El blog de David L. Cardiel

«Toda verdad pasa por tres etapas. Primero, se ridiculiza. Segundo, se niega con violencia. Tercero, se acepta como manifiesta». [Arthur Schopenhauer] Fotografía de Elda Maganto. Museo de Zaragoza.

Categoría: un poco de filosofía

Desvirtuando a Dios (y al mundo)

>En las películas americanas, donde la guerra más que una masacre ruinosa se presenta como un acto de hombría heroica donde todo soldado recuerda más a su madre patria -EEUU, of course– que a la propia madre que lo parió, la II Guerra Mundial ha sido un saco sin fondo que ha permitido, junto con el mítico Western, levantar el género bélico hollywoodiense hasta la cima del honor cinematográfico. ¿Quién no recuerda Salvar al soldado Ryan, por ejemplo? ¿O Resistencia, mucho más reciente y menos sagaz que la primera?
El cine americano nos presentó una Segunda Guerra Mundial quizás desvirtuada, con marcados rasgos de irrealidad donde Estados Unidos siempre es el salvador, frente a un enemigo siempre bestial e inhumano y unos aliados poco menos que cobardes y sin iniciativa guerrera alguna.
Dentro de ese espíritu redentor norteamericano que impregna el grueso de las películas de este género existe un matiz real, muchas veces subordinado a la mencionada intención ensalzadora, que muestra la violencia de una guerra sin precedentes que asoló el mundo de la época. Sin embargo, mientras la II Guerra Mundial es un filón para el negocio del celuloide, su homónima, la Gran Guerra, es toda una decepción para productores, directores y guionistas. Una guerra cruenta, sí, pero muy estática, sin gentuza extremista deseando aplastar al mundo, donde el interés era meramente colonial y donde los principales beligerantes mandan impunemente a sus soldados al eterno frente de trincheras mientras en las colonias se azota y se castiga a los indígenas que fueron invadidos años atrás por la ambición de un mísero puñado de soberanos. Y eso no vende, no ensalza, no agracia.
La Gran Guerra, donde millones de personas dejaron su vida en un sinsentido de los tantos que aparentemente presenta la vida no es quizás objeto de genialidades cinematográficas, pero sí que lo es de una gran crisis que casi cien años después seguimos padeciendo y a la que casi nadie quiere poner remedio, por el interés que supone, claro está. Me refiero a la desvirtuación de Dios, a su desprecio.

Cuando en 1918 se firma el tratado de Versalles, Europa entera está en reconstrucción, no solo física, sino también social, cultural y espiritual. Los grandes imperios son disgregados, las grandes religiones son rechazadas por su intromisión indigna en política. La sangre que riega las estepas hace recordar al mundo el olvidado carpe diem, que la vida es corta y que cualquier día un Tirano Banderas aparecerá y los aniquilará como a perros sarnosos. Así comenzó una carrera hacia lo material que, como digo, un siglo después nos está ahorcando y desvirtuando a nosotros mismos. Esta carrera afectó no solo al convencionalismo social y al cultural, sino a lo que es más peligroso, al terreno filosófico, donde los nuevos filósofos abrazaron la tendencia, uniéndose muchos de ellos a las vanguardias y a proyectos de pensamiento que parten no de la realidad en sí misma, sino en notables ocasiones de una imagen adaptada de esa misma realidad. La filosofía de la primera mitad de los años XX termina de asentar el golpe definitivo a la moral religiosa, la cual terminaría de perder toda credibilidad posible al significarse, en el caso del catolicismo, hacia la postura de las fuerzas del Eje durante la II Guerra Mundial.
Por otro lado la ciencia gana terreno a la filosofía, que es tristemente relegada a un papel secundario en el conocimiento. Obviamente, la ciencia que se encuentra limitada al conocimiento único de lo material impuso su orden y su yugo y comenzó a significarse como una especie de nueva “religión” que debe “guiar” los pasos de una abandonada humanidad.


La pregunta que sale a colación a partir de todo esto no podía ser más simple: ¿qué pinta Dios en todo este sarao meramente humano?


Evidentemente, nada. Los problemas que obligaron a abandonar a Dios fueron de inseguridad y de ramal político. La mortandad y la violencia de la guerra dejaron al descubierto que esos problemas son humanos, que las guerras no son de Dios, sino de los hombres. Que Dios, independientemente de que eche una mano deja hacer a las personas, respeta su voluntad. Ese despertar provocó un sentimiento de terror. La doctrina religiosa estaba en aquel entonces ligada exclusivamente al orden religioso que no parecía dar demasiadas esperanzas a los asustados fieles. Sabían -y saben- que Dios ayuda, pero en un intento de justificar su suprema presencia en la realidad terminaron por mantener la idea de que absolutamente todo es dirigido por la voluntad de Dios, anulando casi por completo la humana. Pero claro, la doctrina tradicional había quedado al descubierto. El ser humano tenía voluntad y ésta era respetada. Por otro lado existían -y existen, no crean- evidencias de la ayuda divina, inexplicables científicamente no en cuanto al proceso físico, sino al desencadenante del mismo. Esta inseguridad separó definitivamente religión de ciencia, filosofía y de la propia búsqueda de la otra realidad.


Hoy, el mundo se imbeciliza a pasos agigantados, fruto ya no de un materialismo consensuado ante la desgracia y el sentimiento de abandono, sino de una carencia de conocimiento que obliga a los nacidos a abrazar a la sociedad como a una gran madre que “exige” y a la que debe poco más que su propia existencia y presencia. La “madre sociedad” se asemeja más a un coliseo romano donde cada nuevo personaje es obligado a competir contra otros mientras todo perteneciente a ella tiene que seguir sus normas, sus dogmas y sus exigencias. A la sociedad solo le hacen falta altar y culto obligatorios para convertirse en una grotesca secta.
La ciencia, asentada ahora en su trono de directora exclusiva del conocimiento y regencia del mundo limita todo a lo material e incluso algunos científicos se atreven a imponer una especie de inquisición ante los fenómenos que delatan otro tipo de realidad que su método no controla en absoluto. El filósofo, tal y como un genetista -creo- afirmó en una entrevista en una conocida revista dominical es relegado a un papel de observador social, cómplice siempre de su funcionamiento, sin potestad en aquello que da pie a su presencia: el conocimiento de la realidad.
La religión es relegada igualmente a un papel complementario en la vida humana del siglo XXI, y la ética, que debería partir, como todo, de la realidad, amparada en decretos y libretos políticos consensuados e impuestos sobre el ciudadano de a pie. La falta de pensamiento está provocando que la imbecilidad domine tanto la vida cotidiana como la política. Me resulta increíble que ayer, por ejemplo, se hablara en un telediario de que “todo asesino, ladrón o delincuente debe “concienciarse” de que cuantas más veces repita tales acciones más dura será la pena”. ¿Y el daño que provoca en la realidad dónde queda? ¿En sus códigos y leyes, quizás? No me extraña que en nombre de la igualdad nazca el feminismo, que el ladrón aumente sus robos o que el lenguaje, por ejemplo, pueda ser modificado impunemente sin razón explícita alguna. Es la falta de conocimiento de la realidad. Todo se está basando en lo insustancial, en lo superfluo, en un mundo donde solo vale nuestro sistema de convivencia y donde no existe ni realidad ni Dios ni nada.
Así poco a poco nos vamos convirtiendo en imbéciles cómplices de nuestra propia imbecilidad, en fantoches que son incapaces de ver pudiéndolo hacer. Poco a poco la esencia de la realidad a la que pertenecemos se va perdiendo, en pro de nuestra irrealidad y la codicia e intereses que centramos en ella.


Un último ejemplo que acabo de leer esta mañana aunque fue publicado como curiosidad a finales del año pasado: una señora denunció el robo de muebles virtuales que había adquirido para equipar su casa virtual en una conocida red social tras invertir en ellos cien euros y haber sido “robados” por un hacker; y piden cinco años de cárcel para el ladrón.


¿Le sorprende? ¿No? Bienvenido al siglo XXI.

¿Realmente cada hombre es un filósofo?

>Había previsto, para el día de hoy, tratar otro tema de vital importancia antes de que éste dejara de ser un tema de actualidad y preocupación nacional; pero sin embargo, visitando un blog (que por cierto, me ha parecido muy recomendable a la hora de adquirir sin necesidad estricta de estudio algunas nociones básicas de filosofía), debido a ciertas circunstancias que me han impedido responder a una de sus entradas, y ante la importancia filosófica del asunto, he decidido publicar aquí el comentario que había intentado publicar en la página que correspondía.
Espero, sinceramente, que les guste y que responda a sus dudas, si las tienen al respecto:

Hola. Me alegro de encontrar blogs como este.
He comenzado diciendo que “me alegro” porque veraderamente es difícil encontrar bloggers dispuestos a tratar el aspecto filosófico aunque solo sea con la intención de recopilar conocimientos filosóficos concentrándolos en una misma página.
Sin ánimo de “querer dar la lata” con las adulaciones, quisiera dejarte mi “visión” filosófica respecto al artículo que acabas de publicar:

Es cierto que en la condición humana se engloba el pensamiento (y, por tanto, también la reflexión). Todo ser humano es capaz de conocer y de comprender, nadie, en esencia, está privado de ello.

Sin embargo, ser filósofo requiere algo más que pensar y reflexionar.

Cualquier persona es capaz de discernir en casos concretos, e incluso de “buscar la verdad” si a ello estuviera obligadio y las circunstancias de su existencia no se lo impidieran. Mas el filósofo posee una “tendencia” natural a esta búsqueda inquieta de la verdad (filosofía, en griego, significa “amor por la sabiduría”). Son predisposiciones que conforman su propio ser y que le dirigen a la búsqueda personal e intransferible de la verdad. En cierta manera, como insinuaba Platón, el filósofo, a diferencia de otras personas, es capaz de ver y le corresponde el arduo papel de transmitir la visión, “visión” (traducción griega de “idea”) que precisamente puede ser comprendida, analizada y reflexionada por las otras personas al poseer entendimiento, razón y reflexión.


En síntesis, aunque todos tenemos las capacidades del patrón general que define al filósofo, dos son las diferencias sustanciales que lo distinguen y le dan la propia dimensión de la su definición: primero, el grado de desarrollo de la reflexión y el pensamiento reflexivo del ser, al que estará predispuesto por naturaleza y que, en determinados casos puede ser “actualizado” (creo que serviría el término aristotélico en este caso) por la educación y las circunstancias de su propia vida. Segundo, que independientemente de la posesión de la capacidad de reflexión y pensamiento, es el empleo de ésta en la búsqueda de la verdad de una forma profunda y rasmiosa la que precisamente marca la diferencia fundamental, pues si un ser que por naturaleza no esté predispuesto a ello se pusiera a filosofar con la misma intensidad del filósofo por imposición propia, difícilmente conseguiría acabar tal tarea si desfallecer en el esfuerzo, pues su naturaleza no es, en definitiva, esa.

Parece que diciendo esto esté estamentando al filósofo como un ser superior al resto de las personas.


Realmente no pretendo eso, lo adelanto. El filósofo tiene como naturaleza la búsqueda de la verdad, pero cada una de las otras personas tienen como naturaleza otras funciones tan necesarias como el buscar la verdad, completamente esenciales. Realmente nadie es superior a nadie, ni siquiera las cosas o las circunstancias nos hacen superiores a los demás. Pero eso es otro tema.
Respecto al tema de la enseñanza, discrepo con la “creación” de filósofos mediante la instrucción. El instruído únicamente es un conocedor de la filosofía de otras personas, pero no un filósofo. Que posea una visión más reflexiva gracias a la potencialización de su enseñanza no lo hace, en ningún caso, filósofo. Para ser filósofo hace falta que tu ser “pugne”, de forma natural, por buscar la verdad. Únicamente puede ayudar la instrucción en filosofía y reflexión filosófica a “despertar” a aquellas personas que realmente son filósofos en latencia y que, gracias a las circunstancias de sus estudios su capacidad de búsqueda ha despertado imparablemente.
Por supuesto, ser filósofo no es una profesión (más quisiera que así fuere la sociedad): es una forma de ser, un tipo de existencia particular, pero jamás un oficio, como se pretende instaurar.


Espero no haberte aburrido con “mi” filosofía y mis reflexiones, aquí sintetizadas.
Vuelvo a repetir que gracias por abrir una ventana que ayude en la instrucción filosófica.
 
Un saludo.

Algunos apuntes sobre Igualdad

>Les prometí comenzar el año cargaditos de filosofía. Voy a inaugurar 2011 con un tema que me preocupa y que es necesario comentar y dejar medianamente explicado.

Hace unos minutos, justo antes de comenzar a escribir este artículo, he estado escuchando en una conocida cadena de radio un caso del que, sinceramente, desconozco su veracidad. Bien podría ser un montaje irónico, bien uno de tantos mensajes que los oyentes envían a las cadenas de radio referentes a temas de debate y que ha sido seleccionado para ser leído y presentado ante la audiencia. Sea como fuere, lo que importa de la narración es el contenido, el mensaje.
El recital, que exponía el existencial debate de una fémina deseosa de regalar un juguete a una sobrina suya sin saber cual escoger, centraba el tema de la Igualdad en cuanto a la naturaleza del juego y la mentalidad de la oferente.
La mujer, que quería evitar con su regalo una supuesta predisposición a la vida tradicional del género femenino (de carácter machista) renegaba de comprar el típico regalo de la muñequita con sus complementos y el carrito de bebé de juguete. Quería ofrecerle, por navidad, un bonito cochecito de carreras o un soldado de plástico, héroe veterano de guerra, de aspecto temible. Mas cuando ya tenía la solución y los valores de igualdad impresos en sus juguetes, la niña, a la que parece ser que no le gustaban ni los soldaditos, ni los cochecitos ni las porras de combate, ha reusado de resignarse con los regalitos de su tía y exige, en busca de su infantil felicidad, una buena muñequita con sus complementos y su carrito de bebé.
La tía, alarmada por el impulso machista de su sobrina, quiere cosultar a un profesional del mundillo psíquico, para que erradique tales ideas de su mente. Sin embargo, para más inri e impotencia, la noticia de un estudio de la Universidad de Harvard aplicado en simios ha demostrado que las hembras de tales especies de alguna forma tienden a buscar palitos de madera y otros objetos que les sirvan de bebés para descargar sobre ellos su sentido más maternal.

¿Impulso machista? ¿Estudios aplicados con simios? ¿Las simias son ahora machistas?
Solo me faltaba por oír por parte de los sectores feministas que los monos son unos machistas.
Agradezco, de ser cierto, que Harvard y sus investigadores nos echen un ad verecundiam como una catedral a los que tratamos de poner cordura en este caos de locos que se ha montado entre feministas, machistas y paritarios. Ya que la sociedad no escucha el pensamiento ni la filosofía ni la reflexión, al menos que los amigos de Harvard les expliquen lo que en otros artículos he tratado de concretar sin demasiado éxito.
La sociedad no produce nada. Empecemos por aquí. La sociedad únicamente influye. La educación, el clima planteado por el conjunto de seres humanos y los valores escogidos por ese mismo conjunto, en relación con la propia realidad del ser particular pueden predisponerlo a unas tendencias u otras. Esto se debe a la imprescindible capacidad de adaptación de las personas en los primeros años de vida. Pero de esto, no se apuren, hablaremos en otro momento. Es un tema demasiado largo para tratarlo hoy aquí.
Ante la importancia de la educación y de las tendencias educacionales de la sociedad, es cierto que hay que evitar aquellas que predispongan a la persona a aceptar la propia degradación de la integridad de su propio ser, como es el caso de posturas machistas y feministas tanto extremas como menos extremas. Lo que no se puede hacer es pretender imponer y manipular desde la infancia a cada nuevo ser que acaba de venir al mundo inclinándolos hacia un extremo u otro, y menos contra la voluntad y los gustos propios de la realidad de esa persona. Es tan negativo imponer una postura que otra si viola la voluntad interna del ser.
En el ejemplo radiofónico, la tía, preocupada por los supuestos valores machistas que transmiten las muñequitas y los falsos carritos de bebé, apuesta por el lado extremo, por los soldaditos de plomo, por los carros de combate, los coches de carreras y los lanzamisiles a discrección made in USA.
¿Creen de verdad que tal propuesta va a solucionar en un futuro no muy lejano la lacra de la violencia de género? Yo, desde luego, soy escéptico en este punto.
Puede que un varón que desde pequeño acepta el cuidado de los niños como una tarea propia tanto de la naturaleza masculina como de la femenina, si las circunstancias y las propias tendencias de su ser no se lo evitan, acabe realizando colaborando sin remilgo alguno en las tareas del hogar, pero esto no significa que vaya a ser respetuoso con su mujer. Hay otros factores igual de peligrosos que el machismo o el feminismo que pueden facilitar el maltrato. Estos son, como ya lo saben, arraigados en la sociedad de nuestros días; están impresos en su día a día: el individualismo empedernido y el afán de lograr todo por encima de todos, sin límite natural o sobrenatural. Imaginen un hombre, o una mujer, que acostumbrado a poder lograr todos sus intereses puede aplastar y dañar cualquier realidad que se le cruce en el camino, tiene que frenar su ímpetu en pro de su familia y de otra persona. Persona que, ante determinadas circusntacias se le opone y se resiste a subyugarse al individualista de turno. Lo más probable es que el empedernido o la empedernida comience una guerra para recuperar el orgullo perdido y el poder que cree que le pertenece por la evidencia de los hechos. Imaginen ahora si realmente esa persona no tratará de dominar mediante el temor, el daño físico y el psíquico al otro ser humano con el que comparte vida. Incluso en un atisbo de ira e impotencia, creyendo que la muerte va evitar que el la persona que se le opone cambie radicalmente de parecer, ante el interés de quitarse de delante lo que cataloga un estorbo, trate de asesinar al cónyuge.
No solamente la proyección del papel tradicional de la mujer en las vidas de los conciudadanos de nuestros días es el problema de todo este negro asunto. También tienen la culpa los intereses con los que ciertos sectores interesados han configurado nuestra sociedad con el fin de lograr una competencia y un distanciamiento premeditado entre las propias personas a causa del dinero, el éxito, la fama o el individualismo. En esos casos, la culpa es de todos. De toda la sociedad. No solo de la educación, sino de la sociedad en general.

En síntesis, la medida de los juguetes impartida por el extinto Ministerio de Igualdad no es negativa si se usa con algo de reflexión y pensamiento. Sabiendo lo que se hace y cómo se hace. Con imparcialidad, la impartida por la loable doctrina de la Igualdad. Respetando, por tanto, los gustos del infante y centrando la visión de que todos somos seres humanos y que lo que realmente somos es inmaterial, se puede lograr que tanto hombres como mujeres respeten las facultades de cada una de las personas, extinguiendo el juicio por sexos, que en mi parecer es infundado.
El mismo problema es presentado en el caso de la modificación de los cuentos clásicos, propuesta igualmente presentada por Igualdad, en la que se pretende restar la violencia, excluir a los malos malines de los relatos y tergiversarlos en beneficio de un mayor auge del papel de la mujer. Llegar a la igualdad, repito, no consiste en una modificación interesada de la cultura y el entorno de las nuevas personas que vienen a este mundo, ni siquiera en una primacía universal de la fémina al aborto interesado (por considerarse machista la no subyugación de la mujer a sus apetencias, aunque estas, sin basarse en riesgo alguno en su salud y en su realidad, supongan la muerte premeditada de un ser humano), ni a la subyugación del género masculino ante la naturaleza del femenino; sino en la cosideración de que independientemente de que seamos hombres o mujeres, independientemente de nuestro sexo necesario para la reproducción física del ser humano, somos personas iguales entre sí, ya que lo que realmente somos, nuestra mente, nuestra alma, nuestro pensamiento y memoria son abstractos, inmateriales, ajenos a la influencia del debate sobre la superioridad de varones y féminas. No es más capaz ante una labor determinada un hombre o una mujer, sino ese hombre o esa mujer. No debe fomentarse que las mujeres vayan más a la universidad o que se potencien mayor número de políticos, científicos y filósofos de este género, excluyendo al masculino, sino potenciando que independientemente de que seamos hombres o mujeres, se nos den posibilidades de poder ser lo que realmente estamos predispuestos a ser por naturaleza por el hecho de ser persona. La Igualdad no radica en un imperio de feminismo, que extermine la libertad en el hombre, sino en un cambio de mentalidad, que debe ser iniciado por los propios sectores políticos que moralizan sobre la igualdad y que debe culminar en la comprensión por parte de la humanidad de que lo que realmente somos es personas, y que en ese aspecto nada nos hace distintos los unos a los otros, ni superiores ni inferiores.
Si llegamos a esta mentalidad, no harán falta un obligado intercambio de roles, ni una modificación estúpida del lenguaje ni de las costumbres, ni en una censura de la narrativa; serán las propias personas quienes sin aprovecharse unas de otras, egoistamente, se acepten mutuamente y se respeten compartiendo tareas y maneras sin escrúpulo alguno.
Si hacemos las cosas bien, no hará falta modificar ni extractar la educación a los intereses del momento.

Así que no hace falta que lleven al psicólogo, al psiquiatra o al psicoanalista al infante, niño o niña, que rehuse enérgicamente de unos juguetes con los que no se siente a gusto. No es que haya nacido machista, ni mucho menos. Es que a ese niño no le gustan los juguetes que le ha traído. Lo importante no está en los juguetes, sino en el valor que se le imprime. Dejen ser felices a sus hijos, dejen ser felices a los niños. No repriman las tendencias naturales y físicas del ser humano. Como demuestran los de Harvard y como se puede constatar en cualquier observación reflexiva de la realidad, sin necesidad de llevar a cabo costosos estudios, la mujer, a causa de la importancia impresa en los genes de supervivencia del nuevo ser, está más predispuesta y concentrada en en cuidado y en la manutención de su vástago, al que también lazos afectivos y de orden extramaterial unen. Como ya comenté en otros artículos, esto no significa que todas las mujeres sean buenas en esto de cuidar a los hijos, al igual que todos los hombres sean unos torpes.
Lo dicho, no se atormenten ni atormenten. Solo reflexionen. Ya verán cómo la cosa va cambiando si dejamos de un lado la imbecilidad que nos coarta y nos ahoga.

A %d blogueros les gusta esto: