Mentes inquietas

por David Lorenzo Cardiel

>Me gustaría saber qué está pasando. Que alguien me lo explicara, con sinceridad y despacito.
Querría comprender a dónde nos dirigimos exactamente, si hacia un avance real o hacia un retroceso enmascarado de progreso. Porque no entiendo lo que está sucediendo en esta penosa actualidad que tenemos que soportar, este macabro y despiadado insulto a nuestra inteligencia, la de los ciudadanos, la de los lectores.
El desmadre se ha convertido en un culto divino. Y si no, vean la proyección que lleva la propia actualidad respecto a las modificaciones y apaleamientos populares de distintos “colectivos” de nuestra estructurada sociedad, sobre todo los que a empleo y economía se refieren.
Uno de los asuntos más polémicos y procaces, a la par que destacado fue el de los funcionarios. Si mal no recuerdo, todo comenzó de la noche a la mañana. En pleno guirigay de propuestas y despropuestas para solventar el conflicto de la crisis en España se colaron las primeras “expresiones del buen gusto”. Alguien -o un grupo, quién sabe- se levantó entre el desesperante vocerío mediático y, en lo alto de algún montículo de palabras amontonadas alzó la voz haciendo detenerse en seco al populacho. Y, atrayendo su atención, sentenció: “Ciudadanos todos, ya tenemos a quien apalear para saciar nuestras ansias de venganza igualatoria a nuestra desgracia: aquí les entrego al funcionario de a pié”.
Debió de ser más o menos así porque si no no se explica que de un día para otro la cantidad de escritos reclamando la cabeza del trabajador del Estado creciera como la espuma. La mayoría de la gente, que a mi pesar, debo reconocer que de reflexionar, nanai, saltó sobre la yugular de los funcionarios exigiendo poco menos que su decapitación laboral.
“Poseen empleo fijo”, dicen algunos exaltados. “Cobran un sueldo, mientras otros se arrastran por las calles en busca de empleo”, aleganban, falaciosamente, los más exaltados.
No dan palo al agua y cobran gratis, sin trabajar. Ahí se nos va el dinero público”, terminaban completando manos negras que no hacían más que achuchar al pueblo encolerizado y con la tremenda necesidad de desgraciar.
A la mala prensa y al tópico del funcionario maltrabajador se unieron multitud de comentarios y experiencias de oficina.
“Pues el otro día fui a hacer unos papeles y de ocho mesas solo estaban activas dos. Resulta que, tras preguntar, tres más estaban de baja y otras tres, de vacaciones. ¡Vaya morro! ¡Qué privilegios! ¡Qué chollos, con la que está cayendo!”, como dijo una señora en un súper, mientras le contaba su aventura administrativa a otra, seguramente amiga suya de confidencias y escarnios.
En esos momentos la gente perdió la poca capacidad de reflexión que les debía de quedar. En la despensa mental, supongo. Y así, el viacrucis pareció no acabar. Pagaban justos por pecadores, vagos por trabajadores, enfermos crónicos por sanos. Personas que habían estado cobrando más del doble del salario que percibía un funcionario normal lapidaban sin piedad a los que antes eran objeto de sus burlas. Las autoridades escucharon al gentío y, sin dudarlo congelaron los sueldos de los trabajadores estatales a la par que redujeron el número de plazas, con la excusa de la crisis.
El insoportable e indecente clamor inquisidor fue remitiendo hasta casi desaparecer por completo. Desaparecer…hasta ahora. Porque hace unas semanas, de la misma forma que se despertó la fiebre contra los funcionarios se ha despertado la fiebre contra los liberados sindicales. Otra vez ha debido de ser “alguien” quien ha tirado la piedra, ha escondido la mano y, con el dedo índice extendido en expresión acusadora ha señalado a estas personas.
La gente, con renovadas ganas de destrucción está forjando a día de hoy el huracán perfecto para acribillarles. Y con toda seguridad, dentro de unos días se anunciarán medidas restrictivas contra esos trabajadores. Sin más, pero así de sencillo.
Por este desmadre, me gustaría saber quién o quiénes andan puteando al prójimo y engañando a los ciudadanos desde la sombra. Para que vean la debilidad de la sociedad que tenemos, que uno propone y, sin meditarlo, los demás responden elevando el palo y maltratando a lo maltratado. Y lo peor: casi todos de los que siguen la corriente no poseen razones verosímiles y coherentes para explicar sus actos y sus tesis. Solo son simples manipulados, bidones de odio en estado puro dispuestos a abrasar a quien consigue levantar vuelo con mucho esfuerzo. A mí me interesa más saber quién derrama el bidón. Una cosa, como bien saben, es tener razón hasta cierto punto y otra movilizar a las gentes convenciéndolas con cuatro recursos baratos que no hacen más que alimentar la rabia. ¿Quieren una solución al tema de los liberados? Pues la tienen fácil: que el organismo competente les pague los días que trabajan y el sindicato de turno, los que lo hacen para la organización. Punto. No hace falta ir desgraciando al prójimo. No hace falta buscar la venganza en la destrucción. Solo hace falta reflexionar un poquito y no dejarse caer en las trampas de esas mentes inquietas que desde la oscuridad andan manipulando al ciudadano. Despierten, por favor, antes de que la sociedad que conocen termine por desaparecer agónicamente. Está en sus manos ser libres o esclavos. Piensen.

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