LABORDETA, AYER Y HOY

por David Lorenzo Cardiel

Hoy hace un año que falleció Labordeta y Aragón, el mismo Aragón al que defendió y del que, en mayor o menor medida se sentía orgulloso, ha pasado página y ha anclado su legado.

No me refiero a la cuestión política. Su dinamismo y amor por su tierra le llevó a crearse grandes enemigos partidistas e ideológico así como a sacar las castañas del fuego de un Aragón indefenso ante una España injusta y dominada por el mejor postor.

No, no hablo de política, sino de su legado cultural. De José Antonio solo conozco dos iniciativas loables: la petición denegada de convertir el “Canto a la Libertad” en el Himno de Aragón y el libro-disco que recoje su legado artístico y que incorpora la colaboración de numerosos culturetas de la ciudad. La primera iniciativa, que intentaba trasladar un canto esperanzador y sencillo al orden institucional de la comunidad, ha fracasado en su primer frente debido a una cuestión más ideológica que práctica y democrática. A los intereses cruzados que urden los partidos entre ellos. Como siempre por ahora.

El sábado unas quinientas personas se congregaron en la Plaza del Pilar para responder al apaño en las Cortes con una cantada popular. Que la cantada se celebrase junto con la protesta peñista y que la cifra sea tan significativa como reducida ha ocasionado un aluvión de ataques y protestas del frente irreflexivo que no simpatizaba con Labordeta.

Esta sociedad cutre sigue juzgando la obra según su relación con el autor, obviando premeditadamente que la obra poco o nada tiene que ver con el autor. Eso es lo que ocurre con el legado cultural de Labordeta. Podrá gustar o no la canción, sus textos, sus libros. Podrá ser adecuada o no para representar poéticamente la esencia de Aragón y lo aragonés, pero jamás puede ser desechada o aceptada por una fascinación u odio hacia su autor. Esa idiotez, esa imbecilidad injustificada e injusta, que campa hoy en día a sus anchas en nuestros loores sociales, es la que más dolor, daño e intrigas nos causa. Porque se prefiere lo injusto a la Verdad.

El caso es que el asunto no solo ha quedado en el rechazo parlamentario y las voces en contra, sino que existe un ataque absurdo y descomunal con quienes defienden el “Canto a la Libertad” como Himno de Aragón, sean labordetistas o no.

Recuerdo que durante la visita de los peregrinos de la Jornada Mundial de la Juventud a Zaragoza las banderas no dudaron en ondear y en mostrarse orgullosas. Hasta himnos como la Marsellesa se entonaron fervoriosamente en los lugares donde había franceses.

El “Canto a la Libertad” podrá representar en mayor o menor medida a Aragón, pero antes habrá que saber qué se define por “Aragón”.

Seguro que, de vivir aún Labordeta, comprendería sin necesidad de explicaciones a lo que me refiero si le respondiera con la palabra volk, un término alemán que viene que ni pintado para lo que aquí está sucediendo. Cuando los alemanes se refieren al volk, no se refieren ni al Estado, ni al pueblo, ni siquiera generalizando al uso tergiversador que le dió el nazismo en su momento. Volk es la esencia del pueblo, lo que une a los pertenecientes a una nación. Los germanos dicen que el volk y el Estado, como realmente es, son dos cosas distintas que deben estar interconectadas entre sí. Allí donde exista un alemán, existirá Alemania, decían. No hace falta que diga que lo mismo ocurre con el resto de nacionalidades. Lo que nos hace españoles, en nuestro caso, no es un censo organizativo que así lo acredite, ni siquiera el nacimiento en una tierra, sino la posesión de las referencias concretas y culturales que son la esencia de España. España estará donde esté alguien que pertenece a su volk, al igual que Aragón estará donde haya una sola persona que pertenezca a su volk. Y esa pertenencia, por lo que puedo ver y comprobar, no es tan evidente para todos los que se dicen aragoneses.

Para ser aragonés hace falta amar Aragón, sentirse ligado a esta tierra. Hay quien duda, por ejemplo, de que Álvaro Arbeloa sea un aragonés de pura cepa solo porque nació en Salamanca. No les importa a esta gente bizca que ame a su tierra porque para ellos solo existe el patriotismo de nacimiento. Unos definen Aragón por su extensión territorial, otros por simples intereses políticos, otros según la Historia, e incluso otros según se hable o no su idioma, como sucede en el caso de los independentistas catalanes. Pero eso no es el volk. ¡Cuántos aragoneses de nacimiento no lo son realmente!

Aragón es en realidad su volk, no el territorio que ocupa ni su Historia. El legado de Labordeta es, ante todo, un legado para el volk aragonés hacia el que está dirigido. Ese legado ha quedado, de alguna manera, limitado o estereotipado. Unos porque sentían un apego fraternal hacia su autor y otros porque no le tenían demasiada simpatía. Una auténtica lástima. Uno de los grandes y más sinceros reconocimientos que ha tenido Labordeta ha sido el libro-disco en el que han colaborado escritores, artistas, y otros autores culturales, junto con la infinidad de textos escritos en su memoria. Como este sencillo homenaje que se le rinde.

Hoy domingo publicaba Heraldo que el homenaje de aniversario sería familiar e íntimo. Y me alegro por eso. A fin de cuentas, cuando estén leyendo estas líneas las harán en diferido, porque seguramente cuando sea publicado esta torpe memoria no podré estar pendiente de la pantalla del ordenador para hacerlo. Nadie mejor que quienes más lo amaron para recordarle en el momento preciso.

Descanse en paz, abuelo. Siga su camino sin mirar demasiado atrás.

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