El blog de David L. Cardiel

«Toda verdad pasa por tres etapas. Primero, se ridiculiza. Segundo, se niega con violencia. Tercero, se acepta como manifiesta». [Arthur Schopenhauer] Fotografía de Elda Maganto. Museo de Zaragoza.

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HIPOCRESÍA

Hoy ha muerto Eugenio Trías, en silencio, como mueren los muertos. Luchando en una guerra por una victoria lejana. Hoy le honran tributos y plantos, hablan de su amistad y de la simpatía que despertaba. De su importancia. Hoy le nombran imprescindible y magnifican el motivo de su pérdida desclasificando un arsenal de artículos y menciones que en su día pasaron desapercibidos. Hoy Eugenio Trías es una pérdida discreta. Mañana, será el olvido.

Hay personas que no tienen ojos y, al mirarles, al buscar en sus hoquedades una pupila en la que reflejarnos, rellenamos su ausencia con imágenes de humanidad inventadas en un sueño negligente y profundo.

Pero sólo es un sueño; no hay ojos en su vacío.

Los hipócritas hablan y no escuchan. Atrapan la vida en una telaraña tan sutil como inútil. Están muertos en su negación. Hablan de quienes se han ido y recuerdan momentos que no han sentido, que ni siquiera guardan en la memoria y que quizás les hayan sido chivados en un instante afortunado del sepelio. Cuando escriben, o cuando hablan, apelan inconscientemente a una experiencia que no poseen. Porque no han aprendido nada, aunque sonrían con cariño y acojan con humildad.

Los hipócritas han inventado su concepto del cariño y han estamentalizado la amistad. Quien realmente ama no es digno del mayor escalafón. No es útil. ¿Puede ser el amor útil en la prostitución del espíritu? Sí en cambio mil voces vacías e interesadas, puercos gimiendo detrás de la obra, rebuscando entre la basura del autor algo con que alimentar su ego miserable. El hipócrita confunde el cariño con las falsas muestras que le llegan. Habla del amor como si lo poseyera, te da excusas en las demostraciones y te aconseja su tratamiento. Porque eres imbécil. Has puesto ojos en una calavera.

Los hipócritas perdieron la humanidad cuando se perdieron entre un montón de gente igualmente extraviada. Deambulan por la vida hablando del silencio, de las cosas bellas, de la intensidad del momento, añorando la pérdida de lo que han dejado de poseer, jugando con tu espíritu y con el suyo.

Y después del olvido, de la indiferencia, siempre llegan los hipócritas. Buscándose. Reflejándose, acurrucándose en tu regazo. Esperando un calor tan frío como el que han recibido. Incapaces de devolvértelo cuando más lo necesitas. Pero entonces, el dolor, la falsa amistad, se disipa. Y se disipa también para ellos. Porque ya no son dignos de tus abrazos, ni tu cariño. Son arena en tus manos.

Quizás le hubieran gustado estas líneas a Eugenio Trías. De filósofo a filósofo. Poesía para la vida. A pesar de todo, nuestros pensamientos no son tan diferentes. La realidad no es tan diferente a sí misma. Sólo necesitamos unos versos que construir y un tango para bailar, y regalarles unos ojos nuevos, fabricados con nuestras manos e inhalados de vida con nuestro suspiro, para que vean de nuevo la vida, y distingan el cariño, y encuentren su camino, y restituyan el momento y doten a cada ser del lugar que le corresponde en sus maravillosas y antes yermas vidas.

Ojalá un día la hipocresía sea una ventana que conduzca hacia el amor.

SÍRVASE USTED MISMO

Al comienzo de Horizonte del Liberalismo aparece:

He creido impropio aducir citas en el curso de estas páginas, por no ser ellas un trabajo de investigación, para el que haya sido precisa una preparación especial.

Cuando se publicó el libro, al comienzo de la década de los años treinta, María Zambrano rondaba los veintiséis años y acababa de estrenarse como escritora en el complicado ámbito del ensayo. El ambiente que la rodeaba no era precisamente amical, dominado por una cultura fraccionada en vanguardias y una filosofía decadente a medio timón entre el nihilismo alemán y el bakunista regida con solemnidad académica desde las grandes urbes centroeuropeas. Por eso sorprende bastante encontrarse como prólogo una nota con la sinceridad y la pureza suficientes como para convertir lo que pretende ser un cuaderno de notas en todo un ejemplo de cómo debe escribirse un ensayo por encima de los decretos con que los académicos han conseguido pastorear y limitar la profundidad y frescura de este género.

Descubriré mis cartas: no suelo leer demasiado ensayo, y mucho menos, si es filosófico. No hay nada peor para alguien que tiende a conocer por sí mismo que tener que discrepar con cada párrafo de un libro. Sin embargo, y a pesar de mi hostilidad ante este tipo de lecturas, suelo agenciarme textos de todo tipo de temas y autores que voy leyendo en pequeñas dosis, dejándome llevar por el diálogo entre escritor y lector que fundamenta la existencia de la literatura. En el caso de Horizonte del Liberalismo me llegó como regalo, ya que el ejemplar había sido liberado por una biblioteca y acabó recayendo en mis manos. Lo primero que hice, como hago casi siempre, fue leer su final. Dice así:

Y es que cuando el mundo está en crisis y el horizonte que la inteligencia otea aparece ennegrecido de inminentes peligros; cuando la razón estéril se retira, reseca de luchar sin resultado, y la sensibilidad quebrada solo recoge el fragmento, el detalle, nos queda solo una vía de esperanza: el sentimiento, el amor, que, repitiendo el milagro, vuelva a crear el mundo.

Se refiere a un futuro capaz de ser vislumbrado en la época en la que lo escribe: en una sociedad asustada por el miedo a la guerra y fundamentada en la venganza donde el pensamiento está cada día más fragmentado, degradado y aniquilado, es necesario retornar cuanto antes a la realidad, a lo que somos, y reparar todo el daño ocasionado, exactamente lo que necesitamos en nuestros días con vital urgencia.

Sin embargo, lo que más me llamó la atención es el párrafo que corona el prólogo. ¿Seríamos hoy capaces de rebelarnos contra el dogma académico y dedicarnos a escribir de verdad? Existe una obsesión irritante por relacionar cada texto, párrafo o línea con otra ya existente, como si todo tuviera que ser una copia de algo previo, como si nadie más pudiera pensar por sí mismo o escribir genuinamente en un estilo similar al que alguien del pasado utilizaba. La teoría de las Ideas reventada en las universidades occidentales.

Es cierto que cuando se escribe el autor suele fundamentarse en el estilo y los métodos de sus antecesores que más se corresponden con lo que pretende trasmitir y con su estilo personal, único e irrepetible. Pero una cosa es utilizar los diferentes estilos como acicate para reforzar el tuyo propio y otra emplearlos a discrección, copiando directamente la técnica de otra persona sin pudor alguno. No es lo mismo tomar referencias que copiar, y por eso mientras en el primero se translucen rasgos emparentados con otros ya conocidos, en el segundo caso el esquema de lo nuevo y lo viejo es exactamente el mismo, como si fueran copias anacrónicas de un mismo texto. Esta diferencia ha sido llevada al extremo, castigando de forma desproporcionada al género del ensayo a causa de su estilo elocuente y, teóricamente, sincero.

No creo que a Montaigne le gustara lo que se está haciendo con el método que con esfuerzo levantó en el ambiente filosófico. Tengo la colección de sus Essays (en français, of course) y si algo creo haber notado que se transparentaba de ellos no es precisamente un meapilismo pedante hacia el lector, ni siquiera un intercambio de palmoteos dorsales con los otros pensadores que pudieran llegar a leerlos, sino naturalidad escrita según los cánones de la época. Hoy en día, si un ensayista renunciara a añadir citas por no haber tomado referencias ni consultado ningún otro texto, obra y autor arderían probablemente en la hoguera. El ensayo no puede generalizarse ni limitarse al caso de una temática fundamentada en una investigación sobre obras o sucesos ya existentes porque no todo lo que es ensayo se centra en la investigación. El ensayo filosófico es, con diferencia, el mejor ejemplo posible. Salvo que nos refiramos a la vida y obra de un pensador (por lo que ya no será necesariamente filosófico, sino histórico y analítico), no tiene sentido justificar ante el censor académico el conocimiento propio del filósofo con el recogido por los pensadores del pasado, porque la realidad no es siquiera un estilo literario o un método cartesiano que aplicar y al cual referenciar, sino algo que no depende de nosotros para que exista y que puede ser conocido directamente sin necesidad de haber tenido contacto con ninguna otra obra. No debe de ser aceptarse jamás que el conocimiento de alguien quede reducido a simples notas de la filosofía anterior. El ensayo es un estilo puro, fresco y centrado en el contenido, y por tanto no tiene sentido reducirlo a una serie de expresiones míseras incapaces de transmitir algo por sí mismas.

María Zambrano se atrevió en su primer libro. Ojalá nos atrevamos nosotros también.

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