Político-moralistas

Hace doscientos años, una nueva élite de personajes políticos consiguió virar el panorama social de la época hasta latitudes insospechadas, tanto que hoy la Historia no se explica sin su presencia y sus acciones rocambolescas. Estos personajes, hombres uniformados, casi siempre con galones, símbolos de honrosas batallas; rodeados de camarilla castrense y eufóricos amantes de la doctrina militar, eran considerados gente de bien. Respetada. Incluso auténticos mesías. Eran, como no podía ser de otra forma, lo que los historiadores contemporáneos harían bien de llamar «político-militares». Militares casi de cuna, de una España -y si se me apura, Europa- cainita y amoral donde cada cual buscaba su trocito diminuto de pan donde podía. Casi como ocurre ahora. Algunos eran descendientes de nobles, o de candidatos a la nobleza, procedentes de una burguesía apenas en expansión que había acaparado por aquellos días el absoluto control y palmoteo dorsal del país de la piel de toro. Pero eran los menos. Los más, pequeños burgueses o simplemente hijos de obreros y campesinos con algún posible remendado a base de dolor, miedo y esperanza, eran la luz de la prosperidad de sus familiares, que ansiosos de salir del pozo de la miseria o de conseguir escalar en el escalafón social semiestamental del siglo XIX habían lanzado a sus vástagos varones a la guerra, al cóctel de la muerte, al servicio del país.
Por eso, cuando el panorama emprendió su cambio y el soldado era un aliado más en revoluciones y dispensas cada vez que un político no terminaba de cuajar en los intereses de los distintos estamentos sociales un militar, de cierto rango y con disposición revolucionaria se alzaba, convencido de su misión existencial de salvar a España de todos sus males presentes y futuros, en un pronunciamiento que en la gran mayoría de las veces quedaba resuelto en alguna pena de muerte para el pronunciado y algún castigo ejemplar para sus cómplices, igualmente sufridos «mesías» de un país del que ahora podían aprovecharse para resurgir socialmente.

Tras doscientos años de anécdotas históricas, estudios de cátedra e intentos, en ocasiones infructuosos de comprender qué pretendían realmente a lo largo de sus gobiernos estos misteriosos dandis del tintero y el fusil, en otra época de cambio, no político pero sí conceptual ha comenzado a resurgir lo propio y una nueva casta política acecha al mundo, y en concreto a España, cuya pretensión única es la de imponer sus convicciones e ideas sintiéndose deudores morales de un país o unos países de los que proceden y de los que sienten la cuna.
Me refiero a todos aquellos hombres y mujeres, civiles, gracias a Dios, que leídos de sonatas legales y educados en el relativismo moral y en la supuesta, pero falsa, omnipotencia de las leyes aprobadas y aceptadas por consenso centran su política en una constante legislación moralista con la que conducir al «descarriado» pueblo vástago hacia la «luz» de la verdad moral, evitándole el enfrentamiento a lo considerado negativo o despreciable y centrándolo por el bien común en un mundo puro, moral, dirigido por leyes e intereses y, sobre todo, protector de los actuales esquemas sociales, tan alegremente aceptados por convención por tales personajes de vida política.

Me refiero, no se equivoquen ni malinterpreten, a lo que he considerado conveniente bautizar como «político-moralistas».

Afortunadamente, y digo afortunadamente porque jamás una ley podrá dictar sentencia a la realidad de la que debe partir lo que comúnmente se llama «moral», no todos los políticos pertenecen a este rango, al igual que hace doscientos años tampoco todos los presidentes de gobierno se podían enmarcar en el concepto de político-militar.
Ahora, más que nunca, puedo decir que se impone el relativismo sofístico, mero guardián de lo que verdaderamente se esconde tras su espantosa sombra: la configuración de un mundo acorde a los intereses y a la visión del mismo de un puñado de personajes. O quizás de la gran mayoría de la sociedad, convencionalizada e incapaz de discernir reflexivamente con un poco de garbo y audacia. Es posible que algunos de estos personajes estén convencidos de que lo que hacen lo hacen por beneficio común. No lo niego. Mas eso no ampara el positivismo de sus actos ni su correcta aplicación e intención.
También es posible que uno de los principales motivos que han degenerado en esta situación sea la propia y necesaria instauración de una política que se preocupa por el pueblo, que le da voz y con mayores honores, voto. Lo cierto es que será un popurrí de causas, cognoscibles sin demasiado esfuerzo por cualquiera de nosotros lo que ha llevado a que la política acabe en una censura moralista y el ciudadano, en un estado de conformismo y dependencia verdaderamente alarmantes.
Si no, ¿cómo explicar que no solamente en España, sino en toda Europa se pretenda meter mano anacrónica a grandes obras universales y a textos literarios leídos por cientos de generaciones anteriores, que son la base de nuestra actual concepción del mundo? ¿Qué sentido tiene atreverse a minar el significado del cuento infantil en nombre de «machismos», «feminismos», «violencias» inexplicables y «sobreproteccionismos», sobre todo de proteccionismo? ¿O la modificación inexplicable del lenguaje? ¿O la estrambótica mezcla términos dispares como la igualdad y el ecologismo?

Todas esas ideas, todos esos intentos descabellados que derivan ilógicamente en leyes y tratados amparados bajo el abstracto paraguas de lo políticamente correcto, cuyo rango de actuación es la persecución del detractor y cuya única explicación viene definida en todos los casos por el concepto de delito, no tienen otra intención que la de generar una sociedad acorde a los principios e ideas de quienes gobiernan el Estado al que dicha sociedad pertenece. Y, vuelvo a repetir, ni dudo de la buena intención de alguno de los aludidos ni del acierto de sus tesis reformistas. De lo que sí que discrepo es de la aplicación legal para intentar consolidar a la fuerza unas percepciones de la realidad que no tienen porqué ser compartidas por aquellas personas a las que se dirigen, eso sin tener en cuenta de que tales tesis se correspondan verdaderamente con la realidad y no hagan más que empeorar la situación.

No sé si se habrán dado cuenta de que esa dependencia e inaceptable justificación de la realidad y los hechos reales en la legalidad nos está desvirtuando tanto como seres humanos y cognoscitivos como en nuestra correspondencia con la mencionada realidad. Lo primero a causa de la dependencia a la legalidad, al consenso y a la sociedad a la que se le comienza a entronizar y a rendir un descarado culto. Los seres humanos no somos animalillos autómatas, no necesitamos autoridad. Necesitamos comprender, conocer, porque ésa es nuestra naturaleza. Sobre todo discernir sintiéndonos lo que somos. Necesitamos dar un paso y estar seguros de ello por nosotros mismos, por la correspondencia existente con la realidad que nos rodea, y no tener que pedir ingenuo permiso para llevarlo a cabo. Cuando existen violencias y daños ejercidos por gente gustosa de tales actividades no se debe a una naturaleza cainita, o a una educación desastrosa y violenta (aunque este apartado tendrá bastante que ver) o a un vacío legal: se trata de la visión que le ha sido transmitida a ese ser, se trata en esencia de las porquerías sociales permitidas por los mismos que pretender educar al mundo. Se corresponde con el rastrero interés, apoyado sobre el fantasma del dinero, que en su exceso trae los males tan gratamente aprobados por unos y por otros. Y claro, cuando esos males aplaudidos nos afectan a nosotros, por el mismo principio de doctrina interesado intentamos poner remedio, empleando si hace falta la violencia por todos los medios.
Lo que está claro es que la ley no determina en absoluto la conducta humana. ¿Acaso un tirano que reprime en sus necesidades a su gente bajo el peso del delito consigue, tras decenas de años de legislación abusiva, que esas personas se comporten de manera propia y natural tal y como pretende el tirano?

Los países árabes en revolución son una buena respuesta. Y aunque el tema del que estamos hablando dista bastante en hecho de los polémicos enfrentamientos del norte de África, conceptualmente hablando son temas similares. Que la ley cívica no determina la conducta humana es un hecho y que si no fuera por nuestra mentalidad interesada y cruel que ahora más que nunca profesamos no nos harían falta dictámenes ni decretos para poder comportarnos tal y como nos corresponde.
El problema añadido que observo en todo esto ni siquiera es la aplicación legal de los intentos de reforma moral que se están llevando a cabo. Lo peor es que se insta cada vez con más fuerza al sometimiento a la ley bajo el no discernimiento intelectual, es decir, que se insta al rechazo a la reflexión y a la aceptación de las convenciones de nuestra actual sociedad. Naturalmente, esta situación de dependencia, brazos cruzados, cientifismo exagerado y alejamiento de la realidad nos lleva a un estancamiento existencial donde las personas se sienten perdidas, ajenas a su propia realidad, dependientes y deudoras de una sociedad por cuya configuración, actualmente dañina, obliga a sus nuevos súbditos a cumplimentar sus exigencias.

Los seres humanos necesitamos pensar, existir. Un ser humano tiene que poder discernir, no entre relativismos, consensos y otras idioteces, sino según esa realidad que le rodea y a la que de forma natural pertenece, con la que se corresponde, en la que existe y con la que existe. Sobran, por tanto, tantos materialismos surrealistas, tanta imposición de lo políticamente correcto y tanta parafernalia de redomamiento sociocultural. La solución legal, siempre inquisitiva en términos moral-filosóficos y realistas es propia de aquellas personas que no saben cómo actuar ni qué hacer, que se sienten impotentes ante lo dañino, de haberlo; o que simplemente, en algunos casos -que haberlos los habrá-, lo hacen para sentirse superiores o poderosos ante sus coetáneos. La solución no recae en prohibir, sino en hacer comprender, en ser fieles analítica y reflexivamente a la realidad. En la claridad ante todo, dejando de lado demagogias y absurdas mezclas conceptuales que no tienen sentido alguno como tal.

Nos estamos atrofiando en nuestra propia humanidad y en nuestra impotencia solo acertamos a aplaudir según nuestros intereses ideológicos.

No se trata de ideología, ni de política, ni de una opinión más. Se trata de una realidad palpable a todos, tan evidente que es imposible apartar o tergiversar.
Estamos perdiendo la correspondencia con la realidad, cada vez nos estamos alejando más de ella y asentándonos en un artificial estado relativista.

No pretendo en absoluto acusar ni dictar doctrina de nada. Tan solo intento hacer llamada a la reflexión y al abandono de la infamia. Dejen las cosas como están, dejen que el ser humano sea ser humano y no fantoche de guiñol. Dejen a la realidad estar, traten los temas y póngales solución tal y como corresponde. No imponiendo, ni educando, sino haciendo ver, pensando, intentando comprender. Solo así la «justicia» se convertirá en Justicia y esos males que quieren evitar habrán quedado evitados.

No hace falta que malogren las obras literarias, ni los filmes, ni la cultura; no hace falta que para reequilibrar la visión apartada de la mujer malogren en su desesperación la del hombre; la única solución recae en actuar según la Verdad. Quizás así no hubiera tanta violencia, tanto sexismo (al concebir, algo que los político-moralistas no hacen, al hombre y la mujer como seres humanos y no cribándolos según sus órganos sexuales) y tanta imbecilidad en todos los rincones de esta sociedad.

Tan solo hace falta algo de cordura, tan solo un poquito de realidad y menos politiqueo y legislación. Y por supuesto, respeto, respeto por las obras ajenas, por la propia realidad y por las propias personas que distamos mucho de ser tontitos dependientes de cuatro árbitros de la moralidad. Bajen al mundo real, por favor. Ya está bien de sandeces. Es hora de progresar, pero no progresar tecnológicamente, sino como seres humanos que somos. Y no de imponer y de tergiversar y censurar.
Solo espero que algún día nos vaya mejor que lo está haciendo hoy. Porque de no ser así, estamos apañados. Pero del todo.

Desvirtuando a Dios (y al mundo)

>En las películas americanas, donde la guerra más que una masacre ruinosa se presenta como un acto de hombría heroica donde todo soldado recuerda más a su madre patria -EEUU, of course– que a la propia madre que lo parió, la II Guerra Mundial ha sido un saco sin fondo que ha permitido, junto con el mítico Western, levantar el género bélico hollywoodiense hasta la cima del honor cinematográfico. ¿Quién no recuerda Salvar al soldado Ryan, por ejemplo? ¿O Resistencia, mucho más reciente y menos sagaz que la primera?
El cine americano nos presentó una Segunda Guerra Mundial quizás desvirtuada, con marcados rasgos de irrealidad donde Estados Unidos siempre es el salvador, frente a un enemigo siempre bestial e inhumano y unos aliados poco menos que cobardes y sin iniciativa guerrera alguna.
Dentro de ese espíritu redentor norteamericano que impregna el grueso de las películas de este género existe un matiz real, muchas veces subordinado a la mencionada intención ensalzadora, que muestra la violencia de una guerra sin precedentes que asoló el mundo de la época. Sin embargo, mientras la II Guerra Mundial es un filón para el negocio del celuloide, su homónima, la Gran Guerra, es toda una decepción para productores, directores y guionistas. Una guerra cruenta, sí, pero muy estática, sin gentuza extremista deseando aplastar al mundo, donde el interés era meramente colonial y donde los principales beligerantes mandan impunemente a sus soldados al eterno frente de trincheras mientras en las colonias se azota y se castiga a los indígenas que fueron invadidos años atrás por la ambición de un mísero puñado de soberanos. Y eso no vende, no ensalza, no agracia.
La Gran Guerra, donde millones de personas dejaron su vida en un sinsentido de los tantos que aparentemente presenta la vida no es quizás objeto de genialidades cinematográficas, pero sí que lo es de una gran crisis que casi cien años después seguimos padeciendo y a la que casi nadie quiere poner remedio, por el interés que supone, claro está. Me refiero a la desvirtuación de Dios, a su desprecio.

Cuando en 1918 se firma el tratado de Versalles, Europa entera está en reconstrucción, no solo física, sino también social, cultural y espiritual. Los grandes imperios son disgregados, las grandes religiones son rechazadas por su intromisión indigna en política. La sangre que riega las estepas hace recordar al mundo el olvidado carpe diem, que la vida es corta y que cualquier día un Tirano Banderas aparecerá y los aniquilará como a perros sarnosos. Así comenzó una carrera hacia lo material que, como digo, un siglo después nos está ahorcando y desvirtuando a nosotros mismos. Esta carrera afectó no solo al convencionalismo social y al cultural, sino a lo que es más peligroso, al terreno filosófico, donde los nuevos filósofos abrazaron la tendencia, uniéndose muchos de ellos a las vanguardias y a proyectos de pensamiento que parten no de la realidad en sí misma, sino en notables ocasiones de una imagen adaptada de esa misma realidad. La filosofía de la primera mitad de los años XX termina de asentar el golpe definitivo a la moral religiosa, la cual terminaría de perder toda credibilidad posible al significarse, en el caso del catolicismo, hacia la postura de las fuerzas del Eje durante la II Guerra Mundial.
Por otro lado la ciencia gana terreno a la filosofía, que es tristemente relegada a un papel secundario en el conocimiento. Obviamente, la ciencia que se encuentra limitada al conocimiento único de lo material impuso su orden y su yugo y comenzó a significarse como una especie de nueva «religión» que debe «guiar» los pasos de una abandonada humanidad.


La pregunta que sale a colación a partir de todo esto no podía ser más simple: ¿qué pinta Dios en todo este sarao meramente humano?


Evidentemente, nada. Los problemas que obligaron a abandonar a Dios fueron de inseguridad y de ramal político. La mortandad y la violencia de la guerra dejaron al descubierto que esos problemas son humanos, que las guerras no son de Dios, sino de los hombres. Que Dios, independientemente de que eche una mano deja hacer a las personas, respeta su voluntad. Ese despertar provocó un sentimiento de terror. La doctrina religiosa estaba en aquel entonces ligada exclusivamente al orden religioso que no parecía dar demasiadas esperanzas a los asustados fieles. Sabían -y saben- que Dios ayuda, pero en un intento de justificar su suprema presencia en la realidad terminaron por mantener la idea de que absolutamente todo es dirigido por la voluntad de Dios, anulando casi por completo la humana. Pero claro, la doctrina tradicional había quedado al descubierto. El ser humano tenía voluntad y ésta era respetada. Por otro lado existían -y existen, no crean- evidencias de la ayuda divina, inexplicables científicamente no en cuanto al proceso físico, sino al desencadenante del mismo. Esta inseguridad separó definitivamente religión de ciencia, filosofía y de la propia búsqueda de la otra realidad.


Hoy, el mundo se imbeciliza a pasos agigantados, fruto ya no de un materialismo consensuado ante la desgracia y el sentimiento de abandono, sino de una carencia de conocimiento que obliga a los nacidos a abrazar a la sociedad como a una gran madre que «exige» y a la que debe poco más que su propia existencia y presencia. La «madre sociedad» se asemeja más a un coliseo romano donde cada nuevo personaje es obligado a competir contra otros mientras todo perteneciente a ella tiene que seguir sus normas, sus dogmas y sus exigencias. A la sociedad solo le hacen falta altar y culto obligatorios para convertirse en una grotesca secta.
La ciencia, asentada ahora en su trono de directora exclusiva del conocimiento y regencia del mundo limita todo a lo material e incluso algunos científicos se atreven a imponer una especie de inquisición ante los fenómenos que delatan otro tipo de realidad que su método no controla en absoluto. El filósofo, tal y como un genetista -creo- afirmó en una entrevista en una conocida revista dominical es relegado a un papel de observador social, cómplice siempre de su funcionamiento, sin potestad en aquello que da pie a su presencia: el conocimiento de la realidad.
La religión es relegada igualmente a un papel complementario en la vida humana del siglo XXI, y la ética, que debería partir, como todo, de la realidad, amparada en decretos y libretos políticos consensuados e impuestos sobre el ciudadano de a pie. La falta de pensamiento está provocando que la imbecilidad domine tanto la vida cotidiana como la política. Me resulta increíble que ayer, por ejemplo, se hablara en un telediario de que «todo asesino, ladrón o delincuente debe «concienciarse» de que cuantas más veces repita tales acciones más dura será la pena». ¿Y el daño que provoca en la realidad dónde queda? ¿En sus códigos y leyes, quizás? No me extraña que en nombre de la igualdad nazca el feminismo, que el ladrón aumente sus robos o que el lenguaje, por ejemplo, pueda ser modificado impunemente sin razón explícita alguna. Es la falta de conocimiento de la realidad. Todo se está basando en lo insustancial, en lo superfluo, en un mundo donde solo vale nuestro sistema de convivencia y donde no existe ni realidad ni Dios ni nada.
Así poco a poco nos vamos convirtiendo en imbéciles cómplices de nuestra propia imbecilidad, en fantoches que son incapaces de ver pudiéndolo hacer. Poco a poco la esencia de la realidad a la que pertenecemos se va perdiendo, en pro de nuestra irrealidad y la codicia e intereses que centramos en ella.


Un último ejemplo que acabo de leer esta mañana aunque fue publicado como curiosidad a finales del año pasado: una señora denunció el robo de muebles virtuales que había adquirido para equipar su casa virtual en una conocida red social tras invertir en ellos cien euros y haber sido «robados» por un hacker; y piden cinco años de cárcel para el ladrón.


¿Le sorprende? ¿No? Bienvenido al siglo XXI.

Algunos apuntes sobre Igualdad

>Les prometí comenzar el año cargaditos de filosofía. Voy a inaugurar 2011 con un tema que me preocupa y que es necesario comentar y dejar medianamente explicado.

Hace unos minutos, justo antes de comenzar a escribir este artículo, he estado escuchando en una conocida cadena de radio un caso del que, sinceramente, desconozco su veracidad. Bien podría ser un montaje irónico, bien uno de tantos mensajes que los oyentes envían a las cadenas de radio referentes a temas de debate y que ha sido seleccionado para ser leído y presentado ante la audiencia. Sea como fuere, lo que importa de la narración es el contenido, el mensaje.
El recital, que exponía el existencial debate de una fémina deseosa de regalar un juguete a una sobrina suya sin saber cual escoger, centraba el tema de la Igualdad en cuanto a la naturaleza del juego y la mentalidad de la oferente.
La mujer, que quería evitar con su regalo una supuesta predisposición a la vida tradicional del género femenino (de carácter machista) renegaba de comprar el típico regalo de la muñequita con sus complementos y el carrito de bebé de juguete. Quería ofrecerle, por navidad, un bonito cochecito de carreras o un soldado de plástico, héroe veterano de guerra, de aspecto temible. Mas cuando ya tenía la solución y los valores de igualdad impresos en sus juguetes, la niña, a la que parece ser que no le gustaban ni los soldaditos, ni los cochecitos ni las porras de combate, ha reusado de resignarse con los regalitos de su tía y exige, en busca de su infantil felicidad, una buena muñequita con sus complementos y su carrito de bebé.
La tía, alarmada por el impulso machista de su sobrina, quiere cosultar a un profesional del mundillo psíquico, para que erradique tales ideas de su mente. Sin embargo, para más inri e impotencia, la noticia de un estudio de la Universidad de Harvard aplicado en simios ha demostrado que las hembras de tales especies de alguna forma tienden a buscar palitos de madera y otros objetos que les sirvan de bebés para descargar sobre ellos su sentido más maternal.

¿Impulso machista? ¿Estudios aplicados con simios? ¿Las simias son ahora machistas?
Solo me faltaba por oír por parte de los sectores feministas que los monos son unos machistas.
Agradezco, de ser cierto, que Harvard y sus investigadores nos echen un ad verecundiam como una catedral a los que tratamos de poner cordura en este caos de locos que se ha montado entre feministas, machistas y paritarios. Ya que la sociedad no escucha el pensamiento ni la filosofía ni la reflexión, al menos que los amigos de Harvard les expliquen lo que en otros artículos he tratado de concretar sin demasiado éxito.
La sociedad no produce nada. Empecemos por aquí. La sociedad únicamente influye. La educación, el clima planteado por el conjunto de seres humanos y los valores escogidos por ese mismo conjunto, en relación con la propia realidad del ser particular pueden predisponerlo a unas tendencias u otras. Esto se debe a la imprescindible capacidad de adaptación de las personas en los primeros años de vida. Pero de esto, no se apuren, hablaremos en otro momento. Es un tema demasiado largo para tratarlo hoy aquí.
Ante la importancia de la educación y de las tendencias educacionales de la sociedad, es cierto que hay que evitar aquellas que predispongan a la persona a aceptar la propia degradación de la integridad de su propio ser, como es el caso de posturas machistas y feministas tanto extremas como menos extremas. Lo que no se puede hacer es pretender imponer y manipular desde la infancia a cada nuevo ser que acaba de venir al mundo inclinándolos hacia un extremo u otro, y menos contra la voluntad y los gustos propios de la realidad de esa persona. Es tan negativo imponer una postura que otra si viola la voluntad interna del ser.
En el ejemplo radiofónico, la tía, preocupada por los supuestos valores machistas que transmiten las muñequitas y los falsos carritos de bebé, apuesta por el lado extremo, por los soldaditos de plomo, por los carros de combate, los coches de carreras y los lanzamisiles a discrección made in USA.
¿Creen de verdad que tal propuesta va a solucionar en un futuro no muy lejano la lacra de la violencia de género? Yo, desde luego, soy escéptico en este punto.
Puede que un varón que desde pequeño acepta el cuidado de los niños como una tarea propia tanto de la naturaleza masculina como de la femenina, si las circunstancias y las propias tendencias de su ser no se lo evitan, acabe realizando colaborando sin remilgo alguno en las tareas del hogar, pero esto no significa que vaya a ser respetuoso con su mujer. Hay otros factores igual de peligrosos que el machismo o el feminismo que pueden facilitar el maltrato. Estos son, como ya lo saben, arraigados en la sociedad de nuestros días; están impresos en su día a día: el individualismo empedernido y el afán de lograr todo por encima de todos, sin límite natural o sobrenatural. Imaginen un hombre, o una mujer, que acostumbrado a poder lograr todos sus intereses puede aplastar y dañar cualquier realidad que se le cruce en el camino, tiene que frenar su ímpetu en pro de su familia y de otra persona. Persona que, ante determinadas circusntacias se le opone y se resiste a subyugarse al individualista de turno. Lo más probable es que el empedernido o la empedernida comience una guerra para recuperar el orgullo perdido y el poder que cree que le pertenece por la evidencia de los hechos. Imaginen ahora si realmente esa persona no tratará de dominar mediante el temor, el daño físico y el psíquico al otro ser humano con el que comparte vida. Incluso en un atisbo de ira e impotencia, creyendo que la muerte va evitar que el la persona que se le opone cambie radicalmente de parecer, ante el interés de quitarse de delante lo que cataloga un estorbo, trate de asesinar al cónyuge.
No solamente la proyección del papel tradicional de la mujer en las vidas de los conciudadanos de nuestros días es el problema de todo este negro asunto. También tienen la culpa los intereses con los que ciertos sectores interesados han configurado nuestra sociedad con el fin de lograr una competencia y un distanciamiento premeditado entre las propias personas a causa del dinero, el éxito, la fama o el individualismo. En esos casos, la culpa es de todos. De toda la sociedad. No solo de la educación, sino de la sociedad en general.

En síntesis, la medida de los juguetes impartida por el extinto Ministerio de Igualdad no es negativa si se usa con algo de reflexión y pensamiento. Sabiendo lo que se hace y cómo se hace. Con imparcialidad, la impartida por la loable doctrina de la Igualdad. Respetando, por tanto, los gustos del infante y centrando la visión de que todos somos seres humanos y que lo que realmente somos es inmaterial, se puede lograr que tanto hombres como mujeres respeten las facultades de cada una de las personas, extinguiendo el juicio por sexos, que en mi parecer es infundado.
El mismo problema es presentado en el caso de la modificación de los cuentos clásicos, propuesta igualmente presentada por Igualdad, en la que se pretende restar la violencia, excluir a los malos malines de los relatos y tergiversarlos en beneficio de un mayor auge del papel de la mujer. Llegar a la igualdad, repito, no consiste en una modificación interesada de la cultura y el entorno de las nuevas personas que vienen a este mundo, ni siquiera en una primacía universal de la fémina al aborto interesado (por considerarse machista la no subyugación de la mujer a sus apetencias, aunque estas, sin basarse en riesgo alguno en su salud y en su realidad, supongan la muerte premeditada de un ser humano), ni a la subyugación del género masculino ante la naturaleza del femenino; sino en la cosideración de que independientemente de que seamos hombres o mujeres, independientemente de nuestro sexo necesario para la reproducción física del ser humano, somos personas iguales entre sí, ya que lo que realmente somos, nuestra mente, nuestra alma, nuestro pensamiento y memoria son abstractos, inmateriales, ajenos a la influencia del debate sobre la superioridad de varones y féminas. No es más capaz ante una labor determinada un hombre o una mujer, sino ese hombre o esa mujer. No debe fomentarse que las mujeres vayan más a la universidad o que se potencien mayor número de políticos, científicos y filósofos de este género, excluyendo al masculino, sino potenciando que independientemente de que seamos hombres o mujeres, se nos den posibilidades de poder ser lo que realmente estamos predispuestos a ser por naturaleza por el hecho de ser persona. La Igualdad no radica en un imperio de feminismo, que extermine la libertad en el hombre, sino en un cambio de mentalidad, que debe ser iniciado por los propios sectores políticos que moralizan sobre la igualdad y que debe culminar en la comprensión por parte de la humanidad de que lo que realmente somos es personas, y que en ese aspecto nada nos hace distintos los unos a los otros, ni superiores ni inferiores.
Si llegamos a esta mentalidad, no harán falta un obligado intercambio de roles, ni una modificación estúpida del lenguaje ni de las costumbres, ni en una censura de la narrativa; serán las propias personas quienes sin aprovecharse unas de otras, egoistamente, se acepten mutuamente y se respeten compartiendo tareas y maneras sin escrúpulo alguno.
Si hacemos las cosas bien, no hará falta modificar ni extractar la educación a los intereses del momento.

Así que no hace falta que lleven al psicólogo, al psiquiatra o al psicoanalista al infante, niño o niña, que rehuse enérgicamente de unos juguetes con los que no se siente a gusto. No es que haya nacido machista, ni mucho menos. Es que a ese niño no le gustan los juguetes que le ha traído. Lo importante no está en los juguetes, sino en el valor que se le imprime. Dejen ser felices a sus hijos, dejen ser felices a los niños. No repriman las tendencias naturales y físicas del ser humano. Como demuestran los de Harvard y como se puede constatar en cualquier observación reflexiva de la realidad, sin necesidad de llevar a cabo costosos estudios, la mujer, a causa de la importancia impresa en los genes de supervivencia del nuevo ser, está más predispuesta y concentrada en en cuidado y en la manutención de su vástago, al que también lazos afectivos y de orden extramaterial unen. Como ya comenté en otros artículos, esto no significa que todas las mujeres sean buenas en esto de cuidar a los hijos, al igual que todos los hombres sean unos torpes.
Lo dicho, no se atormenten ni atormenten. Solo reflexionen. Ya verán cómo la cosa va cambiando si dejamos de un lado la imbecilidad que nos coarta y nos ahoga.