LA AMISTAD

Cuando estamos tristes, es dulce acostarnos en el calor de nuestro lecho, y en él, suprimidos todo esfuerzo y toda resistencia, con la cabeza misma bajo las mantas, abandonarnos por completo, gimiendo, como las ramas bajo el viento de otoño. Pero hay un lecho mejor aún, lleno de olores divinos. Es nuestra dulce, nuestra profunda, nuestra impenetrable amistad. Cuando el lecho está triste y helado, acuesto en él, friolento, mi corazón. Enterrando hasta mi pensamiento en nuestra cálida ternura, sin percibir ya nada del exterior y sin querer ya defenderme, desarmado, pero, por milagro de nuestro cariño, inmediatamente fortificado, invencible, lloro por mi pena, y por mi alegría de tener una confianza donde encerrarla.

[Marcel Proust, Los placeres y los días]

Necesitamos lechos donde llorar tranquilos. Nos empeñamos en renunciar a las lágrimas, en arrinconarlas en lo más profundo del ser y sumergirnos en las aguas heladas de un océano que nos ha de devorar. Los griegos comprendieron que el llanto es un elemento más de la humanidad, como lo puede ser una carcajada, una mirada o un beso, e hicieron de ella un rasgo significativo de su mundo. La tragedia griega no sería tragedia sin viajes imposibles, amores prolongados hasta la eternidad y el llanto ante la pérdida y las ruinas de la amistad y el cariño mutilados. Pero nunca, jamás, el llanto es símbolo de derrota, de hecatombe, de hundimiento. El llanto es el final de un camino que abre el rasgo infinito del que ha de continuarse. Una inflexión en el camino, un hasta luego en la inmortalidad, un corte de pelo desesperado, un rito que ha de repetirse hasta el último suspiro. Comprender que la tristeza no es un mal ni un símbolo de derrota sino algo tan arraigado al ser y tan necesario como el primer paso del caminante al emprender de nuevo su propia senda, un gesto de valentía al que cruelmente hemos renunciado, es vital para no dejar de ser nosotros mismos y acabar destruidos, desde nuestro arraigo profundo, y condenados a vagar por la vida como sombras perseguidas por el sol del amanecer.

Llorar también es una forma de mirar hacia adelante. Dejen llorar tranquilo a quien lo necesite. Y arrópenle, pero no lo hagan para enterrar su sufrimiento, sino para calmarlo en la amistad y el amor, en la comprensión y en el sentimiento y la verdad. No cometan el error de secar las lágrimas de donde todavía brota la vida.

CAMINOS CONVERGENTES

Los caminos se cruzan y, a veces, lo hacen para siempre.

Hace unas cuantas semanas se habían acabado las revistas en la biblioteca. Ya no se verían más o, al menos, más de esas por ahí en una temporada. Pero al menos, me dijo, quedan las viejas.

Antes las solían regalar, según pasaban los meses y eran retiradas a cajas llenas de polvo completamente olvidadas en un rincón, pero ahora cubren la ausencia del relevo que ya no llega. Están desgastadas del uso, cubiertas de una leve capa gris, con las hojas dobladas por su larga guerra con los dedos. Y entre ellas, debajo de un ejemplar de Letras Libres de febrero del año pasado, encontré una vieja amiga.

Lienzo de Augusto Ferrer Dalmau

Su portada era inconfundible. Se trataba del número que Rolde de Estudios Aragoneses dedicó a Félix Romeo como motivo de su homenaje, a finales de febrero. ¿Cómo no reconocer la portada de Pepe Cerdá entre tropecientas? Quizás era la que mejor cuidada estaba del grupo. Parece ser que poca gente la leyó el tiempo que había estado haciendo guardias. Pero ahí estaba, esperándome a mí, que no había leído en todo este tiempo ni uno solo de sus textos y ahora llegaba a mis manos de la forma más sibilina posible para tratarse de una biblioteca pública.

El título que corona estas líneas no está escrito a propósito. Es de hoy, pero está reciclado de otros propósitos. Estas líneas serían otras si no fuera porque parece ser que Félix Romeo tendrá su propia calle en la zona del Pabellón Príncipe Felipe, haciendo cruz con otra en honor a Enrique Calvo.

Félix era un hombre de caminos. Su camino siempre se cruzaba con el de aquel que le necesitaba. Y siempre hacía converger tanto el suyo con el de la otra persona que, en ocasiones, daba la sensación de que perdiera el suyo y no fuera capaz de encontrarse. Sus dudas eran luz para el otro en forma de ánimos, sugerencias y una dedicación tan natural que llegaba a emocionar. Su obra no puede buscarse y hallarse en sus libros o en la infinidad de artículos que escribió, sino en cada uno de los proyectos de quienes eran sus verdaderos y mejores amigos.

De Félix ya se ha dicho todo. Yo soy un advenedizo que no puede considerarse ni un conocido de su persona. No tuve el gusto de compartir momentos de agrado o de disgusto con él ni, por supuesto, de discutir distendidamente como dicen que le gustaba discutir. Apenas se cruzaron nuestros caminos. Elogios y críticas arraigadas pero amparadas en percepciones y certezas vagas las primeras y a posteriori las segundas. Mas lo que puedo afirmar sin temor a equivocarme es que Félix era un hombre de caminos y si eras uno de los afortunados que cruzaban el suyo con el de él, no dejarían de converger jamás.

A vece echo de menos que haya tan pocas personas capaces de comprender que los caminos nunca se hacen solos, sino acompañados, y que es mejor cargar la mochila de nuestros recuerdos que de los miedos y temores que acostumbramos a atesorar hasta más allá de nuestra propia muerte.

No sé si estas líneas, simples y vagas, van dedicadas para Félix o para todos nosotros, pero de una cosa estoy seguro: el título no es casual. Hasta hace un rato era el título de un texto sin motivo, ahora lo es el de unas líneas que quería haber escrito desde hace mucho tiempo. A fin de cuentas, los caminos siempre son convergentes. Lo importante es estar ahí en el momento justo.

Como diría la fiel lectora y amiga de este blog María Bernad: hay muchos héroes en el camino. Todos lo somos en algún momento de nuestra vida.

LOS DIOSES SIEMPRE RÍEN

De entre todas las conversaciones que Tiziano Terzani mantuvo con su hijo Folco en un pueblo perdido de Italia antes de su inevitable muerte y que han sido recogidas en la necesaria e inestimable obra El fin es mi principio, hay una que destaca sobre todas las demás. En ella, después de un rato de conversación Folco, preocupado, pregunta a su padre qué hacer ante el terror producido por la presencia de alguien siniestro o poderoso. Tiziano, sin inmutarse, se recuesta en su gompa y le responde:

-Imagínatelo cagando.

Parece que en Occidente nos tomamos demasiado en serio las cosas. Tanto, que a pesar de que han pasado unas cuantas semanas de silencio desde que algunas gacetas humorísticas volvieron a la carga utilizando al Islam como objeto de sus caricaturas, aún siguen apareciendo artículos como el que firma Daniel Gascón en Letras Libres intentando acotar un suceso que debería estar asumido y resuelto desde hace décadas o siglos. Hablo en siglos porque el tira y afloja en torno a la libertad de expresión lleva produciéndose desde que la humanidad es humanidad, y en un sentido ampliado, grotesco y periodístico, desde los siglos XVIII y XIX, con el nacimiento de la prensa moderna y su difusión cada vez más amplia.

Todos sabemos -y esto es innegable: quien lo niegue miente- que la libertad de expresión es utilizada como una excusa demasiado amplia como para dirigir ataques y escudarlos en ella. Es una bonita trampa: en una sociedad que sigue sin comprender las cosas, que su máximo avance ha sido hablar de derechos (¡cuidado, no de Justicia!) y que, en realidad, esa incomprensión le conduce a intentar una y otra vez imponer unas cosas sobre las otras, bajo el paraguas de la libertad de expresión se puede insultar o hacer daño a alguien zafándose, además, de las evidentes protestas del agredido, que quedará ante todos como un fundamentalista y un censor. Y cuando los argumentos del agredido, más o menos justos que los del agresor, comienzan a corroer el montaje de la libertad de expresión, entonces siempre se responde lo mismo: chico, que poco sentido del humor tienes.

El humor es la excusa perfecta, el excalibur que todo el mundo quisiera tener. ¿Quién puede alegar algo ante el argumento del humor? El insulto se fundamenta en la miseria de la imposición y en las convenciones que le dan sentido. El humor es algo natural e imprescindible, un hermoso camino que puede conducir justamente a lo contrario, a la hermandad. El humor, empleado por el sofista, es un arma arrojadiza muy eficaz ante quienes actúan igualmente bajo las mismas convenciones que el primero. Ante el argumento del humor, el ofendido solo puede bajar la cabeza porque ha delatado su injustificado enfado, y de esta manera la injusticia del primero queda cubierta con el fuera de juego del segundo.

No es una cuestión de legislación y Estado, como apunta Daniel Gascón, sino de Justicia y realidad. La libertad de expresión no es algo que se pueda admitir, regular o aceptar, sino es una consecuencia directa de nuestra realidad humana y, por tanto, corresponde siempre. Que un Estado la admita o no nunca supone un impedimento a su presencia, sino una persecución de la misma. En otras palabras: quizás pueda controlarse que se hable en alto a un gran público, pero se seguirá hablando en voz baja con unos y con otros ante la impotencia del opresor. Nadie puede impedir algo que solo depende de nosotros mismos y que es justo. Pero la expresión, convertida en libertad, supone poner candados a las ventanas. Es una manera de intentar controlar lo incontrolable, haciendo creer que algo propio de nuestra existencia depende de la aprobación de un congreso o de la bondad o maldad de una religión o de un gobierno determinado. La libertad de expresión es la degradación y el entierro de la propia expresión, una falsa ilusión de defender algo cuya defensa es inexpugnable y de limitarla a conveniencia. En Occidente, a pesar de haber sido testigos de la época de las luces y su defensa de la justicia, la libertad de expresión también está regulada y limitada. No se pueden decir según qué cosas. Los periódicos censuran, las revistas eligen la temática de sus artículos y se persigue a quienes dicen aquello que nadie quiere escuchar o que se encubre. La censura es una actividad con la que lidiamos y que asumimos todos los días: desde la abuela que reprocha el lloro del niño, por parecer afeminado; hasta el artículo que es rechazado no por su baja calidad o por las incoherencias que contiene, sino por la temática en la cual se fundamenta. Occidente, como cualquier otra región del mundo, sigue comportándose de una manera inquisidora y aséptica, tomándose en serio lo que en serio se dice y lo que no, y en demasiadas ocasiones en viceversa.

Hay un puente que no puede obviarse en todo este asunto, y es la intención. La intención siempre queda encubierta y enterrada cuando no interesa que se perciba, pero es un elemento tan evidente como las propias palabras que la albergan. Existe una diferencia insalvable entre una caricatura sobre una cosa, que pretende destacar irónicamente y con humor algún aspecto de esa misma cosa, y otra que, de alguna manera, busca ridiculizar a la cosa en sí misma. Lo primero es interesante e incluso sano. Son críticas sutiles lanzadas con ingenio sin un mal fondo de por medio. Lo segundo es una forma de humillar por el simple hecho de la existencia de esa intención, cuya presencia queda bien reflejada en un caso o en otro. El Occidente actual tampoco debería ocultar durante más tiempo con la hipocresía con que lo hace que, en realidad, le gustaría que no existieran religiones, ni filosofía ni pensamiento. Son un estorbo para su alienamiento materialista. Hablar de la realidad, pensar, implica sentir y ser nosotros mismos, comprender y avanzar, mirar hacia adelante. Limitar esta realidad y hacerla converger en la miseria social es una manera de estrangular a la humanidad en sí misma y sumirla en un abismo del que es muy difícil salir. Con la debacle filosófica y su fragmentación gnoseológica, el único púgil que queda en el camino con la suficiente potencia como para frenar el caos que ya padecemos son las religiones, con el handicap añadido de todas las mentiras y prejuicios que llevan arrastrando durante siglos. Pero las religiones son púgiles viejos y cansados que se encuentran demasiado minados por la propia sociedad que ahora las empuja al abismo como para mantener la posición. No se duda en recordar la injusticia albergada en su seno como uno más de los cientos de argumentos falaces que se dirigen contra ellas. En el caso del cristianismo, que es la religión que nos afecta más directamente, nadie duda en señalarla cuando salen a la luz casos de pederastia o de niños robados. Sin embargo, se olvida mencionar muchas veces detalles esenciales. Por ejemplo, que sin la aprobación de un médico no se puede autorizar un parte de defunción. O que, sin la mirada a un lado del político de turno ante el soborno de monseñor, esas vejaciones que tanto nos escandalizan difícilmente hubieran podido mantenerse con la efusividad que en muchos casos se produjeron. También, por qué no decirlo, que no solo en abadías y colegios de curas se ha abusado y se abusa de niños, o que los robos de bebés o las palizas indiscriminadas en reclusorios no sólo han afectado y afectan a enclaves con afinidad religiosa. De hecho, la proporción es idéntica en unos y otros, si salvamos diferencias obvias relacionadas con la Historia y la confesión (o su ausencia) de cada país. ¿Este hecho, tan asqueroso como el primero, acaso justifica el inicial? Ni siquiera debería tener que adelantarme con esta pregunta ni con la evidente respuesta negativa, ya que no estamos hablando del daño causado por unos y por otros, sino de la acusación de unos y el violento silencio ante los otros. Porque los otros son de los nuestros y los unos, nos sobran.

Occidente se jacta de otro sofisma más nauseabundo aún: convertir la libertad en la inmunda rapiña. Nos dicen: sé libre comprando, sé libre robando, sé libre no siendo libre, o sea, no siendo tú mismo, sometiéndote a la censura de los demás, repudiando la verdad de las cosas y viviendo en la mentira. Sé libre siendo nihilista e imponiendo sobre las demás cosas. Occidente, en pro de esa libertad que no es tal, afirma ser aconfesional, pero su dogma es precisamente el laicismo que predica. El laicismo teórico habla de respeto, mientras que el práctico, el que se observa diariamente, dice justo lo contrario. Desde hace un par de años, grupos laicos se han jurado estorbar el acto religioso del Jueves Santo que rememora la pasión y muerte de Jesús de Nazaret en el Gólgota, convocando procesiones dispares y ridículas que buscan a ojos vista el enfrentamiento con los pacíficos oferentes. No hay más que estudiar el recorrido tradicional de una y el elegido por la otra para encontrar puntos comunes donde ambas se encuentran. ¿Cómo podemos seguir escribiendo en revistas serias alegatos que defiendan, bajo el coladero de la libertad de expresión, acciones de este tipo? ¿Por qué los cristianos que lo deseen no pueden llevar a cabo sus rituales de la misma manera que los laicos realizan sus actividades en la calle? ¿Cuál es el motivo, justo e inapelable, que conduce a elegir el Jueves Santo, día de máxima exaltación cristiana, para llevar a cabo una procesión paralela llena de símbolos procaces, ruido, molestia y esperpento? No existe tal motivo porque ni siquiera existe tal actividad laica. Es más, el propio laicismo que, como digo, habla de respeto y aconfesionalidad, imposibilita dotar de sentido a esta clase de actividades, completamente grotescas. Ni qué hablar de la exhibición de estos mismos grupos cuando se celebraron las Jornadas Mundiales de la Juventud, durante las cuales se persiguió literalmente a los participantes lanzándoles condones al rostro, insultándoles por pertenecer a una religión y rodeándoles para impedir que se movieran y asistieran a los actos. ¿Qué clase de proceder es éste, además de la risa que produce que se utilice el preservativo como arma anticristiana cuando todo el mundo sabe que, encíclicas papales aparte, la propia Iglesia lo recomienda en su seno?

Como con el cristianismo, la persecución contra las religiones continúa con otras más exóticas y, en principio, más alejadas del alcance occidental. Las caricaturas y el vídeo que han conducido a esta inaceptable espiral de violencia poseen, en su germen, una intención patente de persecución contra las creencias religiosas que, vuelvo a repetir, no puede ser negada por su rigurosa evidencia. Buscan asestar un golpe, no reirnos los unos con los otros. Y no se puede, ahora que se ha lanzado la piedra y nos han visto tirarla contra la ventana, esconder la mano y disimular la intención.

Quizás, y es un quizás completamente suprimible, al mundo árabe le haga falta humor, pero como al resto del mundo, a nosotros también nos hace falta como agua de mayo. Solo es necesario abrir un periódico y comprobar lo repleto que se encuentra de noticias fútiles y de temores infundados ante señores con traje y corbata a quienes únicamente les hace falta un buen activia. Para que nos los imaginemos cagando y, como Terzani y como Dios, poder reirnos un rato de nuestras propias y tontas miserias. Es ésto, o viajar.

NADA MÁS BELLO QUE EL SILENCIO

(Susurro estas palabras para no distraerte de la importante labor que estés haciendo. Me gustaría decir que te hablo, pero me conformo con escribirte estas líneas para anunciarte que ha salido publicada en la revista Andalán una cosilla mía que, quizás, te interese leer. Y ya me callo, que no hay nada más bello que el silencio.)

 

VENTAJAS DE VIAJAR EN TREN

Al comienzo de Ventajas de viajar en tren aparece lo siguiente:

Imaginemos a una mujer que al volver a casa sorprende a su marido inspeccionando con un palito su propia mierda. Imaginemos que este hombre no regresa jamás de su ensimismamiento, y que ella tiene que internarlo en una clínica para enfermos mentales al norte del país. Nuestro libro comienza a la mañana siguiente, cuando esta mujer regresa en tren a su domicilio tras haber finalizado los trámites de ingreso, y el hombre que está sentado a su lado, un hombre joven, de nariz prominente, ojos saltones y alopecia prematura, que viste un traje azul marino y lleva sobre las rodillas una peculiar carpeta de color rojo, se dirige a ella con esta pregunta tan peregrina:

    – ¿Le apetece que le cuente mi vida?

Desde que Antonio Orejudo la publicó en el 2000, se ha hablado mucho de las claves que rodean a Ventajas de viajar en tren. En el ámbito filológico -y por ende, universitario y académico- es considerada una especie de Talmud o Antiguo Testamento capaz de iluminar con su sapiencia los fundamentos y modismos de la literatura típica de la generación de los sesenta. Hay tesis doctorales, trabajos de fin de licenciatura y toda clase de ensayos y artículos largos publicados en revistas asociadas al estudio filológico rondando por ahí, incluso alegatos de defensa de la brillantez de la obra y su innegable repercusión en la narrativa española posterior. La mayoría de los que han hablado de esta novela con una mínima intención reflexiva están convencidos de que Ventajas de viajar en tren no es solamente la obra cumbre de toda una generación de escritores, sino también una caja de pandora que reúne las referencias más exquisitas de la escribanía histórica y, en consecuencia, una llave que permite entender la narrativa joven de nuestros días, al cargo en gran medida de la generación del setenta y nueve.

Sin embargo, la búsqueda de referencias puede convertirse en una obsesión peligrosa. Isaac Newton estaba convencido de que en la Biblia se encontraba la fecha del fin del mundo. Rastreó durante décadas cada uno de los libros, desde el génesis al apocalipsis; realizó diagramas complejos y resolvió importantes cálculos para entrelazar unas fechas con otras. Estoy seguro de que gran parte de su análisis matemático, el que le llevó a rivalizar con el filósofo Leibniz, tiene su origen en la necesidad de extrapolar grandes sumatorios de cifras y de relaciones numéricas carentes de sentido en apariencia. Al final de sus días resolvió la que para él era la evidente fecha del apocalipsis y ocultó estos datos con el fin confeso de «esperar a que algún día haya alguien en el futuro que las pueda comprender y que pueda utilizarlas para prevenir a la humanidad» (sic). Quizás Newton acertara con más o menos precisión sobre la fecha exacta del suceso, pero sus sinceros testimonios delatan su incomprensión del apocalipsis y de la Biblia. Podría haber aprovechado para aprender lo mucho que ocultan los textos sagrados acerca de la realidad y la vida si simplemente los hubiera analizado y tratado de comprender. Podría haberse dado cuenta que, quizás, el apocalipsis anunciado no tiene porqué referirse a una hecatombe planetaria, sin que ello reste gravedad al caso. Pero Newton no trató de ver, sino de buscar obsesionadamente algo que él creía que tenía que existir.

De igual manera, el ámbito académico hace mucho tiempo que, en general, dejó de mirar más allá de sus narices. Están obsesionados en buscar referencias en los antecesores y claves que delaten el trabajo de los sucesores. Creen -y no sólo lo creen, sino que están absolutamente convencidos de ello- que una vez que alguien llega a algo, el resto es incapaz de llegar también por su cuenta a ese algo. Pero se equivocan. Una cosa es relacionar unas cosas con otras cuando existe vinculación entre ellas (siempre demasiado evidente) y otra muy distinta adjudicar al pasado la existencia del futuro. Se olvidan de lo único importante: el presente. No todo procede del bagaje cultural previo. Es más: el fundamento de esa cultura se encuentra en la realidad de la que procede, lo que obliga a que personas distintas en tiempos o lugares distintos puedan llegar a formas iguales o muy similares para las mismas cosas. Vuelvo al ejemplo previo: Leibniz vivía en la actual Alemania y Newton en su Inglaterra natal. Ambos publicaron formatos matemáticos distintos, con nomenclaturas diferentes y expresiones incomparables, pero tanto el filósofo alemán como el investigador inglés llegaron a una misma operación: la integración. Cada uno publicó sus textos en sus países y dada a la rivalidad presente entre británicos y continentales, las obras de ambos bandos se quedaban en esos bandos. Además, se publicaron casi simultáneamente, y dados los mecanismos de distribución de la época habría sido casi imposible que uno u otro leyera la obra de su contrincante. Ambos llegaron a lo mismo sin tener contacto con sus trabajos ni sus teorías y, sin embargo, pese a que no es ni el primer ni el último caso de este tipo, seguimos asumiendo como imbéciles que los demás lo son y solo unos pocos iluminados monopolizan la verdad de las cosas.

A Ventajas de viajar en tren la relacionan con símbolos de existencia dudable pero, por contra, se han olvidado de un rasgo muy evidente de influencia, que esta vez sí lo es: Ventajas de viajar en tren tiene mucho de Sonata a Kreutzer. Tiene un comienzo ingenuo y sin sentido, hay un tren, una serie de pasajeros y un hombre que decide, con toda la naturalidad del mundo, contar su historia. Hay también historias entrecruzadas, paros en estaciones, interrupciones del relato y la pasividad general de los pasajeros. La únicas diferencias notorias radican en la expresión literaria y en la temática. O quizás en lo último tampoco.

Sonata a Kreutzer presenta una narrativa cuidada y precisa de la que Ventajas de viajar en tren carece. No es una cuestión de estilos, sino de narración. León Tolstoi fragua un relato en la sobriedad y Antonio Orejudo se empeña en construir un relato sobrio. Si algo caracteriza a la literatura contemporánea del final del franquismo y la transición (o sea, generaciones del sesenta y setenta y nueve) es que la expresión narrativa de la sobriedad sigue sin conseguirse. Para lograr la naturalidad suelen utilizar un lenguaje descarnadamente soez y, en demasiadas ocasiones, indeseable. Es indeseable no porque exista repulsa o pudor ante determinados vocablos (que también se da en casos narrativos, pero ese es otro asunto), sino porque está en fuera de juego en la narración. No son propios de las escenas que se están narrando porque, en el intento obsesivo de alcanzar la naturalidad, se están añadiendo elementos aparentemente naturales pero que abruman y destrozan la narración. Alberto Olmos es un narrador estupendo, pero colapsó Ejército enemigo con más sexo del que su hilo narrativo podía mantener. Al final, las propias escenas de sexo que, supuestamente, deberían mantener al lector en la narración, son las que consiguen sacarlo fuera en más de una ocasión. Para muchos de los literatos del postfranquismo (que, aunque lo finjan con su aparente ruptura con el pudor, siguen influidos y ligados a la tradición castiza de la que reniegan), emplear esta técnica supone un elemento de márquetin que ayude a destacar sus publicaciones en la gran masa de novedades que se presentan cada mes. Son acciones de enfant terrible que, bien empleadas en una justa medida, son dignas de todo elogio y admiración pero que, empleadas como salvoconducto y síntesis de la historia, no hacen más que ejecutarla antes de nacer. Destrozar buenas obras por llamar la atención de la gran masa acaba convirtiéndose en el panorama satélite lucrativo que envuelve a la cultura pero que no se corresponde con ella. No hay que tener miedo a las palabras, sino emplearlas cuándo y dónde correspondan. Y esa es una tarea que, hoy por hoy, aún nos queda por aprender a casi todos.

Si leo esencialmente a León Tolstoi es, precisamente, por su capacidad narrativa, por la carencia de puntualizaciones al margen de la narración y por la consecuente naturalidad a la hora de transmitir las cosas. Es un buen modelo para lograr algo que ya andaba buscando antes de saber quién era Tolstoi. Precisamente, ahora que la novela de tesis anda tan puesta de moda, Sonata a Kreutzer podría servir de ejemplo de cómo narrar la impotencia de la víctima, el horror asumido por la sociedad y la complicidad de la propia familia en casos de maltrato doméstico. Porque si en este país, y quien dice España dice Europa y el resto del mundo, hubiera una intención real de mostrar la realidad y no lavar el cerebro con convenciones y terror a la juventud, Sonata a Kreutzer formaría parte de las lecturas consagradas de todos los programas educativos a nivel internacional. Si Sonata a Kreutzer es un relato sobrio, natural e impactante es porque la realidad que se narra también lo es. El autor no pretende convencernos de que el maltratador es una bestia, sino mostrar la brutalidad de los hechos para que podamos tratar de comprender por nuestra cuenta qué es lo que ha llevado a degenerar a una sociedad, a una vida y a una víctima de esta manera. Avanzar, a fin de cuentas, en la verdad de las cosas para solventar los problemas a raíz de esa comprensión, y no retraernos en la maldad del prójimo ni en su monstruosidad. De alguna manera, Ventajas de viajar en tren habla en la misma clave, en un caso completamente distinto, pero utilizando magistralmente el marco de la psiquiatría para mostrar el mismo horror en un marco absolutamente diferente.

Es preferible leer a Antonio Orejudo analizando lo que nos dice y disfrutando de sus novelas que tratando de encontrar claves que quizás no existan. Deberíamos tratar más de comprender las cosas en vez de empeñarnos en encajarlas en nuestra visión del mundo, se correspondan con ella o no. Eso no es conocer, es hacer el idiota. Y a la larga (y ahora mismo también), nos pasará factura.

De trenes, viajes, ventanas y escaleras hablamos el próximo día.

TODO EL DAÑO DE UNA SOLA VEZ

En la biblioteca de Aragón hay dos rincones que me encantan, dependiendo de la intención que tenga en cada visita. Si quiero leer, es imposible despreciar las cristaleras de la planta baja. ¿Alguien se ha fijado en ellas? ¡Qué hermosa luz, esculpida en las plantas del pequeño jardín, perdiéndose entre los edificios, atravesando el vidrio con la claridad de la mañana! El efecto solo dura hasta mediodía, cuando a esa misma luz cariñosa y agradable le da por apuntar de lleno y cocer a los enamorados personajes que nos repantingamos en las butacas, a medio camino entre el sillón y la hamaca campera. El único problema, claro está, es que las mesas son demasiado bajas o, mejor dicho, las hamacas hunden el culo demasiado y es imposible escribir ahí sin retorcerte y acabar molido. Es aquí cuando, si hace falta escribir, hay que cambiar a otra ubicación.

La sala de estudio está descartada. Escribir en una sala de estudio, con su luz artificial y el penetrante silencio no favorece nada. Hace falta algo más agradable y más natural, una alternativa a la luz de los ventanales pero con una mesa y un asiento adecuados. He buscado mucho por toda la biblioteca y el único lugar que reúne todos los requisitos es una pequeña mesa para dos personas oculta detrás de la estantería de los comics, justo al lado de los libros de teoría del guión cinematográfico y los de cine para dummies. Allí me siento algunas veces a escribir o a darle vuelta a algún libro que me haya llamado la atención lo suficiente como para verme obligado a tomar notas in situ.

Hace unos días me atreví por fin con un libro pendiente. Un rato antes había estado leyendo algunos capítulos de La muerte de Iván Ilich, del mil veces nombrado en este blog León Tolstói, y un poemario del poeta argentino y afincado en España Andrés Neuman (del que me encantó un poema que, si mal no recuerdo, se llama Mujer leyendo). El caso es que, cuando me decanté por tomar la edición de Acantilado de los versos de Neuman también miré a ver si había algo de Emilio Pedro Gómez y me encontré con ésto.

No es casualidad que haya recaído en Octavio Gómez Milián. Primero, porque estaba  buscando en la G. Segundo, porque Octavio imparte matemáticas en el que fue mi instituto. No es la primera vez que leo poesía de Octavio, pero sí que me zampo en una sola mañana uno de sus libros. Por qué no nos hicimos todo el daño de una sola vez es una recopilación fabulosamente urdida de poemas de amor, a través de los cuales el lector es sumergido en un océano de melancolía y esperanza que se funden en el instante del recuerdo. Octavio saca su arsenal desde el principio y comienza con una pieza simple, delicada e incluso introductoria a lo que vendrá después. Una descripción del amor tan sibilina ante la que es imposible no quedar interpelado.

ELLA

Me he enamorado tan lentamente
de ti
que parece que estoy así
                                     desde siempre.

Porque si algo caracteriza a la poesía de Gómez Milián es su frescura en ritmo y la sobriedad en el símbolo.

Una observación interesante acerca de las artes de nuestros días es que el símbolo ha sido transformado o, mejor dicho, se ha abierto a un nuevo registro: la interpelación circunstancial. En vez de basarse en una similitud (se me ocurre, por ejemplo, el típico sus dientes eran como perlas/esculpidas en el fondo del mar) el propio hilo narrativo del poema conduce hasta breves y castizas referencias a detalles del entorno del poeta, de los personajes, o de los días que vivimos. Así, por ejemplo, en su poesía hay referencias a rincones de la ciudad ante las que solo un buen zaragozano o un merodeador perspicaz se verá interpelado. No se trata de que el poema se vea restringido a unas referencias determinadas, pero sí suponer un guiño al entorno y a quienes viven en ese entorno. En pocas palabras: no hablo de rascacielos, solo de los neoyorquinos. Y esa diferencia marca un intimismo trascendental en la obra.

Octavio Gómez Milián hace lo que Sergio del Molino o Manuel Vilas en su literatura: el paisaje no es únicamente un entorno circunstancial en el que pasan cosas, sino que es su razón de ser, la esencia de esas cosas. La ruptura amorosa y el recuerdo serán lo mismo aquí o en Sebastópol, pero las lágrimas derramadas y las noches de alcohol solo son zaragozanas. Aquí es donde se diluye la poesía para convertirse en confesión. No se trata de la voz de un poeta que grita cuánto ama o ha dejado de amar, qué bello es esto o cuánto me gustó aquello, sino que se ofrece una ventana a la vida de la persona que se encuentra al otro lado del papel. Las cosas se presentan como tal, sin artificio ni obsesión alguna por dejar claro qué se quiere transmitir, una tarea que si bien es complicada en el resto de artes aún lo es más en poesía, donde el abuso de simbolismo conduce a una constante redundancia insalvable que destroza el sentido de la obra.

Octavio consigue esa naturalidad con maestría, jugando con los versos, cortando las frases, bailando con los silencios. Detrás de algunos poemas parece escucharse una sintonía de fondo que nos traslada a otra Zaragoza y a otras personas, esquinas y recuerdos de una ciudad que aún sueña con ser desenterrada del olvido. Un viaje que naufraga en la melancolía para reencontrarse en el recuerdo y el devenir de la vida, con el toque de humor y rabia que muchas veces se instala en estas situaciones, como indican con acierto los siguientes versos.

ÉL (ahora sé que lo tienes)

Brindo por el hombre
que tiene enamorada a mi mujer.
Brindo para que se ría de su
aspecto,
critique su jersey,
                   machaque el café que ella
                   le prepara por las mañanas.

O estos otros:

DOS OSTRAS
 
Tenemos algo parecido a una fecha secreta
y una canción nuestra.
Con mucho menos se derrumban imperios
y se mantienen imperturbables las motas de polvo.
¿Por qué no eliges qué prefieres?

Poesía y matemáticas parecen confluir con la literatura y la música, buscando esa armonía que los números son incapaces de regalar y a la cual solo sintiendo podemos aspirar. Versos encendidos que hablan de la decadencia o del amor perdido, o de la mujer amada que aún está por llegar y la grandeza del momento. Por qué no nos hicimos todo el daño de una sola vez es el primer poemario de Octavio Gómez Milián y, quizás, la mejor de sus obras hasta el momento. Una obra que merece mucho la pena ser leída y disfrutada en la apacible plenitud del silencio de la velada. Como nos sugieren los siguientes versos:

No preguntéis más por ella,
estoy tratando de escuchar
su silencio a través del teléfono.

VENTANAS Y ESCALERAS

Ni siquiera se fijó en que, de repente, una casa de cuatro pisos se elevaba ante él. Sus cuatro brillantes filas de ventanas lo miraron todas a un tiempo, y la verja de la entrada le propinó su empujón de hierro. Vio volar a la desconocida escalera arriba, la vio volverse, llevarse un dedo a los labios y hacerle seña de seguirla… ¡Cuánta dicha en un instante! ¡Qué vida tan maravillosa en sólo dos minutos! […] ¿No sería un sueño todo esto? ¿Era posible que aquella por cuya celestial mirada estaría dispuesto a dar toda su vida y respecto de la cual comunicaba una dicha acercarse tan sólo a su vivienda, fuera ahora tan atenta y benévola con él? Subió volando la escalera… La escalera ascendía, y con ella ascendían ya dentro de sí fuerza y decisión para todo. [Nikolái Gógol, «Perspectiva Nevski»]

Rusia Hoy publica este fragmento entre otros relatos de escritores rusos en un precioso reportaje sobre San Petersburgo, la ciudad del arte y el sentimiento. «San Petersburgo no creció como las otras ciudades. Ni el comercio ni la política pueden explicar su desarrollo: fue construida como una obra de arte», sentenció con acierto Orlando Figes en su obra El baile de Natasha.

El fotógrafo Roman Mezenin rescata ahora instantáneas robadas a la intimidad de la ciudad de los zares. Busca más allá del monumento y el explendor palaciego para adentrarse en el San Petersburgo real, el que se disfraza ante los turistas, el que queda diluido en la rutina de sus habitantes. Como Edward Hopper con su Nueva York de los años sesenta o nuestro Pepe Cerdá con la Zaragoza de hoy, Mezenin presenta una ciudad de avenidas grandes y vacías repletas de ventanas y misteriosas escaleras que conducen hasta ellas. Espacios en blanco que son la esencia de una ciudad que es arte en movimiento.

Prometo hablar algún día de la importante relación simbólica de las ventanas y las escaleras con la existencia y la vida. Espero hacerlo pronto y en varias ocasiones. Por el momento, dejo una de sus escaleras. Una que conduce directamente hacia la luz. ¿Será la misma que nos describe con sobriedad Gógol? Es bonito imaginarse la respuesta.

Foto de Roman Mezenin

RELOJES

La segunda y la tercera estrofa de Clocks dice más o menos esto:

Confusion never stops
clossing walls and ticking clocks (gonna)
come back and take you home,
                                -I couldn’t stop-
that you now know (singing)
come out upon my seas,
curse mised opportunities
(Am I) a part of the cure,
or Am I part of the disease? (singing)
 
You are
and nothing else compares
oh no, nothing else compares
and nothing else compares.
 

Lo que viene a ser en español:

La confusión nunca acaba,
tapiando muros y relojes que hacen tictac (vas a)
volver y llegar a tu hogar,
                         -no podría parar-
aquello que sabes (cantando)
sal de mis mares,
malditas oportunidades perdidas
¿(Soy) una parte de la cura
o una parte de la enfermedad?
 
Tú eres
y ninguna otra cosa es comparable
oh no, ninguna otra cosa es comparable
y ninguna otra cosa es comparable.
 

Desde que los chicos de Coldplay lanzaron Clocks en 2003, el tema fue bien acogido por la crítica y por el ámbito audiovisual, asombrados por la fuerza y el dinamismo que presentan los arpegios de piano frente a un fondo muy minimalista de bajo y batería. Acústicamente hablando, el tema es sencillo: además de los arpegios y las repeticiones, se emplea una escala descendente que cambia de tonalidad. La clave musical radica en el buen criterio llegado el momento de mezclar esos elementos y añadirle sutiles acompañamientos de sintetizador que consigan el efecto deseado. No se equivocaron al predecir que Clocks iba a convertise en uno de los mejores sencillos de todos los tiempos y en uno de los temas de referencia en el futuro, incluso para la propia banda británica. De hecho, muchos de los temas de su tercer disco, X&Y, arrastran el poso que Clocks había dejado, estando incluso presente en el sencillo Speed of Sound, donde se imita la misma progresión exacta de acordes.

Clocks ha pasado a la historia por su virtud musical, pero nadie parece haberse fijado en un pequeño detalle. Es algo muy simple, una nimiedad: Clocks es una obra maestra, y ante obras maestras como ésta no se puede resumir su capacidad a una buena ejecución de los arpegios o a un acertado uso de los ostinatos. Clocks es mucho más que armonía. Para comprenderlo no podemos quedarnos con los primeros árboles que veamos. Tenemos que abarcar el bosque, y para hacerlo hay que dar el primer paso, hacer crujir las primeras ramas secas y adentrarnos en la canción. Para comprender Clocks hay que comenzar sintiendo su letra.

Y aquí hemos llegado al telón de acero. Coldplay tiene la capacidad de hacer buena música, y la buena música es capaz de combinar la acústica con la letra. Es decir, una buena canción, de tener letra, es toda una, no hay discordia entre las palabras y los acordes. Coldplay consigue crear himnos, y al igual que Viva la Vida, Christmas Light o Violet Hill (de esta última espero hablar más adelante), es absurdo diferenciar la letra de la melodía, como si fueran inmiscibles. Quienes se han atrevido a inspeccionarla, la califican de críptica. ¿Desde cuando la letra de una canción puede ser críptica? Es muy difícil que la letra de un tema sea críptica, pero más aún que lo sea una de Coldplay. No, el mensaje de Clocks no es confuso, sino directo y elocuente. Aprovecha los cambios de escala y las diferentes mezclas con los arpegios para generar cambios bruscos de tonalidad que transmiten una sensación de rapidez y ajetreo que envuelve al oyente, jugando con las repeticiones, que otorgan un sentimiento de implacable monotonía, y el final de las escalas descendentes para incluir un elemento clave en la letra: los nexos. El nexo permite cerrar el círculo del trasiego monótono para provocar el sentimiento de angustia y desasosiego ante la falta de tiempo. Porque aquí está la clave que nos permitirá conocer el bosque.

Letra y música son absolutamente independientes y cada una, por su cuenta, es capaz de transmitir exactamente lo mismo. Pero son juntas cuando consiguen retratar el ritmo de vida de la sociedad moderna occidental. La letra nos habla precisamente de la impotencia ante la exigencia de los demás y de la desesperación por vivir y ser uno mismo de quien la sufre. ¿Y qué efecto acentúa este hecho, en general? La dificultad para pensar y sentir. Coldplay logra evocar a la perfección esta realidad mediante el uso de frases cortas y sin aparente correlación, cantadas en paralelo, con el mismo ritmo y siguiendo las constantes repeticiones. De esta forma se genera la simbiosis justa, una letra que refuerza y dota de sentido absoluto a la música y una melodía que otorga vida a lo que en principio es un mensaje sin sentido.

La clave de que Clocks se haya colado en un universo completamente devoto de las listas de ventas es que quienes han pillado su sentido confían plenamente en el etiquetado comercial y quienes podrían haberlo tomado en serio no lo han pillado. Que críticos tan supuestamente acostumbrados al análisis musical como los que firman en Rolling Stone o en el New York Times hayan etiquetado su letra de críptica porque no entra dentro de unos cánones convencionales (ni siquiera tiene un estribillo que se reitere: de hecho, el único estribillo es la tercera estrofa, que es anunciada al final de la primera) es absolutamente inaceptable. Quizás este hecho permita comprobar hasta qué punto el etiquetado comercial dificulta el diálogo a través de la cultura. Aunque hoy en día fardamos de ser cultos, lo único que se observa es pedantería y gilipollez, síntomas inequívocos del desconocimiento y la incomprensión que arrastramos. Occidente sigue considerándose más sabio que el resto del mundo mientras que cualquier tribu africana es, en proporción, infinitamente más culta.

No debería extrañarnos, por tanto, que en nuestras antípodas se comprenda mucho mejor la cultura. El simple legado de la filosofía zen ya supone una ayuda considerable para facilitar la necesaria comprensión y el sentimiento. Aquí estamos acostumbrados al discurso fácil, a las palabras de un divo y el amén de sus seguidores, no a pensar  y reflexionar. Y es una pena que la tradición oriental, mucho menos alejada de la realidad de las cosas, esté siendo desplazada e invadida por las convenciones occidentales. Es una lástima que en un continente tan extenso donde se ha apreciado durante milenios el momento y la existencia acabe perdiendo su pequeño rincón de ser. No es lo malo perder el tiempo, sino dejar morir el momento. Nuestra vida está llena de momentos maravillosos, cada uno de ellos completamente diferente a cualquier otro que pueda llegar a existir o que se haya producido previamente. Es al momento y no al tiempo al que hemos renunciado, y con él, a nuestra esencia, a la existencia y a la felicidad.

Sin embargo, Clocks también aporta la solución, no solo el problema, y este detalle convierte a Coldplay en una banda más memorable aún de lo que ya es. En la cuarta estrofa dice:

You are…
Home, home, where I wanted to go.
 

In spanish:

Tú eres…
Hogar, hogar, a donde quería ir.
 

Es decir, que después de la tribulación ha llegado la calma. El hogar es el refugio del confundido, y es en la tranquilidad del hogar donde el ser puede ser él mismo. En otras palabras: sea usted mismo, sienta el momento y no se deje machacar por la ineptitud de quienes le rodean.

Aunque no me considero fan de nadie en particular, tenía que decirlo. No sé como Coldplay no es indiscutiblemente considerada la mejor banda del mundo. Unos tíos tan grandes capaces de hacer buena música además de escribir unas canciones tan maravillosas deberían ser tenidos mucho más en cuenta de lo que ya lo están, aunque solo sea por sus letras (atención a Paradise: todo lo comentado aquí se cumple de nuevo a la perfección). Ya siento haber soltado el discurso en pleno agosto (y con la ola de calor in crescendo), pero tenía que hacerlo. Coldplay se lo merece, y todos nosotros también.

RETRATOS DE FAMILIA

Si alguna labor deben realizar la literatura y el cine es transmitir aquellas pequeñas vivencias que son el origen de la Historia, abriendo una ventana pura al sentimiento y a la misma Historia.

Estos días de verano he estado leyendo un libro que se atreve de una manera muy especial a narrar esa intrahistoria, a través de una colección de recuerdos, imágenes y sentimientos de la infancia. Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas es la primera novela de Line Amselem, parisina descendiente de judíos españoles procedentes del Rif. Generalmente, un libro compuesto por una sucesión de breves historias no puede ser considerado una novela, por el simple hecho de la cohesión. Sin embargo, Line Amselem no escribe un libro de relatos, sino que trata de describir el día a día de una familia judía aún aferrada a sus orígenes marroquíes en un ambiente complicado y extraño, a medio camino entre las ruinas de la lejana guerra y el olvido del pasado. Aunque aparentemente los relatos parecen independientes, actúan como piezas de un rompecabezas que, colocadas en el lugar correspondiente, dibujarán la vida cotidiana y el ambiente histórico de la Francia de esos días, e incluso del resto del mundo.

La novela se centra en un barrio muy significativo para la historia francesa: le quartier de la Bastille, un céntrico distrito que entremezcla el ambiente cosmopolita y el artístico con su carácter obrero. Y según transcurren los relatos, se describe a los personajes y al barrio, es imposible no pensar en cosas de aquí. ¿Qué fue Zaragoza desde que acabó la Guerra Civil para todos aquellos refugiados del campo? La guerra había acabado con pueblos enteros, casas, cosechas y gran parte del trabajo que existía en tiempos de la república. A pesar de la autarquía y de los nuevos pueblos de colonización, España seguía sufriendo las graves consecuencias del enfrentamiento. Los pactos con Eisenhower permitieron un breve auge de la industralización, por lo que comenzaron a llegar miles de campesinos a ciudades como Zaragoza. Muchos de ellos encontraban alquileres asequibles en determinadas zonas del centro, muy próximas al ambiente universitario, literato y burgués. Algo similar a lo que sigue ocurriendo hoy en día con la inmigración que se afinca en buena parte de la Gran Vía y, sobre todo, en el casco histórico, en el distrito de San Felipe y la calle Alfonso. El barrio de la Bastilla debió de ser algo similar a lo que hoy podemos encontrar en el casco histórico: museos junto a tiendas de alimentación chinas y a carnicerías regentadas por musulmanes. Pero el leitmotiv de esta novela no es la narración sino los recuerdos, que traspasan las vivencias de la autora para entremezclarse con los propios del lector. Porque, aunque son cosas muy personales, me siento especialmente identificado con este pasaje:

Cada sábado por la tarde, cuando acababa la semana de trabajo, Papá hace un alto en la panadería alsaciana que le viene de camino para comprar cinco pasteles. A veces vamos con él y cuando le anunciamos a la panadera que venimos a comprar pasteles, nos conduce hacia la vitrina y empieza a hablarnos con suavidad. Si le señalamos un pastel diciéndole: «Uno de esos, por favor», ella contesta con orgullo: «Oui, une Polonaise», como para enseñarnos el nombre del pastel.

Otro aspecto especialmente interesante es la manera en que son contados tales recuerdos. Line Amselem no los narra con la indulgencia del que se avergüenza de sus impresiones en la niñez, sino que se limita a expresar el recuerdo desde la aparente intrascendencia con una connotación humorística que se agradece. Line no quiere dejar de ser esa niña a la que le gustaban los pasteles Polonaises y lo deja patente en sus divertidas conclusiones, que incluso rozan el carácter dramático hasta mantener el suspense.

Tengo sueño y tengo hambre a la vez. ¿Qué será mejor, ser perro o ser gato? ¿Cómo ha pasado todo esta tarde? Todo se me olvida. Le doy un beso a mi muñeca Marinella, me gustaría arreglarle la calva que tiene detrás, le pongo su mantita y me levanto para ir a cenar.

El libro se encuentra traducido del francés por Line Amselem, lo cual es muy interesante, ya que las traducciones son delicadas y que la propia autora, conocedora del español, haya traducido el libro por sí misma garantiza en gran medida que cada detalle conserve su sentido original. La autora estuvo en junio por Zaragoza como motivo de la Feria del Libro de la mano de Xordica, la editorial aragonesa que se ha hecho cargo de su versión hispana con un formato muy acorde a la narración, intimista y agradable para el lector.

Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas son los retales de una época narrados de una manera jovial y cercana al lector, interpelando a su propia niñez, utilizando con especial sutileza la terminología judía y árabe, logrando no sobrecargar al lector, para sumergirle aún más en la vida de aquella apacible familia parisina de los años setenta y en las costumbres judías que la rodean. Una novela maravillosa acerca de la vida, las convenciones y los complicados años de cambio en un país que aún arrastraba el dolor y la miseria de los años de la guerra.

VOCES VALIENTES

Platón, en su alegoría de la caverna, lo deja bien claro. Es muy peligroso hablar de la verdad en una sociedad basada en la mentira. Él mismo vivió las represalias del cautiverio y el dolor de no verse comprendido por quienes decían comprenderle. Alguien que busca conocer puede equivocarse, pero ese equívoco, lejos de ser un lastre, es una nueva oportunidad para seguir adelante.

Hoy en día, que hablamos tan ampliamente de la libertad y de lo buenos chicos que somos, seguimos arrastrando la misma irreflexión y falta de comprensión que vivieron todos aquellos pensadores. Incluso mucha más. Hablar en nuestros días sin temor a las palabras es un acto que supera la valentía hasta rozar lo heroico. Es muy difícil que te comprendan, pero más aún que todos aquellos que renuncian a ver el sol, por el motivo que sea, permitan que les hables sin pudor de algo que no son sombras.

Estos días también me he topado con la ignomina del que se esconde en la caverna e Irene Vallejo, a quien admiro profundamente precisamente por la valentía de sus palabras, ha publicado una columna que habla por sí sola y que agradezco con todo mi corazón, porque supone en estos días de tensión un acicate para seguir siendo valiente.

Gracias, Irene, por tu valentía y cariño. Comparto aquí el artículo, para disfrute de todos.

A %d blogueros les gusta esto: