CERRAD LAS VENTANAS

En las tricheras no hay ventanas, sólo frío y lodo. Cualquiera lo sabe. Hay quien mira al anochecer detrás de las cortinas la vida nómada de los soldados. Le delata el tintineo de la vela. Cualquiera sabe que en las trincheras no hay ventanas, pero aún así, deben estar cerradas.

Creo que ha llegado el momento de refugiarse del aire fresco, porque mina, porque espabila demasiado, porque su soplo puede congelarnos los rasgos de nuestros rostros. Porque estamos hartos del aire fresco, de las promesas vacías y de que unos no valgan igual que otros. Porque el aire fresco que antes aliviaba ahora es frío, y amenaza con helar nuestra alma.

Que le den al aire fresco. Cierren las ventanas. Hace demasiado frío aquí dentro. Ya habrá tiempo de buscar las flores cuando llegue la primavera.

AGUA PASADA

Cambiamos de año. Brindamos. Profesamos deseos con elocuencia. Bailamos. Tu mirada se ausenta. ¡Me has pisado! Haces zapping. Otra vez Sonrisas y lágrimas. Y en la tele de nuestro pueblo, jotas. Arrancamos la última hoja del calendario. El cava se calienta. Enero ha comenzado. Diciembre nos ha robado la lluvia. Las luces destellan demasiado.

Todo ha cambiado o tenemos la impresión de que realmente lo ha hecho. La entrada del año nuevo es uno de los ritos más hermosos de la modernidad. No responde a una cuestión religiosa ni a un sentimiento cultural. Es universal, como su origen. Celebrar algo tan pasajero como un año nuevo es un acto de fe y de esperanza en que las cosas que han pasado han tenido su lugar y las nuevas que han de venir tendrán el suyo, tan diferente, tan incierto, tan prometedor y paralizante a un tiempo. Todo es cuestión de relojes que caminan sin conciencia, el cucú que se repite; las mismas cortinas removidas por la sibilina brisa que se cuela entre las rendijas de los ventanales. Pero sabemos que más allá de lo permanente, en lo efímero, todo es distinto. Aquellas cortinas no serán las mismas que meses u horas atrás. Ni la brisa, que trae aires nuevos, ni el toque del reloj, que lo hace diferente a las veces que recordamos. Ya nada es igual, todo ha cambiado. El agua del río no es la misma aunque el río lo sea. Ha pasado tanto tiempo desde el último brindis que ya no reconocemos todas esas cosas, porque ya no somos capaces de reconocernos un año atrás.

No somos diferentes, nadie cambia jamás. Pero hemos vivido y las circunstancias han dejado de ser las mismas que otrora. Y hemos aprendido. Hemos construido una senda que nunca podrá ser borrada. Son nuestras huellas quienes han cambiado el paisaje. Las huellas. Con ellas, nada es igual. Y el año nuevo tampoco podrá serlo.

Dos mil doce ha muerto para siempre. Vivirá en forma de hierba aplastada, mientras el nuevo nos obliga a levantar la vista a horizontes desconocidos y un mundo todavía por construir. No sabemos qué nos encontraremos más allá de donde termina nuestra senda, pero aguardamos la bondad del recorrido como fundamento de una esperanza que se materializa en el deseo compartido y en la fraternidad, en el conocimiento de nuestra soledad compartida, que es una forma de compañía. Y por eso, cada último día del año nos reunimos con los nuestros y brindamos por la belleza de la vida y la prosperidad de nuestro porvenir. Podríamos hacerlo cada día, al despertarnos; mirar por la ventana y contemplar el amanecer mientras pensamos en el día que hemos comenzado a transitar. Sin embargo, preferimos lo intangible. ¿Qué es un año, sino un acto convencional, casi de fe? Un día tiene un comienzo y un final dibujados por el sol en el firmamento. Un año se fundamenta en que ese sol siga siendo tan puntual como lo ha sido hasta ahora. Los años se expanden. Según el sol pierde masa, o la Tierra altera sus ciclos. Un pequeño desfase puede regalarnos o arrebatarnos un día más del año sin que podamos darnos cuenta a tiempo para corregir nuestros calendarios.

Pero no nos importa. El tiempo pierde su sentido si no estamos ahí. Es el camino el que hace al tiempo y no el tiempo a nuestros pasos. No importa si el sol dilata nuestra rotación a su alrededor y el año extiende un día más su existencia. A fin de cuentas, todo es tránsito. Hasta el año es una senda que ha de recorrerse para que todo pueda tener sentido.

No, no nos importa si nos equivocamos y lo que ha de venir nos abomina. Seguimos brindando y bailando. Y me pisas. Y diluyes tu mirada en el tintineo de la vela. Y el cava se calienta. Las luces destellan demasiado. El año ha acabado. Y una nueva senda se abre para nosotros. Seguimos adelante. Pisamos con firmeza. No tenemos miedo, lo hemos regado en cava. ¿Qué puede salir mal? Todo es circular, hasta los años. Volveremos a un comienzo. Y cuando el reloj haya terminado su tránsito, continuaremos el nuestro, sin calendarios, con la nueva lluvia resbalando por nuestros rostros.

¿A quién le importa 2013 si lo tenemos todo? Suenan las campanas en lo alto de la torre.

ALGO DE QUE HABLAR

Rinette,

Soy verdaderamente un distraído, sin excusa posible, ya que llevo conmigo tu relato pero debo a mi olvido la fotografía de un lugar encantador, por esto no echo nada de menos.

Quise llamarte el domingo para presentarte, al fin, excusas, pero no estabas en casa y por Madame Saussine me enteré del luto que te aflige. Rinette, no puedo hacer otra cosa más que reiterarte mi vieja amistad y decirte cuán cerca de ti estoy en mi corazón.

Asistí ayer por la noche al triunfo del hermoso Eusebio. Explicaba ante una sala repleta de gente cómo se escalan montañas más puntiagudas que agujas de campanario. Hablaba negligentemente de su heroísmo y las viejas damas se estremecían. El relato era bastante bueno pero las descripciones, Rinette… Daba a las «cimas sublimes», al cielo, a la aurora, a las puestas de sol dulzuras de mermelada, de caramelo. Las agujas eran rosadas, los horizontes lechosos y las rocas doradas por los primeros rayos de sol. El paisaje parecía comestible. Al escucharle pensaba en la sobriedad de tu cuento. Tienes que trabajar, Rinette. Destacas muy bien el elemento particular de cada cosa, aquello que le da vida propia. Los objetos, en la narrativa de Eusebio, permanecen abstractos. Se trata de «la Cima, la Puesta de sol, la Aurora». Salen del almacén de accesorios. Cuanto más abundan en su descripción más impersonal resulta.

Es el método que es malo o, mejor, la visión, que está  ausente. N0 se debe aprender a escribir, sino a ver. Escribir es una consecuencia. Él toma un objeto e intenta embellecerlo. Los epítetos son capas de pintura. No destaca lo esencial sino que añade elementos arbitrarios. A propósito de una aguja hablará de Dios, del color malva y de las águilas. Entonces uno se siente sucesivamente enaltecido, enternecido y aterrorizado. Es un truco. Hay que decirse: «¿Cómo voy a transmitir esta impresión?». Y las cosas nacen de la reacción que te provocan, son descritas en profundidad. Solamente así deja de ser un juego. Te hablo de Eusebio porque sus defectos ponen de relieve las cualidades que tienes y que debes cultivar. Parte siempre de una impresión. Es imposible que sea banal. Habrá una cohesión íntima en tu relato. No estará hecho de retazos. Ve cómo los monólogos más incoherentes de Dostoievsky dan la impresión de necesidad, de lógica, mantienen un ritmo. La conexión es interna.Y observa cómo los personajes de tantos otros, cuya psicología bien estructurada podría mostrarse coherente, permanecen arbitrarios en sus expresiones y en sus actos a pesar de una lógica externa. Se trata de construcciones ficticias, como las montañas de Eusebio. No se crea un ente vivo atribuyéndole cualidades y defectos y haciendo que de ello surja la novela, sino expresando las impresiones vividas.Una emoción aun sencilla, como la alegría, es demasiado compleja para ser inventada si uno no quiere contentarse con decir de su héroe que «estaba alegre», con lo cual no expresa nada, no es personal. Una alegría nunca se parece a otra.Y es justamente esta diferencia, esta vida propia de cada alegría lo que hay que expresar. Pero ahí se puede caer en la pedantería, querer explicar esta alegría. Hay que expresarla a través de sus consecuencias, de las reacciones del individuo. Entonces no es necesario decir «estaba alegre», esta alegría brotará de sí misma con su identidad propia, como una determinada alegría que experimentas y a la que no puede aplicarse con exactitud adjetivo alguno. Si opinas que la palabra alegría basta para expresar lo que siente tu héroe, es que es ficticio, es que no tienes nada que decir.

Me siento ridículo, voy a terminar. En la pequeña taberna desde la que te escribo un piano mecánico fabrica una musiquilla sentimental. La cajera bailotea de un lado para otro. El dueño, vacío de deseos, bosteza. El camarero revolotea a mi alrededor carraspeando porque soy su último cliente y tiene sueño, todo esto rezuma melancolía. Tengo la sensación de estorbar, me voy.

No te he agradecido, Rinette, el que tocaras para mí, el otro día, aquellas páginas de Bach. Soy muy torpe para dar las
gracias, pero me proporcionaste un gran placer.

El camarero, Rinette, plantado ante mí, agita su servilleta como una escoba.

Adiós pues, Rinette.

Antoine

[Cartas a una amiga inventada, Antoine de Saint-Exupéry, 1925]

Peco de pedantería. Me lo dice Saint-Exupéry cada día a través de esta carta errante, que ha perdido su dueño y ahora vive huérfana, en corazones desconocidos.

Soy torpe, no sé dar las gracias. No sé darlas transmitiendo todo aquello que siento. No soy capaz de decir con un te amo todo lo que se esconde detrás de mi confesión. Las palabras se vacían a mi alrededor y pierdo el momento, muere el instante y se extravía su sentido. Si no sabemos hacer literatura tampoco sabremos hacer, en consecuencia, vida.

Porque sí, la vida es como la literatura. En mi parquedad lo he dicho muchas veces. Entre líneas, no por no atreverme a hablar, sino por no encontrar la manera de hacerlo. No como los relatos, que nacen de la realidad que existe, sino que esa misma expresión, como la fotografía que se guarda para siempre o el calor de un abrazo, conserva la esencia de la vida, y la existencia se convierte literatura, y permanece en la nuestra para siempre.

Somos un libro que se escribe. ¿Vas a decir simplemente te quiero? ¿Vas a separar cada hilo tejido y vas a hacer un ovillo con él? Quisiera escribir como siento, porque vivir, vivir, ya vivo como siento. El sentimiento somos nosotros. Nada más. Materia inmortal que nunca desaparece. Nuestra esencia. Banalizar nuestras palabras es hacerlo también a nuestras vidas. Debemos ser viajeros a Ítaca que aprendan a no temer y a perdonar los errores de quienes nos aman. Porque nos aman. Nadie se merece amanecer convertido en un océano de cristales rotos.

Y es de aquello mismo que se transmite, que no son palabras o estados arbitrarios, sino el retal de la vida, de donde brotan todas las cosas y el relato desborda nuestra ventana para desarrollarse más allá de nuestro pensamiento. Tenemos la sensación de que aquel criado que limpiaba cuidadosamente la plata de la cubertería cada tarde a la misma hora, cuando el reloj sonaba las cuatro, o que aquella joven desconocida plantada cada anochecer frente al balcón viven en alguna parte del tiempo y del espacio, y que están ahí, esperando una negligencia del destino para encontrarnos tras la esquina de la plaza de la iglesia, aunque no nos reconozcamos y se estremezca nuestro cuerpo con un escalofrío mientras miramos atrás, tratando de justificar lo injustificable.

Porque también podemos ser olvidados. Las palabras vuelan, las promesas se queman en el tiempo y la distancia. ¿Nos atreveremos a mirar de nuevo las fotos que guardamos? La foto es un cadáver. ¿Quién nos devolverá el cine jamás realizado o la literatura que no ha sido escrita? ¿Qué sería de nosotros sin algo que transmitir y que transmitirnos en los momentos difíciles? No hay dos alegrías iguales, dos amores gemelos o dos seres idénticos. Todo es diferente a todo. Como en la literatura.

A veces lo olvido y me pierdo entre mis sombras. Por eso deseo que el resto de nuestra vida seamos música para los demás y literatura para nuestros propios ojos, secuencias editadas en nuestros sueños, escenas de una vida conservadas para siempre en nuestra memoria y en la de quienes nos rodean. Quiero que tú seas mi deseo para que alguna estrella fugaz tenga la bondad de concedérmelo. Y tu felicidad. Y tu vuelo singular. Y tu propio camino recorrido en la soledad de la compañía. Deseo que seas una vida que habita en lo más profundo de la todas las demás vidas. Y que esta carta encuentre, por fin, otra morada que habitar.

COME AWAY WITH ME

Durante semanas y meses, pasamos los días con la persona adecuada. Sin saberlo. Solo a veces, cuando nos quedamos solos, pensamos en esa persona, en la curva de sus labios, en ciertos gestos suyos o inflexiones de voz, y al pensar en estas cosas, el corazón nos da un vuelco, pero apenas prestamos atención a un vuelco tan pequeño y sordo. Lo raro es que en compañía de esa persona nos sentimos siempre a gusto y en paz, con una respiración tranquila, con la frente, que durante tantos años había estado ceñida y torva, despejada de pronto. Nos damos cuenta de que nunca hemos tenido una relación parecida a esta con ningún ser humano. Al cabo de un tiempo, todos los seres humanos nos parecían tan indefensos, tan simples y pequeños… Esta persona, mientras camina junto a nosotros con su paso, distinto al nuestro, con su severo perfil, posee una infinita facultad de hacernos todo el bien y todo el mal. No obstante, nos sentimos definitivamente tranquilos.

Y dejamos nuestra casa, y nos vamos a vivir para siempre con esa persona, no porque nos hayamos convencido de que es la persona adecuada, al contrario, no estamos en absoluto convencidos, y siempre abrigamos la sospecha de que la verdadera persona adecuada para nosotros se esconde en algún lugar de la ciudad. Pero no tenemos ganas de saber dónde se esconde, sentimos que ya no tenemos mucho que decirle, porque se lo decimos todo a esa persona, tan vez no la adecuada, con la que vivimos. Y el bien y el mal de nuestra vida queremos recibirlo de esta persona y con ella.

[Las pequeñas virtudes, Natalia Ginzburg]

UNOS MINUTOS DE PUBLICIDAD

Unos minutos de publicidad:

Ahora en Reino Unido y a partir de este mes en USA. Para marzo en España.

La película tiene muy buena pinta. Impresiona, ante todo, la fotografía y el juego con los planos, la luz y el consecuente color. Por otra parte, la escenografía parece cuidada y milimetrada al detalle, con un vestuario igualmente pulcro y acertado, y una elección de marcos realista y concreta. Y los personajes estupendamente configurados en un ritmo narrativo que no fuerza la trama ni su consecución, con un diseño fílmico fiel al relato original. Técnicamente, Anna Karénina genera la impresión de ser una película genialmente diseñada, dirigida y producida, con una narración bastante ajustada al texto capaz de mantener el ritmo original del relato.

Que se prepare Pablo Berger y su Blancanieves. Anna Kerénina, de Joe Wright, tiene pinta de vapulear en los Óscar a la mejor película extranjera y en los Globos de Oro.

Unas que entran, otras que salen, pero todas continúan su camino.

Como dice el cartel, a partir del 19 de diciembre De tu ventana a la mía estará disponible en DVD. Un buen regalo de navidad. Puede adquirirse a través de la web de Cameo.

SÍMILES DE GUERRA

¿Dónde, pues, veremos en este relato el mal que es necesario evitar y el bien hacia que debemos tender? ¿Dónde está el traidor? ¿Dónde el héroe? Todos son buenos y todos son malos. No serán Kaluguin con su valor brillante, su arrojo caballeresco y su vanidad, principal motor de todas sus acciones…ni Praskimin, nulo e inofensivo a pesar de haber caído en el campo de batalla por la fe, el trono y la patria…ni Mikhailov, tan tímido; ni Pesth, aquella criatura sin convicciones y sin sentido moral, quienes puedan pasar por desleales o héroes.

No, el héroe de mis relatos, aquel a quien amo con todas las fuerzas de mi espíritu, el que he tratado de reproducir con toda su hermosura, el que ha sido, es y será siempre bello, ¡es la verdad!

[Sebastopol en mayo, en Relatos de Sebastopol, León Tolstói, 1855]

En mayo de 1855, Sebastopol había soportado más de ocho meses de sitio. Se encontraban rodeados en todas direcciones, tanto por el norte como por el sur y el este, y los rusos apenas podían mantener una especie de corredor que les conectaba con el continente. La otra vía de escape, el océano, había sido cortada: los buques de guerra y los mercantes que se encontraban en los alrededores habían sido hundidos al comienzo de las hostilidades con el fin de bloquear la bahía y evitar el bombardeo de la flota aliada sobre la ciudad. Rusia tenía el convencimiento de que, manteniendo a toda costa las posiciones en Sebastopol y forzando combates en los cuarteles generales aliados en la península de Crimea, donde se encontraban, conseguirían forzar una retirada hacia la costa que inclinara la guerra a su favor. Pero no fue así. Las batallas de Alma, Balaclava e Inkerman diezmaron la célebre caballería cosaca y gran parte de las tropas de tierra rusas, obligándoles a comenzar una desesperada táctica defensiva en Sebastopol. Los aliados, aprovechando las derrotas en el continente y el bloqueo naval ruso se dedicaron a desembarcar un contingente que rondaba el medio millón de soldados con la misión de atrincherarlo frente a las defensas de la ciudad, custodiadas por apenas treinta mil marineros ante la imposibilidad de recibir más tropas desde Moscú.

Treinta mil contra medio millón, sin contar las huestes otomanas. Y luego pensamos que Zaragoza es la única que no se rinde.

Ríete del francés. Ríete de Napoleón I y su estúpida guerra de España. Ríete de la gallardía de Palafox y el heroísmo de Agustina de Aragón.

Ríete de las historias de héroes y traidores, y las leyendas de abanderados disparando su cañón bajo el fuego enemigo. Porque como le ocurrió a Tolstói con su apreciada Sebastopol, lo único que observo en un acto como este es destrucción y miseria.

Nosotros también hemos convertido los Sitios en una leyenda. La literatura manda, y ha escrito su versión de los hechos. Campesinos desarrapados, sin un calzado digno con el que caminar, comportándose como caballerosos y siempre leales soldados junto a militares de toda condición y casta entregados a una lucha sangrienta e inclinada a priori hacia la victoria francesa. En la Ilíada también sucede lo mismo. Ningún soldado, griego o troyano, se comporta indecorosamente, o duda de la orden de su superior, o reza en público ante la inminente carga de caballería. Todos son valientes y luchan con la dignidad del héroe. Hasta Patroclo, que es un militar de camarín, se viste con la armadura de Aquiles para enfrentarse al gran Héctor sin pensar en las consecuencias de tal acto. Campesinos, mujeres y hombres que nunca han tocado un arma o que han tocado demasiadas, entregados con igual destreza e ímpetu a una guerra con un final muy negro.

Como a Tolstói, también me huele a chamusquina.

Pero Tolstói sí vivió parte del sitio de Sebastopol, sí le toco escribir atrincherado y, aunque es cierto que no disparó ni una sola vez contra el enemigo durante ese tiempo sí paseó por la ciudad, vio el improvisado hospital de los heridos, los médicos amputando piernas y brazos, mujeres en los bailes de las plazas, militares de vestimenta impecable cortejarlas y decenas de muertos arrinconados junto a las barricadas y los edificios. Vivió el horror de la guerra y la vida de una ciudad completamente asediada, los temores de sus habitantes y la gallardía de sus guardianes. Y observó que las historias de héroes y villanos no existen, y que lo único heroico que puede haber en un horror semejante es la entrega y la justicia.

En 2008 se cumplieron doscientos años del comienzo de las hostilidades con el Imperio Francés. Como le sucedió a los rusos, antes de que comenzaran las cargas de caballería en plena plaza de San Miguel caímos derrotados en varias batallas que, de haberlas ganado, hubieran cambiado el curso de la contienda. Palafox, que había recibido su cargo por la fuerza (una masa enfurecida, liderada por héroes como el Tío Jorge, asaltó su casa y le dijo: o aceptas o ya puedes darte por muerto. Y el hombre, de entre todas las opciones posibles, escogió voluntariamente y sin extorsión ninguna comandar los ejércitos del instaurado de nuevo Reino de Aragón). Las dos más importantes y que obligaron a replantearse la guerra fueron las de Pamplona y la de Mallén. Esta última hizo más daño al pundonor local que al proceso de la guerra en sí mismo, y los voluntarios, sintiéndose incapaces de continuar la lucha según la tradición miliar de la época, decidieron atrincherarse tras la frágil muralla de la ciudad y defenderla a toda costa.

Según una de las guías de la exposición de pinturas que visité como motivo del aniversario, Palafox era un cobarde que escapaba de la ciudad con la excusa de buscar refuerzos cada vez que los franceses lanzaban una ofensiva. También, que Agustina de Aragón los tenía más bien puestos que todos los españoles, franceses, rusos, austriacos y chilenos juntos. Y que la gallardía del pueblo zaragozano era homogénea y profesada como una fe verdadera, como muestra una célebre pintura de Orange.

Pero, ¿cómo juzgar a Palafox de héroe o traidor si tan solo era un oficial del ejército que combatía por Dios, la patria, el rey Fernando y, por supuesto, por los exquisitos argumentos de Tío Jorge y compañía? ¿Cómo hablar de Agustina de Aragón si el hecho más loable fue disparar un cañón en un puesto de artillería que había quedado desprotegido? ¿Y cómo condenar en el desprecio más absoluto al desconocido soldado francés que peleó casa por casa y habitación por habitación durante la toma del Arrabal? ¿Acaso la valentía aragonesa es mayor valentía que la francesa?

No me creo ni que todos los franceses fueran tan crueles como se dice ni que todos los defensores tan castos, serviciales y entregados como cantan las gestas. La Zaragoza de los Sitios debía parecerse mucho en circunstancias, época y desarrollo bélico a la Sebastopol de 1855, con la única diferencia de que Zaragoza no es Sebastopol, ni es tan onírica, ni tan agraciada, ni está situada en un enclave tan estratégico como para que medio occidente decida sacrificar a sus hijos por atravesar sus murallas.

A Zaragoza le hace falta un buen Manhattan Transfer y un buen Sebastopol enmarcado en los Sitios. Relatos realistas que hablen de las miserias y las virtudes de una ciudad maravillosa y aborrecible. El único que se atrevió a realizar algo parecido fue el bueno de Benito Pérez Galdós, y aun así pecó de patriota y poco realista a pesar del género al que pertenece su literatura. En Zaragoza, Gabrielito nos habla de baturros lanzándose impetuosos a la batalla en el reducto de Santa Engracia, o de mujeres y niños, tijera en mano, combatir descubiertas contra la caballería polaca; de campesinos y soldados sin comida, temblorosos por el tifus y el cólera, baterías sin munición que disparan toda suerte de objetos punzantes, edificios calcinados, voladuras casi diarias a modo de hostigamiento por parte de los zapadores franceses, y cientos de muertos acumulados en las calles. Pero fracasa en algo. La miseria, a pesar de los esfuerzos del autor en incluir una historia de amor imposible en ese marco, queda relegada a un papel de enaltecimiento del heroísmo zaragozano. A más miseria, más muertos en cada trinchera, más hambre, más enfermedad y más sangre derramada más gloriosa es la victoria o la derrota. Galdós se equivoca. No hay victoria o derrota gloriosa. Tan solo tifus, cólera, muerte, hambre y destrucción. Como en Sebastopol, los zaragozanos dormían cada noche y se acostumbraron a las explosiones y a los gritos al alba. Seguramente, los zaragozanos bailaban, se besaban, sufrían, temían y recogían florecillas a las puertas de la ciudad tras cada batalla como el chiquillo que lo hace cada día desde el comienzo de la tregua de Sebastopol. Seguían una vida normal, dentro de la normalidad que puede mantenerse cuando las bombas caen a tu alrededor. Nadie puede entregarse por completo a la tensión de la guerra y a la incertidumbre de la trinchera. Todas las historias que hablan de valientes consagrados son las historias de quienes quieren creen en esa consagración, aunque destrocen la humanidad de los personajes y su visión quede deforme para siempre. Me gustaría imaginar a una Agustina de Aragón capaz de amar, de llorar o de tener miedo además de disparar un cañón cargado hasta la espoleta de metralla. Pero parece ser que amar, llorar o tener miedo no es digno de los anales de la historia. Cuánto nos hemos equivocado.

Y cuánto nos seguimos equivocando. Ahora mismo hay una nueva Sebastopol o una vieja Zaragoza que también es mártir de relatos inverosímiles y ostentosos cantares de gesta. Gaza es considerada una ciudad sitiada por Israel, y a sus habitantes, por ende falaz, héroes de casta entregados al odio y a la resistencia. Pero, sin embargo, Gaza no se desangra, ni las mujeres se ocultan en los sótanos. En Gaza los niños siguen jugando al fútbol y en las plazas los mercaderes siguen instalando sus zocos. Las bombas caen a su alrededor, pero siguen haciendo la vida de siempre, o lo más parecido a la vida de siempre. Y seguro que se han acostumbrado a las explosiones, y a la presencia de blindados israelíes y a personajes variopintos con una ametralladora entre las manos.

Desde Troya hasta Gaza, nos hemos imaginado todas esas ciudades sitiadas y destrozadas. La Zaragoza de los Sitios también es una Zaragoza falsa que solo existe en nuestra cabeza, de la misma manera que nuestra concepción de victoria se manifiesta en función de nuestra concepción de derrota y viceversa. Y entre toda la miseria, los hombres y mujeres entregados a la batalla, los bailes de primavera, los afables cortejos y las operaciones de urgencia en improvisados hospitales, solo existe un héroe, y ese héroe es tan tangible y etéreo como un soplo de aire tibio en una tarde de otoño. El único héroe que conozco y al que merece la pena conocer es la verdad, y solo en la verdad podemos hallar la valentía necesaria para acabar con la ignominia de la guerra de una vez por todas.

 

FOTOS DE FAMILIA

Compro postales, creo que alguna vez ya lo he comentado en este pequeño foro que mantengo como blog. Frecuentemente, si tengo tiempo, recorro mercadillos de lo antiguo y muestras donde se ejerce el trapicheo y la custodia feroz de los objetos, cientos de evidencias de un tiempo que murió para renacer en nuestro ahora y que guardan como testigos el testimonio de tantas personas, tantas historias íntimas y tantas lágrimas y sonrisas acumuladas en los retales del tiempo que es absolutamente imposible quedar indiferente ante ello, tratándolos como objetos de valor sin preguntarse qué ha habido más allá; quién ha escrito esas líneas, cómo era esa persona, cuáles eran sus circunstancias y cuál sería el destino de todo aquello, dónde terminarían las promesas de amor enviadas desde kilómetros de distancia o los abrazos rotos por la distancia, donde se funden imaginación y realidad, entrega y abandono.

¿Dónde converge la vida, cada una de las cosas que existen, cómo terminó cada una de esas relaciones infranqueables y poderosas? ¿Quién no está seguro de la fortaleza de uno mismo y de las cosas que le rodean cuando escribe promesas al viento y a la merced de los mares que ha de atravesar la carta que las contiene? ¿Dónde acaba la certeza para que de comienzo la esperanza que se ahoga en su propio grito?

Tenía un profesor de matemáticas que, durante una de sus clases de topología, detuvo en seco su discurso, guardó silencio unos segundos y, acto seguido, borró hasta el último trazo de la pizarra. Luego dibujó con esmero un círculo casi perfecto y, dentro de él, dos rectas levemente inclinadas entre sí que partían de un extremo del círculo hacia el opuesto, pero que no llegaban a cortarse en él. Admiró su dibujo unos segundos antes de volverse hacia nosotros. Nos dijo: ¿se cortarán en algún momento ambas rectas? Alguien respondió que en el infinito, donde nadie puede abarcar su propia proyección, se cortarían. El profesor miró al alumno con interés y, añadiendo una sonrisa a su gesto, le dijo: ¿te has fijado que nunca se cortarán porque tienen su espacio limitado al círculo? Este círculo es su mundo, es su «todo», y en su todo no se cortarán jamás. Nosotros, los humanos, hacemos lo mismo: nos empeñamos en limitar nuestro mundo a una ínfima parte de él, renunciamos a concebir el infinito al que pertenecemos y, en esa tozudez, pensamos que nuestros caminos no convergerán jamás. Pero nos equivocamos, estas dos rectas se cortarán. Quienes vivan en el círculo nunca lo apreciarán, pero quienes miren más allá, quienes conciban la vida en toda su maravilla y extensión, se darán cuenta de que todas las rectas, en algún momento y lugar, acaban por cruzar sus caminos y una vez que lo hagan nunca más podrán seguir su trayectoria como si nada hubiera ocurrido, para bien o para mal. Ya nunca más harán el camino solas.

Si compro postales es para mirar más allá del círculo, para abrir ventanas a otras vidas y a otras épocas y tejer con el peso del pasado nuestro propio presente. Por eso, tengo especial cariño a lo antiguo. Un objeto cualquiera dice más de nosotros y de las cosas que nos rodean que mil declaraciones y confesiones. Seguro que todos llevamos encima algún objeto estrechamente vinculado a alguna vivencia o recuerdo del que no queremos desprendernos. Los objetos hablan del camino que hemos recorrido, de todo lo que hemos dejado atrás y de lo que llevamos consigo. El viaje de la vida también se almacena en objetos que evocan recuerdos, hasta el punto de que el objeto en cuestión es tan parte de nuestro tránsito que es imposible desligarlo de nuestra existencia. Forma parte de nuestra vida querer conocer esas historias y también guardárnoslas como un tesoro que solo uno mismo sabe desenterrar al que volvemos muy de vez en cuando para admirarlo antes de volverlo a sepultar con un inevitable aire de nostalgia en nuestro interior. Las postales son pequeños círculos a través de los cuales podemos llegar a palpar el infinito.

A veces los objetos nos guardan sorpresas inesperadas. En una olvidada postal matasellada en 1910 he encontrado un poema muy especial, que también habla de sendas recorridas y caminos que se cortan de manera imperceptible en nuestra vida para ser recorridos juntos para siempre. Es del poeta zaragozano Luis Ram de Viu (1864-1906), y cuyos versos dicen así:

A tus ojos
 
Ojos grandes, dulces ojos;
ojos de casta mirada
brillando como la estrella
primera de la mañana
serenos como la paz
y hermosos como su alma;
quered un poco a mis ojos;
tened de mis ojos lástima;
de estos tristes ojos míos
que han llorado tantas ansias
y a Dios le piden llorando
solamente la esperanza
de ayudaros a llorar
en este valle de lágrimas.
 

¿Qué historia, qué vivencias, existirán detrás de cada una de estas palabras para dedicar, cómplice, estos versos tan íntimos y tan afortunados?

OBSTÁCULOS

No creo en las redes sociales. No creo en un algoritmo que nos conecta a los unos con los otros ni en un cachivache alimentado por electrones como su profeta. No creo en algo tan gélido e impersonal como un perfil social.

No creo que algo que no es imprescindible sea imprescindible.

Soy una persona de distancias cortas. Me gusta mirar a los ojos de mi interlocutor, verle saborear el café recién hecho por el camarero y sentirlo en su expresión. El momento del saludo, el tiempo que se escurre en la conversación y la buena (o efímera) compañía, los recuerdos que vienen y van como olas en la orilla del mar. La conversación que se teje al ritmo de la vida.

Las redes sociales, en cambio, han sido creadas para lo contrario. Destrozan los tiempos de la existencia y fuerzan las amistades a un distanciamiento extraño, sibilino y muy complejo. Porque sí, las distancias son mayores no cuanto más alejados estamos los unos de los otros físicamente, sino cuanto más sentimos esa lejanía en nuestro interior.

Las redes sociales son falsas, y la falsedad lleva a la traición. Propia, demasiadas veces. A imaginar lo que no somos capaces de ver o sentir por la ausencia de un contacto mucho más íntimo, preciso y necesario. Pensamos en las personas que queremos en un pretérito agujereado de un presente que no existe. Por ejemplo, nos es inevitable recordar los momentos compartidos con la persona con la que hablamos, o la ausencia de ellos, pero a la vez éstos quedan anulados por el empuje de la conversación presente. Es aquí donde surge la imaginación. Necesitados acercarnos lo que la red social es incapaz de permitirnos, nos aferramos a la casi siempre desafortunada creencia de que la sonrisa del emoticono o la algarabía que pretende denotar la sucesión de carcajadas son ciertas y que nuestro amigo verdaderamente sonríe al escribir esas líneas o ríe ampliamente al leer lo que has escrito hace un momento. Pero es sólo una creencia. Un vulgar invento al que nos aferramos dogmáticamente, pues todos somos conscientes de que, en mayor o menor medida, hemos mentido y traicionado a nuestro interlocutor expresando cosas que verdaderamente no hemos sentido. Hay veces que la traición se comete por simplicidad literaria. Otras, por un fin desesperado de tratar de acercarnos un poquito más a la confianza de la persona con la que conversamos. Y otras, simplemente, por falsa modestia y amabilidad fingida.

Hay algo que me sublima y que me preocupa enormemente. ¿Cómo distinguir si el abrazo o el beso que me envían es realmente un beso o un abrazo? Y una cuestión aún más intrigante: ¿qué tipo de beso o abrazo será? Porque no todos los abrazos y los besos son iguales ni cuentan lo mismo. No es lo mismo un beso de cumplido que uno de amistad, o un abrazo sugerido que uno bien fuerte y cálido. ¿Cómo saber que los besos y los abrazos que me imagino son tal cual me los imagino? Por mucho que conozcas a la otra persona, solo puedes intuir las sombras de lo que viene a ser el bosque. Las circunstancias varían y no solemos ser precisamente francos en la vida.

Creo que muy poca gente ha reflexionado sobre esto y no creo que haya mucha gente que lo entienda. Hay cosas y cosas, personas y personas, momentos y momentos. Y cuando uno conversa cara a cara, las cosas, las personas y los momentos se presentan en el lugar que les corresponde, con toda su alegría, tragedia o indiferencia. Con las redes sociales hemos terminado de renunciar a algo esencial en nuestra vida: el instante. Y apartados del instante derrochamos nuestras maravillosas vidas. Una red social se valúa en la respuesta rápida, en la inmediatez. Su ritmo desenfrenado impide escuchar a quien nos habla y nos conduce a la ansiedad de leer en transversal. También, recíprocamente, afecta a nuestros mensajes. Una charla por chat es un torrente de incursiones lingüísticas que nunca han de llegar con todo el sentimiento que evocan a nuestro interlocutor. Tiempo perdido. Conversaciones extraviadas. Pequeños retales deshilachados negligentemente por el camino.

Las redes sociales reflejan la esclavitud de nuestros días. Distancias largas, zapatitos de distancia entre tú y yo, revueltos pero no juntos, el tiempo que se escurre entre nuestras manos sin posibilidad de detener su pérdida. El temor a ser rechazados atado en la mediocre esperanza de la virtualidad.

Más allá de su eficaz contacto en situaciones de extrema lejanía, las redes sociales nos predisponen a una dependencia en el falso presente muy peligrosa. Nos recluimos en nuestros inventos, divagamos obsesionadamente sobre la intención de nuestro amigo o, simplemente, consideramos cosas que no han sucedido ni pueden ocurrir, sin tener en cuenta cuando sustituimos la amistad cercana por el frío trato internáutico. Es mejor, cuando las circunstancias no lo impiden, el amor o el disgusto de un recuerdo que un contacto reciente mitad propio y mitad de nuestro interlocutor.

La cuestión es la mil veces comentada, la de siempre: las redes sociales no son ni buenas ni malas, lo peligroso, lo que nos hace daño, es el trato indiferente que profesamos hacia los demás y que se acrecienta con la frivolidad que transmiten. Y ese problema ya no es excusable a un método o a una vía o sistema. Es un problema nuestro, nuevamente. Cuando mentimos mentimos nosotros, no miente el procesador de textos del chat de turno. Cuando imaginamos lo hacemos nosotros, porque preferimos una imagen falsa de un contacto presente que no se ha producido a estancarnos en conversaciones tan poco humanas. Nadie ni nada nos puede obligar a mentir o a recrear: somos nosotros quienes nos distanciamos o nos acercamos y nos dejamos abrazar por la mentira cibernética.

Solo nosotros, y nadie más. Pero permítanme una sugerencia, un consejo: vuelen y dejen volar. Vivan el momento con la persona que quieran o se sientan a gusto, el instante de una mirada, el aroma del café de media tarde, el paseo bajo la lluvia. Háganme caso, es mejor así. Recuerdos que se llevarán para siempre e instantes de fraternización que ningún otro medio o vía de comunicación podrán lograr nunca. Porque el contacto más íntimo, la distancia más corta que separa dos vidas son esas propias dos vidas. Y más allá de ello todo es más efímero y caótico.

Soy un hombre de distancias cortas. No me pidan que cambie un buen café por nada del mundo.

EL AMOR

Me acerqué a ella; me estremecí, ella me cobijó bajo su abrigo y para sujetarlo me pasó la mano en torno al cuello. Dimos unos pasos bajo los árboles, en la oscuridad profunda. Algo brilló delante de nosotros, no tuve tiempo de retroceder y me aparté creyendo que chocábamos contra un tronco, pero el obstáculo se escabulló bajo nuestros pies: habíamos pisado en la luna. Acerqué su cabeza a la mía. Ella sonrió, yo me eché a llorar, vi que ella también lloraba. Entonces comprendimos que la luna lloraba y que su tristeza estaba al unísino que la nuestra. Los acentos desgarradores y dulces de su luz nos llegaban al corazón. La luna, como nosotros, lloraba, y, como a nosotros nos ocurre casi siempre, lloraba sin saber por qué, pero sintiéndolo tan profundamente que arrastraba en su dulce desesperación irresistible a los bosques, a los campos, al cielo que de nuevo se miraba en el mar, y a mi corazón que, por fin, veía claro en su corazón.

[Marcel Proust, Sonata claro de luna]

El amor es amistad prolongada, un lazo invisible que nos une para siempre con la persona amada. Amar es pasar a formar parte de quien es amado, una extensión de su eternidad que se prolonga hasta el final de los tiempos; llorar juntos hasta que las lágrimas sean una sola, mirar en la misma dirección cuando nos dirigimos al ocaso. Amar es estar ahí, y estar ahí eternamente.

El amor es el hilo de Ariadna que nunca se ha de romper.

VENTANAS

At my window, sad and lonely
stand and look across the sea
And I sad and lonely wonder
Do you ever think of me?
 
Ships may ply the stormy ocean,
planes may fly the stormy sky,
sad and lonely but remember
I will love you till I die.
 
[Woody Guthrie, 1950]
 

Escribo estas líneas para anunciar una cosilla que quizás les interese.

El miércoles 31 de Octubre, a las 10.15h, un servidor estará dialogando con Paula Ortiz sobre la película ‘De tu ventana a la mía’, su ópera prima y una de las mejores cintas que ha producido este desalmado y alarmante país en toda su historia (porque no me dejan decir de la historia del cine, que si no me acusan luego de exagerar). Compartiré el honor con Esther Martínez, community manager de la productora Amapola Films y estudiosa de las relaciones artísticas entre Oriente y Occidente durante la era Meiji, sin cuya inestimable labor el filme nunca hubiera podido llegar de la manera en que lo ha hecho a todos ustedes. Hablaremos de esto y mucho más, de la vida, del trabajo de postproducción, del extranjero, de España, de filosofía, de literatura, de anécdotas de rodaje y de todo lo que surja.

El escenario: Salón de Actos del IES Pilar Lorengar de Zaragoza (C/Miguel Asso,5). Será un acto íntimo y entrañable. Estáis todos invitados.

Aquí os dejo el hermoso cartel que ha diseñado Esther Martínez para la ocasión. No me digan que la última, la de Inés, no es un lienzo de Vermeer. Impresiona.

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