como de la organización de macroproyectos de cara a las candidaturas a capital cultural que en estos momentos se disputan en España y en el resto de Europa. Olvídense de los conciertos multitudinarios, ni de las galerías improvisadas de obras de arte, ni de convertir la ciudad en un circo esperpéntico. Éso no es cultura. Éso no es nada. Cultura es fomentarla, no pastorearla según nuestros intereses. Para ello no tienen que ser directores de ninguna orquesta, solo dejar hacer. Ayudar, en todo caso. De cara a las candidaturas tienen dos opciones: o bien apuestan por los grandes proyectos, sombras falsas de una cultura que itinerantemente pasa las semanas o meses que dure la capitalidad por ella y luego se marcha, o bien apuestan por microproyectos donde la cultura pueda comenzar a nacer libremente una vez más arraigando en los corazones de una sociedad completamente interesada y caótica. Todos sabemos a lo que seguramente ustedes apostarán. Pesan demasiado los intereses. Por mi parte está todo dicho, culpa mía no será.
Quizás algún día consigamos aquellos que tenemos voluntad en llevarlo a cabo que lo que llaman cultura se desvincule de los pérfidos intereses en todo lo posible y retorne a un dinamismo más o menos cercano a quienes participan de ella. Ojalá así lo sea.

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