El blog de David L. Cardiel

"Toda verdad pasa por tres etapas. Primero, se ridiculiza. Segundo, se niega con violencia. Tercero, se acepta como manifiesta." [Arthur Schopenhauer] Fotografía de Ilya kisaradov.

Etiqueta: existencia

OBSTÁCULOS

No creo en las redes sociales. No creo en un algoritmo que nos conecta a los unos con los otros ni en un cachivache alimentado por electrones como su profeta. No creo en algo tan gélido e impersonal como un perfil social.

No creo que algo que no es imprescindible sea imprescindible.

Soy una persona de distancias cortas. Me gusta mirar a los ojos de mi interlocutor, verle saborear el café recién hecho por el camarero y sentirlo en su expresión. El momento del saludo, el tiempo que se escurre en la conversación y la buena (o efímera) compañía, los recuerdos que vienen y van como olas en la orilla del mar. La conversación que se teje al ritmo de la vida.

Las redes sociales, en cambio, han sido creadas para lo contrario. Destrozan los tiempos de la existencia y fuerzan las amistades a un distanciamiento extraño, sibilino y muy complejo. Porque sí, las distancias son mayores no cuanto más alejados estamos los unos de los otros físicamente, sino cuanto más sentimos esa lejanía en nuestro interior.

Las redes sociales son falsas, y la falsedad lleva a la traición. Propia, demasiadas veces. A imaginar lo que no somos capaces de ver o sentir por la ausencia de un contacto mucho más íntimo, preciso y necesario. Pensamos en las personas que queremos en un pretérito agujereado de un presente que no existe. Por ejemplo, nos es inevitable recordar los momentos compartidos con la persona con la que hablamos, o la ausencia de ellos, pero a la vez éstos quedan anulados por el empuje de la conversación presente. Es aquí donde surge la imaginación. Necesitados acercarnos lo que la red social es incapaz de permitirnos, nos aferramos a la casi siempre desafortunada creencia de que la sonrisa del emoticono o la algarabía que pretende denotar la sucesión de carcajadas son ciertas y que nuestro amigo verdaderamente sonríe al escribir esas líneas o ríe ampliamente al leer lo que has escrito hace un momento. Pero es sólo una creencia. Un vulgar invento al que nos aferramos dogmáticamente, pues todos somos conscientes de que, en mayor o menor medida, hemos mentido y traicionado a nuestro interlocutor expresando cosas que verdaderamente no hemos sentido. Hay veces que la traición se comete por simplicidad literaria. Otras, por un fin desesperado de tratar de acercarnos un poquito más a la confianza de la persona con la que conversamos. Y otras, simplemente, por falsa modestia y amabilidad fingida.

Hay algo que me sublima y que me preocupa enormemente. ¿Cómo distinguir si el abrazo o el beso que me envían es realmente un beso o un abrazo? Y una cuestión aún más intrigante: ¿qué tipo de beso o abrazo será? Porque no todos los abrazos y los besos son iguales ni cuentan lo mismo. No es lo mismo un beso de cumplido que uno de amistad, o un abrazo sugerido que uno bien fuerte y cálido. ¿Cómo saber que los besos y los abrazos que me imagino son tal cual me los imagino? Por mucho que conozcas a la otra persona, solo puedes intuir las sombras de lo que viene a ser el bosque. Las circunstancias varían y no solemos ser precisamente francos en la vida.

Creo que muy poca gente ha reflexionado sobre esto y no creo que haya mucha gente que lo entienda. Hay cosas y cosas, personas y personas, momentos y momentos. Y cuando uno conversa cara a cara, las cosas, las personas y los momentos se presentan en el lugar que les corresponde, con toda su alegría, tragedia o indiferencia. Con las redes sociales hemos terminado de renunciar a algo esencial en nuestra vida: el instante. Y apartados del instante derrochamos nuestras maravillosas vidas. Una red social se valúa en la respuesta rápida, en la inmediatez. Su ritmo desenfrenado impide escuchar a quien nos habla y nos conduce a la ansiedad de leer en transversal. También, recíprocamente, afecta a nuestros mensajes. Una charla por chat es un torrente de incursiones lingüísticas que nunca han de llegar con todo el sentimiento que evocan a nuestro interlocutor. Tiempo perdido. Conversaciones extraviadas. Pequeños retales deshilachados negligentemente por el camino.

Las redes sociales reflejan la esclavitud de nuestros días. Distancias largas, zapatitos de distancia entre tú y yo, revueltos pero no juntos, el tiempo que se escurre entre nuestras manos sin posibilidad de detener su pérdida. El temor a ser rechazados atado en la mediocre esperanza de la virtualidad.

Más allá de su eficaz contacto en situaciones de extrema lejanía, las redes sociales nos predisponen a una dependencia en el falso presente muy peligrosa. Nos recluimos en nuestros inventos, divagamos obsesionadamente sobre la intención de nuestro amigo o, simplemente, consideramos cosas que no han sucedido ni pueden ocurrir, sin tener en cuenta cuando sustituimos la amistad cercana por el frío trato internáutico. Es mejor, cuando las circunstancias no lo impiden, el amor o el disgusto de un recuerdo que un contacto reciente mitad propio y mitad de nuestro interlocutor.

La cuestión es la mil veces comentada, la de siempre: las redes sociales no son ni buenas ni malas, lo peligroso, lo que nos hace daño, es el trato indiferente que profesamos hacia los demás y que se acrecienta con la frivolidad que transmiten. Y ese problema ya no es excusable a un método o a una vía o sistema. Es un problema nuestro, nuevamente. Cuando mentimos mentimos nosotros, no miente el procesador de textos del chat de turno. Cuando imaginamos lo hacemos nosotros, porque preferimos una imagen falsa de un contacto presente que no se ha producido a estancarnos en conversaciones tan poco humanas. Nadie ni nada nos puede obligar a mentir o a recrear: somos nosotros quienes nos distanciamos o nos acercamos y nos dejamos abrazar por la mentira cibernética.

Solo nosotros, y nadie más. Pero permítanme una sugerencia, un consejo: vuelen y dejen volar. Vivan el momento con la persona que quieran o se sientan a gusto, el instante de una mirada, el aroma del café de media tarde, el paseo bajo la lluvia. Háganme caso, es mejor así. Recuerdos que se llevarán para siempre e instantes de fraternización que ningún otro medio o vía de comunicación podrán lograr nunca. Porque el contacto más íntimo, la distancia más corta que separa dos vidas son esas propias dos vidas. Y más allá de ello todo es más efímero y caótico.

Soy un hombre de distancias cortas. No me pidan que cambie un buen café por nada del mundo.

VENTANAS Y ESCALERAS

Ni siquiera se fijó en que, de repente, una casa de cuatro pisos se elevaba ante él. Sus cuatro brillantes filas de ventanas lo miraron todas a un tiempo, y la verja de la entrada le propinó su empujón de hierro. Vio volar a la desconocida escalera arriba, la vio volverse, llevarse un dedo a los labios y hacerle seña de seguirla… ¡Cuánta dicha en un instante! ¡Qué vida tan maravillosa en sólo dos minutos! […] ¿No sería un sueño todo esto? ¿Era posible que aquella por cuya celestial mirada estaría dispuesto a dar toda su vida y respecto de la cual comunicaba una dicha acercarse tan sólo a su vivienda, fuera ahora tan atenta y benévola con él? Subió volando la escalera… La escalera ascendía, y con ella ascendían ya dentro de sí fuerza y decisión para todo. [Nikolái Gógol, “Perspectiva Nevski”]

Rusia Hoy publica este fragmento entre otros relatos de escritores rusos en un precioso reportaje sobre San Petersburgo, la ciudad del arte y el sentimiento. “San Petersburgo no creció como las otras ciudades. Ni el comercio ni la política pueden explicar su desarrollo: fue construida como una obra de arte”, sentenció con acierto Orlando Figes en su obra El baile de Natasha.

El fotógrafo Roman Mezenin rescata ahora instantáneas robadas a la intimidad de la ciudad de los zares. Busca más allá del monumento y el explendor palaciego para adentrarse en el San Petersburgo real, el que se disfraza ante los turistas, el que queda diluido en la rutina de sus habitantes. Como Edward Hopper con su Nueva York de los años sesenta o nuestro Pepe Cerdá con la Zaragoza de hoy, Mezenin presenta una ciudad de avenidas grandes y vacías repletas de ventanas y misteriosas escaleras que conducen hasta ellas. Espacios en blanco que son la esencia de una ciudad que es arte en movimiento.

Prometo hablar algún día de la importante relación simbólica de las ventanas y las escaleras con la existencia y la vida. Espero hacerlo pronto y en varias ocasiones. Por el momento, dejo una de sus escaleras. Una que conduce directamente hacia la luz. ¿Será la misma que nos describe con sobriedad Gógol? Es bonito imaginarse la respuesta.

Foto de Roman Mezenin

RELOJES

La segunda y la tercera estrofa de Clocks dice más o menos esto:

Confusion never stops
clossing walls and ticking clocks (gonna)
come back and take you home,
                                -I couldn’t stop-
that you now know (singing)
come out upon my seas,
curse mised opportunities
(Am I) a part of the cure,
or Am I part of the disease? (singing)
 
You are
and nothing else compares
oh no, nothing else compares
and nothing else compares.
 

Lo que viene a ser en español:

La confusión nunca acaba,
tapiando muros y relojes que hacen tictac (vas a)
volver y llegar a tu hogar,
                         -no podría parar-
aquello que sabes (cantando)
sal de mis mares,
malditas oportunidades perdidas
¿(Soy) una parte de la cura
o una parte de la enfermedad?
 
Tú eres
y ninguna otra cosa es comparable
oh no, ninguna otra cosa es comparable
y ninguna otra cosa es comparable.
 

Desde que los chicos de Coldplay lanzaron Clocks en 2003, el tema fue bien acogido por la crítica y por el ámbito audiovisual, asombrados por la fuerza y el dinamismo que presentan los arpegios de piano frente a un fondo muy minimalista de bajo y batería. Acústicamente hablando, el tema es sencillo: además de los arpegios y las repeticiones, se emplea una escala descendente que cambia de tonalidad. La clave musical radica en el buen criterio llegado el momento de mezclar esos elementos y añadirle sutiles acompañamientos de sintetizador que consigan el efecto deseado. No se equivocaron al predecir que Clocks iba a convertise en uno de los mejores sencillos de todos los tiempos y en uno de los temas de referencia en el futuro, incluso para la propia banda británica. De hecho, muchos de los temas de su tercer disco, X&Y, arrastran el poso que Clocks había dejado, estando incluso presente en el sencillo Speed of Sound, donde se imita la misma progresión exacta de acordes.

Clocks ha pasado a la historia por su virtud musical, pero nadie parece haberse fijado en un pequeño detalle. Es algo muy simple, una nimiedad: Clocks es una obra maestra, y ante obras maestras como ésta no se puede resumir su capacidad a una buena ejecución de los arpegios o a un acertado uso de los ostinatos. Clocks es mucho más que armonía. Para comprenderlo no podemos quedarnos con los primeros árboles que veamos. Tenemos que abarcar el bosque, y para hacerlo hay que dar el primer paso, hacer crujir las primeras ramas secas y adentrarnos en la canción. Para comprender Clocks hay que comenzar sintiendo su letra.

Y aquí hemos llegado al telón de acero. Coldplay tiene la capacidad de hacer buena música, y la buena música es capaz de combinar la acústica con la letra. Es decir, una buena canción, de tener letra, es toda una, no hay discordia entre las palabras y los acordes. Coldplay consigue crear himnos, y al igual que Viva la Vida, Christmas Light o Violet Hill (de esta última espero hablar más adelante), es absurdo diferenciar la letra de la melodía, como si fueran inmiscibles. Quienes se han atrevido a inspeccionarla, la califican de críptica. ¿Desde cuando la letra de una canción puede ser críptica? Es muy difícil que la letra de un tema sea críptica, pero más aún que lo sea una de Coldplay. No, el mensaje de Clocks no es confuso, sino directo y elocuente. Aprovecha los cambios de escala y las diferentes mezclas con los arpegios para generar cambios bruscos de tonalidad que transmiten una sensación de rapidez y ajetreo que envuelve al oyente, jugando con las repeticiones, que otorgan un sentimiento de implacable monotonía, y el final de las escalas descendentes para incluir un elemento clave en la letra: los nexos. El nexo permite cerrar el círculo del trasiego monótono para provocar el sentimiento de angustia y desasosiego ante la falta de tiempo. Porque aquí está la clave que nos permitirá conocer el bosque.

Letra y música son absolutamente independientes y cada una, por su cuenta, es capaz de transmitir exactamente lo mismo. Pero son juntas cuando consiguen retratar el ritmo de vida de la sociedad moderna occidental. La letra nos habla precisamente de la impotencia ante la exigencia de los demás y de la desesperación por vivir y ser uno mismo de quien la sufre. ¿Y qué efecto acentúa este hecho, en general? La dificultad para pensar y sentir. Coldplay logra evocar a la perfección esta realidad mediante el uso de frases cortas y sin aparente correlación, cantadas en paralelo, con el mismo ritmo y siguiendo las constantes repeticiones. De esta forma se genera la simbiosis justa, una letra que refuerza y dota de sentido absoluto a la música y una melodía que otorga vida a lo que en principio es un mensaje sin sentido.

La clave de que Clocks se haya colado en un universo completamente devoto de las listas de ventas es que quienes han pillado su sentido confían plenamente en el etiquetado comercial y quienes podrían haberlo tomado en serio no lo han pillado. Que críticos tan supuestamente acostumbrados al análisis musical como los que firman en Rolling Stone o en el New York Times hayan etiquetado su letra de críptica porque no entra dentro de unos cánones convencionales (ni siquiera tiene un estribillo que se reitere: de hecho, el único estribillo es la tercera estrofa, que es anunciada al final de la primera) es absolutamente inaceptable. Quizás este hecho permita comprobar hasta qué punto el etiquetado comercial dificulta el diálogo a través de la cultura. Aunque hoy en día fardamos de ser cultos, lo único que se observa es pedantería y gilipollez, síntomas inequívocos del desconocimiento y la incomprensión que arrastramos. Occidente sigue considerándose más sabio que el resto del mundo mientras que cualquier tribu africana es, en proporción, infinitamente más culta.

No debería extrañarnos, por tanto, que en nuestras antípodas se comprenda mucho mejor la cultura. El simple legado de la filosofía zen ya supone una ayuda considerable para facilitar la necesaria comprensión y el sentimiento. Aquí estamos acostumbrados al discurso fácil, a las palabras de un divo y el amén de sus seguidores, no a pensar  y reflexionar. Y es una pena que la tradición oriental, mucho menos alejada de la realidad de las cosas, esté siendo desplazada e invadida por las convenciones occidentales. Es una lástima que en un continente tan extenso donde se ha apreciado durante milenios el momento y la existencia acabe perdiendo su pequeño rincón de ser. No es lo malo perder el tiempo, sino dejar morir el momento. Nuestra vida está llena de momentos maravillosos, cada uno de ellos completamente diferente a cualquier otro que pueda llegar a existir o que se haya producido previamente. Es al momento y no al tiempo al que hemos renunciado, y con él, a nuestra esencia, a la existencia y a la felicidad.

Sin embargo, Clocks también aporta la solución, no solo el problema, y este detalle convierte a Coldplay en una banda más memorable aún de lo que ya es. En la cuarta estrofa dice:

You are…
Home, home, where I wanted to go.
 

In spanish:

Tú eres…
Hogar, hogar, a donde quería ir.
 

Es decir, que después de la tribulación ha llegado la calma. El hogar es el refugio del confundido, y es en la tranquilidad del hogar donde el ser puede ser él mismo. En otras palabras: sea usted mismo, sienta el momento y no se deje machacar por la ineptitud de quienes le rodean.

Aunque no me considero fan de nadie en particular, tenía que decirlo. No sé como Coldplay no es indiscutiblemente considerada la mejor banda del mundo. Unos tíos tan grandes capaces de hacer buena música además de escribir unas canciones tan maravillosas deberían ser tenidos mucho más en cuenta de lo que ya lo están, aunque solo sea por sus letras (atención a Paradise: todo lo comentado aquí se cumple de nuevo a la perfección). Ya siento haber soltado el discurso en pleno agosto (y con la ola de calor in crescendo), pero tenía que hacerlo. Coldplay se lo merece, y todos nosotros también.

CONTROLADOS

Estoy leyendo El día de mañana, de Ignacio Martínez de Pisón. Lo compré en nochebuena, en mi cada vez más querida librería Los Portadores de Sueños, no como regalo por las fechas en las que estamos, sino porque tocaba leerlo y el mejor momento para ello es en la familiaridad del periodo navideño. Como no suelo ser un comprador afanoso de ninguna cosa, suelo buscar en internet los libros que quiero leer antes de comprarlos para así hacerme una idea del precio y echar un vistazo a las reseñas de los lectores por si se cuenta algo interesante en ellas. El caso es que, como para leer comentarios y consultar el precio no hacen falta muchos formalismos, acostumbro a teclear en Google el título y el autor y a pinchar en el primer enlace que aparece, que casi siempre suele ser el de alguna gran librería del merchandising, que como tal no sólo me ofrece toda la información que necesito sino que, además, también me recomienda interesantes packs a módicos precios que nunca adquiero. Luego cierro la pestaña, me olvido del merchandising y continúo con mis quehaceres en el ordenata.

Esto ocurrió hace unos días y, visto lo visto, parece que la “gran librería del merchandising” no se ha olvidado de mi última visita a su página. Cada vez que me encuentro con uno de sus banners no para de aparecerme la bibliografía de Pisón, pisones antiguos y recientes, de todas las editoriales y formatos. Parece que se hubieran confabulado para bombardear mi ánimo a base de anuncios inesperados, a base de suculentas y sedentarias promesas de descuentos y prontos envíos para los que no tendría ni que renunciar al calor del pijama cuando toque recogerlos. Parece una cruzada destinada a hostigar al incauto internauta hasta que, por desesperación, aburrimiento o compasión se convierte en uno de sus muchos clientes, en un número más dispuesto a saciar las ansias especulativas del gran negocio del merchandising.

Y, sin embargo, lo permitimos. Hasta hace unos meses, la publicidad se limitaba a lo que por tradición nos tenía acostumbrado: anuncios orientados a una masa lectora más o menos definida, la misma en torno a la que se orientan los medios en los que se publican. Los anuncios para la chavalería aparecían en programas infantiles mientras que los diridos a mujeres sesentonas lo hacen entre culebrón y culebrón. Creo que a esto le llamaban “táctica publicitaria”, y si no recuerdo mal, el método se limitaba al típico AIDA. Uno podía sobrevivir bastante bien al aluvión navideño o al anuncio tonto del año, el que repiten en cada bloque publicitario y que no parece dirigido especialmente a tí. Pero desde hace un tiempo la publicidad en internet se está convirtiendo en una lacra infernal. Los anuncios generalistas escasean frente a la publicidad personalizada, la que recuerda tus búsquedas y calcula algoritmos sobre tus posibles preferencias y aparece reiterativamente en cualquier e inesperado rincón de la red sin permitir que te relajes ni un minuto.

Está claro que Internet es de todo menos un sitio donde campar con libertad. Podemos abrir blogs sin que nadie ponga pegas a ello y hacer llegar nuestros comentarios y artículos a un público más extenso con mayor facilidad que analógicamente, pero no podemos dar un paso en la red sin que nuestro ordenador sea constantemente localizado geográficamente, sin que la página que abrimos guarde sin nuestro consentimiento una cookie en nuestro ordenador con nuestras búsquedas y preferencias, y sin que controlen todos nuestros movimientos y los archiven ad eternum con el fin de asociar cuanta más información posible acerca de nosotros. Al internauta no le es fácil abrirse camino en un campo donde cada paso que da significa delatar parte de lo que en realidad es sin que pueda hacer nada para evitarlo. Porque aunque nos intenten convencer de que podemos administar todos los datos que circulan por ahí acerca de nosotros, a nadie se le escapa o debería escapársele que una vez que publica algo, la corrección es un acto ingenuo y la supresión, por mucho que lo exijamos y pataleemos por conseguirlo, es en general una apariencia fútil, ya que es difícil que un dato archivado sea suprimido con buena voluntad y justicia en una sociedad mediocre donde ambas hace tiempo que dejaron de existir. Un ejemplo es lo que sucede con las redes sociales, donde la gente sigue comunicándose de manera muy similar a como lo se ha hecho toda la vida pero exponiendo infinidad de datos a los que no debería tener acceso ni todo el mundo ni todas las instituciones. Nos hemos olvidado de que la sociedad es consecuencia de nuestra existencia y no nuestra madre, y que si queremos comunicarnos y vivir felices con quienes nos rodean tan solo tenemos que ser nosotros mismos, vivir con la realidad que nos rodea, despojados de toda artificialidad que se extralimite de su función y trate de sustituir la realidad que nos rodea y que somos.

Parece que la pesadilla de Orwell sigue acercándose cada vez con menos sigilo y disimulo. Ahora, hasta la publicidad se atreve osadamente a inmiscuirse en nuestras vidas tratándonos como esclavos a los que tutear sin conocer, despojándonos de toda intimidad y, en consecuencia, de libertad. Porque cuando se pierde la intimidad, cuando estamos tan alejados de lo que somos que cualquier truhán nos conoce mejor que nosotros mismos, perdemos la libertad, aquello que realmente es la libertad. Y si perdemos la libertad y estamos tan distanciados de la realidad que nos es imposible retornar a su seno, solo seremos fantoches deshumanizados, incapaces de conocer por nuestra cuenta y existir felizmente tal cual somos.

No me gustan los apocalípticos ni quiero parecerme a ellos, pero no hace falta ser muy sagaz para darse cuenta de la realidad de internet. Cada vez es más revolucionario decir la verdad en estos tiempos de engaño universal.

LOS QUE NECESITAMOS HABLAR

Si los blogs no han desaparecido a estas alturas de irreflexión, caos y demencia tecnológica, es porque necesitamos hablar, comunicarnos, liberarnos de nuestras cruces y nuestros tormentos, ya sea a través de la indulgencia de un papel condenado al olvido o de la fragilidad de un programa informático que de carecer de su sustento energético perdería su contenido para siempre.

Si aún seguimos aquí, si aún existen tolstóis encubiertos que convierten los símbolos en palabras y las palabras en historias que son capaces de acercarnos a una realidad cada día más distante; si aún permanecen impertérritos y silenciosos pensadores en primera línea bajo el intenso fuego enemigo; si aún existe una blogosfera culta y un clan cultureta que se ha ganado a pulso su independencia del acoso ideológico, es porque necesitamos expresarnos, porque nos ahogan las verdades encubiertas en forma de palabras y necesitamos espetarlas, soltarlas, ser nosotros mismos.

Hay quien no entiende que cada ser tiene sus necesidades y las de algunos consiste en tomar el estandarte, erigirlo en medio del fragor de la batalla y, como el príncipe Andrei en Guerra y paz, avanzar mientras las balas silban, congregando a nuestra espalda a todos aquellos que aún darían su vida por la insignia por la que lucharon justo antes de entregarse al terror y el horror de la guerra.

No todos servimos para estar callados. La literatura y, en general, la comunicación escrita habrían muerto hace milenios si no hubiera habido quien alzara la voz, quien se hubiera situado con todas sus consecuencias por encima de las ideologías y de la sociedad, sin que eso le convirtiera en alguien mejor o peor que el resto. Nunca morirán las palabras mientras haya quien necesite contar historias, decir las cosas como son, expresar lo que siente.

Por eso, pese a la cansina insistencia de los que intentan limitar el libro a morralla ideológica y el texto libre a la escasez del tuit, siguen existiendo blogs que hablan de la vida, de la justicia, de la literatura maravillosa que el crítico más reputado aún no ha sabido encontrar en su torpeza. De ese maravilloso atarceder otoñal, bañado en ocres y rojizos tonos al que la sociedad entera parece haber renunciado a admirar.

No, los blogs no morirán al igual que tampoco lo hicieron las revistas ni lo harán los libros, simplemente porque necesitamos hablar. Ansiamos reencontrarnos con esa realidad a la que pertenecemos y de la que nos hemos distanciado como hijos pródigos que un día han de volver a ella. Necesitamos, en dos palabras, ser humanos, y la literatura, o el simple acto de escribir, nos aceca más a nosotros mismos. Podrán desaparecer los periódicos, las redes sociales, los blogs, incluso el papel al que hacemos confidente de nuestras inquietudes, pero nunca podrá silenciarse algo que forma parte de nuestra esencia, que es consecuencia de lo que somos y, eternamente, seremos.

No, nunca se dejará de escribir y de leer lo que se escribe mientras exista quien necesite hablar.

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