El blog de David L. Cardiel

«Toda verdad pasa por tres etapas. Primero, se ridiculiza. Segundo, se niega con violencia. Tercero, se acepta como manifiesta». [Arthur Schopenhauer] Fotografía de Elda Maganto. Museo de Zaragoza.

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SÍMILES DE GUERRA

¿Dónde, pues, veremos en este relato el mal que es necesario evitar y el bien hacia que debemos tender? ¿Dónde está el traidor? ¿Dónde el héroe? Todos son buenos y todos son malos. No serán Kaluguin con su valor brillante, su arrojo caballeresco y su vanidad, principal motor de todas sus acciones…ni Praskimin, nulo e inofensivo a pesar de haber caído en el campo de batalla por la fe, el trono y la patria…ni Mikhailov, tan tímido; ni Pesth, aquella criatura sin convicciones y sin sentido moral, quienes puedan pasar por desleales o héroes.

No, el héroe de mis relatos, aquel a quien amo con todas las fuerzas de mi espíritu, el que he tratado de reproducir con toda su hermosura, el que ha sido, es y será siempre bello, ¡es la verdad!

[Sebastopol en mayo, en Relatos de Sebastopol, León Tolstói, 1855]

En mayo de 1855, Sebastopol había soportado más de ocho meses de sitio. Se encontraban rodeados en todas direcciones, tanto por el norte como por el sur y el este, y los rusos apenas podían mantener una especie de corredor que les conectaba con el continente. La otra vía de escape, el océano, había sido cortada: los buques de guerra y los mercantes que se encontraban en los alrededores habían sido hundidos al comienzo de las hostilidades con el fin de bloquear la bahía y evitar el bombardeo de la flota aliada sobre la ciudad. Rusia tenía el convencimiento de que, manteniendo a toda costa las posiciones en Sebastopol y forzando combates en los cuarteles generales aliados en la península de Crimea, donde se encontraban, conseguirían forzar una retirada hacia la costa que inclinara la guerra a su favor. Pero no fue así. Las batallas de Alma, Balaclava e Inkerman diezmaron la célebre caballería cosaca y gran parte de las tropas de tierra rusas, obligándoles a comenzar una desesperada táctica defensiva en Sebastopol. Los aliados, aprovechando las derrotas en el continente y el bloqueo naval ruso se dedicaron a desembarcar un contingente que rondaba el medio millón de soldados con la misión de atrincherarlo frente a las defensas de la ciudad, custodiadas por apenas treinta mil marineros ante la imposibilidad de recibir más tropas desde Moscú.

Treinta mil contra medio millón, sin contar las huestes otomanas. Y luego pensamos que Zaragoza es la única que no se rinde.

Ríete del francés. Ríete de Napoleón I y su estúpida guerra de España. Ríete de la gallardía de Palafox y el heroísmo de Agustina de Aragón.

Ríete de las historias de héroes y traidores, y las leyendas de abanderados disparando su cañón bajo el fuego enemigo. Porque como le ocurrió a Tolstói con su apreciada Sebastopol, lo único que observo en un acto como este es destrucción y miseria.

Nosotros también hemos convertido los Sitios en una leyenda. La literatura manda, y ha escrito su versión de los hechos. Campesinos desarrapados, sin un calzado digno con el que caminar, comportándose como caballerosos y siempre leales soldados junto a militares de toda condición y casta entregados a una lucha sangrienta e inclinada a priori hacia la victoria francesa. En la Ilíada también sucede lo mismo. Ningún soldado, griego o troyano, se comporta indecorosamente, o duda de la orden de su superior, o reza en público ante la inminente carga de caballería. Todos son valientes y luchan con la dignidad del héroe. Hasta Patroclo, que es un militar de camarín, se viste con la armadura de Aquiles para enfrentarse al gran Héctor sin pensar en las consecuencias de tal acto. Campesinos, mujeres y hombres que nunca han tocado un arma o que han tocado demasiadas, entregados con igual destreza e ímpetu a una guerra con un final muy negro.

Como a Tolstói, también me huele a chamusquina.

Pero Tolstói sí vivió parte del sitio de Sebastopol, sí le toco escribir atrincherado y, aunque es cierto que no disparó ni una sola vez contra el enemigo durante ese tiempo sí paseó por la ciudad, vio el improvisado hospital de los heridos, los médicos amputando piernas y brazos, mujeres en los bailes de las plazas, militares de vestimenta impecable cortejarlas y decenas de muertos arrinconados junto a las barricadas y los edificios. Vivió el horror de la guerra y la vida de una ciudad completamente asediada, los temores de sus habitantes y la gallardía de sus guardianes. Y observó que las historias de héroes y villanos no existen, y que lo único heroico que puede haber en un horror semejante es la entrega y la justicia.

En 2008 se cumplieron doscientos años del comienzo de las hostilidades con el Imperio Francés. Como le sucedió a los rusos, antes de que comenzaran las cargas de caballería en plena plaza de San Miguel caímos derrotados en varias batallas que, de haberlas ganado, hubieran cambiado el curso de la contienda. Palafox, que había recibido su cargo por la fuerza (una masa enfurecida, liderada por héroes como el Tío Jorge, asaltó su casa y le dijo: o aceptas o ya puedes darte por muerto. Y el hombre, de entre todas las opciones posibles, escogió voluntariamente y sin extorsión ninguna comandar los ejércitos del instaurado de nuevo Reino de Aragón). Las dos más importantes y que obligaron a replantearse la guerra fueron las de Pamplona y la de Mallén. Esta última hizo más daño al pundonor local que al proceso de la guerra en sí mismo, y los voluntarios, sintiéndose incapaces de continuar la lucha según la tradición miliar de la época, decidieron atrincherarse tras la frágil muralla de la ciudad y defenderla a toda costa.

Según una de las guías de la exposición de pinturas que visité como motivo del aniversario, Palafox era un cobarde que escapaba de la ciudad con la excusa de buscar refuerzos cada vez que los franceses lanzaban una ofensiva. También, que Agustina de Aragón los tenía más bien puestos que todos los españoles, franceses, rusos, austriacos y chilenos juntos. Y que la gallardía del pueblo zaragozano era homogénea y profesada como una fe verdadera, como muestra una célebre pintura de Orange.

Pero, ¿cómo juzgar a Palafox de héroe o traidor si tan solo era un oficial del ejército que combatía por Dios, la patria, el rey Fernando y, por supuesto, por los exquisitos argumentos de Tío Jorge y compañía? ¿Cómo hablar de Agustina de Aragón si el hecho más loable fue disparar un cañón en un puesto de artillería que había quedado desprotegido? ¿Y cómo condenar en el desprecio más absoluto al desconocido soldado francés que peleó casa por casa y habitación por habitación durante la toma del Arrabal? ¿Acaso la valentía aragonesa es mayor valentía que la francesa?

No me creo ni que todos los franceses fueran tan crueles como se dice ni que todos los defensores tan castos, serviciales y entregados como cantan las gestas. La Zaragoza de los Sitios debía parecerse mucho en circunstancias, época y desarrollo bélico a la Sebastopol de 1855, con la única diferencia de que Zaragoza no es Sebastopol, ni es tan onírica, ni tan agraciada, ni está situada en un enclave tan estratégico como para que medio occidente decida sacrificar a sus hijos por atravesar sus murallas.

A Zaragoza le hace falta un buen Manhattan Transfer y un buen Sebastopol enmarcado en los Sitios. Relatos realistas que hablen de las miserias y las virtudes de una ciudad maravillosa y aborrecible. El único que se atrevió a realizar algo parecido fue el bueno de Benito Pérez Galdós, y aun así pecó de patriota y poco realista a pesar del género al que pertenece su literatura. En Zaragoza, Gabrielito nos habla de baturros lanzándose impetuosos a la batalla en el reducto de Santa Engracia, o de mujeres y niños, tijera en mano, combatir descubiertas contra la caballería polaca; de campesinos y soldados sin comida, temblorosos por el tifus y el cólera, baterías sin munición que disparan toda suerte de objetos punzantes, edificios calcinados, voladuras casi diarias a modo de hostigamiento por parte de los zapadores franceses, y cientos de muertos acumulados en las calles. Pero fracasa en algo. La miseria, a pesar de los esfuerzos del autor en incluir una historia de amor imposible en ese marco, queda relegada a un papel de enaltecimiento del heroísmo zaragozano. A más miseria, más muertos en cada trinchera, más hambre, más enfermedad y más sangre derramada más gloriosa es la victoria o la derrota. Galdós se equivoca. No hay victoria o derrota gloriosa. Tan solo tifus, cólera, muerte, hambre y destrucción. Como en Sebastopol, los zaragozanos dormían cada noche y se acostumbraron a las explosiones y a los gritos al alba. Seguramente, los zaragozanos bailaban, se besaban, sufrían, temían y recogían florecillas a las puertas de la ciudad tras cada batalla como el chiquillo que lo hace cada día desde el comienzo de la tregua de Sebastopol. Seguían una vida normal, dentro de la normalidad que puede mantenerse cuando las bombas caen a tu alrededor. Nadie puede entregarse por completo a la tensión de la guerra y a la incertidumbre de la trinchera. Todas las historias que hablan de valientes consagrados son las historias de quienes quieren creen en esa consagración, aunque destrocen la humanidad de los personajes y su visión quede deforme para siempre. Me gustaría imaginar a una Agustina de Aragón capaz de amar, de llorar o de tener miedo además de disparar un cañón cargado hasta la espoleta de metralla. Pero parece ser que amar, llorar o tener miedo no es digno de los anales de la historia. Cuánto nos hemos equivocado.

Y cuánto nos seguimos equivocando. Ahora mismo hay una nueva Sebastopol o una vieja Zaragoza que también es mártir de relatos inverosímiles y ostentosos cantares de gesta. Gaza es considerada una ciudad sitiada por Israel, y a sus habitantes, por ende falaz, héroes de casta entregados al odio y a la resistencia. Pero, sin embargo, Gaza no se desangra, ni las mujeres se ocultan en los sótanos. En Gaza los niños siguen jugando al fútbol y en las plazas los mercaderes siguen instalando sus zocos. Las bombas caen a su alrededor, pero siguen haciendo la vida de siempre, o lo más parecido a la vida de siempre. Y seguro que se han acostumbrado a las explosiones, y a la presencia de blindados israelíes y a personajes variopintos con una ametralladora entre las manos.

Desde Troya hasta Gaza, nos hemos imaginado todas esas ciudades sitiadas y destrozadas. La Zaragoza de los Sitios también es una Zaragoza falsa que solo existe en nuestra cabeza, de la misma manera que nuestra concepción de victoria se manifiesta en función de nuestra concepción de derrota y viceversa. Y entre toda la miseria, los hombres y mujeres entregados a la batalla, los bailes de primavera, los afables cortejos y las operaciones de urgencia en improvisados hospitales, solo existe un héroe, y ese héroe es tan tangible y etéreo como un soplo de aire tibio en una tarde de otoño. El único héroe que conozco y al que merece la pena conocer es la verdad, y solo en la verdad podemos hallar la valentía necesaria para acabar con la ignominia de la guerra de una vez por todas.

 

FOTOS DE FAMILIA

Compro postales, creo que alguna vez ya lo he comentado en este pequeño foro que mantengo como blog. Frecuentemente, si tengo tiempo, recorro mercadillos de lo antiguo y muestras donde se ejerce el trapicheo y la custodia feroz de los objetos, cientos de evidencias de un tiempo que murió para renacer en nuestro ahora y que guardan como testigos el testimonio de tantas personas, tantas historias íntimas y tantas lágrimas y sonrisas acumuladas en los retales del tiempo que es absolutamente imposible quedar indiferente ante ello, tratándolos como objetos de valor sin preguntarse qué ha habido más allá; quién ha escrito esas líneas, cómo era esa persona, cuáles eran sus circunstancias y cuál sería el destino de todo aquello, dónde terminarían las promesas de amor enviadas desde kilómetros de distancia o los abrazos rotos por la distancia, donde se funden imaginación y realidad, entrega y abandono.

¿Dónde converge la vida, cada una de las cosas que existen, cómo terminó cada una de esas relaciones infranqueables y poderosas? ¿Quién no está seguro de la fortaleza de uno mismo y de las cosas que le rodean cuando escribe promesas al viento y a la merced de los mares que ha de atravesar la carta que las contiene? ¿Dónde acaba la certeza para que de comienzo la esperanza que se ahoga en su propio grito?

Tenía un profesor de matemáticas que, durante una de sus clases de topología, detuvo en seco su discurso, guardó silencio unos segundos y, acto seguido, borró hasta el último trazo de la pizarra. Luego dibujó con esmero un círculo casi perfecto y, dentro de él, dos rectas levemente inclinadas entre sí que partían de un extremo del círculo hacia el opuesto, pero que no llegaban a cortarse en él. Admiró su dibujo unos segundos antes de volverse hacia nosotros. Nos dijo: ¿se cortarán en algún momento ambas rectas? Alguien respondió que en el infinito, donde nadie puede abarcar su propia proyección, se cortarían. El profesor miró al alumno con interés y, añadiendo una sonrisa a su gesto, le dijo: ¿te has fijado que nunca se cortarán porque tienen su espacio limitado al círculo? Este círculo es su mundo, es su “todo”, y en su todo no se cortarán jamás. Nosotros, los humanos, hacemos lo mismo: nos empeñamos en limitar nuestro mundo a una ínfima parte de él, renunciamos a concebir el infinito al que pertenecemos y, en esa tozudez, pensamos que nuestros caminos no convergerán jamás. Pero nos equivocamos, estas dos rectas se cortarán. Quienes vivan en el círculo nunca lo apreciarán, pero quienes miren más allá, quienes conciban la vida en toda su maravilla y extensión, se darán cuenta de que todas las rectas, en algún momento y lugar, acaban por cruzar sus caminos y una vez que lo hagan nunca más podrán seguir su trayectoria como si nada hubiera ocurrido, para bien o para mal. Ya nunca más harán el camino solas.

Si compro postales es para mirar más allá del círculo, para abrir ventanas a otras vidas y a otras épocas y tejer con el peso del pasado nuestro propio presente. Por eso, tengo especial cariño a lo antiguo. Un objeto cualquiera dice más de nosotros y de las cosas que nos rodean que mil declaraciones y confesiones. Seguro que todos llevamos encima algún objeto estrechamente vinculado a alguna vivencia o recuerdo del que no queremos desprendernos. Los objetos hablan del camino que hemos recorrido, de todo lo que hemos dejado atrás y de lo que llevamos consigo. El viaje de la vida también se almacena en objetos que evocan recuerdos, hasta el punto de que el objeto en cuestión es tan parte de nuestro tránsito que es imposible desligarlo de nuestra existencia. Forma parte de nuestra vida querer conocer esas historias y también guardárnoslas como un tesoro que solo uno mismo sabe desenterrar al que volvemos muy de vez en cuando para admirarlo antes de volverlo a sepultar con un inevitable aire de nostalgia en nuestro interior. Las postales son pequeños círculos a través de los cuales podemos llegar a palpar el infinito.

A veces los objetos nos guardan sorpresas inesperadas. En una olvidada postal matasellada en 1910 he encontrado un poema muy especial, que también habla de sendas recorridas y caminos que se cortan de manera imperceptible en nuestra vida para ser recorridos juntos para siempre. Es del poeta zaragozano Luis Ram de Viu (1864-1906), y cuyos versos dicen así:

A tus ojos
 
Ojos grandes, dulces ojos;
ojos de casta mirada
brillando como la estrella
primera de la mañana
serenos como la paz
y hermosos como su alma;
quered un poco a mis ojos;
tened de mis ojos lástima;
de estos tristes ojos míos
que han llorado tantas ansias
y a Dios le piden llorando
solamente la esperanza
de ayudaros a llorar
en este valle de lágrimas.
 

¿Qué historia, qué vivencias, existirán detrás de cada una de estas palabras para dedicar, cómplice, estos versos tan íntimos y tan afortunados?

OBSTÁCULOS

No creo en las redes sociales. No creo en un algoritmo que nos conecta a los unos con los otros ni en un cachivache alimentado por electrones como su profeta. No creo en algo tan gélido e impersonal como un perfil social.

No creo que algo que no es imprescindible sea imprescindible.

Soy una persona de distancias cortas. Me gusta mirar a los ojos de mi interlocutor, verle saborear el café recién hecho por el camarero y sentirlo en su expresión. El momento del saludo, el tiempo que se escurre en la conversación y la buena (o efímera) compañía, los recuerdos que vienen y van como olas en la orilla del mar. La conversación que se teje al ritmo de la vida.

Las redes sociales, en cambio, han sido creadas para lo contrario. Destrozan los tiempos de la existencia y fuerzan las amistades a un distanciamiento extraño, sibilino y muy complejo. Porque sí, las distancias son mayores no cuanto más alejados estamos los unos de los otros físicamente, sino cuanto más sentimos esa lejanía en nuestro interior.

Las redes sociales son falsas, y la falsedad lleva a la traición. Propia, demasiadas veces. A imaginar lo que no somos capaces de ver o sentir por la ausencia de un contacto mucho más íntimo, preciso y necesario. Pensamos en las personas que queremos en un pretérito agujereado de un presente que no existe. Por ejemplo, nos es inevitable recordar los momentos compartidos con la persona con la que hablamos, o la ausencia de ellos, pero a la vez éstos quedan anulados por el empuje de la conversación presente. Es aquí donde surge la imaginación. Necesitados acercarnos lo que la red social es incapaz de permitirnos, nos aferramos a la casi siempre desafortunada creencia de que la sonrisa del emoticono o la algarabía que pretende denotar la sucesión de carcajadas son ciertas y que nuestro amigo verdaderamente sonríe al escribir esas líneas o ríe ampliamente al leer lo que has escrito hace un momento. Pero es sólo una creencia. Un vulgar invento al que nos aferramos dogmáticamente, pues todos somos conscientes de que, en mayor o menor medida, hemos mentido y traicionado a nuestro interlocutor expresando cosas que verdaderamente no hemos sentido. Hay veces que la traición se comete por simplicidad literaria. Otras, por un fin desesperado de tratar de acercarnos un poquito más a la confianza de la persona con la que conversamos. Y otras, simplemente, por falsa modestia y amabilidad fingida.

Hay algo que me sublima y que me preocupa enormemente. ¿Cómo distinguir si el abrazo o el beso que me envían es realmente un beso o un abrazo? Y una cuestión aún más intrigante: ¿qué tipo de beso o abrazo será? Porque no todos los abrazos y los besos son iguales ni cuentan lo mismo. No es lo mismo un beso de cumplido que uno de amistad, o un abrazo sugerido que uno bien fuerte y cálido. ¿Cómo saber que los besos y los abrazos que me imagino son tal cual me los imagino? Por mucho que conozcas a la otra persona, solo puedes intuir las sombras de lo que viene a ser el bosque. Las circunstancias varían y no solemos ser precisamente francos en la vida.

Creo que muy poca gente ha reflexionado sobre esto y no creo que haya mucha gente que lo entienda. Hay cosas y cosas, personas y personas, momentos y momentos. Y cuando uno conversa cara a cara, las cosas, las personas y los momentos se presentan en el lugar que les corresponde, con toda su alegría, tragedia o indiferencia. Con las redes sociales hemos terminado de renunciar a algo esencial en nuestra vida: el instante. Y apartados del instante derrochamos nuestras maravillosas vidas. Una red social se valúa en la respuesta rápida, en la inmediatez. Su ritmo desenfrenado impide escuchar a quien nos habla y nos conduce a la ansiedad de leer en transversal. También, recíprocamente, afecta a nuestros mensajes. Una charla por chat es un torrente de incursiones lingüísticas que nunca han de llegar con todo el sentimiento que evocan a nuestro interlocutor. Tiempo perdido. Conversaciones extraviadas. Pequeños retales deshilachados negligentemente por el camino.

Las redes sociales reflejan la esclavitud de nuestros días. Distancias largas, zapatitos de distancia entre tú y yo, revueltos pero no juntos, el tiempo que se escurre entre nuestras manos sin posibilidad de detener su pérdida. El temor a ser rechazados atado en la mediocre esperanza de la virtualidad.

Más allá de su eficaz contacto en situaciones de extrema lejanía, las redes sociales nos predisponen a una dependencia en el falso presente muy peligrosa. Nos recluimos en nuestros inventos, divagamos obsesionadamente sobre la intención de nuestro amigo o, simplemente, consideramos cosas que no han sucedido ni pueden ocurrir, sin tener en cuenta cuando sustituimos la amistad cercana por el frío trato internáutico. Es mejor, cuando las circunstancias no lo impiden, el amor o el disgusto de un recuerdo que un contacto reciente mitad propio y mitad de nuestro interlocutor.

La cuestión es la mil veces comentada, la de siempre: las redes sociales no son ni buenas ni malas, lo peligroso, lo que nos hace daño, es el trato indiferente que profesamos hacia los demás y que se acrecienta con la frivolidad que transmiten. Y ese problema ya no es excusable a un método o a una vía o sistema. Es un problema nuestro, nuevamente. Cuando mentimos mentimos nosotros, no miente el procesador de textos del chat de turno. Cuando imaginamos lo hacemos nosotros, porque preferimos una imagen falsa de un contacto presente que no se ha producido a estancarnos en conversaciones tan poco humanas. Nadie ni nada nos puede obligar a mentir o a recrear: somos nosotros quienes nos distanciamos o nos acercamos y nos dejamos abrazar por la mentira cibernética.

Solo nosotros, y nadie más. Pero permítanme una sugerencia, un consejo: vuelen y dejen volar. Vivan el momento con la persona que quieran o se sientan a gusto, el instante de una mirada, el aroma del café de media tarde, el paseo bajo la lluvia. Háganme caso, es mejor así. Recuerdos que se llevarán para siempre e instantes de fraternización que ningún otro medio o vía de comunicación podrán lograr nunca. Porque el contacto más íntimo, la distancia más corta que separa dos vidas son esas propias dos vidas. Y más allá de ello todo es más efímero y caótico.

Soy un hombre de distancias cortas. No me pidan que cambie un buen café por nada del mundo.

EL AMOR

Me acerqué a ella; me estremecí, ella me cobijó bajo su abrigo y para sujetarlo me pasó la mano en torno al cuello. Dimos unos pasos bajo los árboles, en la oscuridad profunda. Algo brilló delante de nosotros, no tuve tiempo de retroceder y me aparté creyendo que chocábamos contra un tronco, pero el obstáculo se escabulló bajo nuestros pies: habíamos pisado en la luna. Acerqué su cabeza a la mía. Ella sonrió, yo me eché a llorar, vi que ella también lloraba. Entonces comprendimos que la luna lloraba y que su tristeza estaba al unísino que la nuestra. Los acentos desgarradores y dulces de su luz nos llegaban al corazón. La luna, como nosotros, lloraba, y, como a nosotros nos ocurre casi siempre, lloraba sin saber por qué, pero sintiéndolo tan profundamente que arrastraba en su dulce desesperación irresistible a los bosques, a los campos, al cielo que de nuevo se miraba en el mar, y a mi corazón que, por fin, veía claro en su corazón.

[Marcel Proust, Sonata claro de luna]

El amor es amistad prolongada, un lazo invisible que nos une para siempre con la persona amada. Amar es pasar a formar parte de quien es amado, una extensión de su eternidad que se prolonga hasta el final de los tiempos; llorar juntos hasta que las lágrimas sean una sola, mirar en la misma dirección cuando nos dirigimos al ocaso. Amar es estar ahí, y estar ahí eternamente.

El amor es el hilo de Ariadna que nunca se ha de romper.

CAMINOS CONVERGENTES

Los caminos se cruzan y, a veces, lo hacen para siempre.

Hace unas cuantas semanas se habían acabado las revistas en la biblioteca. Ya no se verían más o, al menos, más de esas por ahí en una temporada. Pero al menos, me dijo, quedan las viejas.

Antes las solían regalar, según pasaban los meses y eran retiradas a cajas llenas de polvo completamente olvidadas en un rincón, pero ahora cubren la ausencia del relevo que ya no llega. Están desgastadas del uso, cubiertas de una leve capa gris, con las hojas dobladas por su larga guerra con los dedos. Y entre ellas, debajo de un ejemplar de Letras Libres de febrero del año pasado, encontré una vieja amiga.

Lienzo de Augusto Ferrer Dalmau

Su portada era inconfundible. Se trataba del número que Rolde de Estudios Aragoneses dedicó a Félix Romeo como motivo de su homenaje, a finales de febrero. ¿Cómo no reconocer la portada de Pepe Cerdá entre tropecientas? Quizás era la que mejor cuidada estaba del grupo. Parece ser que poca gente la leyó el tiempo que había estado haciendo guardias. Pero ahí estaba, esperándome a mí, que no había leído en todo este tiempo ni uno solo de sus textos y ahora llegaba a mis manos de la forma más sibilina posible para tratarse de una biblioteca pública.

El título que corona estas líneas no está escrito a propósito. Es de hoy, pero está reciclado de otros propósitos. Estas líneas serían otras si no fuera porque parece ser que Félix Romeo tendrá su propia calle en la zona del Pabellón Príncipe Felipe, haciendo cruz con otra en honor a Enrique Calvo.

Félix era un hombre de caminos. Su camino siempre se cruzaba con el de aquel que le necesitaba. Y siempre hacía converger tanto el suyo con el de la otra persona que, en ocasiones, daba la sensación de que perdiera el suyo y no fuera capaz de encontrarse. Sus dudas eran luz para el otro en forma de ánimos, sugerencias y una dedicación tan natural que llegaba a emocionar. Su obra no puede buscarse y hallarse en sus libros o en la infinidad de artículos que escribió, sino en cada uno de los proyectos de quienes eran sus verdaderos y mejores amigos.

De Félix ya se ha dicho todo. Yo soy un advenedizo que no puede considerarse ni un conocido de su persona. No tuve el gusto de compartir momentos de agrado o de disgusto con él ni, por supuesto, de discutir distendidamente como dicen que le gustaba discutir. Apenas se cruzaron nuestros caminos. Elogios y críticas arraigadas pero amparadas en percepciones y certezas vagas las primeras y a posteriori las segundas. Mas lo que puedo afirmar sin temor a equivocarme es que Félix era un hombre de caminos y si eras uno de los afortunados que cruzaban el suyo con el de él, no dejarían de converger jamás.

A vece echo de menos que haya tan pocas personas capaces de comprender que los caminos nunca se hacen solos, sino acompañados, y que es mejor cargar la mochila de nuestros recuerdos que de los miedos y temores que acostumbramos a atesorar hasta más allá de nuestra propia muerte.

No sé si estas líneas, simples y vagas, van dedicadas para Félix o para todos nosotros, pero de una cosa estoy seguro: el título no es casual. Hasta hace un rato era el título de un texto sin motivo, ahora lo es el de unas líneas que quería haber escrito desde hace mucho tiempo. A fin de cuentas, los caminos siempre son convergentes. Lo importante es estar ahí en el momento justo.

Como diría la fiel lectora y amiga de este blog María Bernad: hay muchos héroes en el camino. Todos lo somos en algún momento de nuestra vida.

LOS DIOSES SIEMPRE RÍEN

De entre todas las conversaciones que Tiziano Terzani mantuvo con su hijo Folco en un pueblo perdido de Italia antes de su inevitable muerte y que han sido recogidas en la necesaria e inestimable obra El fin es mi principio, hay una que destaca sobre todas las demás. En ella, después de un rato de conversación Folco, preocupado, pregunta a su padre qué hacer ante el terror producido por la presencia de alguien siniestro o poderoso. Tiziano, sin inmutarse, se recuesta en su gompa y le responde:

-Imagínatelo cagando.

Parece que en Occidente nos tomamos demasiado en serio las cosas. Tanto, que a pesar de que han pasado unas cuantas semanas de silencio desde que algunas gacetas humorísticas volvieron a la carga utilizando al Islam como objeto de sus caricaturas, aún siguen apareciendo artículos como el que firma Daniel Gascón en Letras Libres intentando acotar un suceso que debería estar asumido y resuelto desde hace décadas o siglos. Hablo en siglos porque el tira y afloja en torno a la libertad de expresión lleva produciéndose desde que la humanidad es humanidad, y en un sentido ampliado, grotesco y periodístico, desde los siglos XVIII y XIX, con el nacimiento de la prensa moderna y su difusión cada vez más amplia.

Todos sabemos -y esto es innegable: quien lo niegue miente- que la libertad de expresión es utilizada como una excusa demasiado amplia como para dirigir ataques y escudarlos en ella. Es una bonita trampa: en una sociedad que sigue sin comprender las cosas, que su máximo avance ha sido hablar de derechos (¡cuidado, no de Justicia!) y que, en realidad, esa incomprensión le conduce a intentar una y otra vez imponer unas cosas sobre las otras, bajo el paraguas de la libertad de expresión se puede insultar o hacer daño a alguien zafándose, además, de las evidentes protestas del agredido, que quedará ante todos como un fundamentalista y un censor. Y cuando los argumentos del agredido, más o menos justos que los del agresor, comienzan a corroer el montaje de la libertad de expresión, entonces siempre se responde lo mismo: chico, que poco sentido del humor tienes.

El humor es la excusa perfecta, el excalibur que todo el mundo quisiera tener. ¿Quién puede alegar algo ante el argumento del humor? El insulto se fundamenta en la miseria de la imposición y en las convenciones que le dan sentido. El humor es algo natural e imprescindible, un hermoso camino que puede conducir justamente a lo contrario, a la hermandad. El humor, empleado por el sofista, es un arma arrojadiza muy eficaz ante quienes actúan igualmente bajo las mismas convenciones que el primero. Ante el argumento del humor, el ofendido solo puede bajar la cabeza porque ha delatado su injustificado enfado, y de esta manera la injusticia del primero queda cubierta con el fuera de juego del segundo.

No es una cuestión de legislación y Estado, como apunta Daniel Gascón, sino de Justicia y realidad. La libertad de expresión no es algo que se pueda admitir, regular o aceptar, sino es una consecuencia directa de nuestra realidad humana y, por tanto, corresponde siempre. Que un Estado la admita o no nunca supone un impedimento a su presencia, sino una persecución de la misma. En otras palabras: quizás pueda controlarse que se hable en alto a un gran público, pero se seguirá hablando en voz baja con unos y con otros ante la impotencia del opresor. Nadie puede impedir algo que solo depende de nosotros mismos y que es justo. Pero la expresión, convertida en libertad, supone poner candados a las ventanas. Es una manera de intentar controlar lo incontrolable, haciendo creer que algo propio de nuestra existencia depende de la aprobación de un congreso o de la bondad o maldad de una religión o de un gobierno determinado. La libertad de expresión es la degradación y el entierro de la propia expresión, una falsa ilusión de defender algo cuya defensa es inexpugnable y de limitarla a conveniencia. En Occidente, a pesar de haber sido testigos de la época de las luces y su defensa de la justicia, la libertad de expresión también está regulada y limitada. No se pueden decir según qué cosas. Los periódicos censuran, las revistas eligen la temática de sus artículos y se persigue a quienes dicen aquello que nadie quiere escuchar o que se encubre. La censura es una actividad con la que lidiamos y que asumimos todos los días: desde la abuela que reprocha el lloro del niño, por parecer afeminado; hasta el artículo que es rechazado no por su baja calidad o por las incoherencias que contiene, sino por la temática en la cual se fundamenta. Occidente, como cualquier otra región del mundo, sigue comportándose de una manera inquisidora y aséptica, tomándose en serio lo que en serio se dice y lo que no, y en demasiadas ocasiones en viceversa.

Hay un puente que no puede obviarse en todo este asunto, y es la intención. La intención siempre queda encubierta y enterrada cuando no interesa que se perciba, pero es un elemento tan evidente como las propias palabras que la albergan. Existe una diferencia insalvable entre una caricatura sobre una cosa, que pretende destacar irónicamente y con humor algún aspecto de esa misma cosa, y otra que, de alguna manera, busca ridiculizar a la cosa en sí misma. Lo primero es interesante e incluso sano. Son críticas sutiles lanzadas con ingenio sin un mal fondo de por medio. Lo segundo es una forma de humillar por el simple hecho de la existencia de esa intención, cuya presencia queda bien reflejada en un caso o en otro. El Occidente actual tampoco debería ocultar durante más tiempo con la hipocresía con que lo hace que, en realidad, le gustaría que no existieran religiones, ni filosofía ni pensamiento. Son un estorbo para su alienamiento materialista. Hablar de la realidad, pensar, implica sentir y ser nosotros mismos, comprender y avanzar, mirar hacia adelante. Limitar esta realidad y hacerla converger en la miseria social es una manera de estrangular a la humanidad en sí misma y sumirla en un abismo del que es muy difícil salir. Con la debacle filosófica y su fragmentación gnoseológica, el único púgil que queda en el camino con la suficiente potencia como para frenar el caos que ya padecemos son las religiones, con el handicap añadido de todas las mentiras y prejuicios que llevan arrastrando durante siglos. Pero las religiones son púgiles viejos y cansados que se encuentran demasiado minados por la propia sociedad que ahora las empuja al abismo como para mantener la posición. No se duda en recordar la injusticia albergada en su seno como uno más de los cientos de argumentos falaces que se dirigen contra ellas. En el caso del cristianismo, que es la religión que nos afecta más directamente, nadie duda en señalarla cuando salen a la luz casos de pederastia o de niños robados. Sin embargo, se olvida mencionar muchas veces detalles esenciales. Por ejemplo, que sin la aprobación de un médico no se puede autorizar un parte de defunción. O que, sin la mirada a un lado del político de turno ante el soborno de monseñor, esas vejaciones que tanto nos escandalizan difícilmente hubieran podido mantenerse con la efusividad que en muchos casos se produjeron. También, por qué no decirlo, que no solo en abadías y colegios de curas se ha abusado y se abusa de niños, o que los robos de bebés o las palizas indiscriminadas en reclusorios no sólo han afectado y afectan a enclaves con afinidad religiosa. De hecho, la proporción es idéntica en unos y otros, si salvamos diferencias obvias relacionadas con la Historia y la confesión (o su ausencia) de cada país. ¿Este hecho, tan asqueroso como el primero, acaso justifica el inicial? Ni siquiera debería tener que adelantarme con esta pregunta ni con la evidente respuesta negativa, ya que no estamos hablando del daño causado por unos y por otros, sino de la acusación de unos y el violento silencio ante los otros. Porque los otros son de los nuestros y los unos, nos sobran.

Occidente se jacta de otro sofisma más nauseabundo aún: convertir la libertad en la inmunda rapiña. Nos dicen: sé libre comprando, sé libre robando, sé libre no siendo libre, o sea, no siendo tú mismo, sometiéndote a la censura de los demás, repudiando la verdad de las cosas y viviendo en la mentira. Sé libre siendo nihilista e imponiendo sobre las demás cosas. Occidente, en pro de esa libertad que no es tal, afirma ser aconfesional, pero su dogma es precisamente el laicismo que predica. El laicismo teórico habla de respeto, mientras que el práctico, el que se observa diariamente, dice justo lo contrario. Desde hace un par de años, grupos laicos se han jurado estorbar el acto religioso del Jueves Santo que rememora la pasión y muerte de Jesús de Nazaret en el Gólgota, convocando procesiones dispares y ridículas que buscan a ojos vista el enfrentamiento con los pacíficos oferentes. No hay más que estudiar el recorrido tradicional de una y el elegido por la otra para encontrar puntos comunes donde ambas se encuentran. ¿Cómo podemos seguir escribiendo en revistas serias alegatos que defiendan, bajo el coladero de la libertad de expresión, acciones de este tipo? ¿Por qué los cristianos que lo deseen no pueden llevar a cabo sus rituales de la misma manera que los laicos realizan sus actividades en la calle? ¿Cuál es el motivo, justo e inapelable, que conduce a elegir el Jueves Santo, día de máxima exaltación cristiana, para llevar a cabo una procesión paralela llena de símbolos procaces, ruido, molestia y esperpento? No existe tal motivo porque ni siquiera existe tal actividad laica. Es más, el propio laicismo que, como digo, habla de respeto y aconfesionalidad, imposibilita dotar de sentido a esta clase de actividades, completamente grotescas. Ni qué hablar de la exhibición de estos mismos grupos cuando se celebraron las Jornadas Mundiales de la Juventud, durante las cuales se persiguió literalmente a los participantes lanzándoles condones al rostro, insultándoles por pertenecer a una religión y rodeándoles para impedir que se movieran y asistieran a los actos. ¿Qué clase de proceder es éste, además de la risa que produce que se utilice el preservativo como arma anticristiana cuando todo el mundo sabe que, encíclicas papales aparte, la propia Iglesia lo recomienda en su seno?

Como con el cristianismo, la persecución contra las religiones continúa con otras más exóticas y, en principio, más alejadas del alcance occidental. Las caricaturas y el vídeo que han conducido a esta inaceptable espiral de violencia poseen, en su germen, una intención patente de persecución contra las creencias religiosas que, vuelvo a repetir, no puede ser negada por su rigurosa evidencia. Buscan asestar un golpe, no reirnos los unos con los otros. Y no se puede, ahora que se ha lanzado la piedra y nos han visto tirarla contra la ventana, esconder la mano y disimular la intención.

Quizás, y es un quizás completamente suprimible, al mundo árabe le haga falta humor, pero como al resto del mundo, a nosotros también nos hace falta como agua de mayo. Solo es necesario abrir un periódico y comprobar lo repleto que se encuentra de noticias fútiles y de temores infundados ante señores con traje y corbata a quienes únicamente les hace falta un buen activia. Para que nos los imaginemos cagando y, como Terzani y como Dios, poder reirnos un rato de nuestras propias y tontas miserias. Es ésto, o viajar.

VENTAJAS DE VIAJAR EN TREN

Al comienzo de Ventajas de viajar en tren aparece lo siguiente:

Imaginemos a una mujer que al volver a casa sorprende a su marido inspeccionando con un palito su propia mierda. Imaginemos que este hombre no regresa jamás de su ensimismamiento, y que ella tiene que internarlo en una clínica para enfermos mentales al norte del país. Nuestro libro comienza a la mañana siguiente, cuando esta mujer regresa en tren a su domicilio tras haber finalizado los trámites de ingreso, y el hombre que está sentado a su lado, un hombre joven, de nariz prominente, ojos saltones y alopecia prematura, que viste un traje azul marino y lleva sobre las rodillas una peculiar carpeta de color rojo, se dirige a ella con esta pregunta tan peregrina:

    – ¿Le apetece que le cuente mi vida?

Desde que Antonio Orejudo la publicó en el 2000, se ha hablado mucho de las claves que rodean a Ventajas de viajar en tren. En el ámbito filológico -y por ende, universitario y académico- es considerada una especie de Talmud o Antiguo Testamento capaz de iluminar con su sapiencia los fundamentos y modismos de la literatura típica de la generación de los sesenta. Hay tesis doctorales, trabajos de fin de licenciatura y toda clase de ensayos y artículos largos publicados en revistas asociadas al estudio filológico rondando por ahí, incluso alegatos de defensa de la brillantez de la obra y su innegable repercusión en la narrativa española posterior. La mayoría de los que han hablado de esta novela con una mínima intención reflexiva están convencidos de que Ventajas de viajar en tren no es solamente la obra cumbre de toda una generación de escritores, sino también una caja de pandora que reúne las referencias más exquisitas de la escribanía histórica y, en consecuencia, una llave que permite entender la narrativa joven de nuestros días, al cargo en gran medida de la generación del setenta y nueve.

Sin embargo, la búsqueda de referencias puede convertirse en una obsesión peligrosa. Isaac Newton estaba convencido de que en la Biblia se encontraba la fecha del fin del mundo. Rastreó durante décadas cada uno de los libros, desde el génesis al apocalipsis; realizó diagramas complejos y resolvió importantes cálculos para entrelazar unas fechas con otras. Estoy seguro de que gran parte de su análisis matemático, el que le llevó a rivalizar con el filósofo Leibniz, tiene su origen en la necesidad de extrapolar grandes sumatorios de cifras y de relaciones numéricas carentes de sentido en apariencia. Al final de sus días resolvió la que para él era la evidente fecha del apocalipsis y ocultó estos datos con el fin confeso de “esperar a que algún día haya alguien en el futuro que las pueda comprender y que pueda utilizarlas para prevenir a la humanidad” (sic). Quizás Newton acertara con más o menos precisión sobre la fecha exacta del suceso, pero sus sinceros testimonios delatan su incomprensión del apocalipsis y de la Biblia. Podría haber aprovechado para aprender lo mucho que ocultan los textos sagrados acerca de la realidad y la vida si simplemente los hubiera analizado y tratado de comprender. Podría haberse dado cuenta que, quizás, el apocalipsis anunciado no tiene porqué referirse a una hecatombe planetaria, sin que ello reste gravedad al caso. Pero Newton no trató de ver, sino de buscar obsesionadamente algo que él creía que tenía que existir.

De igual manera, el ámbito académico hace mucho tiempo que, en general, dejó de mirar más allá de sus narices. Están obsesionados en buscar referencias en los antecesores y claves que delaten el trabajo de los sucesores. Creen -y no sólo lo creen, sino que están absolutamente convencidos de ello- que una vez que alguien llega a algo, el resto es incapaz de llegar también por su cuenta a ese algo. Pero se equivocan. Una cosa es relacionar unas cosas con otras cuando existe vinculación entre ellas (siempre demasiado evidente) y otra muy distinta adjudicar al pasado la existencia del futuro. Se olvidan de lo único importante: el presente. No todo procede del bagaje cultural previo. Es más: el fundamento de esa cultura se encuentra en la realidad de la que procede, lo que obliga a que personas distintas en tiempos o lugares distintos puedan llegar a formas iguales o muy similares para las mismas cosas. Vuelvo al ejemplo previo: Leibniz vivía en la actual Alemania y Newton en su Inglaterra natal. Ambos publicaron formatos matemáticos distintos, con nomenclaturas diferentes y expresiones incomparables, pero tanto el filósofo alemán como el investigador inglés llegaron a una misma operación: la integración. Cada uno publicó sus textos en sus países y dada a la rivalidad presente entre británicos y continentales, las obras de ambos bandos se quedaban en esos bandos. Además, se publicaron casi simultáneamente, y dados los mecanismos de distribución de la época habría sido casi imposible que uno u otro leyera la obra de su contrincante. Ambos llegaron a lo mismo sin tener contacto con sus trabajos ni sus teorías y, sin embargo, pese a que no es ni el primer ni el último caso de este tipo, seguimos asumiendo como imbéciles que los demás lo son y solo unos pocos iluminados monopolizan la verdad de las cosas.

A Ventajas de viajar en tren la relacionan con símbolos de existencia dudable pero, por contra, se han olvidado de un rasgo muy evidente de influencia, que esta vez sí lo es: Ventajas de viajar en tren tiene mucho de Sonata a Kreutzer. Tiene un comienzo ingenuo y sin sentido, hay un tren, una serie de pasajeros y un hombre que decide, con toda la naturalidad del mundo, contar su historia. Hay también historias entrecruzadas, paros en estaciones, interrupciones del relato y la pasividad general de los pasajeros. La únicas diferencias notorias radican en la expresión literaria y en la temática. O quizás en lo último tampoco.

Sonata a Kreutzer presenta una narrativa cuidada y precisa de la que Ventajas de viajar en tren carece. No es una cuestión de estilos, sino de narración. León Tolstoi fragua un relato en la sobriedad y Antonio Orejudo se empeña en construir un relato sobrio. Si algo caracteriza a la literatura contemporánea del final del franquismo y la transición (o sea, generaciones del sesenta y setenta y nueve) es que la expresión narrativa de la sobriedad sigue sin conseguirse. Para lograr la naturalidad suelen utilizar un lenguaje descarnadamente soez y, en demasiadas ocasiones, indeseable. Es indeseable no porque exista repulsa o pudor ante determinados vocablos (que también se da en casos narrativos, pero ese es otro asunto), sino porque está en fuera de juego en la narración. No son propios de las escenas que se están narrando porque, en el intento obsesivo de alcanzar la naturalidad, se están añadiendo elementos aparentemente naturales pero que abruman y destrozan la narración. Alberto Olmos es un narrador estupendo, pero colapsó Ejército enemigo con más sexo del que su hilo narrativo podía mantener. Al final, las propias escenas de sexo que, supuestamente, deberían mantener al lector en la narración, son las que consiguen sacarlo fuera en más de una ocasión. Para muchos de los literatos del postfranquismo (que, aunque lo finjan con su aparente ruptura con el pudor, siguen influidos y ligados a la tradición castiza de la que reniegan), emplear esta técnica supone un elemento de márquetin que ayude a destacar sus publicaciones en la gran masa de novedades que se presentan cada mes. Son acciones de enfant terrible que, bien empleadas en una justa medida, son dignas de todo elogio y admiración pero que, empleadas como salvoconducto y síntesis de la historia, no hacen más que ejecutarla antes de nacer. Destrozar buenas obras por llamar la atención de la gran masa acaba convirtiéndose en el panorama satélite lucrativo que envuelve a la cultura pero que no se corresponde con ella. No hay que tener miedo a las palabras, sino emplearlas cuándo y dónde correspondan. Y esa es una tarea que, hoy por hoy, aún nos queda por aprender a casi todos.

Si leo esencialmente a León Tolstoi es, precisamente, por su capacidad narrativa, por la carencia de puntualizaciones al margen de la narración y por la consecuente naturalidad a la hora de transmitir las cosas. Es un buen modelo para lograr algo que ya andaba buscando antes de saber quién era Tolstoi. Precisamente, ahora que la novela de tesis anda tan puesta de moda, Sonata a Kreutzer podría servir de ejemplo de cómo narrar la impotencia de la víctima, el horror asumido por la sociedad y la complicidad de la propia familia en casos de maltrato doméstico. Porque si en este país, y quien dice España dice Europa y el resto del mundo, hubiera una intención real de mostrar la realidad y no lavar el cerebro con convenciones y terror a la juventud, Sonata a Kreutzer formaría parte de las lecturas consagradas de todos los programas educativos a nivel internacional. Si Sonata a Kreutzer es un relato sobrio, natural e impactante es porque la realidad que se narra también lo es. El autor no pretende convencernos de que el maltratador es una bestia, sino mostrar la brutalidad de los hechos para que podamos tratar de comprender por nuestra cuenta qué es lo que ha llevado a degenerar a una sociedad, a una vida y a una víctima de esta manera. Avanzar, a fin de cuentas, en la verdad de las cosas para solventar los problemas a raíz de esa comprensión, y no retraernos en la maldad del prójimo ni en su monstruosidad. De alguna manera, Ventajas de viajar en tren habla en la misma clave, en un caso completamente distinto, pero utilizando magistralmente el marco de la psiquiatría para mostrar el mismo horror en un marco absolutamente diferente.

Es preferible leer a Antonio Orejudo analizando lo que nos dice y disfrutando de sus novelas que tratando de encontrar claves que quizás no existan. Deberíamos tratar más de comprender las cosas en vez de empeñarnos en encajarlas en nuestra visión del mundo, se correspondan con ella o no. Eso no es conocer, es hacer el idiota. Y a la larga (y ahora mismo también), nos pasará factura.

De trenes, viajes, ventanas y escaleras hablamos el próximo día.

TODO EL DAÑO DE UNA SOLA VEZ

En la biblioteca de Aragón hay dos rincones que me encantan, dependiendo de la intención que tenga en cada visita. Si quiero leer, es imposible despreciar las cristaleras de la planta baja. ¿Alguien se ha fijado en ellas? ¡Qué hermosa luz, esculpida en las plantas del pequeño jardín, perdiéndose entre los edificios, atravesando el vidrio con la claridad de la mañana! El efecto solo dura hasta mediodía, cuando a esa misma luz cariñosa y agradable le da por apuntar de lleno y cocer a los enamorados personajes que nos repantingamos en las butacas, a medio camino entre el sillón y la hamaca campera. El único problema, claro está, es que las mesas son demasiado bajas o, mejor dicho, las hamacas hunden el culo demasiado y es imposible escribir ahí sin retorcerte y acabar molido. Es aquí cuando, si hace falta escribir, hay que cambiar a otra ubicación.

La sala de estudio está descartada. Escribir en una sala de estudio, con su luz artificial y el penetrante silencio no favorece nada. Hace falta algo más agradable y más natural, una alternativa a la luz de los ventanales pero con una mesa y un asiento adecuados. He buscado mucho por toda la biblioteca y el único lugar que reúne todos los requisitos es una pequeña mesa para dos personas oculta detrás de la estantería de los comics, justo al lado de los libros de teoría del guión cinematográfico y los de cine para dummies. Allí me siento algunas veces a escribir o a darle vuelta a algún libro que me haya llamado la atención lo suficiente como para verme obligado a tomar notas in situ.

Hace unos días me atreví por fin con un libro pendiente. Un rato antes había estado leyendo algunos capítulos de La muerte de Iván Ilich, del mil veces nombrado en este blog León Tolstói, y un poemario del poeta argentino y afincado en España Andrés Neuman (del que me encantó un poema que, si mal no recuerdo, se llama Mujer leyendo). El caso es que, cuando me decanté por tomar la edición de Acantilado de los versos de Neuman también miré a ver si había algo de Emilio Pedro Gómez y me encontré con ésto.

No es casualidad que haya recaído en Octavio Gómez Milián. Primero, porque estaba  buscando en la G. Segundo, porque Octavio imparte matemáticas en el que fue mi instituto. No es la primera vez que leo poesía de Octavio, pero sí que me zampo en una sola mañana uno de sus libros. Por qué no nos hicimos todo el daño de una sola vez es una recopilación fabulosamente urdida de poemas de amor, a través de los cuales el lector es sumergido en un océano de melancolía y esperanza que se funden en el instante del recuerdo. Octavio saca su arsenal desde el principio y comienza con una pieza simple, delicada e incluso introductoria a lo que vendrá después. Una descripción del amor tan sibilina ante la que es imposible no quedar interpelado.

ELLA

Me he enamorado tan lentamente
de ti
que parece que estoy así
                                     desde siempre.

Porque si algo caracteriza a la poesía de Gómez Milián es su frescura en ritmo y la sobriedad en el símbolo.

Una observación interesante acerca de las artes de nuestros días es que el símbolo ha sido transformado o, mejor dicho, se ha abierto a un nuevo registro: la interpelación circunstancial. En vez de basarse en una similitud (se me ocurre, por ejemplo, el típico sus dientes eran como perlas/esculpidas en el fondo del mar) el propio hilo narrativo del poema conduce hasta breves y castizas referencias a detalles del entorno del poeta, de los personajes, o de los días que vivimos. Así, por ejemplo, en su poesía hay referencias a rincones de la ciudad ante las que solo un buen zaragozano o un merodeador perspicaz se verá interpelado. No se trata de que el poema se vea restringido a unas referencias determinadas, pero sí suponer un guiño al entorno y a quienes viven en ese entorno. En pocas palabras: no hablo de rascacielos, solo de los neoyorquinos. Y esa diferencia marca un intimismo trascendental en la obra.

Octavio Gómez Milián hace lo que Sergio del Molino o Manuel Vilas en su literatura: el paisaje no es únicamente un entorno circunstancial en el que pasan cosas, sino que es su razón de ser, la esencia de esas cosas. La ruptura amorosa y el recuerdo serán lo mismo aquí o en Sebastópol, pero las lágrimas derramadas y las noches de alcohol solo son zaragozanas. Aquí es donde se diluye la poesía para convertirse en confesión. No se trata de la voz de un poeta que grita cuánto ama o ha dejado de amar, qué bello es esto o cuánto me gustó aquello, sino que se ofrece una ventana a la vida de la persona que se encuentra al otro lado del papel. Las cosas se presentan como tal, sin artificio ni obsesión alguna por dejar claro qué se quiere transmitir, una tarea que si bien es complicada en el resto de artes aún lo es más en poesía, donde el abuso de simbolismo conduce a una constante redundancia insalvable que destroza el sentido de la obra.

Octavio consigue esa naturalidad con maestría, jugando con los versos, cortando las frases, bailando con los silencios. Detrás de algunos poemas parece escucharse una sintonía de fondo que nos traslada a otra Zaragoza y a otras personas, esquinas y recuerdos de una ciudad que aún sueña con ser desenterrada del olvido. Un viaje que naufraga en la melancolía para reencontrarse en el recuerdo y el devenir de la vida, con el toque de humor y rabia que muchas veces se instala en estas situaciones, como indican con acierto los siguientes versos.

ÉL (ahora sé que lo tienes)

Brindo por el hombre
que tiene enamorada a mi mujer.
Brindo para que se ría de su
aspecto,
critique su jersey,
                   machaque el café que ella
                   le prepara por las mañanas.

O estos otros:

DOS OSTRAS
 
Tenemos algo parecido a una fecha secreta
y una canción nuestra.
Con mucho menos se derrumban imperios
y se mantienen imperturbables las motas de polvo.
¿Por qué no eliges qué prefieres?

Poesía y matemáticas parecen confluir con la literatura y la música, buscando esa armonía que los números son incapaces de regalar y a la cual solo sintiendo podemos aspirar. Versos encendidos que hablan de la decadencia o del amor perdido, o de la mujer amada que aún está por llegar y la grandeza del momento. Por qué no nos hicimos todo el daño de una sola vez es el primer poemario de Octavio Gómez Milián y, quizás, la mejor de sus obras hasta el momento. Una obra que merece mucho la pena ser leída y disfrutada en la apacible plenitud del silencio de la velada. Como nos sugieren los siguientes versos:

No preguntéis más por ella,
estoy tratando de escuchar
su silencio a través del teléfono.

RELOJES

La segunda y la tercera estrofa de Clocks dice más o menos esto:

Confusion never stops
clossing walls and ticking clocks (gonna)
come back and take you home,
                                -I couldn’t stop-
that you now know (singing)
come out upon my seas,
curse mised opportunities
(Am I) a part of the cure,
or Am I part of the disease? (singing)
 
You are
and nothing else compares
oh no, nothing else compares
and nothing else compares.
 

Lo que viene a ser en español:

La confusión nunca acaba,
tapiando muros y relojes que hacen tictac (vas a)
volver y llegar a tu hogar,
                         -no podría parar-
aquello que sabes (cantando)
sal de mis mares,
malditas oportunidades perdidas
¿(Soy) una parte de la cura
o una parte de la enfermedad?
 
Tú eres
y ninguna otra cosa es comparable
oh no, ninguna otra cosa es comparable
y ninguna otra cosa es comparable.
 

Desde que los chicos de Coldplay lanzaron Clocks en 2003, el tema fue bien acogido por la crítica y por el ámbito audiovisual, asombrados por la fuerza y el dinamismo que presentan los arpegios de piano frente a un fondo muy minimalista de bajo y batería. Acústicamente hablando, el tema es sencillo: además de los arpegios y las repeticiones, se emplea una escala descendente que cambia de tonalidad. La clave musical radica en el buen criterio llegado el momento de mezclar esos elementos y añadirle sutiles acompañamientos de sintetizador que consigan el efecto deseado. No se equivocaron al predecir que Clocks iba a convertise en uno de los mejores sencillos de todos los tiempos y en uno de los temas de referencia en el futuro, incluso para la propia banda británica. De hecho, muchos de los temas de su tercer disco, X&Y, arrastran el poso que Clocks había dejado, estando incluso presente en el sencillo Speed of Sound, donde se imita la misma progresión exacta de acordes.

Clocks ha pasado a la historia por su virtud musical, pero nadie parece haberse fijado en un pequeño detalle. Es algo muy simple, una nimiedad: Clocks es una obra maestra, y ante obras maestras como ésta no se puede resumir su capacidad a una buena ejecución de los arpegios o a un acertado uso de los ostinatos. Clocks es mucho más que armonía. Para comprenderlo no podemos quedarnos con los primeros árboles que veamos. Tenemos que abarcar el bosque, y para hacerlo hay que dar el primer paso, hacer crujir las primeras ramas secas y adentrarnos en la canción. Para comprender Clocks hay que comenzar sintiendo su letra.

Y aquí hemos llegado al telón de acero. Coldplay tiene la capacidad de hacer buena música, y la buena música es capaz de combinar la acústica con la letra. Es decir, una buena canción, de tener letra, es toda una, no hay discordia entre las palabras y los acordes. Coldplay consigue crear himnos, y al igual que Viva la Vida, Christmas Light o Violet Hill (de esta última espero hablar más adelante), es absurdo diferenciar la letra de la melodía, como si fueran inmiscibles. Quienes se han atrevido a inspeccionarla, la califican de críptica. ¿Desde cuando la letra de una canción puede ser críptica? Es muy difícil que la letra de un tema sea críptica, pero más aún que lo sea una de Coldplay. No, el mensaje de Clocks no es confuso, sino directo y elocuente. Aprovecha los cambios de escala y las diferentes mezclas con los arpegios para generar cambios bruscos de tonalidad que transmiten una sensación de rapidez y ajetreo que envuelve al oyente, jugando con las repeticiones, que otorgan un sentimiento de implacable monotonía, y el final de las escalas descendentes para incluir un elemento clave en la letra: los nexos. El nexo permite cerrar el círculo del trasiego monótono para provocar el sentimiento de angustia y desasosiego ante la falta de tiempo. Porque aquí está la clave que nos permitirá conocer el bosque.

Letra y música son absolutamente independientes y cada una, por su cuenta, es capaz de transmitir exactamente lo mismo. Pero son juntas cuando consiguen retratar el ritmo de vida de la sociedad moderna occidental. La letra nos habla precisamente de la impotencia ante la exigencia de los demás y de la desesperación por vivir y ser uno mismo de quien la sufre. ¿Y qué efecto acentúa este hecho, en general? La dificultad para pensar y sentir. Coldplay logra evocar a la perfección esta realidad mediante el uso de frases cortas y sin aparente correlación, cantadas en paralelo, con el mismo ritmo y siguiendo las constantes repeticiones. De esta forma se genera la simbiosis justa, una letra que refuerza y dota de sentido absoluto a la música y una melodía que otorga vida a lo que en principio es un mensaje sin sentido.

La clave de que Clocks se haya colado en un universo completamente devoto de las listas de ventas es que quienes han pillado su sentido confían plenamente en el etiquetado comercial y quienes podrían haberlo tomado en serio no lo han pillado. Que críticos tan supuestamente acostumbrados al análisis musical como los que firman en Rolling Stone o en el New York Times hayan etiquetado su letra de críptica porque no entra dentro de unos cánones convencionales (ni siquiera tiene un estribillo que se reitere: de hecho, el único estribillo es la tercera estrofa, que es anunciada al final de la primera) es absolutamente inaceptable. Quizás este hecho permita comprobar hasta qué punto el etiquetado comercial dificulta el diálogo a través de la cultura. Aunque hoy en día fardamos de ser cultos, lo único que se observa es pedantería y gilipollez, síntomas inequívocos del desconocimiento y la incomprensión que arrastramos. Occidente sigue considerándose más sabio que el resto del mundo mientras que cualquier tribu africana es, en proporción, infinitamente más culta.

No debería extrañarnos, por tanto, que en nuestras antípodas se comprenda mucho mejor la cultura. El simple legado de la filosofía zen ya supone una ayuda considerable para facilitar la necesaria comprensión y el sentimiento. Aquí estamos acostumbrados al discurso fácil, a las palabras de un divo y el amén de sus seguidores, no a pensar  y reflexionar. Y es una pena que la tradición oriental, mucho menos alejada de la realidad de las cosas, esté siendo desplazada e invadida por las convenciones occidentales. Es una lástima que en un continente tan extenso donde se ha apreciado durante milenios el momento y la existencia acabe perdiendo su pequeño rincón de ser. No es lo malo perder el tiempo, sino dejar morir el momento. Nuestra vida está llena de momentos maravillosos, cada uno de ellos completamente diferente a cualquier otro que pueda llegar a existir o que se haya producido previamente. Es al momento y no al tiempo al que hemos renunciado, y con él, a nuestra esencia, a la existencia y a la felicidad.

Sin embargo, Clocks también aporta la solución, no solo el problema, y este detalle convierte a Coldplay en una banda más memorable aún de lo que ya es. En la cuarta estrofa dice:

You are…
Home, home, where I wanted to go.
 

In spanish:

Tú eres…
Hogar, hogar, a donde quería ir.
 

Es decir, que después de la tribulación ha llegado la calma. El hogar es el refugio del confundido, y es en la tranquilidad del hogar donde el ser puede ser él mismo. En otras palabras: sea usted mismo, sienta el momento y no se deje machacar por la ineptitud de quienes le rodean.

Aunque no me considero fan de nadie en particular, tenía que decirlo. No sé como Coldplay no es indiscutiblemente considerada la mejor banda del mundo. Unos tíos tan grandes capaces de hacer buena música además de escribir unas canciones tan maravillosas deberían ser tenidos mucho más en cuenta de lo que ya lo están, aunque solo sea por sus letras (atención a Paradise: todo lo comentado aquí se cumple de nuevo a la perfección). Ya siento haber soltado el discurso en pleno agosto (y con la ola de calor in crescendo), pero tenía que hacerlo. Coldplay se lo merece, y todos nosotros también.

TORMENTA DE MIEDO

En Como pasear en una noche de verano, escribí lo siguiente:

Como ocurre con las grandes obras, Piloto de Guerra ha sido trágicamente considerada un relato menor. No es la primera vez que me encuentro con obras excepcionales que han sido pesadas a bulto por los críticos. León Tolstói y Antoine de Saint-Exúpery comparten bastante en común. Ambos han sido dos escritores que han destacado en el panorama internacional a través de una escritura sin artificialides y con un hilo conductor interno que permite expresar el sentimiento de las cosas, tan difícil de encontrar en unas artes que se empeñan en escribir la historia en función de una tesis y no dejar que la tesis sea consecuencia de esa historia.

Piloto de Guerra posee la misma particularidad que las obras de Tolstói: son relatos en los que el escritor escribe lo que siente sin alterar nada, dejándose sorprender por la propia historia y la propia realidad contenida en ellas. Son obras de auténticos filósofos o de personas que quieren conocer y no tienen miedo a ello. Porque conocer no es observar a través de un microscopio, sino sentir lo observado, pasar a formar parte del interior de las cosas.

Ya sé que está muy feo autorreferenciarse y que es una canallada hacerlo, pero alegaré en mi defensa que es en beneficio del lector. Estos días he estado husmeando por las bibliotecas nerviosamente, con ansia, manoseando los libros y revolviendo en las estanterías, buscando algún buen ejemplar que me ayude a soportar los días de calor que se avecinan. Como dejan llevarse tres ejemplares de un tirón, había traído propuestas pensadas de casa. Por ejemplo, estaba en mente Norte, de Edmundo Paz Soldán, o el aclamado ensayo Enterrar a los muertos, de Ignacio Martínez de Pisón y que aún no había leído. Entre el listado mental de libros a buscar se encontraba una de mis principales bazas literarias para este verano: Infancia, juventud, adolescencia, de León Tolstói. Así que después de confirmar que la biblioteca no tenía Norte, rebusqué en los estantes correspondientes, completamente colapsados por la bibliografía de Tolkien, hasta encontrar el montón dedicado a los Tolstói. No encontré lo que buscaba, sino algo mejor. Entre Los cosacos y Confesión había un libro chiquitito, hiperbreve, de apenas el tamaño de la palma de mi mano. Leí la diminuta tipografía de su lomo: La tormenta de nieve.

¿La tormenta de nieve? ¿Desde cuando Tolstói, el Tolstói que yo creía conocer, tenía algo titulado La tormenta de nieve?

No debo de ser el único que se quedó intrigado al encontrar el bizarro ejemplar. Según parece, a la mayoría también se les ha colado esta preciosidad. Porque La tormenta de nieve, a pesar de su título adusto, desgastado e ingenuo, encierra algo más que una historia perfectamente bien contada.

¿Cómo describir, en una sola palabra, en un único adjetivo, un cuento que es novela, un ensayo que es diario y una confesión que es en relidad ficción y recuerdo a un tiempo? Quizás deba comenzar con algunas de las cosas que me vinieron primero a la cabeza. ¿Recuendan aquel cuadro en que una mujer en camisón mira a través de la ventana abierta? ¿O aquella otra en la que una joven de sombrero dorado y abrigo verde espera, silenciosa, tomando un café en una mesa de cafetería? ¿O a la mujer que mira a través del ventanal que conduce al infinito dorado de los trigales recién segados?

La tormenta de nieve es un cuadro de Edward Hopper, una búsqueda ontológica a través de una narración aparentemente cotidiana y trivial. Tolstói atraviesa una crisis filosófica y espiritual que será trascendental en el transcurso de su vida y cuyas consecuencias quedarán reflejadas en su pensamiento y obra. De hecho, en La tormenta de nieve encontramos un intimismo muy particular que, a diferencia del que podemos encontrar en la mayoría de sus relatos, es frío, disuasorio y distante. De hecho, el enclave escogido para la narración no podía ser más adusto. Un hombre y una mujer joven, Alioshka, que deben cruzar la gélida estepa del Don, en tierra de cosacos, para llegar a la siguiente estación de postas. El paisaje, descargado incluso de vegetación, tan solo posee tres elementos característicos: la nieve, la peligrosa ventisca y la luna, que de vez en cuando se deja entrever. Las troikas y sus ocupantes, así como la estación de partida y la de llegada, son elementos añadidos y completamente superfluos a la narración. Porque, después de haber leído La tormenta de nieve, ¿quién puede seguir pensando que se trata de un cuento sobre un monótono viaje a través de la estepa sideral?

En realidad, todo es un símbolo. La estepa, la tormenta, hasta el tintineo armonioso de las campanillas de las troikas. Tolstói nos los deja muy claro desde el comienzo:

Nos detuvimos en varias ocasiones, el cochero hacía salir sus largas piernas del trineo y se daba a la tarea de buscar el camino; siempre en vano. También yo me apeé del trineo una vez, ¿sería el camino lo que creía haber visto? Pero no me había alejado, haciendo un gran esfuerzo, ni seis pasos contra el viento, cuando me convencí de que por todos lados había las mismas blancas capas de nieve, todas iguales, y que el camino no lo había visto más que en mi imaginación, cuando ¡dejé de ver el trineo! Grité: “¡cochero! ¡Alioshka!” pero sentí que el viento me arrebataba la voz de la boca y en menos de un instante se la llevaba lejos de mí. Me dirigí al lugar donde había estado el trineo, pero no había ningún trineo; caminé luego hacia la derecha. Tampoco. Me avergüenza recordar con qué voz tan fuerte y penetrante, incluso un poco desesperada, volví a gritar: “¡cochero!” cuando este estaba solo a dos pasos. Su negra figura con el látigo y la gorra totalmente ladeada de pronto se irguió frente a mí. Me condujo hasta el trineo.

La narración entera es un punto de inflexión entre lo onírico y la realidad. A diferencia del resto de personajes, el único que parece encontrarse fuera de lugar desde el principio es el propio narrador. Desde el comienzo, se queja de su suerte:

La campanita se oía cada vez menos, un hilo de aire helado se coló por una minúscula abertura en una de las mangas de mi abrigo, recorriéndome la espalda, y en ese momento recordé que el maestro de postas me había aconsejado no viajar, porque corría el riesgo de errar la noche entera y acabar congelado por el camino.

Tolstói, el protagonista de la historia, ni siquiera es consciente de la realidad que está viviendo. Durante el viaje tan solo percibe lo mismo una y otra vez: la misma llanura completamente nevada, el mismo viento helado que congela su rostro con idéntico ulular, incluso la misma campanilla melodiosa e inmutable en su tintineo. Son elementos propios de un estado invariable que no parece real y que obligan al protagonista a cuestionarse si de verdad se está produciendo el viaje o si se trata de un mal sueño y aquello que realmente existe es lo que cree que está soñando. Mientras es incapaz de sentir frío cuando las crines de los caballos se congelan percibe muy vívidamente cómo una mosca se zambulle en su boca húmeda mientras duerme a la sombra de un árbol en pleno verano. ¿Es posible que le hayan intentado matar en el transcurso de aquel viaje infernal o tan solo ha sido una pesadilla, síntoma de la inevitable congelación? ¿Se ha producido el intercambio de troika o han seguido todo el rato en la misma? Ni siquiera es consciente si Alioshka existe de verdad. Para él todo es un espejismo donde se encuentra completamente solo contra sí mismo. Y es precisamente en esa soledad donde puede encontrarse consigo mismo.

Tolstói demuestra una capacidad narrativa impresionante para la edad en la que compuso el relato, con tan solo veintiocho años. Utiliza una atmósfera ruda y simplona que evite elementos descriptivos que alteren el ritmo de la narración, y determina desde el comienzo la evolución del relato tanto en el espacio como en el tiempo, limitándola al marco tradicional aristotélico. La ausencia de elementos descriptivos permite utilizarlos para algo más profundo e ingenioso: mientras la adusta realidad parece no avanzar en el tiempo, los sueños del protagonista lo hacen a un ritmo vertiginoso, con multitud de elementos que están en constante cambio y una serie de sucesos que involucran directamente al narrador. En este sentido, La tormenta de nieve es tan cinematográfica como Cinco horas con Mario, con la diferencia de que Miguel Delibes degrada el entorno para centrarse en la conversación entre el difunto y su viuda, mientras que Tolstói utiliza la monotonía de la tormenta y de la estepa para lograr el mismo efecto y destacar los supuestos sueños del protagonista. El intimismo logrado permite introducir otro elemento determinante a lo largo de la obra del autor ruso: la descripción.

Para lograr que una historia no quede sobrecargada, hay que evitar que la descripción sea externalizante. Es una cuestión profundamente sibilina. Si en un relato, independientemente de su extensión, nos centramos demasiado en el paisaje mientras la acción y, sobre todo, los personajes, se hayan en unas circunstancias narrativas que despojan de sentido esa descripción, habremos desnaturalizado la línea narrativa. El motivo es sencillo: hemos añadido elementos prescindibles que generan una inflexión innecesaria tanto a nivel endógeno, pues afectan directamente a la consecución de la acción, como a nivel del espectador, que queda repentinamente saturado y fuera del hilo conductor de la narración. León Tolstói es consciente de ello y por ello emplea lo que los franceses llaman le mot just. Es decir, la descripción tolstoiana es siempre la justa y necesaria para cada relato. Nunca sobra ni falta nada porque no se impone como autor ante su propia narración, sino que se limita a que sean los propios personajes, en el devenir de la trama, quienes reclamen los detalles y la manera de reflejarlos en la obra. De esta manera es tan importante la descripción del marco como la que concierne a los sentimientos y recuerdos de los propios personajes. En Tormenta de nieve la encontramos desde las primeras líneas, y su uso será el último elemento imprescindible para configurar el ambiente que permitirá la construcción del verdadero relato que se esconde tras la aparente historia del viajero somnoliento.

Si sorprendente es su capacidad narrativa, aún lo es más la manera en que consigue introducir sus propias dudas como pensador y la búsqueda de su propio ser en la piel del protagonista. Realmente solo existe Tolstói y sus dudas, que se expresan a través de los sueños. Todo lo demás es una excusa para darles una consistencia literaria que permita, a la vez, retratar la sociedad y sus consecuencias frente a la realidad, rebosante de vida. Para ello emplea sagazmente dos situaciones paralelas, una de ellas un recuerdo soñado y otra, cuando por fin llegan al destino, la tormenta se ha detenido y el sol brilla en el firmamento y en la nieve acumulada en la estepa.

Un campesino que lleva una hoz se abre paso entre la multitud de mujeres, niños y ancianos agolpados en el borde y, tras colgar su hoz en la rama de un sauce, se quita lentamente los zapatos.

– ¿Dónde está? ¿Dónde se ha hundido? -sigo preguntando, deseoso de lanzarme hacia allá y hacer algo absolutamente extraordinario.

Pero me señalan la lisa superficie del estanque que de vez en cuando riza el viento que sopla. No entiendo que alguien haya podido ahogarse y el agua continúe tan lisa, tan bella, tan indiferente, lanzando destellos dorados con el sol del mediodía; y entonces aparece en mí la sensación de que no puedo hacer nada, de que no sorprenderé a nadie, sobre todo porque nado muy mal. Mientras tanto el campesino ya se ha sacado la camisa por encima de la cabeza y está a punto de tirarse. Todos lo miran con esperanza y asombro; pero una vez en el agua a la altura de los hombros, vuelve lentamente sobre sus pasos y se pone la camisa: no sabe nadar.

La gente sigue acudiendo, la multitud es cada vez más numerosa, las mujeres se aprietan unas contra otras; pero nadie le presta ayuda. Los que van llegando dan consejos, lanzan suspiros, sus rostros expresan miedo y desesperación; de los que habían llegado al principio, unos se sientan en la hierba, cansados de estar de pie, y otros regresan. La anciana Matriona le pregunta a su hija si cerró la puerta de la estufa; el chiquillo que le llevaba puesta la levita de su padre lanza afanosamente piedrecillas al agua.

¿A quién no le viene a la memoria aquella escena en que Jacinta ve pasar los niños muertos camino del cementerio? La única diferencia existente entre Fortunata y Jacinta y este relato es que Benito Pérez Galdós emplea una sobriedad castiza para describirlo mientras que Tolstói utiliza la sobriedad para algo más trascendental, más profundo y más reflexivo, como es la diferencia entre el horror, la continuidad imparable de la vida frente a la muerte y las miserias sociales que conducen a la humanidad a abandonar a sus semejantes y a acusar descaradamente a Dios por ello, cuando éste no tiene culpa de nada. El terror, en cualquiera de sus facetas, simboliza la maldad encubierta de la sociedad, que tanto horroriza al pobre escritor ruso desde su juventud. Quizás fue tras el sitio de Sevástopol, donde pudo observar el heroísmo y la crueldad de la guerra, cuando tomó conciencia de la soledad del justo y la injusticia de la mayoría de quienes le rodeaban. En uno de sus escritos acerca de la batalla y de su anterior vida ociosa comenta lo siguiente:

He adquirido la convicción de que casi todos eran hombres inmorales, malvados, sin carácter, muy inferiores al tipo de personas que yo había conocido en mi vida de bohemia militar. Y estaban felices y contentos, tal y como puede estarlo la gente cuya conciencia no los acusa de nada.

El miedo será, a partir de entonces, un elemento crucial en su pensamiento, en sus crisis filosóficas y en su literatura. Durante la narración de esta pequeña novela el miedo desborda el mundo onírico para perseguir al protagonista en la ventisca, el peligro de la congelación que les obliga a retroceder varias veces durante la travesía o el miedo a ser asaltado y asesinado. Toda la novela es un símbolo del camino de la vida, sus derroteros, las dificultades impuestas socialmente y la confianza en Dios para superar todos los obstáculos que el ser está dispuesto a sortear con su lucha por la existencia y la felicidad, actitud valiente que Tolstói quisiera tener y que no posee, tal y como reconoce en el relato. Paralelamente en el tiempo podemos comprobar esta obsesión, cuando en Hadjí Murat, su novela póstuma, el héroe checheno le confiesa a Butler un episodio de cobardía en su juventud que conduciría a la muerte de sus protegidos, hecho que le marcó para siempre y le obligaba a luchar por los suyos hasta el final, o cuando Pierre salva a un niño de la quema de un edificio durante el incendio de Moscú en Guerra y paz en una escena calcada a la del ahogado.

La edición en español viene de la mano de Acantilado Editorial, traducido por Selma Ancira en un formato que mantiene el intimismo y la intención final del autor. Incluso la colección en la que está integrada, Cuadernos, alude a su carácter íntimo pero a la vez exigente y difícil.

La tormenta de nieve no es un relato efímero, sino una novela sutil, un viaje accidentado y peligroso hasta el abismo de sus dudas y el interior de las cosas. Un interior que transcurre a través de la vivencia, la ficción, el recuerdo, el paisaje y las emociones, descubriendo como en el caso de Piloto de Guerra al Tolstói filósofo y no sólo al magnífico escritor que nos presentan habitualmente. Una confesión restringida para valientes que quieran adentrarse en las profundidades de la realidad y en el pensamiento del olvidado filósofo ruso.

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