El blog de David L. Cardiel

"Toda verdad pasa por tres etapas. Primero, se ridiculiza. Segundo, se niega con violencia. Tercero, se acepta como manifiesta." [Arthur Schopenhauer] Fotografía de Ilya kisaradov.

Etiqueta: Europa

ALGO FALLA

Me lo comentaba hace un tiempo un amigo mientras tomábamos un café: si alguien quiere estudiar Filosofía, si de verdad quiere estudiar eso, que emigre, porque aquí solo hay postmodernos.

Al principio, evidentemente, no comprendí exactamente a qué se refería. Para mí, los llamados postmodernos no tenían ningún nombre ni denominación: eran simplemente la gente esa que estaba degradando el conocimiento y se lo estaba cargando, gente influida por los antañones sofistas griegos y los falsarios nihilistas, y a la que no le importaba hacer creer al gran público que lo absolutamente objetivo era relativo si así les interesaba. No me había percatado de que habían formado escuela, se habían consolidado en el ambiente cultural y llevaban tiempo minando tanto a la filosofía como a la ciencia. Cuando finalmente me explicó en qué estado se encontraban los estudios de Filosofía fue cuando llegé a darme cuenta de que los postmodernos habían invadido literalmente la facultad, imponiendo su visión relativista en todos los ámbitos salvo en las materias más difíciles de convertir. Ahora comenzaba a explicarme porqué nadie, ni siquiera los ámbitos culturales y académicos, eran capaces de enfrentarse a una degradación conceptual que nos está incapacitando cada vez con mayor brío a la hora de conocer la genuina realidad.

Ayer, en El País salió algo de ésto. Resulta que también es tendencia emocionarse con una película mientras todo el mundo bosteza ruidosamente en la sala, examinar hasta el último detalle de un Velázquez mientras el resto dormita en los bancos del museo o tararear lo último de Adele cuando el mundo se rinde ante el gran David Guetta. Eso es lo que, según Peter Robinson, son manifestaciones del “nuevo aburrido”.

¿Nuevo aburrido? Sí, lo han leído bien. Así aparece en el celebérrimo diario The Guardian y así debe de ser. Amén. Porque si lo dice The Guardian va a misa.

Demasiado acostumbrados al berreo musical, a performances que hacen sobresaltar a nuestros sentidos, a que las actrices de moda enseñen una teta incluso en las escenas más ridículas o a que toda serie de época se convierta en una nueva Águila Roja, ha nacido lo tedioso, lo que a nadie se le ocurriría ir a ver, leer o escuchar, y va y nos jode la fiesta. Nos invade el negocio. Ahora llega una tipa con un piano cantando una balada y jubila a Lady Gaga. Ahora lo que mola es seguir Downtown Abbey, ver películas castizas en blanco y negro y sin sonido, escuchar a Pablo Alborán y rescatar todos los jerséis raídos que tengamos a mano para exibirlos ante el público mientras hacemos nubecitas con nuestra pipa. Lo que hasta 2011 eran expresiones culturales de segunda, incapaces de atraer la atención de un público asimilado por un mecanismo de difusión cultural empobrecido y monetizado, ahora son las formas preferidas, las deseadas, lo que la gente busca en las tiendas.

Los críticos anglosajones señalan como causante de este cambio de preferencias el excesivo boom de la música de baile, que desprovisto de todo sentimiento ha invadido nuestra música desde hace unos cuantos meses. Pero se equivocan. En España, antes del boom de la música de baile, ya triunfaron en contra de toda estadística comercial series como La Señora, fieles a una época y de gran carga sentimental. Tras la serie, nuestra televisión ha comenzado a producir ficciones más fieles a la realidad, más auténticas, con cuyos personajes nos podamos sentir identificados y con los que podamos ser nosotros mismos. Porque ese es el auténtico problema: estamos hartos del puñetero nihilismo, de ver cómo los personajes hacen el amor sin ni siquiera mirarse a los ojos, de escuchar canciones que nos dicen las mismas sandeces una y otra vez. Estamos hasta el gorro de una sociedad y una industria cultural que se esfuerza en limitar nuestra existencia, en despojarnos de toda humanidad, en convertirnos en entes sombríos incapaces de sentir y de existir en toda nuestra esencia. Lo que está sucediendo no es una moda ni una tendencia ni una corriente cultural. Es un retorno desesperado a la realidad de la que nunca deberíamos habernos despegado. Es una búsqueda del sentimentalismo perdido en el momento en que tuvimos miedo de vivir, de sufrir al amar, de sentirnos desamparados. Necesitamos amar y que nos amen, y es precisamente de esto de lo que carecen nuestros productos culturales.

Lo curioso es que pese a lo evidente de la situación, nadie sea capaz de reconocer la realidad. Se le achaca a un exceso del mismo tipo de música o incluso a un resurgimiento de la tendencia vintage, pero siempre asociada a un movimiento cultural, a una reacción enmarcada dentro de la oferta y la demanda y dentro de lo que la mal llamada industria cultural nos tiene acostumbrados. Sin embargo, se trata de una necesidad hoy más urgente que nunca. El cine ya no suele hablar de la vida, sino de una visión muy pobre de la misma; la música y la poesía, que antes eran el feudo del sentimiento, han terminado por sucumbir al materialismo más atroz, concibiéndose al poeta sentimental como una antigualla aburrida concebida para adormilar al personal. Incluso la literatura comienza a verse contaminada por libros inexpresivos que imponen tesis vacías al relato que narran. Ansiamos todo aquello que hable de lo que somos y de la vida que vivimos y de lo que sentimos, y no de la versión de la realidad que quieren que nos creamos.

Pero aún así, seguimos poniendo etiquetas e inventándonos denominaciones imbéciles como lo del nuevo aburrido. ¿Qué es aburrido en todo ésto? ¿Qué tiene de malo o de bueno emocionarse con Someone like you o comentar, eufórico, el gran descubrimiento que ha resultado El árbol de la vida? ¿Alguien se ha parado a pensar que lo aburrido o lo gracioso es simplemente una concepción nuestra y no un atributo de las cosas?

La pregunta no debería limitarse a cuestionarse porqué y cómo consigue triunfar la naturalidad en un ambiente que hace las mil virguerías para llevarse al público al bolsillo, sino también a pensar para quiénes resultan un coñazo las canciones de Adele y los capítulos de Gran Hotel o, mejor dicho, a quiénes les interesa que resulten un coñazo unas piezas capaces de llegar a lo más íntimo de cada persona.

Mientras tanto, seguiremos sufriendo la insidia postmoderna soportando que un nuevo concepto ridículo más acabe siendo la excusa perfecta para sacarse de la manga una tendencia de lo más lucrativa. Y todo porque lo que dice The Guardian, sea lo que sea, en España es tendencia y va a misa.

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This is Netherlands

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Desde luego y sin duda alguna. Cada vez más Zaragoza se está convirtiendo tan abrasadora como son los Países Bajos en toda la extensión de la palabra -perdónenme los lectores holandeses-.
Ejemplo de densidad ciclista: las bicis, aparcadas
 sobre un puente que cruza el canal, en Utrech, Países Bajos.
Fuente: propia.
Este verano, en cuenta de deambular por las cálidas aguas del Mediterráneo y dejar que el amistoso sol broncee mi piel afectuosamente he preferido maltratarme un poquito en un tour por Bélgica y Holanda, dejando que el Mar del Norte helara mis carnes desde lejos -no pisé la playa- y que la lluvia, también amistosamente, me obligara a coger el chubasquero unos cuantos días. Debido a esta decisión improvisada he podido vivir en mis propias carnes lo que es tener ciclistas con derechos adquiridos y ser el peatón vapuleado por todos. Hasta por las nubes. En Bélgica todo fue bien, de maravilla -de este interesante país hablaré más adelante-, pero fue llegar a Holanda y recibir el primer aviso, por parte del guía. El buen hombre nos avisó, ya en Middelburg que había que cruzar las calles ” a lo loco”, pues resulta que por ley, la bicicleta posee el pleno en derechos mientras que el peatón no posee prácticamente ninguno. Es decir, que hasta un caracol posee más. Y debe ser por esta razón por la que no ví caracoles por esas latitudes y esas longitudes.

En Middelburg quizá exageraba, pero fue llegar a Amsterdam y encontrarme con el follón. El follón mañanero, el de tarde y el nocturno. Todo bicicletas. Todas por todas partes. En todas direcciones. Por detrás. Por delante. De lado. Del otro lado. En dirección contraria a los vehículos. Por la acera. Por el carril bici. Zigzageando tranvías, coches, motovespas y tocinovespas. Peatones también zigzageados. Pasando por lugares insólitos, por aceras de cinco metros y de medio metro. Entre cinco peatones y entre doscientos. Con perros atados a los manillares y niños metidos en cajas de fruta sin siquiera atar a la bicicleta. Así es Amsterdam. Así es Holanda. Y, como no nos pongamos las pilas, así será Zaragoza.
Amsterdam es ya de por sí un desastre en vialidad. Para cruzar la calle debes cruzar fuera de los pasos para peatones. ¿Que les parece esto raro? Pues atiendan, que les voy a contar el secretito. En muchos pasos de cebra, sobre todo en avenidas, ocurre que el tranvía no posee vías rectas, sino que a ellas se juntan curvas procedentes de otras calles. Esto significa que uno debe hacer el siguiente esquema: cruzar corriendo el carril bici, parar un microsegundo a mirar si vienen coches y salir pitando; a la vez mirar si viene el tranvía y continuar la carrera -si esto fuera en un paso peatones el que gira ya te habría pillado-; no pararse y cruzar a lo loco la calzada para coches; frenar en seco y mirar antes de cruzar el carril bici y, ya por fin, descansar en la acera. ¿Entienden ahora? A que les gusta, ¿eh? Lo del tranvía que gira, debo reconocerlo, no es siempre en todas las calles, pero sí en muchísimas avenidas.
Tras la explicación se estarán preguntando qué sucede si le atropella alguno de los vehículos al cruzar. Les explico:

– Si les atropella un tranvía: A) PASANDO POR EL PASO DE PEATONES–Usted tiene razón, salvo si gira (en la mayoría de las incidencias)
B) SIN PASAR POR EL PASO–Usted se lo ha buscado (en el 100%)

– Si les atropella un vehículo motorizado: A) PASANDO POR EL PASO–Usted tiene razón.
B) SIN PASAR POR EL PASO–Usted se lo ha buscado (en el 100%)

– Si les atropella una bicicleta (la mayor parte de las incidencias son de este tipo): la bicicleta tiene la razón, vaya por la acera, la calzada o volando, si cabe, en la grandísima mayoría de los casos.

¿Y qué sucede cuando una bicicleta le atropella? Pues fácil: que el ciclista le denuncia y lo lleva a juicio. Con dos cojones y dos cañones. Para que te enteres, pringao. Para que te enteres de que si quieres reinar, coge una bicicleta.
Y como decía, Zaragoza lleva muchas papeletas para convertirse en embajada de la cultura holandesa por excelencia en España. La primera, hace un año, cuando al ayuntamiento se le ocurrió la gracia de permitir el libre albedrío de los ciclistas por las aceras, si el ciclista tenía la voluntad en aquel momento. Tras las protestas debidas y justas, se restingió solo a calles donde los coches no circulen a más de treinta kilómetros por hora.

Un ejemplo pacífico de movilidad en Holanda:
en este pueblecito, Naarden, no existe el esquema
antes descrito de las grandes capitales, por
lo que comparten vía peatones, ciclistas y vehículos
motorizados. La prioridad, como ven, es absolutamente
ciclista. En las ciudades, normalmente
se produce el caos vial.
Fuente: propia
En estos momentos, la mayoría no pasan por los carriles bici cuando los tienen y prefieren la acera, porque es más ancha. También he visto ciclistas circulando en dirección contraria y zigzageando coches. Y peatones no digamos. Las calles, la mayoría, ya están limitadas a treinta. Sin embargo, sigo viendo ciclistas por las aceras, a lo loco. El casco, obligatorio en la famosa ordenanza para los niños, ni se huele, y menos en los adultos, al igual que sucede en Holanda. Las paradas de autobús, con el carril bici delante, para sufrir atropellos de los buenos, de esos que te dejan sin muelas. Solo faltan ya tres cosas: el tranvía, en calles y avenidas con carriles bici a ambos lados; que los padres puedan llevar a los niños en las bicicletas de cualquier manera; y que las leyes aplaudan cualquier decisión ciclista.
La primera ya está a punto de cumplirse, la segunda no me extrañaría verla próximamente. Solo falta la tercera, la más peligrosa.

Sin embargo, debo remarcar dos cosas sobre esta cuestión. La primera, que en ciudades como Amsterdam no hay abueletes. Normal con tanto factor riesgo. Para eso tienen Naarden, Volendam o Marken, por ejemplo, que son pueblecitos más acogedores.

La segunda es que en Holanda aún se puede entender que esto ocurra, teniendo en cuenta que es el país donde más impuestos se pagan y donde antes se independizan los jóvenes -a los dieciocho, la mayoría-. Esto implica que no puedan pagar hasta tener treinta y altos o cuarenta y altos un coche como Dios manda y solo les queda el recurso de la bicicleta -que no paga impuestos- y de las viejas -porque roban cada año más de 750000 bicicletas en todo el país-. No se crean que lo hacen por ecologismo precisamente…
Sin embargo, ahí van mis dos preguntas. Si por desgracia todo esto llega a Zaragoza:

1) ¿Dónde se meterán los abueletes, si aquí la mayoría de los pueblos se encuentran a una distancia considerable de la capital y faltan plazas en las residencias?
2) ¿Qué argumento se les ocurrirá soltar al ruedo para explicar a los ciudadanos tanto vaivén ciclista sin control? ¿El ecologismo, otra vez? ¿Que hay que imitar a Holanda? ¿Que está de moda eso de hacer lo que te salga del cimbel, pero eso sí, sobre dos ruedas no motorizadas?

Solo espero que aquí tengamos suerte y lleguemos a una vialidad pacífica entre todos, sin necesidad de leyes opresoras ni ridículas y en la que el respeto sea el valor principal. Que avencemos no imitando a Holanda, sino superando a Holanda. Que se proteja al más débil, en el orden de mayor a menor protección peatón-ciclista-motos-coches y otros vehículos. Que cada uno vaya por su vía y sea respetuoso al circular por la de los demás. Seamos como Bélgica, donde cruzas en rojo y todos los coches se detienen teniendo ellos el paso. Donde los ciclistas, si atraviesan zona peatonal bajan de la bicicleta y la llevan andando hasta cruzar el lugar. O si no, lo atraviesan muy lentamente. Con cariño. Donde las motos son igual de pacíficas que los coches. Donde da gusto vivir y llamarse ciudadano belga.

¡Qué envidia me dan los belgas, cuando con toda la razón del mundo se pueden vanagloriar de su propia vialidad! Ese sí es un ejemplo a seguir (y a superar).

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