TORMENTA DE MIEDO

En Como pasear en una noche de verano, escribí lo siguiente:

Como ocurre con las grandes obras, Piloto de Guerra ha sido trágicamente considerada un relato menor. No es la primera vez que me encuentro con obras excepcionales que han sido pesadas a bulto por los críticos. León Tolstói y Antoine de Saint-Exúpery comparten bastante en común. Ambos han sido dos escritores que han destacado en el panorama internacional a través de una escritura sin artificialides y con un hilo conductor interno que permite expresar el sentimiento de las cosas, tan difícil de encontrar en unas artes que se empeñan en escribir la historia en función de una tesis y no dejar que la tesis sea consecuencia de esa historia.

Piloto de Guerra posee la misma particularidad que las obras de Tolstói: son relatos en los que el escritor escribe lo que siente sin alterar nada, dejándose sorprender por la propia historia y la propia realidad contenida en ellas. Son obras de auténticos filósofos o de personas que quieren conocer y no tienen miedo a ello. Porque conocer no es observar a través de un microscopio, sino sentir lo observado, pasar a formar parte del interior de las cosas.

Ya sé que está muy feo autorreferenciarse y que es una canallada hacerlo, pero alegaré en mi defensa que es en beneficio del lector. Estos días he estado husmeando por las bibliotecas nerviosamente, con ansia, manoseando los libros y revolviendo en las estanterías, buscando algún buen ejemplar que me ayude a soportar los días de calor que se avecinan. Como dejan llevarse tres ejemplares de un tirón, había traído propuestas pensadas de casa. Por ejemplo, estaba en mente Norte, de Edmundo Paz Soldán, o el aclamado ensayo Enterrar a los muertos, de Ignacio Martínez de Pisón y que aún no había leído. Entre el listado mental de libros a buscar se encontraba una de mis principales bazas literarias para este verano: Infancia, juventud, adolescencia, de León Tolstói. Así que después de confirmar que la biblioteca no tenía Norte, rebusqué en los estantes correspondientes, completamente colapsados por la bibliografía de Tolkien, hasta encontrar el montón dedicado a los Tolstói. No encontré lo que buscaba, sino algo mejor. Entre Los cosacos y Confesión había un libro chiquitito, hiperbreve, de apenas el tamaño de la palma de mi mano. Leí la diminuta tipografía de su lomo: La tormenta de nieve.

¿La tormenta de nieve? ¿Desde cuando Tolstói, el Tolstói que yo creía conocer, tenía algo titulado La tormenta de nieve?

No debo de ser el único que se quedó intrigado al encontrar el bizarro ejemplar. Según parece, a la mayoría también se les ha colado esta preciosidad. Porque La tormenta de nieve, a pesar de su título adusto, desgastado e ingenuo, encierra algo más que una historia perfectamente bien contada.

¿Cómo describir, en una sola palabra, en un único adjetivo, un cuento que es novela, un ensayo que es diario y una confesión que es en relidad ficción y recuerdo a un tiempo? Quizás deba comenzar con algunas de las cosas que me vinieron primero a la cabeza. ¿Recuendan aquel cuadro en que una mujer en camisón mira a través de la ventana abierta? ¿O aquella otra en la que una joven de sombrero dorado y abrigo verde espera, silenciosa, tomando un café en una mesa de cafetería? ¿O a la mujer que mira a través del ventanal que conduce al infinito dorado de los trigales recién segados?

La tormenta de nieve es un cuadro de Edward Hopper, una búsqueda ontológica a través de una narración aparentemente cotidiana y trivial. Tolstói atraviesa una crisis filosófica y espiritual que será trascendental en el transcurso de su vida y cuyas consecuencias quedarán reflejadas en su pensamiento y obra. De hecho, en La tormenta de nieve encontramos un intimismo muy particular que, a diferencia del que podemos encontrar en la mayoría de sus relatos, es frío, disuasorio y distante. De hecho, el enclave escogido para la narración no podía ser más adusto. Un hombre y una mujer joven, Alioshka, que deben cruzar la gélida estepa del Don, en tierra de cosacos, para llegar a la siguiente estación de postas. El paisaje, descargado incluso de vegetación, tan solo posee tres elementos característicos: la nieve, la peligrosa ventisca y la luna, que de vez en cuando se deja entrever. Las troikas y sus ocupantes, así como la estación de partida y la de llegada, son elementos añadidos y completamente superfluos a la narración. Porque, después de haber leído La tormenta de nieve, ¿quién puede seguir pensando que se trata de un cuento sobre un monótono viaje a través de la estepa sideral?

En realidad, todo es un símbolo. La estepa, la tormenta, hasta el tintineo armonioso de las campanillas de las troikas. Tolstói nos los deja muy claro desde el comienzo:

Nos detuvimos en varias ocasiones, el cochero hacía salir sus largas piernas del trineo y se daba a la tarea de buscar el camino; siempre en vano. También yo me apeé del trineo una vez, ¿sería el camino lo que creía haber visto? Pero no me había alejado, haciendo un gran esfuerzo, ni seis pasos contra el viento, cuando me convencí de que por todos lados había las mismas blancas capas de nieve, todas iguales, y que el camino no lo había visto más que en mi imaginación, cuando ¡dejé de ver el trineo! Grité: «¡cochero! ¡Alioshka!» pero sentí que el viento me arrebataba la voz de la boca y en menos de un instante se la llevaba lejos de mí. Me dirigí al lugar donde había estado el trineo, pero no había ningún trineo; caminé luego hacia la derecha. Tampoco. Me avergüenza recordar con qué voz tan fuerte y penetrante, incluso un poco desesperada, volví a gritar: «¡cochero!» cuando este estaba solo a dos pasos. Su negra figura con el látigo y la gorra totalmente ladeada de pronto se irguió frente a mí. Me condujo hasta el trineo.

La narración entera es un punto de inflexión entre lo onírico y la realidad. A diferencia del resto de personajes, el único que parece encontrarse fuera de lugar desde el principio es el propio narrador. Desde el comienzo, se queja de su suerte:

La campanita se oía cada vez menos, un hilo de aire helado se coló por una minúscula abertura en una de las mangas de mi abrigo, recorriéndome la espalda, y en ese momento recordé que el maestro de postas me había aconsejado no viajar, porque corría el riesgo de errar la noche entera y acabar congelado por el camino.

Tolstói, el protagonista de la historia, ni siquiera es consciente de la realidad que está viviendo. Durante el viaje tan solo percibe lo mismo una y otra vez: la misma llanura completamente nevada, el mismo viento helado que congela su rostro con idéntico ulular, incluso la misma campanilla melodiosa e inmutable en su tintineo. Son elementos propios de un estado invariable que no parece real y que obligan al protagonista a cuestionarse si de verdad se está produciendo el viaje o si se trata de un mal sueño y aquello que realmente existe es lo que cree que está soñando. Mientras es incapaz de sentir frío cuando las crines de los caballos se congelan percibe muy vívidamente cómo una mosca se zambulle en su boca húmeda mientras duerme a la sombra de un árbol en pleno verano. ¿Es posible que le hayan intentado matar en el transcurso de aquel viaje infernal o tan solo ha sido una pesadilla, síntoma de la inevitable congelación? ¿Se ha producido el intercambio de troika o han seguido todo el rato en la misma? Ni siquiera es consciente si Alioshka existe de verdad. Para él todo es un espejismo donde se encuentra completamente solo contra sí mismo. Y es precisamente en esa soledad donde puede encontrarse consigo mismo.

Tolstói demuestra una capacidad narrativa impresionante para la edad en la que compuso el relato, con tan solo veintiocho años. Utiliza una atmósfera ruda y simplona que evite elementos descriptivos que alteren el ritmo de la narración, y determina desde el comienzo la evolución del relato tanto en el espacio como en el tiempo, limitándola al marco tradicional aristotélico. La ausencia de elementos descriptivos permite utilizarlos para algo más profundo e ingenioso: mientras la adusta realidad parece no avanzar en el tiempo, los sueños del protagonista lo hacen a un ritmo vertiginoso, con multitud de elementos que están en constante cambio y una serie de sucesos que involucran directamente al narrador. En este sentido, La tormenta de nieve es tan cinematográfica como Cinco horas con Mario, con la diferencia de que Miguel Delibes degrada el entorno para centrarse en la conversación entre el difunto y su viuda, mientras que Tolstói utiliza la monotonía de la tormenta y de la estepa para lograr el mismo efecto y destacar los supuestos sueños del protagonista. El intimismo logrado permite introducir otro elemento determinante a lo largo de la obra del autor ruso: la descripción.

Para lograr que una historia no quede sobrecargada, hay que evitar que la descripción sea externalizante. Es una cuestión profundamente sibilina. Si en un relato, independientemente de su extensión, nos centramos demasiado en el paisaje mientras la acción y, sobre todo, los personajes, se hayan en unas circunstancias narrativas que despojan de sentido esa descripción, habremos desnaturalizado la línea narrativa. El motivo es sencillo: hemos añadido elementos prescindibles que generan una inflexión innecesaria tanto a nivel endógeno, pues afectan directamente a la consecución de la acción, como a nivel del espectador, que queda repentinamente saturado y fuera del hilo conductor de la narración. León Tolstói es consciente de ello y por ello emplea lo que los franceses llaman le mot just. Es decir, la descripción tolstoiana es siempre la justa y necesaria para cada relato. Nunca sobra ni falta nada porque no se impone como autor ante su propia narración, sino que se limita a que sean los propios personajes, en el devenir de la trama, quienes reclamen los detalles y la manera de reflejarlos en la obra. De esta manera es tan importante la descripción del marco como la que concierne a los sentimientos y recuerdos de los propios personajes. En Tormenta de nieve la encontramos desde las primeras líneas, y su uso será el último elemento imprescindible para configurar el ambiente que permitirá la construcción del verdadero relato que se esconde tras la aparente historia del viajero somnoliento.

Si sorprendente es su capacidad narrativa, aún lo es más la manera en que consigue introducir sus propias dudas como pensador y la búsqueda de su propio ser en la piel del protagonista. Realmente solo existe Tolstói y sus dudas, que se expresan a través de los sueños. Todo lo demás es una excusa para darles una consistencia literaria que permita, a la vez, retratar la sociedad y sus consecuencias frente a la realidad, rebosante de vida. Para ello emplea sagazmente dos situaciones paralelas, una de ellas un recuerdo soñado y otra, cuando por fin llegan al destino, la tormenta se ha detenido y el sol brilla en el firmamento y en la nieve acumulada en la estepa.

Un campesino que lleva una hoz se abre paso entre la multitud de mujeres, niños y ancianos agolpados en el borde y, tras colgar su hoz en la rama de un sauce, se quita lentamente los zapatos.

– ¿Dónde está? ¿Dónde se ha hundido? -sigo preguntando, deseoso de lanzarme hacia allá y hacer algo absolutamente extraordinario.

Pero me señalan la lisa superficie del estanque que de vez en cuando riza el viento que sopla. No entiendo que alguien haya podido ahogarse y el agua continúe tan lisa, tan bella, tan indiferente, lanzando destellos dorados con el sol del mediodía; y entonces aparece en mí la sensación de que no puedo hacer nada, de que no sorprenderé a nadie, sobre todo porque nado muy mal. Mientras tanto el campesino ya se ha sacado la camisa por encima de la cabeza y está a punto de tirarse. Todos lo miran con esperanza y asombro; pero una vez en el agua a la altura de los hombros, vuelve lentamente sobre sus pasos y se pone la camisa: no sabe nadar.

La gente sigue acudiendo, la multitud es cada vez más numerosa, las mujeres se aprietan unas contra otras; pero nadie le presta ayuda. Los que van llegando dan consejos, lanzan suspiros, sus rostros expresan miedo y desesperación; de los que habían llegado al principio, unos se sientan en la hierba, cansados de estar de pie, y otros regresan. La anciana Matriona le pregunta a su hija si cerró la puerta de la estufa; el chiquillo que le llevaba puesta la levita de su padre lanza afanosamente piedrecillas al agua.

¿A quién no le viene a la memoria aquella escena en que Jacinta ve pasar los niños muertos camino del cementerio? La única diferencia existente entre Fortunata y Jacinta y este relato es que Benito Pérez Galdós emplea una sobriedad castiza para describirlo mientras que Tolstói utiliza la sobriedad para algo más trascendental, más profundo y más reflexivo, como es la diferencia entre el horror, la continuidad imparable de la vida frente a la muerte y las miserias sociales que conducen a la humanidad a abandonar a sus semejantes y a acusar descaradamente a Dios por ello, cuando éste no tiene culpa de nada. El terror, en cualquiera de sus facetas, simboliza la maldad encubierta de la sociedad, que tanto horroriza al pobre escritor ruso desde su juventud. Quizás fue tras el sitio de Sevástopol, donde pudo observar el heroísmo y la crueldad de la guerra, cuando tomó conciencia de la soledad del justo y la injusticia de la mayoría de quienes le rodeaban. En uno de sus escritos acerca de la batalla y de su anterior vida ociosa comenta lo siguiente:

He adquirido la convicción de que casi todos eran hombres inmorales, malvados, sin carácter, muy inferiores al tipo de personas que yo había conocido en mi vida de bohemia militar. Y estaban felices y contentos, tal y como puede estarlo la gente cuya conciencia no los acusa de nada.

El miedo será, a partir de entonces, un elemento crucial en su pensamiento, en sus crisis filosóficas y en su literatura. Durante la narración de esta pequeña novela el miedo desborda el mundo onírico para perseguir al protagonista en la ventisca, el peligro de la congelación que les obliga a retroceder varias veces durante la travesía o el miedo a ser asaltado y asesinado. Toda la novela es un símbolo del camino de la vida, sus derroteros, las dificultades impuestas socialmente y la confianza en Dios para superar todos los obstáculos que el ser está dispuesto a sortear con su lucha por la existencia y la felicidad, actitud valiente que Tolstói quisiera tener y que no posee, tal y como reconoce en el relato. Paralelamente en el tiempo podemos comprobar esta obsesión, cuando en Hadjí Murat, su novela póstuma, el héroe checheno le confiesa a Butler un episodio de cobardía en su juventud que conduciría a la muerte de sus protegidos, hecho que le marcó para siempre y le obligaba a luchar por los suyos hasta el final, o cuando Pierre salva a un niño de la quema de un edificio durante el incendio de Moscú en Guerra y paz en una escena calcada a la del ahogado.

La edición en español viene de la mano de Acantilado Editorial, traducido por Selma Ancira en un formato que mantiene el intimismo y la intención final del autor. Incluso la colección en la que está integrada, Cuadernos, alude a su carácter íntimo pero a la vez exigente y difícil.

La tormenta de nieve no es un relato efímero, sino una novela sutil, un viaje accidentado y peligroso hasta el abismo de sus dudas y el interior de las cosas. Un interior que transcurre a través de la vivencia, la ficción, el recuerdo, el paisaje y las emociones, descubriendo como en el caso de Piloto de Guerra al Tolstói filósofo y no sólo al magnífico escritor que nos presentan habitualmente. Una confesión restringida para valientes que quieran adentrarse en las profundidades de la realidad y en el pensamiento del olvidado filósofo ruso.

COMO PASEAR EN UNA NOCHE DE VERANO

– ¡Capitán! ¡Tiran muy fuerte a la izquierda! ¡Desvíe!

Patada.

– ¡Ay!, la cosa se agrava…

Quizás…

La cosa se agrava, pero yo estoy en el interior de las cosas, dispongo de todos mis recuerdos. Y de todas las provisiones que he hecho, y de todos mis amores. Dispongo de mi infancia que se pierde en la noche como se pierde una raíz. Mi vida comenzó con la melancolía de un recuerdo… La cosa se agrava, pero no reconozco en mí nada de lo que pensé que sentiría frente a los zarpazos de estas estrellas fugaces.

Estoy en una región que me llega al corazón. El día muere. Entre las borrascas, a la izquierda, grandes lienzos de luz constituyen fragmentos de vitrales. A dos pasos, casi puedo palpar con la mano las cosas buenas. Los ciruelos con ciruelas, la tierra con olor a tierra. Debe ser bueno caminar a través de tierras húmedas. Sabes, Paula, avanzo suavamente, balanceándome de derecha a izquierda, como un carro de heno. Crees que es rápido un avión… ¡claro, si reflexionas lo es! Pero si olvidas la máquina, si miras, nada más, entonces simplemente paseas por el campo…

Estaba ahí y, sin embargo, ha pasado desapercibido para casi todos. Incluso para los franceses. Para el mundo, Antoine de Saint-Exúpery es El Principito, pero El Principito es tan solo un ensayo poético que resume a Saint-Exúpery y a la propia vida.

Acabo de encontrar al Exúpery que quería encontrar. El que existió. El que fue capaz de sentir todo aquello que reflejó en El Principito hasta dudar en la melancolía, y no el genial fabulador de literatura infantil que durante generaciones nos han hecho creer que era.

Piloto de Guerra (Pilote de Guerre, en el original) es la gran obra del autor francés, un relato autobiográfico escrito en el destierro neoyorquino acerca de la belleza de la vida, la existencia y la ignominia de la guerra. Saint-Exúpery compone las memorias de los días que estuvo al frente de las tareas de reconocimiento llevadas a cabo por la sección 2/33 al final de la Guerre Curieuse, cuando los alemanes comenzaron a invadir Francia ante la impotencia de sus defensores.

A diferencia de otras obras, Piloto de Guerra no es un relato acerca del belicismo y del patriotismo, sino un ensayo filosófico que fluye a través del recuerdo de los sentimientos del autor durante esos días de guerra. Saint-Exúpery observa la muerte, la violencia y el fanatismo de los combatientes y se lamenta por la suerte de aquella sociedad que se estaba deshaciendo en una espiral de venganza y destrucción frente a la realidad que es justa y buena. En un párrafo solemne advierte:

Solo una victoria une, la derrota no solo separa al hombre de los demás hombres, sino que lo separa de sí mismo. Si los fugitivos no lloran sobre una Francia que se desmorona es porque se trata de vencidos, porque Francia está deshecha no en torno a ellos sino en ellos mismos. Llorar por Francia significaría ser vencedor.

A casi todos, tanto a los que todavía resisten como a los que ya no resisten, únicamente más tarde, en las horas del silencio, se les mostrará el rostro de Francia vencida. En ese momento, todos se desgastan en algún detalle vulgar que se rebela o se estropea, contra un camión descompuesto, contra una carretera embotellada, contra una llave de gas que se atasca, contra lo absurdo de una misión. El signo del derrumbamiento es que la misión se vuelva absurda, que se torne absurdo el acto mismo que se opone al derrumbamiento. Porque todo se vuelve sobre sí mismo. No llora uno por el desastre universal, sino únicamente por el objeto del que se es responsable, que es lo único tangible y que se desequilibra. Francia que se desmorona solo es un diluvio de pedazos, de los cuales ninguno muestra un rostro: ni la misión, ni el camión, ni la carretera, ni esta porquería de llave de gas.

Antoine de Saint-Exúpery, con el uniforme del Ejército Francés, antes de iniciar uno de sus vuelos de reconocimiento.
Antoine de Saint-Exúpery, con el uniforme del Ejército Francés, antes de iniciar uno de sus vuelos de reconocimiento.

Es decir, Saint-Exúpery se da cuenta de que la derrota únicamente reside en la concepción de victoria. Para los soldados franceses, impedir el avance alemán es la única vía posible para salvar Francia, olvidando que Francia son los franceses y no el territorio que ocupan. Cuando se ven incapacitados por el brutal avance de las divisiones Panzer los mismos franceses se abandonan, huyen, roban y se dan por vencidos, asumiendo una derrota que no existe ni puede existir jamás. Entonces buscan inocentes a los que cargar las culpas de su incapacidad. Aparece el sabotaje de traidores a una patria que los propios verdugos han asesinado. Francia, indestructible, es asaltada por la propia Francia inmortal.

Pero aún añade un detalle más acerca de la guerra. Los soldados no solo luchan engañados por falacias patrióticas distanciándose de la belleza y la paz del mundo, sino que además la propaganda política intenta que se convierta al enemigo en una bestia, justificando así la venganza y la destrucción. Pero los invasores son también seres humanos que, por algún motivo, están causando ese daño.

El condenado tiene del verdugo la imagen de un robot pálido. Cuando se presenta un hombre como todos, que sabe estornudar y hasta sonreir, el condenado se aferra a la sonrisa como si fuera un camino que condujera a la liberación… Pero solo es un camino fantasma. El verdugo, si bien es cierto que estornuda, le cortará la cabeza. ¿Cómo rechazar la esperanza?

Quizás lo más difícil es enfrentarse a la realidad de las cosas comprobando que el horror procede de la misma sociedad que defendemos, que el acicate que nos conduce a la batalla es el mismo que dirige, en otras circunstancias, a nuestros enemigos.

En su época, y aún ahora, decir que los nazis también eran seres humanos y no bestias levantó muchas ampollas. Mientras el mundo se desangra en mil batallas, mientras millones de personas son aniquiladas en campos de exterminio, Saint-Exúpery, considerado el ejemplo de la lucha antinazi entre la intelectualidad, desmonta el mito de la bestia. Nosotros también arrastramos el germen del nazismo, parece decir. Los seres humanos no somos malos, pero todas las naciones acabamos bebiendo del mismo cáliz que beben los nazis, en nuestra idiotez.

La patada sentó muy mal, como de alguna manera sigue sentando. Charles de Gaulle, cuando regresó al frente de las tropas francesas de liberación, tildó a Saint-Exúpery de nazi y antipatriota por el método de la sofística: si no está con nosotros, es que confraterniza con el enemigo. Los circulos intelectuales de la época tampoco quisieron comprender sus palabras. Antoine de Saint-Exúpery pasó de héroe y ejemplo a traidor cada vez más cerca del punto de mira de la Résistence. Se había topado con la mentira que fundamenta todas las guerras. El único sentido de la lucha es la defensa ante el daño, pero esa realidad ha sido absurdamente banalizada hasta convertirla en un instrumento para hacer el daño, para que miles de personas cojan un fusil y vayan al frente a morir por nada ni nadie.

Ésa tampoco es mi guerra, ni puede ser la nuestra. Ésa es la guerra del maligno que la provoca. No hay defensa en un ataque o en una matanza sin piedad. Y cuando los nazis comenzaron a ser vencidos, a entrar en retirada, todos aquellos soldados, franceses, ingleses, rusos o americanos violaban a las mujeres, quemaban las cosechas y bombardeaban sin piedad las ciudades desprotegidas. ¿Qué diferencia hay entre un nazi y un libertador que no duda en cometer los mismos crímenes que el primero? El nazismo es venganza. La venganza, por desgracia, nunca nos sobra.

Al final del libro, Saint-Exúpery comienza a derrumbarse en la más profunda melancolía. Desde su avión observa las columnas de humo extenderse desde las ciudades que un día estuvieron llenas de vida entre la lluvia y la noche de verano. ¿Tiene sentido reconocer un caos que no van a ser capaces de detener? Ésta guerra es estúpida, dice, pero nosotros

Saint-Exúpery, el segundo por la derecha. Retrato de infancia con sus hermanos. Tendría cinco o seis años. Quizás a esta edad, aún se carteaba con Paula.

hemos aceptado esa estupidez. Ante el peligro, recuerda a su aya Paula, una tirolesa a la que tan solo conoció a través de cartas que, un día, dejaron de llegar. Paula es más que un recuerdo para Saint-Exúpery. Paula lo es todo para él. Paula es su protectora pero a la vez su amor, es alguien perdido pero que sigue estando allí, en cada uno de sus vuelos, en cada ciruela del prado bendito y en cada una de las gotas de agua que luchan por apagar los incendios de la guerra. Paula y la noche, Paula entera, y él, en el interior de las cosas. Paula le reconduce de la mano a su infancia, donde podía ser él mismo. Y se lamenta: ¿por qué los hombres han dejado de ser ellos mismos?

Paula es la realidad inmortal que nunca puede ser vencida. Paula representa a Dios. Y Saint-Exúpery lo sabe en cada uno de sus vuelos.

Esta conversación no se prolongará mucho. ¡Ah, Paula! ¡Si los grupos aéreos tuvieran ayas tirolesas, haría ya mucho tiempo que todo el Grupo 2/33 se hubiera ido a la cama!

Como ocurre con las grandes obras, Piloto de Guerra ha sido trágicamente considerada un relato menor. No es la primera vez que me encuentro con obras excepcionales que han sido pesadas a bulto por los críticos. León Tólstoi y Antoine de Saint-Exúpery comparten bastante en común. Ambos han sido dos escritores que han destacado en el panorama internacional a través de una escritura sin artificialides y con un hilo conductor interno que permite expresar el sentimiento de las cosas, tan difícil de encontrar en unas artes que se empeñan en escribir la historia en función de una tesis y no dejar que la tesis sea consecuencia de esa historia.

Saint-Exúpery y Consuelo Suncín, su gran amor.

Piloto de Guerra posee la misma particularidad que las obras de Tólstoi: son relatos en las que el escritor escribe lo que siente sin alterar nada, dejándose sorprender por la propia historia y la propia realidad contenida en ellas. Son obras de auténticos filósofos o de personas que quieren conocer y no tienen miedo a ello. Porque conocer no es observar a través de un microscopio, sino sentir lo observado, pasar a formar parte del interior de las cosas.

Conocer es un acto de valentía. Significa enfrentarse a la ruptura total con lo que crees conocer para abrirte paso hacia la genuina realidad. Conocer es amar, o terminar amando, mirar a través de una ventana sintiendo a la persona que también estará mirando a través de la suya pensando en tí. Conocer es como pasear por el campo en una noche de verano.

No he podido evitar reconocerme en estas líneas, como filósofo que se enfrenta a las mentiras del mundo. No puedo evitar tampoco reconocer que me hubiera gustado charlar con Saint-Exúpery de la vida y la guerra en una tetería árabe frente al puerto y al zoco. A pesar de todas las discrepancias que han surgido durante la lectura del texto (que han sido muchas) y de la profunda melancolía en la que parece sumergirse el autor, Piloto de Guerra sigue siendo un libro magnífico donde la guerra se presenta como tal, como un acto ejecutado por personas que no son conscientes en realidad del daño que están causando por algo que ni siquiera les corresponde y que nunca les va a corresponder. Quizás no esté hablando del libro más maravilloso que he leído, pero sin duda Piloto de Guerra es un relato exquisito que habla de la vida en un marco de locura y guerra. Un relato que parece especialmente dirigido a las épocas modernas, donde la realidad está más banalizada que nunca. Como concluye Saint-Exúpery:

Mañana tampoco diremos nada. Para los testigos, mañana seremos los vencidos. Los vencidos deben callar. Como las semillas.

MI INSTITUTO

Estudié en un instituto de barrio, con árboles en su jardín, verdes vallas por frotera y un fresco olor a azahar. Estudié en uno de esos centros que los ineptos y los imbéciles se atreven a mirar por encima del hombro. En uno de esos lugares fruto de la democracia proletaria que Robespierre nunca hubiera aceptado. Concebido para una educación minimal vendida como libertad universal.

En mi instituto nunca se han aceptado los métodos y las restricciones. Jamás. El ruido de fondo de los pasillos refleja el empeño de sus profesores. Las voces mezcladas mutilan la educación precaria de esta España moribunda y herida de muerte. En mi instituto se hablaba de cultura. Comentábamos a Unamuno y debatíamos acerca de su pensamiento. Disfrutábamos con los hermanos Machado, escarbábamos en la vida del melancólico pero vital García Lorca y tratábamos de encajar la trascendencia del esperpento en la literatura contemporánea.

Recibíamos clases de lingüística de Fernando Lázaro Carreter a través de uno de sus discípulos, sin duda el más fervoroso y discreto de todos los que pudiera tener. Un hombre que tenía las cosas claras en un tiempo de oscurantismo como el nuestro. Miguel nos enseñó el poso oculto de las lenguas clásicas en el español moderno y a elaborar argumentados comentarios de texto. El teatro clásico y la poesía eran dos de sus obsesiones. Aristóteles y sus normas teatrales, el significado simple y profundo de la obra de Miguel Hernández en la España eterna de mediocridad y negligencia. Un intelectual enviado a un frente de batalla sin más armas que su sabiduría y su fortaleza.

Acaba de jubilarse este año. Se ha retirado como lo hacen los luchadores que han dedicado su vida a la guerra: con esperanza de que un día termine. Detrás ha dejado un instituto culto y ejemplar, digno de sus coloquios de literatura con escritores como Fernando Lalana, Luis del Val o Arturo Pérez-Reverte y de un prototipo de revista cultural que, curiosa brutalidad, justo ahora comienza a ser más culta que nunca.

No es casualidad esto último. En los últimos años mi instituto se ha convertido en una residencia de intelectuales dispuestos a desafiar cualquier adversidad que se presente. Maria José ha recorrido el corazón de España durante su intensa vida docente intentando transmitir el sentimiento profundo de la literatura hispana. Su vocación era capaz de desbordar los márgenes del aula para inundar otros ámbitos, como el coloquio literario. Tertulias de cafetín para aquellos alumnos que querían profundizar más allá de lo aparente. Su paso por La Almunia de Doña Godina también fue significativo. Un pueblo de imagen rural que esconde, gracias al tesón del gran José María Pemán, una actividad cinematográfica envidiable y significativa. Su tesis doctoral sobre la obra de Antonio Muñoz Molina la convierte en un referente acerca del libro más pesado (si se me permite el exabrupto) que he leído hasta el momento: Beatus ille. No es su frase larga ni su ritmo lento aquello que lo convierte en una obra densa, sino la expresión de la acción, carente de detalles en situaciones donde son necesarios y abarrotada de ellos en momentos en los que no hacen falta.

De alguna manera se está cometiendo un grave error en cuanto a la visión que se transmite de la literatura, así como le ocurre a la enseñanza de filosofía. Vargas Llosa, un escritor capaz de realizar una obra sultil y directa como Los Cachorros y de retratar la extraviada sociedad moderna en La ciudad y lo perros, está dilapidando su literatura en sus últimas publicaciones, El sueño del celta y el lamentable ensayo La civilización del espectáculo, con defensores y retractores, como suele ocurrir en estos casos, abriendo debate en prensa y en revistas culturales internacionales (lo último, la defensa del libro que se publicó contra Jorge Volpi en El País). Es inconcebible hablar de la muerte de algo que es consecuencia directa de nuestra realidad humana, como es la cultura. Podrá reducirse o limitarse a un grupo, restringirse u ocultarse a la mirada del mundo, pero mientras exista un solo ser humano seguirá habiendo cultura. El libro de Vargas Llosa es, de alguna manera, un fiel reflejo de la sensación de abandono a las que se tiene sometida tanto a la filosofía como a la cultura en general. El error vuelve a estar en la endogamia. En la maldita endogamia. La filosofía no es para los filósofos (como narra Buñuel en sus memorias Mi último suspiro que le espetó un filósofo contemporáneo), la filosofía lo es todo. Se ha relegado el pensamiento a un papel de circo para la gloria de los académicos, limitada a su fundamentalismo en premisas y concepciones previamente aceptadas y construída a partir de ellas. ¿Dónde ha quedado esa búsqueda de la Verdad que tan bien retrataron los griegos con la expresión amor (philos)? ¿Dónde ha quedado ese conocimiento natural e inexpugnable capaz de alcanzar el conocimiento de cualquier cosa y que nace de nuestra propia existencia humana? No ha muerto, solo ha quedado relegado a unos pocos supervivientes, guerreros de la auténtica filosofía al margen de la imbecilidad social. Tampoco lo ha hecho la cultura, limitada a otro circo, al lucro. Ni la verdadera filosofía ni la genuina cultura se fundamentan el en discurso endogámico, ya que su realidad es contraria a ello. Y ahí está el problema. La enseñanza de la literatura, del cine, de la música o de la filosofía se fundamenta en las viejas glorias, asumiento descaradamente que somos incapaces de conocer por nosotros mismos y de sentir la realidad, como de alguna forma percibió tímidamente María Zambrano y que queda reflejado en el final de Horizonte del liberalismo. Hay que romper esos grilletes aniquiladores que imponen la visión arcaica de la cultura y la filosofía. Ojalá se combinara la literatura histórica con la actual para reflejar a la juventud que no ha muerto, que está ahí y que seguirá existiendo hasta la eternidad. Ojalá pudiera combinarse la España de pandereta de Antonio Machado con la España eternamente moribunda reflejada en De tu ventana a la mía por la maravillosa Paula Ortiz antes de que vengan los analistas e intenten interpretar el film. Por mi parte, me presto voluntario para abrir coloquio o debate sobre este y otros temas, en mi instituto o en cualquier otra parte.

Es cierto que en mi instituto esa ausencia de naturalidad y realidad en la cultura transmitida por la metodología educativa de hoy en día ha estado equilibrada con una actividad cultural trascendental. Emilio Pedro Gómez, poeta incombustible, también se ha jubilado este año. Recuerdo nuestras conversaciones por los pasillos, cuando insistía en que cualquiera que sienta la poesía puede ser poeta. Vinculó como pocos se han atrevido a hacer sus dos pasiones: poesía y matemáticas. En ocasiones inauguraba sus clases de teoremas y corolarios con breves piezas simbólicas de gran belleza y sentimiento, e incluso llevaba algunos de sus libros y de los poemas que había escrito la noche anterior, aún en sucio, para leérnoslos y debatir su sentido. Grande como poeta y enorme como persona, gracias a él quienes pasaron por mi instituto tuvieron la posibilidad de hablar con un poeta vivo sin tener que suspirar por los que ya han muerto y debatir su poesía y el sentido de la misma.

Jesús, escritor de relatos juveniles y de historias descarnadas, acaba de llevar al cine una de ellas, un mediometraje absolutamente concebido en mi instituto, que ha erigido su propia productora, de la mano de Juanjo, uno de los jefes de estudio, y Fernando, un profesor de inglés muy peculiar. Su proyecto ha conseguido demostrar que el buen cine se hace con determinación y tesón, y no a base de talonario, como cree la gente. Han podido dar una lección fuera de la concepción educativa de la política actual: el cine no se concibe en la pantalla, sino detrás de ella. Alumnos y profesores pudieron comprobar la dificultad que supone expresarse con naturalidad bajo la atenta mirada del público y la potente iluminación de los focos. Fue una de la últimas secuencias que se grabaron antes de iniciar el trabajo informático. Una reunión de profesores donde transcurre una escena vital para la trama. Espero hablar pronto acerca de esta película.

Uno de los profesores que acudieron como personajes secundarios a la grabación de la secuencia fue David Mario, ex alumno de María José en otros tiempos y experto en teatro contemporáneo. También pasó por La Almunia de Doña Godina antes de llegar a mi instituto. Su breve paso por el centro supuso una agitación cultural renovadora. Recuerdo su confidencialidad cuando nos contaba asuntos personales, su disposición a apoyarnos en cuestiones literarias ajenas al programa educativo y su decisión a la hora de involucrarse en los proyectos que iban surgiendo. Inolvidable fue su viaje a Madrid, guiándonos por el Barrio de las Letras y por el Museo del Prado. Inolvidable fue también su proyecto de crear un club de lectura y acercar la biblioteca al alumnado, que hoy es un elemento más de las actividades culturales del centro.

No puedo terminar este texto en negrita sin nombrar a otra gran profesora de mi instituto, al que ha dedicado más de veinte años de su vida. Isabel estudió filosofía en Madrid y después de recorrer brevemente el centro de España regresó definitivamente a Aragón. Sus clases de filosofía y ética eran capaces de esquivar la morralla de la que suelen estar rodeada estos temas. Isabel es una persona ejemplar, abierta al debate y transigente en las discusiones. Ojalá no pierda la fe en la filosofía.

Pido disculpas a todos aquellos a los que no dedico un párrafo o una mención pese a merecerlo. No me he olvidado de vosotros, Rosa, Julio, Elva, Maite, Santiago, Beatriz, Magdalena, David Gimeno, Elena y José Antonio, entre otros muchos.

Ahora mi instituto está pasando tiempos difíciles. La educación pública está siendo vapuleada más aún y existe el riesgo de que a corto plazo algunos de los profesores que lo sustentan acaben siendo reorganizados o despedidos. Mi instituto, que fue construido desde la dedicación de los docentes, puede llegar a perder su revista e incluso las reuniones del club de lectura. Ya ha perdido, como consecuencia de la ignominia política, los coloquios literarios en los que participaba. Pero mi instituto es algo más que un centro orientado ignorantemente a la lumpenproletariedad. Es un enclave cultural defendido por personas que aman la cultura. Y eso no lo detiene ni toda la maldad y mezquindad del mundo.

LOS LIBROS DE MR. MORRIS

Me han pasado un cortometraje de animación muy bonito realizado en 2011. Se titula The fantastic flying Books of Mr. Morris Lessmore y dura alrededor de 15 minutos.

Solo una pequeña nota de introducción de mi cosecha:

Porque el sentimiento, al que tan nefastamente renunciamos, nos hace ser plenamente nosotros mismos, y siempre estarán los buenos libros para recordárnoslo.

Bon apétit!

ALEMANES, POR PARTIDA DOBLE

Esta semana se inauguran dos exposiciones de gran relevancia, dos justos homenajes a una parte de nuestra historia zaragozana que ha sido olvidada por las circunstancias que la rodearon y que ha pasado desapercibida hasta ahora.

La primera de ellas es Art-Studio Gustavo Freudenthal. Zaragoza, 1906-1930,que será la primera exposición en honor al fotógrafo y cónsul alemán en Zaragoza Gustav Freudenthal y que se inagura mañana martes 8 de mayo a las 20 h. en el Paraninfo (Plaza Basilio Paraíso). Nacido en Hannover en 1869, trabajó en el Estudio Fotográfico Napoleón de Barcelona y en el gabinete madrileño de Christian Francen antes de conseguir el título de proveedor de la Casa Real y abrir un primer estudio en el Coso 31 en 1905. Sus fotografías fueron un retrato ineludible de la realidad zaragozana de las primeras décadas del siglo XX, trabajando el retrato profesional hasta el artístico, pasando por la labor periodística, siendo uno de los primeros fotorreporteros aragoneses. Uno de sus más célebres retratos es el que realizó a Albert Einstein en 1929 cuando impartió dos conferencias sobre la teoría de la relatividad y la estructura del espacio en la Facultad de Medicina de la Universidad de Zaragoza. Cuenta la leyenda que a comienzos de los años treinta fotografió a una bella y joven dama que resultó ser la amante de un político local cayendo en desgracia, lo que le obligó a exiliarse a San Sebastián. Sea como fuere, en 1932 cesa como cónsul y se ve obligado a abandonar Zaragoza por un tiempo, siendo sustituido por Schmitz, enviado desde la Alemania nazi.

¿Qué hacía un nazi en una ciudad de provincias como Zaragoza, además de ostentar el título de cónsul? A esta cuestión responde la exposición La pequeña Alemania de Zaragoza. La aventura de los germanos que llegaron de Camerún (1916-1956), que rinde un trascendental homenaje a la colonia alemana que se afincó en Zaragoza tras la invasión de Camerún por parte de las tropas aliadas en la Gran Guerra. Trescientos germanos llegados del corazón de África que dieron un giro trascendental y cosmopolita a la Zaragoza antañona de comienzos de siglo, popularizando enclaves como la Sala Oasis o Los Espumosos, la actividad universitaria o deportes como el fútbol (el Camerún FC fue el precedente del que, años más tarde, sería el Real Zaragoza), además de modernizar la industria (El Tinte de los Alemanes fue la primera cadena de tiendas dedicada al lavado y secado de prendas en la ciudad) y abrir a la Europa lejana y distante a una burguesía encerrada y fundamentada en las costumbres de sus ancestros mediante su kindergarten y el posterior Colegio Alemán de Zaragoza, donde los niños tenían acceso sin restricciones a la cultura europea. La exposición es un repertorio de fotografías, objetos y otros artículos que son testimonio de la historia de una ciudad a través de la apacible vida de estos germanos y sus familias hasta el desmoronamiento de la colonia tras el particular horror que les tocó vivir durante los años de auge del nacionalsocialismo alemán. La exposición es fruto del trabajo de investigación realizado por Sergio del Molino y que se materializó en un libro, Soldados en el jardín de la paz, y en este blog, en el artículo Soldados en el friedhof. La inauguración tendrá lugar el jueves 10 de mayo a las 19 h. en el Centro de Historias de Zaragoza.

 

NOTA: pueden encontrar más información en el blog de Antón Castro y en el de Sergio del Molino pinchando en los enlaces correspondientes de la barra lateral de este blog.

EX LIBRIS

En agosto se cumplirá un año desde que estuve en el desembalaje de antigüedades de Torrelavega. Fue fortuito, ni siquiera sabía que existía hasta uno o dos días antes de su inauguración. No sé si me dieron el folleto en Noja, en Isla o en Cabezón de la Sal, pero sí que me dieron un pasquín colorido y rimbombante, parco en explicaciones, dirigido a un público concreto que no necesita que se las den.

El último día que permanecí en Cantabria me pasé por allí. Era la hora de la comida y algunos anticuarios habían extendido mesas plegables y sillas haciendo picnic, olvidando que no se encontraban en Berria sino en un mercado industrial que aún conservaba su olor a ganado. Recorrí algunos puestos pudiendo reconocer varias voces extranjeras, que otorgaban un toque exótico a un recinto rural, frío y solitario. Algunos vendían mobiliario antiguo, mezclando piezas hegemónicas con otras de aspecto decrépito a las que les faltaba una buena restauración, o bien unas simples manos de barniz al tinte que disimularan los desperfectos ocasionados por el tiempo y la mala vida de almacén. Otros, sin embargo, se especializaban en papeles o en material de escritura, en coleccionismo o en rarezas históricas y militares. Podías encontrar objetos atribuídos a líderes políticos comtemporáneos o los primeros números de revistas extintas, incluso estilográficas de gran belleza y cuartillas con mensajes revolucionarios que harían las delicias de cualquier buen coleccionista. Pero donde pasé la mayor parte de mi tiempo fue en aquellos puestos consagrados al estraperlo intrahistórico, ésto es, al comercio con objetos personales.

Nada produce en mí más excitación y a la vez repulsa que el trapicheo con cartas, postales, libros o fotografías de personas que ya no están o no pueden defender su patrimonio. Me produce cierto ardor de estómago pensar que un retrato íntimo o la postal escrita por los amantes puedan acabar entre una muchedumbre de objetos sin catalogar, desvestidos del romanticismo que poseían y manoseados por unos clientes ávidos de conseguir piezas para sus colecciones personales. Imagino todos esos objetos a la intemperie y me dan escalofríos. ¿Pueden acabar un día nuestras cartas, nuestros diarios, nuestras postales o nuestras fotografías en un desguace de antigüedades? Quien sabe, quizás acaben suplicando clemencia con su presencia inanimada a los furtivos paseantes de un mercadillo de barrio.

Hay algo de macabro, hasta de obsceno, en toda esta práctica contrabandística que involucra tanto a clientes como a vendedores. En Torrelavega encontré varios puestos dedicados a la venta de postales. La gente revolvía en los montones escarvando con el ansia de un expoliador arqueológico ante un yacimiento sin explotar mientras los anticuarios invadían agresivamente la intimidad de la plebe, como si fueran los guardianes de un templo y los objetos, sus reliquias sagradas.

Todo en el mundillo ex libris está desprovisto del sentimiento que debería rodear a los objetos con los que se trafica. El anticuario no se comporta como un vendedor más, sino como un censor que decide quién adquiere lo que considera valioso o quién no es digno de ello. Es un mundo sucio asentado en el lucro donde solo importa el beneficio y la posibilidad de poseer una buena pieza en la que la mayoría de los anticuarios y los clientes solo compran o venden sin importarles ni la historia ni lo que significa aquello que tienen entre manos. Lo más buscado entre muchos coleccionistas, en ese afán viperino por acumular bienes que nunca usarán ni apreciarán, es el acceso a la trastienda del anticuario, donde guarda los objetos mejor considerados. Es como el acceso al sancta sanctorum de una logia, que requiere un formalismo previo y una serena actitud religiosa que garantice la confianza de sus guardianes. La mayoría de las trastiendas no tienen nada de especial para el comprador que busca algo más que rarezas desproporcionadamente caras justificadas mediante historias fantásticas. Es un mundo de apariencias y prejuicios donde, lamentablemente, el auténtico recopilador de historias queda al margen del negocio.

Si algo tiene de emocionante todo este embrollo es la posibilidad de descubrir aquello que nadie ha descubierto aún. Lejos del milimetrismo del oficio, donde la venta se diferencia entre la destinada al populacho y la dirigida a un público comercial, existe un recodo inexpugnable, presente en todo mercadillo, puesto o tienda de antigüedades, en la que poder recrearse ante objetos significativos que no han sido interceptados todavía por el vendedor. Inocentes postales que encubren mensajes secretos, fotografías relevantes o pasquines reveladores; muebles que son capaces de trasladarte a la aristocracia rusa o a los restos de un antiguo tesoro familiar. Imaginar o descubrir esa intrahistoria, la genuina Historia, es la belleza de un oficio que ha perdido su esencia.

¿Cómo hemos podido convertir algo tan hermoso como la recopilación del legado de nuestros antepasados en un vulgar trapicheo? Muchas veces lo pienso ante álbumes fotográficos de familias desconocidas o ante las letras de amor que dirige una madre a su hijo médico que vive a miles de kilómetros de distancia, mientras el vendedor me intimida con la mirada. ¿Cómo puede haber sucumbido el sentimiento a la miseria de su nulidad? El viento, impasible, sigue arrastrando los recuerdos desnudos entre adoquines mojados y la humanidad que habita el mercadillo.

VESTIR EN PIJAMA

Quizá lo más doloroso y lo más recomendable sea asumir lo que dice Rafael Reig en Literatura para caníbales: la literatura no es más que un señor en pijama que escribe en una casa para que le lea otro señor en pijama en otra casa. Nada más, ni nada menos. Lo demás es coctelería y tramoya.

Debía esta crítica desde hacía mucho tiempo y no es por casualidad. No soy un devorador de libros, ni un leviatán de librería, ni siquiera soy capaz de combinar con cierto éxito la lectura de dos libros y no abandonarlos en el intento. Pero he leído suficientes textos como para distinguir entre lo que es auténtica literatura y lo que simplemente la imita. Libros de renombrados autores incapaces de emocionar en sus escenas, obras de nóveles y consagrados absolutamente desprovistas de una historia que contar y algo que transmitir aunque sus contraportadas aseguren que algo se cuenta y se transmite. Pocos libros han sido capaces de emocionarme de verdad y despertar en mí la necesidad suficiente como para leerlos una y otra vez hasta desenterrar cada detalle oculto, cada verdad escondida, cada fugaz sentimiento extraviado en la lectura pasajera.

El restaurante favorito de Nina Hagen es uno de esos libros maravillosos en los que nunca terminas de encontrar retazos y símbolos que te fascinan con cada lectura. Lo acabé de leer hace meses, al sol de poniente frente al mediterráneo, recordando la frase atribuída a Marco Varelio Marcial: poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces. Y es que tanto libro como autor comparten la mordacidad y el sentimiento con que redactaba Marcial sus epigramas.

El restaurante favorito de Nina Hagen es una sucesión entretejida de artículos novelados escritos por Sergio del Molino tanto en papel como en su blog personal, que se fusionan hasta configurar la ventana a una vida, la vida de un Sergio paralelo, dual, un Sergio que no es Sergio pero que es fácilmente identificable con él. El libro es una oda a los recuerdos, una sucesión de imágenes cargadas de un vitalismo desbordante capaz de abstraer al lector en cada una de las historias que se cuentan hasta trasladarlo a un mundo distinto, una nueva existencia para la que nosotros somos su reflejo intrascendente y no el petulante ser que se refleja.

Es precisamente la sencillez de su prosa, liberada de fastuosidades y futilidades, la que junto a la naturalidad de los relatos consiguen dotar al texto de la profundidad y el sentimiento que poseen, haciéndolo único, veraz y puro hasta convertirlo en una lectura necesaria y trascendental, en un relato íntimo que parece extraído de las páginas de un polvoriento y olvidado diario que no importa a nadie. Si un mensaje puede destilarse de este desbordante cuaderno de notas es la necesidad de retornar a la sencillez, a la expresión absoluta de la realidad en toda su dimensión y existencia, sin temor a ser nosotros mismos y sin ostentosidades inútiles añadidas a esa realidad.

Si ese santoral laico español existe -con todos los atributos que le son propios, con sus hagiografías, su liturgia, su iconografía, su milagrería y sus fanáticos devotos-, Antonio Machado tiene que ser el Santiago y cierra España. Aún diría más: Antonio Machado sería el equivalente de la Virgen del Pilar. Y Serrat, su profeta.

He pasado por delante de su casa-museo, pero no la he visitado. Me he quedado fuera mirando desde la cancela de la estampa de Machado recortada en la ventana del primer piso, como si estuviera asomado a ella, y me he acordado de la casa de Bernardette en Lourdes (el lugar más espantoso del mundo después del autoservicio para autobuses de Esteras de Medinaceli). Efectivamente, como el Lourdes, estaba contemplando la casa de un santo, y las veces que me he plantado silencioso y solemne junto a su tumba en Colliure, he venerado unas reliquias de santo. Sin duda.

De repente, me ha parecido indigno. Tengo una propensión natural a recelar de los mitos, de las beaterías y de las cosas que no admiten debate. me sigue gustando que la estación se llame Guiomar, pero ahora la veo como a una virgen, y para ser virgen, folló y se rió demasiado. ¿Es que los humanos no sabemos recordar homenajear sin caer en misticismos religiosos?

Sergio intenta huir de la nostalgia que encierra el recuerdo, aunque es incapaz de conseguirlo. El libro es un retrato de momentos olvidados, vivencias que se han perdido en la eternidad del tiempo y de amigos y seres queridos que ya no están. Cada rincón es una oda a la memoria de Pablo y a la complicada relación entre padres e hijos. Sin embargo elude recrearse en el suspiro melancólico para construir un relato vivo y alegre, esperanzador y poderoso, con vida propia, capaz de desbordarse de las palabras y los márgenes de las páginas.

Pero El restaurante favorito de Nina Hagen es mucho más que recuerdos fabulados. Es el cuaderno íntimo que un viajero, el retrato de una época y sus corrientes culturales narradas desde la visión de quien las ha vivido y sentido con toda intensidad. Resulta interesante el papel contradictorio que juegan las siglas. Puedes llegar a identificar en ellas personas, asociarlas a nombres y apellidos, creer reconocer voces escondidas bajo su anonimato y, sin embargo, ser incapaz de confirmar que se trata de ésta o aquella persona hasta asumir, como el lector desvinculado del panorama cultural zaragozano, que las iniciales son personajes inexistentes con pequeñas trazas de gente real, pero inventados. Una vez más, la realidad es el reflejo y no quien se refleja.

Además, es un discurso que oscila entre la reivindicación y la reflexión filosófica, que navega a través de la experiencia de los relatos, siempre narrados con grandes dosis de humor y seriedad a un tiempo. Sin duda es ésta la principal faceta de Sergio del Molino, con la que embriaga toda su literatura. No es sencillo aunar seriedad con humor sin caer en el aburrimiento o en el apoltronamiento de formas. Y esto lo convierte en un escritor dinámico en su estilo y soberbio en su mensaje, capaz de deleitar mundanamente y a la vez sumergir al lector en un mar de interrogantes acerca de la realidad que a nadie pueden dejar indiferente.

La edición del libro ha corrido a cargo de un gran amante de la literatura, Sergio Navarro Villar, a través de su sello Anorak Ediciones, una editorial intimista y selectiva que cuida tanto a sus autores como a los lectores de los libros que publican.

Resulta curioso el menosprecio al que se somete a los relatos cortos. Ha sucedido con relatos de grandes escritores que han sido condenados a la ignominia que supone la denominación de novela menor. Ninguna novela puede valorarse a peso, sino por la capacidad de transmitir que posee el texto. Y El restaurante favorito de Nina Hagen es una de esas obras desbordantes que un día acabarán eclipsadas ante la despampanante bibliografía de su autor y caerán en el olvido, siendo su lectura de los pocos privilegiados que sepan apreciar su enorme profundidad.

No quiero destripar el libro y espero no haberlo hecho. Extraerle su jugo depende de cada lector. Quiero terminar con unos versos con los que el propio autor introduce el libro. Son del rockero Paul Westerberg, lider y compositor de la banda ochentera de rock alternativo The replacements.

Here comes a regular
Call out your name.
Here comes a regular.
Am I the only one who feels ashamed?

Versos muy significativos ante los que no se puede evitar recordar los que los preceden:

And everybody wants to be special here
They call your name out loud and clear.

¿Quién no echa en falta más tipos en pijama en este mundo que nos rodea?

EMILIO PEDRO GÓMEZ: UN POEMA VIAJERO

Ya que hoy es el día de la poesía, voy a compartir un poema. No es mío, es del incombustible Emilio Pedro Gómez, poeta aragonés nacido en Astorga (León) en 1951, artesano de una poética moderna y cultivada cargada con inusual naturalidad del sentimiento que la poesía nunca debería haber perdido.

Hace unos días me envió una de sus joyas, uno de sus célebres poemas «viajeros», escrito como motivo de un viaje reciente. Me comentaba lo siguiente:

El viaje a Bolonia tuvo un protagonismo relativamente inesperado: la nieve. Encontramos una ciudad por ella transfigurada. Luego se aplacaron las bajas temperaturas y contemplamos deshacerse el inicial horizonte blanco de las calles. Por esi esto no bastara, en la mañana del penúltimo día disfrutamos de una generosa nevada en Módena…

Te envío imágenes y versos captados esos días. No representan su esencia, pero a veces lo más íntimo brota del vestido más externo del paisaje.

Disfruten del poema.

DESPUÉS DE LA DESAPARICIÓN (Por Emilio Pedro Gómez, alrededor de Bolonia. Febrero de 2012)

Se desvanece el símbolo
que en su abrazarse al mundo
lo ensalzaba.
 
Ya sin nieve los árboles nostálgicos
las despojadas tejas
los gestos abrumados de las casas
reclaman a la luz
                misericordia.
 
Descubierto de olvido
el muro es piedra
las verjas son de óxido
de plástico, otra vez, la marquesina.
 
Resurgen invasoras
                las naves industriales
el veneno sin flujo del asfalto
entintando de adiós
                               cada recodo.
 
Qué estéril nieve seca
                               sin su vidrio
qué pulso de destierro
qué moho de otro presente
qué gradiente de hollín
                               sobre las cosas.
Qué triste,
                en su desnudo,
                                               todo.
 

Esta fotografía ha sido realizada por el fotógrafo italiano Andrea Mucelli en Balestrino (Italia), y tomada de la web tejiendoelmundo.wordpress.com/.

PD: A petición del propio autor del poema, cuelgo el powerpoint que me envió. En él podrán encontrar además las fotografías que fue realizando durante su estancia en Bolonia y alrededores.

Se va..

SÍRVASE USTED MISMO

Al comienzo de Horizonte del Liberalismo aparece:

He creido impropio aducir citas en el curso de estas páginas, por no ser ellas un trabajo de investigación, para el que haya sido precisa una preparación especial.

Cuando se publicó el libro, al comienzo de la década de los años treinta, María Zambrano rondaba los veintiséis años y acababa de estrenarse como escritora en el complicado ámbito del ensayo. El ambiente que la rodeaba no era precisamente amical, dominado por una cultura fraccionada en vanguardias y una filosofía decadente a medio timón entre el nihilismo alemán y el bakunista regida con solemnidad académica desde las grandes urbes centroeuropeas. Por eso sorprende bastante encontrarse como prólogo una nota con la sinceridad y la pureza suficientes como para convertir lo que pretende ser un cuaderno de notas en todo un ejemplo de cómo debe escribirse un ensayo por encima de los decretos con que los académicos han conseguido pastorear y limitar la profundidad y frescura de este género.

Descubriré mis cartas: no suelo leer demasiado ensayo, y mucho menos, si es filosófico. No hay nada peor para alguien que tiende a conocer por sí mismo que tener que discrepar con cada párrafo de un libro. Sin embargo, y a pesar de mi hostilidad ante este tipo de lecturas, suelo agenciarme textos de todo tipo de temas y autores que voy leyendo en pequeñas dosis, dejándome llevar por el diálogo entre escritor y lector que fundamenta la existencia de la literatura. En el caso de Horizonte del Liberalismo me llegó como regalo, ya que el ejemplar había sido liberado por una biblioteca y acabó recayendo en mis manos. Lo primero que hice, como hago casi siempre, fue leer su final. Dice así:

Y es que cuando el mundo está en crisis y el horizonte que la inteligencia otea aparece ennegrecido de inminentes peligros; cuando la razón estéril se retira, reseca de luchar sin resultado, y la sensibilidad quebrada solo recoge el fragmento, el detalle, nos queda solo una vía de esperanza: el sentimiento, el amor, que, repitiendo el milagro, vuelva a crear el mundo.

Se refiere a un futuro capaz de ser vislumbrado en la época en la que lo escribe: en una sociedad asustada por el miedo a la guerra y fundamentada en la venganza donde el pensamiento está cada día más fragmentado, degradado y aniquilado, es necesario retornar cuanto antes a la realidad, a lo que somos, y reparar todo el daño ocasionado, exactamente lo que necesitamos en nuestros días con vital urgencia.

Sin embargo, lo que más me llamó la atención es el párrafo que corona el prólogo. ¿Seríamos hoy capaces de rebelarnos contra el dogma académico y dedicarnos a escribir de verdad? Existe una obsesión irritante por relacionar cada texto, párrafo o línea con otra ya existente, como si todo tuviera que ser una copia de algo previo, como si nadie más pudiera pensar por sí mismo o escribir genuinamente en un estilo similar al que alguien del pasado utilizaba. La teoría de las Ideas reventada en las universidades occidentales.

Es cierto que cuando se escribe el autor suele fundamentarse en el estilo y los métodos de sus antecesores que más se corresponden con lo que pretende trasmitir y con su estilo personal, único e irrepetible. Pero una cosa es utilizar los diferentes estilos como acicate para reforzar el tuyo propio y otra emplearlos a discrección, copiando directamente la técnica de otra persona sin pudor alguno. No es lo mismo tomar referencias que copiar, y por eso mientras en el primero se translucen rasgos emparentados con otros ya conocidos, en el segundo caso el esquema de lo nuevo y lo viejo es exactamente el mismo, como si fueran copias anacrónicas de un mismo texto. Esta diferencia ha sido llevada al extremo, castigando de forma desproporcionada al género del ensayo a causa de su estilo elocuente y, teóricamente, sincero.

No creo que a Montaigne le gustara lo que se está haciendo con el método que con esfuerzo levantó en el ambiente filosófico. Tengo la colección de sus Essays (en français, of course) y si algo creo haber notado que se transparentaba de ellos no es precisamente un meapilismo pedante hacia el lector, ni siquiera un intercambio de palmoteos dorsales con los otros pensadores que pudieran llegar a leerlos, sino naturalidad escrita según los cánones de la época. Hoy en día, si un ensayista renunciara a añadir citas por no haber tomado referencias ni consultado ningún otro texto, obra y autor arderían probablemente en la hoguera. El ensayo no puede generalizarse ni limitarse al caso de una temática fundamentada en una investigación sobre obras o sucesos ya existentes porque no todo lo que es ensayo se centra en la investigación. El ensayo filosófico es, con diferencia, el mejor ejemplo posible. Salvo que nos refiramos a la vida y obra de un pensador (por lo que ya no será necesariamente filosófico, sino histórico y analítico), no tiene sentido justificar ante el censor académico el conocimiento propio del filósofo con el recogido por los pensadores del pasado, porque la realidad no es siquiera un estilo literario o un método cartesiano que aplicar y al cual referenciar, sino algo que no depende de nosotros para que exista y que puede ser conocido directamente sin necesidad de haber tenido contacto con ninguna otra obra. No debe de ser aceptarse jamás que el conocimiento de alguien quede reducido a simples notas de la filosofía anterior. El ensayo es un estilo puro, fresco y centrado en el contenido, y por tanto no tiene sentido reducirlo a una serie de expresiones míseras incapaces de transmitir algo por sí mismas.

María Zambrano se atrevió en su primer libro. Ojalá nos atrevamos nosotros también.

ENGAÑO MEDULAR

Perdonen el abandono al que tengo sometido al blog, pero lo cierto es que estoy pasando una temporada muy ajetreada y apenas tengo tiempo para escribir con tranquilidad y dedicación.

Hoy hago un inciso. Me ha llegado a través de Sergio del Molino una denuncia de la polémica generada entre la empresa alemana DKMS y el sistema sanitario español, que es acusado de no atender como corresponde a pacientes en espera de un transplante de médula.

No sé si ustedes habrán oído algo al respecto. Un servidor, balbuceos periodísticos que tanto quitan como ponen y que no llevan a ninguna parte. Pero lo cierto es que desde el principio me dió qué pensar y no me había quedado tranquilo al respecto. Es muy grave que no se conozca con absoluta claridad una situación que nos concierne a todos y que además está falseada porque la sanidad pública, pese a los indiscriminados recortes llevados a cabo por las administraciones, sigue siendo puntera en investigación e intervención contra el cáncer gracias a la increíble dedicación de los profesionales que hacen todo lo posible por salvar vidas.

La sociedad no debe formarse opiniones, sino desligarse de una vez por todas del ridículo de la opinión y centrarse en conocer la realidad, única y verdadera, y para eso hacen falta veracidad y reflexión.

Por eso, con el permiso de Sergio y Cristina, publico aquí los dos artículos aparecidos en Heraldo de Aragón de su autoría. Porque desgraciadamente saben de lo que hablan y sus voces, convertidas en texto, merecen todo mi apoyo y la mayor difusión posible.

Altruista, anónimo y comprometido [«La ciudad pixelada», en el suplemento «Heraldo Domingo», de Heraldo de Aragón. 22/01/2012. Por Sergio del Molino]

Tiene razón Rafael Matesanz al pulsar todas las alarmas y llamar la atención sobre el debate que se ha abierto en torno al sistema de donación de órganos en España. Ha surgido a raíz del caso de Hugo Pérez, enfermo de leucemia que ha recurrido a los servicios de una organización alemana, DKMS, para buscar un donante de médula ósea compatible.

Por desgracia, conozco demasiado bien el funcionamiento del sistema de donación de médula ósea en este país, he visto trabajar a los profesionales que lo hacen posible, y comparto plenamente los temores de Matesanz: si se abre un debate que cuestione el modelo español, corremos el riesgo de quebrarlo. Entiendo la desesperación de un enfermo de leucemia que se siente desahuciado —no saben hasta qué punto—, y comprendo también que ese enfermo toque todas las teclas y remueva todas las arenas posibles para encontrar su salvación. Pero la sociedad debería serenarse, informarse y no agitar un debate al calor de las emociones del momento, porque las cosas son mucho más complicadas y peligrosas de lo que un arrebato sentimental puede dejar entrever.

Padezco una enfermedad congénita que no es grave ni me incapacita para nada, pero que me excluye como posible donante de médula ósea. Aunque me inscribí en el registro internacional y me hice las pruebas pertinentes, la Fundación Josep Carreras rechazó mi solicitud por esta causa. Me enfurecí mucho conmigo mismo, pero entendí el rigor de sus criterios de selección. No pueden jugar con algo tan serio.

Cualquiera no sirve para donante. ¿No se han fijado en que apenas hay campañas en los medios para convencer a nuevos donantes de médula? Así como varios organismos solicitan constantemente donaciones de sangre, no hay marquesinas de autobús ni anuncios televisivos que reclamen médula ósea. De hecho, cualquier persona que, como yo o muchos de mis familiares y amigos, haya acudido a un centro médico autorizado para inscribirse como donante, habrá sentido que los hematólogos responsables intentan disuadirlo en lugar de convencerlo, haciendo mucho hincapié en los contras del proceso.

Esto es así porque se buscan donantes comprometidos, no personas conmovidas por un caso concreto que sueñan con salvar a tal niño o a tal enfermo. Se reclama serenidad y buen juicio, no entrega pasional y pasajera. Desde que alguien se inscribe en el Registro de Donantes de Médula Ósea (REDMO, en Aragón lo atienden los servicios de hematología de los hospitales Miguel Servet y Clínico) hasta que efectivamente algún enfermo de cualquier parte del mundo necesita esa médula, pueden pasar muchos años. De hecho, lo más probable es que no llamen nunca al posible donante, las posibilidades son de una entre quinientas. Cuando contactan con ellos, muchos de estos donantes compulsivos no solo han olvidado al emotivo enfermo que les indujo a inscribirse, sino que han olvidado incluso que estaban inscritos. Y, en algunos casos, la perspectiva de acudir a un quirófano para someterse a un proceso molesto, les horroriza. Por tanto, se niegan, condenando a una probable muerte al posible receptor. Para evitar estas situaciones, los gestores de REDMO solo quieren candidatos convencidos y plenamente conscientes de la importancia de su compromiso, por eso no hacen llamamientos masivos y han establecido un protocolo de inscripción muy rígido que no todo el mundo entiende. Se trata, efectivamente, de salvar vidas, y para eso se ha revelado mucho más eficaz el trabajo discreto y puntilloso de los profesionales que el ruido grosero del márquetin.

Las mentiras de DKMS. Publicado en «Heraldo de Aragón». 20/01/2012. Por Cristina Delgado.