El blog de David L. Cardiel

"Toda verdad pasa por tres etapas. Primero, se ridiculiza. Segundo, se niega con violencia. Tercero, se acepta como manifiesta." [Arthur Schopenhauer] Fotografía de Ilya kisaradov.

Etiqueta: realidad

OBSTÁCULOS

No creo en las redes sociales. No creo en un algoritmo que nos conecta a los unos con los otros ni en un cachivache alimentado por electrones como su profeta. No creo en algo tan gélido e impersonal como un perfil social.

No creo que algo que no es imprescindible sea imprescindible.

Soy una persona de distancias cortas. Me gusta mirar a los ojos de mi interlocutor, verle saborear el café recién hecho por el camarero y sentirlo en su expresión. El momento del saludo, el tiempo que se escurre en la conversación y la buena (o efímera) compañía, los recuerdos que vienen y van como olas en la orilla del mar. La conversación que se teje al ritmo de la vida.

Las redes sociales, en cambio, han sido creadas para lo contrario. Destrozan los tiempos de la existencia y fuerzan las amistades a un distanciamiento extraño, sibilino y muy complejo. Porque sí, las distancias son mayores no cuanto más alejados estamos los unos de los otros físicamente, sino cuanto más sentimos esa lejanía en nuestro interior.

Las redes sociales son falsas, y la falsedad lleva a la traición. Propia, demasiadas veces. A imaginar lo que no somos capaces de ver o sentir por la ausencia de un contacto mucho más íntimo, preciso y necesario. Pensamos en las personas que queremos en un pretérito agujereado de un presente que no existe. Por ejemplo, nos es inevitable recordar los momentos compartidos con la persona con la que hablamos, o la ausencia de ellos, pero a la vez éstos quedan anulados por el empuje de la conversación presente. Es aquí donde surge la imaginación. Necesitados acercarnos lo que la red social es incapaz de permitirnos, nos aferramos a la casi siempre desafortunada creencia de que la sonrisa del emoticono o la algarabía que pretende denotar la sucesión de carcajadas son ciertas y que nuestro amigo verdaderamente sonríe al escribir esas líneas o ríe ampliamente al leer lo que has escrito hace un momento. Pero es sólo una creencia. Un vulgar invento al que nos aferramos dogmáticamente, pues todos somos conscientes de que, en mayor o menor medida, hemos mentido y traicionado a nuestro interlocutor expresando cosas que verdaderamente no hemos sentido. Hay veces que la traición se comete por simplicidad literaria. Otras, por un fin desesperado de tratar de acercarnos un poquito más a la confianza de la persona con la que conversamos. Y otras, simplemente, por falsa modestia y amabilidad fingida.

Hay algo que me sublima y que me preocupa enormemente. ¿Cómo distinguir si el abrazo o el beso que me envían es realmente un beso o un abrazo? Y una cuestión aún más intrigante: ¿qué tipo de beso o abrazo será? Porque no todos los abrazos y los besos son iguales ni cuentan lo mismo. No es lo mismo un beso de cumplido que uno de amistad, o un abrazo sugerido que uno bien fuerte y cálido. ¿Cómo saber que los besos y los abrazos que me imagino son tal cual me los imagino? Por mucho que conozcas a la otra persona, solo puedes intuir las sombras de lo que viene a ser el bosque. Las circunstancias varían y no solemos ser precisamente francos en la vida.

Creo que muy poca gente ha reflexionado sobre esto y no creo que haya mucha gente que lo entienda. Hay cosas y cosas, personas y personas, momentos y momentos. Y cuando uno conversa cara a cara, las cosas, las personas y los momentos se presentan en el lugar que les corresponde, con toda su alegría, tragedia o indiferencia. Con las redes sociales hemos terminado de renunciar a algo esencial en nuestra vida: el instante. Y apartados del instante derrochamos nuestras maravillosas vidas. Una red social se valúa en la respuesta rápida, en la inmediatez. Su ritmo desenfrenado impide escuchar a quien nos habla y nos conduce a la ansiedad de leer en transversal. También, recíprocamente, afecta a nuestros mensajes. Una charla por chat es un torrente de incursiones lingüísticas que nunca han de llegar con todo el sentimiento que evocan a nuestro interlocutor. Tiempo perdido. Conversaciones extraviadas. Pequeños retales deshilachados negligentemente por el camino.

Las redes sociales reflejan la esclavitud de nuestros días. Distancias largas, zapatitos de distancia entre tú y yo, revueltos pero no juntos, el tiempo que se escurre entre nuestras manos sin posibilidad de detener su pérdida. El temor a ser rechazados atado en la mediocre esperanza de la virtualidad.

Más allá de su eficaz contacto en situaciones de extrema lejanía, las redes sociales nos predisponen a una dependencia en el falso presente muy peligrosa. Nos recluimos en nuestros inventos, divagamos obsesionadamente sobre la intención de nuestro amigo o, simplemente, consideramos cosas que no han sucedido ni pueden ocurrir, sin tener en cuenta cuando sustituimos la amistad cercana por el frío trato internáutico. Es mejor, cuando las circunstancias no lo impiden, el amor o el disgusto de un recuerdo que un contacto reciente mitad propio y mitad de nuestro interlocutor.

La cuestión es la mil veces comentada, la de siempre: las redes sociales no son ni buenas ni malas, lo peligroso, lo que nos hace daño, es el trato indiferente que profesamos hacia los demás y que se acrecienta con la frivolidad que transmiten. Y ese problema ya no es excusable a un método o a una vía o sistema. Es un problema nuestro, nuevamente. Cuando mentimos mentimos nosotros, no miente el procesador de textos del chat de turno. Cuando imaginamos lo hacemos nosotros, porque preferimos una imagen falsa de un contacto presente que no se ha producido a estancarnos en conversaciones tan poco humanas. Nadie ni nada nos puede obligar a mentir o a recrear: somos nosotros quienes nos distanciamos o nos acercamos y nos dejamos abrazar por la mentira cibernética.

Solo nosotros, y nadie más. Pero permítanme una sugerencia, un consejo: vuelen y dejen volar. Vivan el momento con la persona que quieran o se sientan a gusto, el instante de una mirada, el aroma del café de media tarde, el paseo bajo la lluvia. Háganme caso, es mejor así. Recuerdos que se llevarán para siempre e instantes de fraternización que ningún otro medio o vía de comunicación podrán lograr nunca. Porque el contacto más íntimo, la distancia más corta que separa dos vidas son esas propias dos vidas. Y más allá de ello todo es más efímero y caótico.

Soy un hombre de distancias cortas. No me pidan que cambie un buen café por nada del mundo.

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EL AMOR

Me acerqué a ella; me estremecí, ella me cobijó bajo su abrigo y para sujetarlo me pasó la mano en torno al cuello. Dimos unos pasos bajo los árboles, en la oscuridad profunda. Algo brilló delante de nosotros, no tuve tiempo de retroceder y me aparté creyendo que chocábamos contra un tronco, pero el obstáculo se escabulló bajo nuestros pies: habíamos pisado en la luna. Acerqué su cabeza a la mía. Ella sonrió, yo me eché a llorar, vi que ella también lloraba. Entonces comprendimos que la luna lloraba y que su tristeza estaba al unísino que la nuestra. Los acentos desgarradores y dulces de su luz nos llegaban al corazón. La luna, como nosotros, lloraba, y, como a nosotros nos ocurre casi siempre, lloraba sin saber por qué, pero sintiéndolo tan profundamente que arrastraba en su dulce desesperación irresistible a los bosques, a los campos, al cielo que de nuevo se miraba en el mar, y a mi corazón que, por fin, veía claro en su corazón.

[Marcel Proust, Sonata claro de luna]

El amor es amistad prolongada, un lazo invisible que nos une para siempre con la persona amada. Amar es pasar a formar parte de quien es amado, una extensión de su eternidad que se prolonga hasta el final de los tiempos; llorar juntos hasta que las lágrimas sean una sola, mirar en la misma dirección cuando nos dirigimos al ocaso. Amar es estar ahí, y estar ahí eternamente.

El amor es el hilo de Ariadna que nunca se ha de romper.

LOS DIOSES SIEMPRE RÍEN

De entre todas las conversaciones que Tiziano Terzani mantuvo con su hijo Folco en un pueblo perdido de Italia antes de su inevitable muerte y que han sido recogidas en la necesaria e inestimable obra El fin es mi principio, hay una que destaca sobre todas las demás. En ella, después de un rato de conversación Folco, preocupado, pregunta a su padre qué hacer ante el terror producido por la presencia de alguien siniestro o poderoso. Tiziano, sin inmutarse, se recuesta en su gompa y le responde:

-Imagínatelo cagando.

Parece que en Occidente nos tomamos demasiado en serio las cosas. Tanto, que a pesar de que han pasado unas cuantas semanas de silencio desde que algunas gacetas humorísticas volvieron a la carga utilizando al Islam como objeto de sus caricaturas, aún siguen apareciendo artículos como el que firma Daniel Gascón en Letras Libres intentando acotar un suceso que debería estar asumido y resuelto desde hace décadas o siglos. Hablo en siglos porque el tira y afloja en torno a la libertad de expresión lleva produciéndose desde que la humanidad es humanidad, y en un sentido ampliado, grotesco y periodístico, desde los siglos XVIII y XIX, con el nacimiento de la prensa moderna y su difusión cada vez más amplia.

Todos sabemos -y esto es innegable: quien lo niegue miente- que la libertad de expresión es utilizada como una excusa demasiado amplia como para dirigir ataques y escudarlos en ella. Es una bonita trampa: en una sociedad que sigue sin comprender las cosas, que su máximo avance ha sido hablar de derechos (¡cuidado, no de Justicia!) y que, en realidad, esa incomprensión le conduce a intentar una y otra vez imponer unas cosas sobre las otras, bajo el paraguas de la libertad de expresión se puede insultar o hacer daño a alguien zafándose, además, de las evidentes protestas del agredido, que quedará ante todos como un fundamentalista y un censor. Y cuando los argumentos del agredido, más o menos justos que los del agresor, comienzan a corroer el montaje de la libertad de expresión, entonces siempre se responde lo mismo: chico, que poco sentido del humor tienes.

El humor es la excusa perfecta, el excalibur que todo el mundo quisiera tener. ¿Quién puede alegar algo ante el argumento del humor? El insulto se fundamenta en la miseria de la imposición y en las convenciones que le dan sentido. El humor es algo natural e imprescindible, un hermoso camino que puede conducir justamente a lo contrario, a la hermandad. El humor, empleado por el sofista, es un arma arrojadiza muy eficaz ante quienes actúan igualmente bajo las mismas convenciones que el primero. Ante el argumento del humor, el ofendido solo puede bajar la cabeza porque ha delatado su injustificado enfado, y de esta manera la injusticia del primero queda cubierta con el fuera de juego del segundo.

No es una cuestión de legislación y Estado, como apunta Daniel Gascón, sino de Justicia y realidad. La libertad de expresión no es algo que se pueda admitir, regular o aceptar, sino es una consecuencia directa de nuestra realidad humana y, por tanto, corresponde siempre. Que un Estado la admita o no nunca supone un impedimento a su presencia, sino una persecución de la misma. En otras palabras: quizás pueda controlarse que se hable en alto a un gran público, pero se seguirá hablando en voz baja con unos y con otros ante la impotencia del opresor. Nadie puede impedir algo que solo depende de nosotros mismos y que es justo. Pero la expresión, convertida en libertad, supone poner candados a las ventanas. Es una manera de intentar controlar lo incontrolable, haciendo creer que algo propio de nuestra existencia depende de la aprobación de un congreso o de la bondad o maldad de una religión o de un gobierno determinado. La libertad de expresión es la degradación y el entierro de la propia expresión, una falsa ilusión de defender algo cuya defensa es inexpugnable y de limitarla a conveniencia. En Occidente, a pesar de haber sido testigos de la época de las luces y su defensa de la justicia, la libertad de expresión también está regulada y limitada. No se pueden decir según qué cosas. Los periódicos censuran, las revistas eligen la temática de sus artículos y se persigue a quienes dicen aquello que nadie quiere escuchar o que se encubre. La censura es una actividad con la que lidiamos y que asumimos todos los días: desde la abuela que reprocha el lloro del niño, por parecer afeminado; hasta el artículo que es rechazado no por su baja calidad o por las incoherencias que contiene, sino por la temática en la cual se fundamenta. Occidente, como cualquier otra región del mundo, sigue comportándose de una manera inquisidora y aséptica, tomándose en serio lo que en serio se dice y lo que no, y en demasiadas ocasiones en viceversa.

Hay un puente que no puede obviarse en todo este asunto, y es la intención. La intención siempre queda encubierta y enterrada cuando no interesa que se perciba, pero es un elemento tan evidente como las propias palabras que la albergan. Existe una diferencia insalvable entre una caricatura sobre una cosa, que pretende destacar irónicamente y con humor algún aspecto de esa misma cosa, y otra que, de alguna manera, busca ridiculizar a la cosa en sí misma. Lo primero es interesante e incluso sano. Son críticas sutiles lanzadas con ingenio sin un mal fondo de por medio. Lo segundo es una forma de humillar por el simple hecho de la existencia de esa intención, cuya presencia queda bien reflejada en un caso o en otro. El Occidente actual tampoco debería ocultar durante más tiempo con la hipocresía con que lo hace que, en realidad, le gustaría que no existieran religiones, ni filosofía ni pensamiento. Son un estorbo para su alienamiento materialista. Hablar de la realidad, pensar, implica sentir y ser nosotros mismos, comprender y avanzar, mirar hacia adelante. Limitar esta realidad y hacerla converger en la miseria social es una manera de estrangular a la humanidad en sí misma y sumirla en un abismo del que es muy difícil salir. Con la debacle filosófica y su fragmentación gnoseológica, el único púgil que queda en el camino con la suficiente potencia como para frenar el caos que ya padecemos son las religiones, con el handicap añadido de todas las mentiras y prejuicios que llevan arrastrando durante siglos. Pero las religiones son púgiles viejos y cansados que se encuentran demasiado minados por la propia sociedad que ahora las empuja al abismo como para mantener la posición. No se duda en recordar la injusticia albergada en su seno como uno más de los cientos de argumentos falaces que se dirigen contra ellas. En el caso del cristianismo, que es la religión que nos afecta más directamente, nadie duda en señalarla cuando salen a la luz casos de pederastia o de niños robados. Sin embargo, se olvida mencionar muchas veces detalles esenciales. Por ejemplo, que sin la aprobación de un médico no se puede autorizar un parte de defunción. O que, sin la mirada a un lado del político de turno ante el soborno de monseñor, esas vejaciones que tanto nos escandalizan difícilmente hubieran podido mantenerse con la efusividad que en muchos casos se produjeron. También, por qué no decirlo, que no solo en abadías y colegios de curas se ha abusado y se abusa de niños, o que los robos de bebés o las palizas indiscriminadas en reclusorios no sólo han afectado y afectan a enclaves con afinidad religiosa. De hecho, la proporción es idéntica en unos y otros, si salvamos diferencias obvias relacionadas con la Historia y la confesión (o su ausencia) de cada país. ¿Este hecho, tan asqueroso como el primero, acaso justifica el inicial? Ni siquiera debería tener que adelantarme con esta pregunta ni con la evidente respuesta negativa, ya que no estamos hablando del daño causado por unos y por otros, sino de la acusación de unos y el violento silencio ante los otros. Porque los otros son de los nuestros y los unos, nos sobran.

Occidente se jacta de otro sofisma más nauseabundo aún: convertir la libertad en la inmunda rapiña. Nos dicen: sé libre comprando, sé libre robando, sé libre no siendo libre, o sea, no siendo tú mismo, sometiéndote a la censura de los demás, repudiando la verdad de las cosas y viviendo en la mentira. Sé libre siendo nihilista e imponiendo sobre las demás cosas. Occidente, en pro de esa libertad que no es tal, afirma ser aconfesional, pero su dogma es precisamente el laicismo que predica. El laicismo teórico habla de respeto, mientras que el práctico, el que se observa diariamente, dice justo lo contrario. Desde hace un par de años, grupos laicos se han jurado estorbar el acto religioso del Jueves Santo que rememora la pasión y muerte de Jesús de Nazaret en el Gólgota, convocando procesiones dispares y ridículas que buscan a ojos vista el enfrentamiento con los pacíficos oferentes. No hay más que estudiar el recorrido tradicional de una y el elegido por la otra para encontrar puntos comunes donde ambas se encuentran. ¿Cómo podemos seguir escribiendo en revistas serias alegatos que defiendan, bajo el coladero de la libertad de expresión, acciones de este tipo? ¿Por qué los cristianos que lo deseen no pueden llevar a cabo sus rituales de la misma manera que los laicos realizan sus actividades en la calle? ¿Cuál es el motivo, justo e inapelable, que conduce a elegir el Jueves Santo, día de máxima exaltación cristiana, para llevar a cabo una procesión paralela llena de símbolos procaces, ruido, molestia y esperpento? No existe tal motivo porque ni siquiera existe tal actividad laica. Es más, el propio laicismo que, como digo, habla de respeto y aconfesionalidad, imposibilita dotar de sentido a esta clase de actividades, completamente grotescas. Ni qué hablar de la exhibición de estos mismos grupos cuando se celebraron las Jornadas Mundiales de la Juventud, durante las cuales se persiguió literalmente a los participantes lanzándoles condones al rostro, insultándoles por pertenecer a una religión y rodeándoles para impedir que se movieran y asistieran a los actos. ¿Qué clase de proceder es éste, además de la risa que produce que se utilice el preservativo como arma anticristiana cuando todo el mundo sabe que, encíclicas papales aparte, la propia Iglesia lo recomienda en su seno?

Como con el cristianismo, la persecución contra las religiones continúa con otras más exóticas y, en principio, más alejadas del alcance occidental. Las caricaturas y el vídeo que han conducido a esta inaceptable espiral de violencia poseen, en su germen, una intención patente de persecución contra las creencias religiosas que, vuelvo a repetir, no puede ser negada por su rigurosa evidencia. Buscan asestar un golpe, no reirnos los unos con los otros. Y no se puede, ahora que se ha lanzado la piedra y nos han visto tirarla contra la ventana, esconder la mano y disimular la intención.

Quizás, y es un quizás completamente suprimible, al mundo árabe le haga falta humor, pero como al resto del mundo, a nosotros también nos hace falta como agua de mayo. Solo es necesario abrir un periódico y comprobar lo repleto que se encuentra de noticias fútiles y de temores infundados ante señores con traje y corbata a quienes únicamente les hace falta un buen activia. Para que nos los imaginemos cagando y, como Terzani y como Dios, poder reirnos un rato de nuestras propias y tontas miserias. Es ésto, o viajar.

VENTANAS Y ESCALERAS

Ni siquiera se fijó en que, de repente, una casa de cuatro pisos se elevaba ante él. Sus cuatro brillantes filas de ventanas lo miraron todas a un tiempo, y la verja de la entrada le propinó su empujón de hierro. Vio volar a la desconocida escalera arriba, la vio volverse, llevarse un dedo a los labios y hacerle seña de seguirla… ¡Cuánta dicha en un instante! ¡Qué vida tan maravillosa en sólo dos minutos! […] ¿No sería un sueño todo esto? ¿Era posible que aquella por cuya celestial mirada estaría dispuesto a dar toda su vida y respecto de la cual comunicaba una dicha acercarse tan sólo a su vivienda, fuera ahora tan atenta y benévola con él? Subió volando la escalera… La escalera ascendía, y con ella ascendían ya dentro de sí fuerza y decisión para todo. [Nikolái Gógol, “Perspectiva Nevski”]

Rusia Hoy publica este fragmento entre otros relatos de escritores rusos en un precioso reportaje sobre San Petersburgo, la ciudad del arte y el sentimiento. “San Petersburgo no creció como las otras ciudades. Ni el comercio ni la política pueden explicar su desarrollo: fue construida como una obra de arte”, sentenció con acierto Orlando Figes en su obra El baile de Natasha.

El fotógrafo Roman Mezenin rescata ahora instantáneas robadas a la intimidad de la ciudad de los zares. Busca más allá del monumento y el explendor palaciego para adentrarse en el San Petersburgo real, el que se disfraza ante los turistas, el que queda diluido en la rutina de sus habitantes. Como Edward Hopper con su Nueva York de los años sesenta o nuestro Pepe Cerdá con la Zaragoza de hoy, Mezenin presenta una ciudad de avenidas grandes y vacías repletas de ventanas y misteriosas escaleras que conducen hasta ellas. Espacios en blanco que son la esencia de una ciudad que es arte en movimiento.

Prometo hablar algún día de la importante relación simbólica de las ventanas y las escaleras con la existencia y la vida. Espero hacerlo pronto y en varias ocasiones. Por el momento, dejo una de sus escaleras. Una que conduce directamente hacia la luz. ¿Será la misma que nos describe con sobriedad Gógol? Es bonito imaginarse la respuesta.

Foto de Roman Mezenin

RELOJES

La segunda y la tercera estrofa de Clocks dice más o menos esto:

Confusion never stops
clossing walls and ticking clocks (gonna)
come back and take you home,
                                -I couldn’t stop-
that you now know (singing)
come out upon my seas,
curse mised opportunities
(Am I) a part of the cure,
or Am I part of the disease? (singing)
 
You are
and nothing else compares
oh no, nothing else compares
and nothing else compares.
 

Lo que viene a ser en español:

La confusión nunca acaba,
tapiando muros y relojes que hacen tictac (vas a)
volver y llegar a tu hogar,
                         -no podría parar-
aquello que sabes (cantando)
sal de mis mares,
malditas oportunidades perdidas
¿(Soy) una parte de la cura
o una parte de la enfermedad?
 
Tú eres
y ninguna otra cosa es comparable
oh no, ninguna otra cosa es comparable
y ninguna otra cosa es comparable.
 

Desde que los chicos de Coldplay lanzaron Clocks en 2003, el tema fue bien acogido por la crítica y por el ámbito audiovisual, asombrados por la fuerza y el dinamismo que presentan los arpegios de piano frente a un fondo muy minimalista de bajo y batería. Acústicamente hablando, el tema es sencillo: además de los arpegios y las repeticiones, se emplea una escala descendente que cambia de tonalidad. La clave musical radica en el buen criterio llegado el momento de mezclar esos elementos y añadirle sutiles acompañamientos de sintetizador que consigan el efecto deseado. No se equivocaron al predecir que Clocks iba a convertise en uno de los mejores sencillos de todos los tiempos y en uno de los temas de referencia en el futuro, incluso para la propia banda británica. De hecho, muchos de los temas de su tercer disco, X&Y, arrastran el poso que Clocks había dejado, estando incluso presente en el sencillo Speed of Sound, donde se imita la misma progresión exacta de acordes.

Clocks ha pasado a la historia por su virtud musical, pero nadie parece haberse fijado en un pequeño detalle. Es algo muy simple, una nimiedad: Clocks es una obra maestra, y ante obras maestras como ésta no se puede resumir su capacidad a una buena ejecución de los arpegios o a un acertado uso de los ostinatos. Clocks es mucho más que armonía. Para comprenderlo no podemos quedarnos con los primeros árboles que veamos. Tenemos que abarcar el bosque, y para hacerlo hay que dar el primer paso, hacer crujir las primeras ramas secas y adentrarnos en la canción. Para comprender Clocks hay que comenzar sintiendo su letra.

Y aquí hemos llegado al telón de acero. Coldplay tiene la capacidad de hacer buena música, y la buena música es capaz de combinar la acústica con la letra. Es decir, una buena canción, de tener letra, es toda una, no hay discordia entre las palabras y los acordes. Coldplay consigue crear himnos, y al igual que Viva la Vida, Christmas Light o Violet Hill (de esta última espero hablar más adelante), es absurdo diferenciar la letra de la melodía, como si fueran inmiscibles. Quienes se han atrevido a inspeccionarla, la califican de críptica. ¿Desde cuando la letra de una canción puede ser críptica? Es muy difícil que la letra de un tema sea críptica, pero más aún que lo sea una de Coldplay. No, el mensaje de Clocks no es confuso, sino directo y elocuente. Aprovecha los cambios de escala y las diferentes mezclas con los arpegios para generar cambios bruscos de tonalidad que transmiten una sensación de rapidez y ajetreo que envuelve al oyente, jugando con las repeticiones, que otorgan un sentimiento de implacable monotonía, y el final de las escalas descendentes para incluir un elemento clave en la letra: los nexos. El nexo permite cerrar el círculo del trasiego monótono para provocar el sentimiento de angustia y desasosiego ante la falta de tiempo. Porque aquí está la clave que nos permitirá conocer el bosque.

Letra y música son absolutamente independientes y cada una, por su cuenta, es capaz de transmitir exactamente lo mismo. Pero son juntas cuando consiguen retratar el ritmo de vida de la sociedad moderna occidental. La letra nos habla precisamente de la impotencia ante la exigencia de los demás y de la desesperación por vivir y ser uno mismo de quien la sufre. ¿Y qué efecto acentúa este hecho, en general? La dificultad para pensar y sentir. Coldplay logra evocar a la perfección esta realidad mediante el uso de frases cortas y sin aparente correlación, cantadas en paralelo, con el mismo ritmo y siguiendo las constantes repeticiones. De esta forma se genera la simbiosis justa, una letra que refuerza y dota de sentido absoluto a la música y una melodía que otorga vida a lo que en principio es un mensaje sin sentido.

La clave de que Clocks se haya colado en un universo completamente devoto de las listas de ventas es que quienes han pillado su sentido confían plenamente en el etiquetado comercial y quienes podrían haberlo tomado en serio no lo han pillado. Que críticos tan supuestamente acostumbrados al análisis musical como los que firman en Rolling Stone o en el New York Times hayan etiquetado su letra de críptica porque no entra dentro de unos cánones convencionales (ni siquiera tiene un estribillo que se reitere: de hecho, el único estribillo es la tercera estrofa, que es anunciada al final de la primera) es absolutamente inaceptable. Quizás este hecho permita comprobar hasta qué punto el etiquetado comercial dificulta el diálogo a través de la cultura. Aunque hoy en día fardamos de ser cultos, lo único que se observa es pedantería y gilipollez, síntomas inequívocos del desconocimiento y la incomprensión que arrastramos. Occidente sigue considerándose más sabio que el resto del mundo mientras que cualquier tribu africana es, en proporción, infinitamente más culta.

No debería extrañarnos, por tanto, que en nuestras antípodas se comprenda mucho mejor la cultura. El simple legado de la filosofía zen ya supone una ayuda considerable para facilitar la necesaria comprensión y el sentimiento. Aquí estamos acostumbrados al discurso fácil, a las palabras de un divo y el amén de sus seguidores, no a pensar  y reflexionar. Y es una pena que la tradición oriental, mucho menos alejada de la realidad de las cosas, esté siendo desplazada e invadida por las convenciones occidentales. Es una lástima que en un continente tan extenso donde se ha apreciado durante milenios el momento y la existencia acabe perdiendo su pequeño rincón de ser. No es lo malo perder el tiempo, sino dejar morir el momento. Nuestra vida está llena de momentos maravillosos, cada uno de ellos completamente diferente a cualquier otro que pueda llegar a existir o que se haya producido previamente. Es al momento y no al tiempo al que hemos renunciado, y con él, a nuestra esencia, a la existencia y a la felicidad.

Sin embargo, Clocks también aporta la solución, no solo el problema, y este detalle convierte a Coldplay en una banda más memorable aún de lo que ya es. En la cuarta estrofa dice:

You are…
Home, home, where I wanted to go.
 

In spanish:

Tú eres…
Hogar, hogar, a donde quería ir.
 

Es decir, que después de la tribulación ha llegado la calma. El hogar es el refugio del confundido, y es en la tranquilidad del hogar donde el ser puede ser él mismo. En otras palabras: sea usted mismo, sienta el momento y no se deje machacar por la ineptitud de quienes le rodean.

Aunque no me considero fan de nadie en particular, tenía que decirlo. No sé como Coldplay no es indiscutiblemente considerada la mejor banda del mundo. Unos tíos tan grandes capaces de hacer buena música además de escribir unas canciones tan maravillosas deberían ser tenidos mucho más en cuenta de lo que ya lo están, aunque solo sea por sus letras (atención a Paradise: todo lo comentado aquí se cumple de nuevo a la perfección). Ya siento haber soltado el discurso en pleno agosto (y con la ola de calor in crescendo), pero tenía que hacerlo. Coldplay se lo merece, y todos nosotros también.

VOCES VALIENTES

Platón, en su alegoría de la caverna, lo deja bien claro. Es muy peligroso hablar de la verdad en una sociedad basada en la mentira. Él mismo vivió las represalias del cautiverio y el dolor de no verse comprendido por quienes decían comprenderle. Alguien que busca conocer puede equivocarse, pero ese equívoco, lejos de ser un lastre, es una nueva oportunidad para seguir adelante.

Hoy en día, que hablamos tan ampliamente de la libertad y de lo buenos chicos que somos, seguimos arrastrando la misma irreflexión y falta de comprensión que vivieron todos aquellos pensadores. Incluso mucha más. Hablar en nuestros días sin temor a las palabras es un acto que supera la valentía hasta rozar lo heroico. Es muy difícil que te comprendan, pero más aún que todos aquellos que renuncian a ver el sol, por el motivo que sea, permitan que les hables sin pudor de algo que no son sombras.

Estos días también me he topado con la ignomina del que se esconde en la caverna e Irene Vallejo, a quien admiro profundamente precisamente por la valentía de sus palabras, ha publicado una columna que habla por sí sola y que agradezco con todo mi corazón, porque supone en estos días de tensión un acicate para seguir siendo valiente.

Gracias, Irene, por tu valentía y cariño. Comparto aquí el artículo, para disfrute de todos.

TORMENTA DE MIEDO

En Como pasear en una noche de verano, escribí lo siguiente:

Como ocurre con las grandes obras, Piloto de Guerra ha sido trágicamente considerada un relato menor. No es la primera vez que me encuentro con obras excepcionales que han sido pesadas a bulto por los críticos. León Tolstói y Antoine de Saint-Exúpery comparten bastante en común. Ambos han sido dos escritores que han destacado en el panorama internacional a través de una escritura sin artificialides y con un hilo conductor interno que permite expresar el sentimiento de las cosas, tan difícil de encontrar en unas artes que se empeñan en escribir la historia en función de una tesis y no dejar que la tesis sea consecuencia de esa historia.

Piloto de Guerra posee la misma particularidad que las obras de Tolstói: son relatos en los que el escritor escribe lo que siente sin alterar nada, dejándose sorprender por la propia historia y la propia realidad contenida en ellas. Son obras de auténticos filósofos o de personas que quieren conocer y no tienen miedo a ello. Porque conocer no es observar a través de un microscopio, sino sentir lo observado, pasar a formar parte del interior de las cosas.

Ya sé que está muy feo autorreferenciarse y que es una canallada hacerlo, pero alegaré en mi defensa que es en beneficio del lector. Estos días he estado husmeando por las bibliotecas nerviosamente, con ansia, manoseando los libros y revolviendo en las estanterías, buscando algún buen ejemplar que me ayude a soportar los días de calor que se avecinan. Como dejan llevarse tres ejemplares de un tirón, había traído propuestas pensadas de casa. Por ejemplo, estaba en mente Norte, de Edmundo Paz Soldán, o el aclamado ensayo Enterrar a los muertos, de Ignacio Martínez de Pisón y que aún no había leído. Entre el listado mental de libros a buscar se encontraba una de mis principales bazas literarias para este verano: Infancia, juventud, adolescencia, de León Tolstói. Así que después de confirmar que la biblioteca no tenía Norte, rebusqué en los estantes correspondientes, completamente colapsados por la bibliografía de Tolkien, hasta encontrar el montón dedicado a los Tolstói. No encontré lo que buscaba, sino algo mejor. Entre Los cosacos y Confesión había un libro chiquitito, hiperbreve, de apenas el tamaño de la palma de mi mano. Leí la diminuta tipografía de su lomo: La tormenta de nieve.

¿La tormenta de nieve? ¿Desde cuando Tolstói, el Tolstói que yo creía conocer, tenía algo titulado La tormenta de nieve?

No debo de ser el único que se quedó intrigado al encontrar el bizarro ejemplar. Según parece, a la mayoría también se les ha colado esta preciosidad. Porque La tormenta de nieve, a pesar de su título adusto, desgastado e ingenuo, encierra algo más que una historia perfectamente bien contada.

¿Cómo describir, en una sola palabra, en un único adjetivo, un cuento que es novela, un ensayo que es diario y una confesión que es en relidad ficción y recuerdo a un tiempo? Quizás deba comenzar con algunas de las cosas que me vinieron primero a la cabeza. ¿Recuendan aquel cuadro en que una mujer en camisón mira a través de la ventana abierta? ¿O aquella otra en la que una joven de sombrero dorado y abrigo verde espera, silenciosa, tomando un café en una mesa de cafetería? ¿O a la mujer que mira a través del ventanal que conduce al infinito dorado de los trigales recién segados?

La tormenta de nieve es un cuadro de Edward Hopper, una búsqueda ontológica a través de una narración aparentemente cotidiana y trivial. Tolstói atraviesa una crisis filosófica y espiritual que será trascendental en el transcurso de su vida y cuyas consecuencias quedarán reflejadas en su pensamiento y obra. De hecho, en La tormenta de nieve encontramos un intimismo muy particular que, a diferencia del que podemos encontrar en la mayoría de sus relatos, es frío, disuasorio y distante. De hecho, el enclave escogido para la narración no podía ser más adusto. Un hombre y una mujer joven, Alioshka, que deben cruzar la gélida estepa del Don, en tierra de cosacos, para llegar a la siguiente estación de postas. El paisaje, descargado incluso de vegetación, tan solo posee tres elementos característicos: la nieve, la peligrosa ventisca y la luna, que de vez en cuando se deja entrever. Las troikas y sus ocupantes, así como la estación de partida y la de llegada, son elementos añadidos y completamente superfluos a la narración. Porque, después de haber leído La tormenta de nieve, ¿quién puede seguir pensando que se trata de un cuento sobre un monótono viaje a través de la estepa sideral?

En realidad, todo es un símbolo. La estepa, la tormenta, hasta el tintineo armonioso de las campanillas de las troikas. Tolstói nos los deja muy claro desde el comienzo:

Nos detuvimos en varias ocasiones, el cochero hacía salir sus largas piernas del trineo y se daba a la tarea de buscar el camino; siempre en vano. También yo me apeé del trineo una vez, ¿sería el camino lo que creía haber visto? Pero no me había alejado, haciendo un gran esfuerzo, ni seis pasos contra el viento, cuando me convencí de que por todos lados había las mismas blancas capas de nieve, todas iguales, y que el camino no lo había visto más que en mi imaginación, cuando ¡dejé de ver el trineo! Grité: “¡cochero! ¡Alioshka!” pero sentí que el viento me arrebataba la voz de la boca y en menos de un instante se la llevaba lejos de mí. Me dirigí al lugar donde había estado el trineo, pero no había ningún trineo; caminé luego hacia la derecha. Tampoco. Me avergüenza recordar con qué voz tan fuerte y penetrante, incluso un poco desesperada, volví a gritar: “¡cochero!” cuando este estaba solo a dos pasos. Su negra figura con el látigo y la gorra totalmente ladeada de pronto se irguió frente a mí. Me condujo hasta el trineo.

La narración entera es un punto de inflexión entre lo onírico y la realidad. A diferencia del resto de personajes, el único que parece encontrarse fuera de lugar desde el principio es el propio narrador. Desde el comienzo, se queja de su suerte:

La campanita se oía cada vez menos, un hilo de aire helado se coló por una minúscula abertura en una de las mangas de mi abrigo, recorriéndome la espalda, y en ese momento recordé que el maestro de postas me había aconsejado no viajar, porque corría el riesgo de errar la noche entera y acabar congelado por el camino.

Tolstói, el protagonista de la historia, ni siquiera es consciente de la realidad que está viviendo. Durante el viaje tan solo percibe lo mismo una y otra vez: la misma llanura completamente nevada, el mismo viento helado que congela su rostro con idéntico ulular, incluso la misma campanilla melodiosa e inmutable en su tintineo. Son elementos propios de un estado invariable que no parece real y que obligan al protagonista a cuestionarse si de verdad se está produciendo el viaje o si se trata de un mal sueño y aquello que realmente existe es lo que cree que está soñando. Mientras es incapaz de sentir frío cuando las crines de los caballos se congelan percibe muy vívidamente cómo una mosca se zambulle en su boca húmeda mientras duerme a la sombra de un árbol en pleno verano. ¿Es posible que le hayan intentado matar en el transcurso de aquel viaje infernal o tan solo ha sido una pesadilla, síntoma de la inevitable congelación? ¿Se ha producido el intercambio de troika o han seguido todo el rato en la misma? Ni siquiera es consciente si Alioshka existe de verdad. Para él todo es un espejismo donde se encuentra completamente solo contra sí mismo. Y es precisamente en esa soledad donde puede encontrarse consigo mismo.

Tolstói demuestra una capacidad narrativa impresionante para la edad en la que compuso el relato, con tan solo veintiocho años. Utiliza una atmósfera ruda y simplona que evite elementos descriptivos que alteren el ritmo de la narración, y determina desde el comienzo la evolución del relato tanto en el espacio como en el tiempo, limitándola al marco tradicional aristotélico. La ausencia de elementos descriptivos permite utilizarlos para algo más profundo e ingenioso: mientras la adusta realidad parece no avanzar en el tiempo, los sueños del protagonista lo hacen a un ritmo vertiginoso, con multitud de elementos que están en constante cambio y una serie de sucesos que involucran directamente al narrador. En este sentido, La tormenta de nieve es tan cinematográfica como Cinco horas con Mario, con la diferencia de que Miguel Delibes degrada el entorno para centrarse en la conversación entre el difunto y su viuda, mientras que Tolstói utiliza la monotonía de la tormenta y de la estepa para lograr el mismo efecto y destacar los supuestos sueños del protagonista. El intimismo logrado permite introducir otro elemento determinante a lo largo de la obra del autor ruso: la descripción.

Para lograr que una historia no quede sobrecargada, hay que evitar que la descripción sea externalizante. Es una cuestión profundamente sibilina. Si en un relato, independientemente de su extensión, nos centramos demasiado en el paisaje mientras la acción y, sobre todo, los personajes, se hayan en unas circunstancias narrativas que despojan de sentido esa descripción, habremos desnaturalizado la línea narrativa. El motivo es sencillo: hemos añadido elementos prescindibles que generan una inflexión innecesaria tanto a nivel endógeno, pues afectan directamente a la consecución de la acción, como a nivel del espectador, que queda repentinamente saturado y fuera del hilo conductor de la narración. León Tolstói es consciente de ello y por ello emplea lo que los franceses llaman le mot just. Es decir, la descripción tolstoiana es siempre la justa y necesaria para cada relato. Nunca sobra ni falta nada porque no se impone como autor ante su propia narración, sino que se limita a que sean los propios personajes, en el devenir de la trama, quienes reclamen los detalles y la manera de reflejarlos en la obra. De esta manera es tan importante la descripción del marco como la que concierne a los sentimientos y recuerdos de los propios personajes. En Tormenta de nieve la encontramos desde las primeras líneas, y su uso será el último elemento imprescindible para configurar el ambiente que permitirá la construcción del verdadero relato que se esconde tras la aparente historia del viajero somnoliento.

Si sorprendente es su capacidad narrativa, aún lo es más la manera en que consigue introducir sus propias dudas como pensador y la búsqueda de su propio ser en la piel del protagonista. Realmente solo existe Tolstói y sus dudas, que se expresan a través de los sueños. Todo lo demás es una excusa para darles una consistencia literaria que permita, a la vez, retratar la sociedad y sus consecuencias frente a la realidad, rebosante de vida. Para ello emplea sagazmente dos situaciones paralelas, una de ellas un recuerdo soñado y otra, cuando por fin llegan al destino, la tormenta se ha detenido y el sol brilla en el firmamento y en la nieve acumulada en la estepa.

Un campesino que lleva una hoz se abre paso entre la multitud de mujeres, niños y ancianos agolpados en el borde y, tras colgar su hoz en la rama de un sauce, se quita lentamente los zapatos.

– ¿Dónde está? ¿Dónde se ha hundido? -sigo preguntando, deseoso de lanzarme hacia allá y hacer algo absolutamente extraordinario.

Pero me señalan la lisa superficie del estanque que de vez en cuando riza el viento que sopla. No entiendo que alguien haya podido ahogarse y el agua continúe tan lisa, tan bella, tan indiferente, lanzando destellos dorados con el sol del mediodía; y entonces aparece en mí la sensación de que no puedo hacer nada, de que no sorprenderé a nadie, sobre todo porque nado muy mal. Mientras tanto el campesino ya se ha sacado la camisa por encima de la cabeza y está a punto de tirarse. Todos lo miran con esperanza y asombro; pero una vez en el agua a la altura de los hombros, vuelve lentamente sobre sus pasos y se pone la camisa: no sabe nadar.

La gente sigue acudiendo, la multitud es cada vez más numerosa, las mujeres se aprietan unas contra otras; pero nadie le presta ayuda. Los que van llegando dan consejos, lanzan suspiros, sus rostros expresan miedo y desesperación; de los que habían llegado al principio, unos se sientan en la hierba, cansados de estar de pie, y otros regresan. La anciana Matriona le pregunta a su hija si cerró la puerta de la estufa; el chiquillo que le llevaba puesta la levita de su padre lanza afanosamente piedrecillas al agua.

¿A quién no le viene a la memoria aquella escena en que Jacinta ve pasar los niños muertos camino del cementerio? La única diferencia existente entre Fortunata y Jacinta y este relato es que Benito Pérez Galdós emplea una sobriedad castiza para describirlo mientras que Tolstói utiliza la sobriedad para algo más trascendental, más profundo y más reflexivo, como es la diferencia entre el horror, la continuidad imparable de la vida frente a la muerte y las miserias sociales que conducen a la humanidad a abandonar a sus semejantes y a acusar descaradamente a Dios por ello, cuando éste no tiene culpa de nada. El terror, en cualquiera de sus facetas, simboliza la maldad encubierta de la sociedad, que tanto horroriza al pobre escritor ruso desde su juventud. Quizás fue tras el sitio de Sevástopol, donde pudo observar el heroísmo y la crueldad de la guerra, cuando tomó conciencia de la soledad del justo y la injusticia de la mayoría de quienes le rodeaban. En uno de sus escritos acerca de la batalla y de su anterior vida ociosa comenta lo siguiente:

He adquirido la convicción de que casi todos eran hombres inmorales, malvados, sin carácter, muy inferiores al tipo de personas que yo había conocido en mi vida de bohemia militar. Y estaban felices y contentos, tal y como puede estarlo la gente cuya conciencia no los acusa de nada.

El miedo será, a partir de entonces, un elemento crucial en su pensamiento, en sus crisis filosóficas y en su literatura. Durante la narración de esta pequeña novela el miedo desborda el mundo onírico para perseguir al protagonista en la ventisca, el peligro de la congelación que les obliga a retroceder varias veces durante la travesía o el miedo a ser asaltado y asesinado. Toda la novela es un símbolo del camino de la vida, sus derroteros, las dificultades impuestas socialmente y la confianza en Dios para superar todos los obstáculos que el ser está dispuesto a sortear con su lucha por la existencia y la felicidad, actitud valiente que Tolstói quisiera tener y que no posee, tal y como reconoce en el relato. Paralelamente en el tiempo podemos comprobar esta obsesión, cuando en Hadjí Murat, su novela póstuma, el héroe checheno le confiesa a Butler un episodio de cobardía en su juventud que conduciría a la muerte de sus protegidos, hecho que le marcó para siempre y le obligaba a luchar por los suyos hasta el final, o cuando Pierre salva a un niño de la quema de un edificio durante el incendio de Moscú en Guerra y paz en una escena calcada a la del ahogado.

La edición en español viene de la mano de Acantilado Editorial, traducido por Selma Ancira en un formato que mantiene el intimismo y la intención final del autor. Incluso la colección en la que está integrada, Cuadernos, alude a su carácter íntimo pero a la vez exigente y difícil.

La tormenta de nieve no es un relato efímero, sino una novela sutil, un viaje accidentado y peligroso hasta el abismo de sus dudas y el interior de las cosas. Un interior que transcurre a través de la vivencia, la ficción, el recuerdo, el paisaje y las emociones, descubriendo como en el caso de Piloto de Guerra al Tolstói filósofo y no sólo al magnífico escritor que nos presentan habitualmente. Una confesión restringida para valientes que quieran adentrarse en las profundidades de la realidad y en el pensamiento del olvidado filósofo ruso.

ENGAÑO MEDULAR

Perdonen el abandono al que tengo sometido al blog, pero lo cierto es que estoy pasando una temporada muy ajetreada y apenas tengo tiempo para escribir con tranquilidad y dedicación.

Hoy hago un inciso. Me ha llegado a través de Sergio del Molino una denuncia de la polémica generada entre la empresa alemana DKMS y el sistema sanitario español, que es acusado de no atender como corresponde a pacientes en espera de un transplante de médula.

No sé si ustedes habrán oído algo al respecto. Un servidor, balbuceos periodísticos que tanto quitan como ponen y que no llevan a ninguna parte. Pero lo cierto es que desde el principio me dió qué pensar y no me había quedado tranquilo al respecto. Es muy grave que no se conozca con absoluta claridad una situación que nos concierne a todos y que además está falseada porque la sanidad pública, pese a los indiscriminados recortes llevados a cabo por las administraciones, sigue siendo puntera en investigación e intervención contra el cáncer gracias a la increíble dedicación de los profesionales que hacen todo lo posible por salvar vidas.

La sociedad no debe formarse opiniones, sino desligarse de una vez por todas del ridículo de la opinión y centrarse en conocer la realidad, única y verdadera, y para eso hacen falta veracidad y reflexión.

Por eso, con el permiso de Sergio y Cristina, publico aquí los dos artículos aparecidos en Heraldo de Aragón de su autoría. Porque desgraciadamente saben de lo que hablan y sus voces, convertidas en texto, merecen todo mi apoyo y la mayor difusión posible.

Altruista, anónimo y comprometido [“La ciudad pixelada”, en el suplemento “Heraldo Domingo”, de Heraldo de Aragón. 22/01/2012. Por Sergio del Molino]

Tiene razón Rafael Matesanz al pulsar todas las alarmas y llamar la atención sobre el debate que se ha abierto en torno al sistema de donación de órganos en España. Ha surgido a raíz del caso de Hugo Pérez, enfermo de leucemia que ha recurrido a los servicios de una organización alemana, DKMS, para buscar un donante de médula ósea compatible.

Por desgracia, conozco demasiado bien el funcionamiento del sistema de donación de médula ósea en este país, he visto trabajar a los profesionales que lo hacen posible, y comparto plenamente los temores de Matesanz: si se abre un debate que cuestione el modelo español, corremos el riesgo de quebrarlo. Entiendo la desesperación de un enfermo de leucemia que se siente desahuciado —no saben hasta qué punto—, y comprendo también que ese enfermo toque todas las teclas y remueva todas las arenas posibles para encontrar su salvación. Pero la sociedad debería serenarse, informarse y no agitar un debate al calor de las emociones del momento, porque las cosas son mucho más complicadas y peligrosas de lo que un arrebato sentimental puede dejar entrever.

Padezco una enfermedad congénita que no es grave ni me incapacita para nada, pero que me excluye como posible donante de médula ósea. Aunque me inscribí en el registro internacional y me hice las pruebas pertinentes, la Fundación Josep Carreras rechazó mi solicitud por esta causa. Me enfurecí mucho conmigo mismo, pero entendí el rigor de sus criterios de selección. No pueden jugar con algo tan serio.

Cualquiera no sirve para donante. ¿No se han fijado en que apenas hay campañas en los medios para convencer a nuevos donantes de médula? Así como varios organismos solicitan constantemente donaciones de sangre, no hay marquesinas de autobús ni anuncios televisivos que reclamen médula ósea. De hecho, cualquier persona que, como yo o muchos de mis familiares y amigos, haya acudido a un centro médico autorizado para inscribirse como donante, habrá sentido que los hematólogos responsables intentan disuadirlo en lugar de convencerlo, haciendo mucho hincapié en los contras del proceso.

Esto es así porque se buscan donantes comprometidos, no personas conmovidas por un caso concreto que sueñan con salvar a tal niño o a tal enfermo. Se reclama serenidad y buen juicio, no entrega pasional y pasajera. Desde que alguien se inscribe en el Registro de Donantes de Médula Ósea (REDMO, en Aragón lo atienden los servicios de hematología de los hospitales Miguel Servet y Clínico) hasta que efectivamente algún enfermo de cualquier parte del mundo necesita esa médula, pueden pasar muchos años. De hecho, lo más probable es que no llamen nunca al posible donante, las posibilidades son de una entre quinientas. Cuando contactan con ellos, muchos de estos donantes compulsivos no solo han olvidado al emotivo enfermo que les indujo a inscribirse, sino que han olvidado incluso que estaban inscritos. Y, en algunos casos, la perspectiva de acudir a un quirófano para someterse a un proceso molesto, les horroriza. Por tanto, se niegan, condenando a una probable muerte al posible receptor. Para evitar estas situaciones, los gestores de REDMO solo quieren candidatos convencidos y plenamente conscientes de la importancia de su compromiso, por eso no hacen llamamientos masivos y han establecido un protocolo de inscripción muy rígido que no todo el mundo entiende. Se trata, efectivamente, de salvar vidas, y para eso se ha revelado mucho más eficaz el trabajo discreto y puntilloso de los profesionales que el ruido grosero del márquetin.

Las mentiras de DKMS. Publicado en “Heraldo de Aragón”. 20/01/2012. Por Cristina Delgado.

CONTROLADOS

Estoy leyendo El día de mañana, de Ignacio Martínez de Pisón. Lo compré en nochebuena, en mi cada vez más querida librería Los Portadores de Sueños, no como regalo por las fechas en las que estamos, sino porque tocaba leerlo y el mejor momento para ello es en la familiaridad del periodo navideño. Como no suelo ser un comprador afanoso de ninguna cosa, suelo buscar en internet los libros que quiero leer antes de comprarlos para así hacerme una idea del precio y echar un vistazo a las reseñas de los lectores por si se cuenta algo interesante en ellas. El caso es que, como para leer comentarios y consultar el precio no hacen falta muchos formalismos, acostumbro a teclear en Google el título y el autor y a pinchar en el primer enlace que aparece, que casi siempre suele ser el de alguna gran librería del merchandising, que como tal no sólo me ofrece toda la información que necesito sino que, además, también me recomienda interesantes packs a módicos precios que nunca adquiero. Luego cierro la pestaña, me olvido del merchandising y continúo con mis quehaceres en el ordenata.

Esto ocurrió hace unos días y, visto lo visto, parece que la “gran librería del merchandising” no se ha olvidado de mi última visita a su página. Cada vez que me encuentro con uno de sus banners no para de aparecerme la bibliografía de Pisón, pisones antiguos y recientes, de todas las editoriales y formatos. Parece que se hubieran confabulado para bombardear mi ánimo a base de anuncios inesperados, a base de suculentas y sedentarias promesas de descuentos y prontos envíos para los que no tendría ni que renunciar al calor del pijama cuando toque recogerlos. Parece una cruzada destinada a hostigar al incauto internauta hasta que, por desesperación, aburrimiento o compasión se convierte en uno de sus muchos clientes, en un número más dispuesto a saciar las ansias especulativas del gran negocio del merchandising.

Y, sin embargo, lo permitimos. Hasta hace unos meses, la publicidad se limitaba a lo que por tradición nos tenía acostumbrado: anuncios orientados a una masa lectora más o menos definida, la misma en torno a la que se orientan los medios en los que se publican. Los anuncios para la chavalería aparecían en programas infantiles mientras que los diridos a mujeres sesentonas lo hacen entre culebrón y culebrón. Creo que a esto le llamaban “táctica publicitaria”, y si no recuerdo mal, el método se limitaba al típico AIDA. Uno podía sobrevivir bastante bien al aluvión navideño o al anuncio tonto del año, el que repiten en cada bloque publicitario y que no parece dirigido especialmente a tí. Pero desde hace un tiempo la publicidad en internet se está convirtiendo en una lacra infernal. Los anuncios generalistas escasean frente a la publicidad personalizada, la que recuerda tus búsquedas y calcula algoritmos sobre tus posibles preferencias y aparece reiterativamente en cualquier e inesperado rincón de la red sin permitir que te relajes ni un minuto.

Está claro que Internet es de todo menos un sitio donde campar con libertad. Podemos abrir blogs sin que nadie ponga pegas a ello y hacer llegar nuestros comentarios y artículos a un público más extenso con mayor facilidad que analógicamente, pero no podemos dar un paso en la red sin que nuestro ordenador sea constantemente localizado geográficamente, sin que la página que abrimos guarde sin nuestro consentimiento una cookie en nuestro ordenador con nuestras búsquedas y preferencias, y sin que controlen todos nuestros movimientos y los archiven ad eternum con el fin de asociar cuanta más información posible acerca de nosotros. Al internauta no le es fácil abrirse camino en un campo donde cada paso que da significa delatar parte de lo que en realidad es sin que pueda hacer nada para evitarlo. Porque aunque nos intenten convencer de que podemos administar todos los datos que circulan por ahí acerca de nosotros, a nadie se le escapa o debería escapársele que una vez que publica algo, la corrección es un acto ingenuo y la supresión, por mucho que lo exijamos y pataleemos por conseguirlo, es en general una apariencia fútil, ya que es difícil que un dato archivado sea suprimido con buena voluntad y justicia en una sociedad mediocre donde ambas hace tiempo que dejaron de existir. Un ejemplo es lo que sucede con las redes sociales, donde la gente sigue comunicándose de manera muy similar a como lo se ha hecho toda la vida pero exponiendo infinidad de datos a los que no debería tener acceso ni todo el mundo ni todas las instituciones. Nos hemos olvidado de que la sociedad es consecuencia de nuestra existencia y no nuestra madre, y que si queremos comunicarnos y vivir felices con quienes nos rodean tan solo tenemos que ser nosotros mismos, vivir con la realidad que nos rodea, despojados de toda artificialidad que se extralimite de su función y trate de sustituir la realidad que nos rodea y que somos.

Parece que la pesadilla de Orwell sigue acercándose cada vez con menos sigilo y disimulo. Ahora, hasta la publicidad se atreve osadamente a inmiscuirse en nuestras vidas tratándonos como esclavos a los que tutear sin conocer, despojándonos de toda intimidad y, en consecuencia, de libertad. Porque cuando se pierde la intimidad, cuando estamos tan alejados de lo que somos que cualquier truhán nos conoce mejor que nosotros mismos, perdemos la libertad, aquello que realmente es la libertad. Y si perdemos la libertad y estamos tan distanciados de la realidad que nos es imposible retornar a su seno, solo seremos fantoches deshumanizados, incapaces de conocer por nuestra cuenta y existir felizmente tal cual somos.

No me gustan los apocalípticos ni quiero parecerme a ellos, pero no hace falta ser muy sagaz para darse cuenta de la realidad de internet. Cada vez es más revolucionario decir la verdad en estos tiempos de engaño universal.

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