CADA MAESTRILLO TIENE SU LIBRILLO

por David Lorenzo Cardiel

Buscando en el baúl de los recuerdos (lo que ahora vienen a ser carpetas digitales perdidas en las tripas del ordenador) me he encontrado una carpeta de cuya existencia me había olvidado por completo.

Un libro de ida y vuelta, leo. ¿Qué narices será esto de Un libro de ida y vuelta?

Abro la carpeta y me encuentro con distintos archivos word con nombres de distintas personas que conozco y con las que he pasado grandes momentos. También hay un archivo que se autodenomina Instrucciones.

Entonces caigo en la cuenta. Se trata de un proyecto de libro comunitario del que cada uno de nosotros debíamos de guardarnos copia de lo que se llevara escrito. Un libro de todos abierto a todos los autores. La idea nació de un profesor de Lengua y literatura de cuando cursaba tercero de la ESO que en vez de mandarnos hacer redacciones prefirió iniciar un proyecto mucho más ventajoso, gratificante y que a la vez predispusiera a sus pupilos a la constancia, el esfuerzo, el trabajo y sincronización en equipo, a la vez que conseguir una introducción experimental en el campo de la literatura, materia iba a ser estudiada al final del curso.

Las bases eran claras y concisas: una semana de tiempo para 800 palabras. Cosa de poco hasta para un joven de apenas quince años. Participaríamos toda la clase, semana a semana, hasta terminar el curso. Probablemente escribiríamos más de un vez. Luego, tras la redacción, el libro sería revisado, corregido, editado y finalmente publicado por el instituto. El objetivo no era crear un improvisado best-seller, sino acercar la escritura a una juventud que ya no lo era tanto.

Supongo que al igual que el que aquí suscribe, quienes participaron poseerán su copia de rigor de lo que se llevaba escrito en el momento en que pudieron colaborar. Como podrán suponer a raíz de estas palabras, el libro no llegó a terminarse. Casi no llegó ni a comenzarse.

Cuatro. Cuatro personas, tan solo cuatro de casi treinta participamos en el proyecto pese a la obligatoriedad de la contribución en la obra. Tras la primera (y probablemente la segunda) contribución, cuando el texto en construcción llegó a los pasotas y a los vagos de la clase, las semanas pasaban y el libro no recibía aportaciones. El profesor (recuerdo) cogía bastantes rabietas y pasaba el turno al siguiente, turno que en más de una ocasión era directamente esquivado y recaía sobre el siguiente de la lista. El siguiente que contribuyó ya lo hizo con desgana, no llegó a las 800 palabras reglamentarias y ni siquiera se molestó en corregir las erratas que le marcaba Word. En fin, todo un espectáculo si lo pudieran leer. El último en participar fui yo, y tras mi capítulo el proyecto fue suspendido. Simplemente había fracasado. La obra estaba siendo tomada como un cachondeo y no como un trabajo de cooperación que pretendiera sacar adelante un proyecto medianamente serio.

Pese a todo, los que aportamos nuestro granito de arena podemos estar orgullosos de haber sido capaces, ya sea por voluntad propia o por obligación, de intentar llevar a buen puerto un trabajo que se pretendía como serio, al menos de puertas para dentro del instituto.

Pero aún había una sorpresa más que oculta entre los cuatro capítulos del proyecto de novela despierta tanto recuerdos como algunas reflexiones importantes.

  • Para los que aún creen en la juventud perdida. ¿Acaso una mayoría debe hablar en nombre de la realidad global? Podrán ser todo lo demócratas que quieran, y podrán preferir calzarse los debates parlamentarios que gusten, pero la Verdad, el mundo que existe, es Justo, no demócrata. No se admiten generalizaciones indebidas. Si en un grupo de jóvenes hay mayoría de perroflautas y minoría de intelectuales, lo siento, no son todos perroflautas. La única Verdad será que hay mayoría de perroflautas y minoría de intelectuales. Y esto va para todos, sobre todo para la prensa. Si no les gusta esa realidad, no es mi problema ni el de la Verdad que mutilan duda a duda, ataque a ataque, generalización a generalización, artículo a artículo (por cierto, al menos tres de los textos tienen un nivel excelente para la edad con la que se escribieron. El otro aporta un giro provocativo y casi delincuente a la novela, que se estaba convirtiendo en una historia de amor sin amor y sin historia. Textos que son todo un orgullo de la patria).
  • Los textos reflejan mucho más que una fotografía lo que realmente somos. Los literatos hablan, por ejemplo, de Tólstoi y sus constantes dudas gnoseológicas y antropológicas presentes a lo largo de su obra, en boca de tal o cual personaje. Si pudieran leer los cuatro textos se darían cuenta de que no hay diferencia entre los jóvenes y el profesor. Cada uno responde de una manera y muestra pequeñas pinceladas de la persona que es cada cual. Es magnífico para alguien que los conoce de cerca como es mi caso comprobar que lo que voy conciendo en mi búsqueda filosófica de la Verdad se respeta en cada uno de esos textos. Comprobar cómo siguen y seguirán siendo los mismos hoy y mañana.
  • ¿Pueden unos jóvenes hacer una novela que pudiera catalogarse como tal? Por supuesto que sí. El proyecto fracasó porque incluía inexorablemente la participación de toda la clase como condición esencial. Si nosotros cuatro hubiésemos continuado el texto, hubieramos tenido novela, y además, una novela publicada.
  • ¿La juventud está degradada? Evidentemente no, pero siendo igualmente sincero, la sociedad sí, demasiado. Lo que nos predispone a la irreflexión y como consecuencia de ello a la degradación general es una sociedad que persigue al reflexivo y fomenta la imbecilidad.
  • Es muy gratificante leer textos tan exentos del convencionalismo literario. Porque el convencionalismo literario existe: es ése que te dice cómo tienes que hacer esto o lo otro, cómo debes tratar a este personaje o aquel en determinada situación. Poder ser tú mismo y la historia que cuentas es lo que hace realmente al escritor, y leer unos breves textos como éstos tan vacíos y puros de parnasianismos remodelados y de ambición lucrativa que lance al escritor a guiñar al posible lector para atraerlo majaderamente los hace joyas que quizás no sean suficientemente valoradas por la crítica literaria, frecuentemente acostumbrada a mirar a bulto, pero sí por quienes puedan ver más allá de las letras y los espacios que conforman el texto.

Y no entretengo más. Mi parte comienza con la voz de una joven. Narrador femenino, ya saben. Aquí les dejo mi “parte” del pastel. Que la disfruten.

A la mañana siguiente me desperté de repente, asustada. Miré a mi alrededor pero no vi nada. Entonces un fuerte trueno retumbó en toda la casa. Suspiré por fin. Era una simple tormenta. Me levanté de un salto de la cama y decidí irme al salón para pensar en Elisa. Me sentía culpable de su secuestro. Claro, si no me hubiera enamorado de David, nada hubiera ocurrido. Pero nada se puede hacer, sólo me quedaba rescatar a Elisa de las manos de Sara por mi misma, porque ni la policía ni el CSI iban a sacar nada en limpio. Tenía que pensar un plan, ¿pero qué?

 Al poco se despertaron mis padres, y me preguntaron qué hacía tan pronto levantada, con la cacho tormenta que estaba cayendo. Mientras mi madre hablaba y hablaba, yo seguía pensando en algún detalle que me ayudara a encontrar a Elisa, pero no encontré nada. Entonces desayuné lo más rápida que pude y me marché a casa de David. Allí dentro, a solas, le pregunté:

 – ¿Sabes que me encontré a Sara ayer y me dijo que ella tenía secuestrada a tu hermana y que si no cortaba contigo y avisaba a la policía, ella la mataría?

 Hubo un silencio. Cada vez, la cara de preocupación de David se fue convirtiendo en una cara de odio.

 – ¿Eso te ha dicho? Pues se va a enterar. Voy a ir a su casa y le voy a obligar a que suelte a mi hermana quiera o no quiera…

 – ¿Es que acaso sabes dónde vive?-dije.

 – Pues claro…pero, ¿para qué quieres saberlo?-dijo David.

 – Quiero que vayamos los dos a su casa. Estoy segura de que ella no estará en casa por la tarde. Seguro que ahora estará durmiendo a pierna suelta…

 – Si así lo quieres…quedamos esta tarde a las seis aquí… ¿Te parece bien?-respondió.

 – Vale, aquí estaré.-respondí cariñosamente.

 Le di un beso y me marché tranquilamente por el  gran paseo que hay enfrente al mar. Por fin tenía la primera pista sobre el secuestro.

 Cuando llegó la tarde, David y yo fuimos a la casa de Sara. Le dije a David que nos escondiéramos en unos arbustos que estaban a ambos lados de la puerta de la casa. El tonto de él no entendía nada. A la hora de estar esperando, apareció un chico alto, delgado y rubio. Llamó al timbre varias veces, pero nadie contestaba. Después de un rato, una chica muy parecida a Sara habló con él fuera de la casa y al poco, ese chico desapareció y Sara se fue por otro lado. Le dije a David que siguiera a Sara a distancia sin meter la pata, como en las películas. Él se marchó y me quedé sola ante todo el peligro.

  Ya había anochecido y ¿si me había equivocado, y Sara aún seguía en la casa? Llamé al timbre, decidida, y al poco tiempo me abrió la puerta una mujer que debía de ser su madre. Le dije que era una íntima amiga de Sara y que ella me había dicho que fuera a cogerle una cosa a su habitación. Su madre me dijo que subiera y también me dijo que estaba muy rara, que antes le contaba todo y ahora no hablaba casi con ella. También me preguntó que si era normal que el CSI hubiera ido a interrogar a todos los vecinos de su calle por un secuestro y que si habían ido a mi casa. Le respondí que sí, para que no sospechara nada, me subí a su cuarto, cerré la puerta y eché un cerrojo que tenía.

 Me puse a buscar por todo el cuarto, pero nada. No había nada. Ni en libros, ni en cajones, ni en estanterías ni siquiera en su diario.

 Ya me iba a ir, cuando, pensando, no vi la puerta y me di una leche contra ella. Me caí al suelo y del ruido subió la madre de Sara. Me dijo que si estaba bien. Dije que sí. Pero del golpe, se cayó de la estantería un pequeño sobre. Lo cogí, lo abrí y encontré unas fotos. En ellas había una especie de acantilado, en el que había una cueva con sillas y mesas. En una de las fotos estaba Sara con el chico que habíamos visto David y yo antes de que desapareciera corriendo. Le pregunté a la madre qué eran esas fotos. Ella me dijo que eran un lugar no muy lejos del pueblo, y era un sitio que le gustaba mucho a Sara. Le dije que si me las podía quedar tres o cuatro días y que pasaría a devolvérselas, pero que no le dijera a Sara que había estado en su casa y que le había cogido las fotos, porque sino se enfadaría conmigo. Me dijo que si quería que así fuera, que así lo haría, pero que bajara a darme hielo al saloncito de abajo porque me había salido un gran chichón en toda la frente.

 Eran ya las nueve y media de la noche cuando salí para mi casa. Con el sobre en la mano y callejeando, llegué rápidamente al paseo donde vivía. Cuando llegué a casa, todo el mundo me preguntó qué me había pasado en la frente y les tuve que decir que me había caído de cabeza en la calle. Me subí a mi cuarto, y llamé a casa de David varias veces, a ver si había regresado. Llamé una y otra vez y David aún no había llegado. Eran ya las doce y media de la noche y ya me eché a dormir. ¿Qué le podría haber pasado?

Anuncios