El blog de David L. Cardiel

"Toda verdad pasa por tres etapas. Primero, se ridiculiza. Segundo, se niega con violencia. Tercero, se acepta como manifiesta." [Arthur Schopenhauer] Fotografía de Ilya kisaradov.

NADA FUNCIONA

Dejo una pequeña colaboración que acaba de salir en el último número de la revista NARRATIVAS (nº29, Abril-Junio de 2013).

Nada funciona. Pueden leerlo pinchando en el enlace.

Fotografía de Anka Zhuravleva.

Fotografía de Anka Zhuravleva.

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FRIVOLIDAD

Durante un tiempo, la cabecera de este blog estuvo custodiada por un baturro con fusil. Por supuesto, sólo se veía el ambiente difuminado, un trozo del viejo farol y al soldadito, con su traje típico mal apañado, vigilando uno de los improvisados bastiones que Palafox mandó construir durante la tregua de verano en 1808. Sin embargo, el recorte heroico esconde algo un poco menos propagandístico. Si tomamos el lienzo completo del cuadro Baturro de guardia durante los Sitios, del pintor zaragozano Marcelino de Unceta, observaremos esto:

Baturro_de_guardia_durante_los_Sitios_de_Zaragoza

Marcelino de Unceta era un pintor de historia, y los pintores de historia rara vez emplean el óleo para ilustrar la realidad. En 1902 pinta este cuadro bastante cercano al estilo de las vanguardias que se habían instalado y desarrollado con soltura en la ciudad de la luz. Unceta tiene el privilegio de rescatar el legado de Orange o de Louis-François Lejeune para rendir su particular tributo a los héroes y mártires de la Guerra de la Independencia, de cara a la celebración del primer centenario del comienzo de las hostilidades. Y busca un recodo de la historia que no haya sido narrado, pintado o desgastado por otros artistas. El impresionismo del detalle. Un soldado cansado y fatigado, sin ánimo de hostilidad, que protege el sueño de sus tres compañeros, sin uniforme, que por abandonar han abandonado hasta sus fusiles. Al fondo, entre la neblina, un cañón abandonado.

Labradores, que no han tocado un arma en su vida, fatigados, entre ruinas y sin disciplina militar (el fusil nunca es abandonado por un soldado, ni siquiera durante el sueño, y mucho menos en un frente de guerra). La visión más desgarradora desde las tropecientas agustinas pintadas y cantadas en todo el mundo. Pero las agustinas ni siquiera tienen rostro, porque casi ningún artista llegó a conocer el rostro de la gran heroína de Zaragoza. Son inventadas. Como el combate glorioso de Lejeune en el patio de Santa Engracia o la propia pintura de Unceta. Son testigos de una ciudad y unos combates inventados, anclados en la idea compartida de heroísmo y en la entrega absoluta de los defensores a la acción bélica. La Zaragoza de Unceta, como la de tantos otros, no es la Zaragoza de los Sitios, ni siquiera una reconstrucción deforme de aquella Zaragoza, sino otra distinta, una que cure las heridas de la derrota, la invasión y la destrucción que la desgarró. Así nació un mito que se exprimiría y se retorcería hasta las batallitas recreadas como conmemoración del II Centenario hace unos días.

Los pueblos buscan sus héroes, como las personas, y si no los encuentran deformarán el heroísmo hasta convertir cualquier exabrupto en un alarde de valentía y ejemplo a seguir. Ahora mismo, que andamos un poco flojos de reflexión, cualquiera puede convertirse en uno. Antes, con algunos méritos y un poco de caos, también. La propaganda no es un invento de la guerra moderna, cada nación ha inventado la suya a partir del boca a boca. Y aquí es donde subyace la dimensión heroica: destrozados por el horror de la guerra, con el miedo y el dolor aún impresos en las entrañas, tanto unos como otros necesitan creer que han hecho todo lo posible. Aún más: que han hecho más que todo lo posible. Y que los que dejaron su vida en el frente fueron mucho más que seres humanos.

León Tolstói habló de los héroes de Sebastopol antes de que Sebastopol se convirtiera en la Zaragoza rusa. Luego, el estalinismo sustituyó la gesta de aquellos hombres por los patrióticos relatos de resistencia y sitio que soportaron los camaradas en Stalingrado y Leningrado, por contener menos alarde burgués y mayor carácter propagandístico para la ideología. Pero en la época en que escribió Tolstói, o sea, mitad del siglo XIX, las gestas de Sebastopol eran lo más. Llegaron a todos los círculos intelectuales, incluidos los beligerantes París y Estambul, donde nadie discutió el heroísmo y el sacrificio de los marineros rusos. Tolstói, sin embargo, que estaba de balnearios por la zona, escribió probablemente el testimonio más fiel que se haya legado jamás a la historia de un acontecimiento histórico con tanta repercusión y significado para la Europa decimonónica. Comienza diciendo que los héroes no existen, y que si existen son tan puntuales y tan humanos que no tiene sentido recompensarlos por encima de cualquier otra persona del mundo. Y pone ejemplos. Dice: ¿es acaso más héroe el soldado que aprovecha cualquier momento para adherirse a una timba que el aprendiz que se entrega a la limpieza del cañón o que el médico que llena sus manos de sangre al intentar extirpar los balazos de los innumerables heridos que llegan desde las trincheras? Es evidente que no, que Sebastopol y su defensa no fueron heroicas, y que si debe haber un heroísmo es el espíritu de resistencia ante tal infierno. Porque desde el principio de la contienda, los treinta mil marineros rusos sabían perfectamente que no resistirían el asedio del casi medio millón de soldados bien pertrechados y con muchos más cañones y suministro que ellos. Y aceptaron resistir. Pero salvo ese espíritu, compartido por casi todos, no hay héroes, sino miembros de una misma heroicidad. Por eso Tolstói nos pasea por la ciudad y nos advierte: se dirán muchas cosas de Sebastopol, probablemente Sebastopol se convierta en el mito bélico más trascendental de la historia moderna, pero nada de lo que se diga en esos relatos, aunque gratifique el honor de los pueblos, será completamente cierto, porque lo cierto es el barro, la sangre, la pobreza, la muerte, los lamentos, el terror, la duda, la cobardía de los resistentes, la huida desesperada, la valentía, la entrega, las apuestas, los lios de faldas y los bailes en las plazas. Y ni un solo pensamiento en la guerra. El único héroe para Tolstói es la verdad. La verdad es que nadie piensa en la guerra cuando estás en la guerra, porque es tan liviana e insignificante frente a los detalles maravillosos de la vida que a quién le importa que retumbe ese cañón mientras se siga bailando en la plaza de las flores con las hijas de los marineros.

León Tosltói, al menos, ha legado una visión acertada de la vida. Como lectura, ha sido relegada acusada de frivolidad. La misma que aplica Galdós a la hora de narrar la guerra de Zaragoza. Mientras que Tolstói nos presenta la naturalidad de los bailes y el trasiego de apuestas, deudas y pactos de honor entre los combatientes, absolutamente despreocupados del horror que se está viviendo unos metros más allá de donde juegan a las cartas, Galdós describe una Zaragoza entregada que únicamente piensa en destripar gabachos. Si en Sebastopol no se recogen los muertos de las calles es porque la miseria es tan palpable que no hay fuerzas para ello. Si en Zaragoza los moribundos son atendidos improvisadamente es pensando en cuántos franceses podrán ser destripados tras la recuperación del enfermo. Cuando Gabrielito se enamora de una chiquilla y se ven a escondidas en la plaza de San Felipe, es porque en el fondo no es consciente de la gravedad de los hechos que están sucediendo en la ciudad. Y Galdós se lo recrimina a su personaje en cada conversación o confesión: frívolo, que eres un frívolo. Con la que está cayendo, con cientos de muertos y heridos tirados por el Coso y decenas de mujeres blandiendo sus tijeritas de costura para cargar contra los dragones y tú, un jovenzano en edad de combatir, enamorándote de la hija de un ricohombre. Porque tiene que ser ricohombre, para no compartir la penuria de no destripar franceses y que la frivolidad sea aún mayor. Y Gabrielito, angustiado por su frivolidad y su falta de deseo de destripar gabachos se pasea por el Coso y por la plaza de San Miguel y recobra el espíritu belicista para entregarse a lo verdaderamente importante: destripar franchutes. Lo salva la campana, que anuncia la rendición de la ciudad, pero si no, ahí hubiéramos visto a Gabrielito, postulándose para héroe nacional, destripando casacas azules y disparando cañones de noventa libras como un buen patriota, impasible ante las caricias de la chica de San Felipe.

Todo lo contrario a Tolstói, que nos habla de hombres cobardes, jóvenes que se han escapado de su puesto de guardia para rondar a las mozas de la plaza de los bailes y de brillantes militares que han aceptado luchar en Sebastopol en busca de un rápido ascenso social. También los muertos son diferentes. Los muertos en la guerra son cifras. No tienen nombre ni apellidos, ni siquiera una imagen que poder recordar de ellos. En el caldo de los muertos cabe cualquier cosa muerta, y no se notará en el relato. Galdós juega con ello y habla de los muertos. En Sebastopol no hay muertos, hay muertos. La hija del marinero rondada por el asistente del oficial, que llora en la ventana la muerte de su padre. El hermano que ha sido masacrado en la cuarta y que es nombrado en la enfermería, mientras el médico sierra una pierna justo al lado. La Zaragoza real debió parecerse mucho al Sebastopol encharcado de sangre, mugre y lodo que nos narra Tolstói y no a la pulcra ciudad patriotísima que nos han tratado de hacernos creer que era.

Sin embargo, el heroísmo no se diluye con la miseria, la cobardía y las dudas, sino que reside en la actitud humana sobre quienes se aplica. Quien es capaz de capear una guardia para pasar la noche con la mujer amada y a la vez sacrificarse por su compañero en el bastión es un héroe. El médico que llora ante la impotencia de ver a los heridos morir en sus manos es un héroe. Luchar inconscientes de la realidad de la vida es renunciar a ella y rendirse ante la adversidad. Seguir amando y siendo uno mismo es luchar por la vida para no ser jamás vencido. Ni Tolstói ni Galdós vivieron los respectivos sitios, pero mientras que uno recopiló los cantares de gesta dedicados a Zaragoza, el otro visitó la ciudad antes de la ruina e interrogó, después, a los soldados que habían sido evacuados de la ciudad.

Me gustaría pensar que hoy más que nunca hacemos alarde de toda la frivolidad del mundo. Adoro ser frívolo y ser absolutamente incapaz de escribir algo que no sea inútil a los ojos del mundo. Quiero ser inútil, y vivir en la inutilidad de un beso al atardecer, de una caricia en un paseo inesperado o de una mirada escondida detrás de cada instante. No sé vivir de otra forma que no sea siendo inútil y rodeándome con la inutilidad de cada uno de mis actos. Que sirvan para mí, y para el mundo, y para nada más que para servir a las cosas.

Quiero que me llamen frívolo para poder vivir los sueños y construirlos en la frivolidad. Guárdense sus periódicos y las secciones de economía, escondan las noticias en mi presencia y no nombren las cosas insignificantes del mundo. Soy un insensible, como Tolstói, y soy incapaz de concienciarme de la importancia de Wall Street y los bonos basura que tanto temen los gobiernos europeos.

Quédense en sus palacios, hablando de la guerra, ustedes que pueden. Yo prefiero el barro de la trinchera. Quedarme con las cigüeñas que comienzan su tránsito y abandonan sus nidos en lo alto de los campanarios. Reflejarme en el agua del río a cada amanecer. Y bailar en la plaza entre flores e impecables uniformes para vestir el alma. Seguiré llevando un tulipán mientras los cañones, mis cañones, retumban con cada pensamiento en la mañana.

EL ÚLTIMO PASEO DE LOS ROMÁNTICOS

Escribo a los pies de una ventana desde donde se ven las nubes. El sol se esconde detrás de un frente rasgado por el viento, y destella por debajo de otras nubes, mucho más elevadas y pacíficas, seccionando la luz en transversal para construir la tarde.

También llueve, y lo veo desde la ventana. Mientras algunas de las gotitas se estrella contra los cristales, los adoquines se van pigmentando de gris, y ni siquiera las suelas del calzado de los niños pueden secar su pátina de agua.

Se me ha ocurrido sacar la mano por la ventana y tocar la lluvia, pero para eso prefiero pasear bajo mi paraguas a la vez que se empapa todo. Zaragoza ha sido una ciudad preciosa para pasear. Tiene todo lo que un romántico desearía. Sus paseos son cortos, pero amplios y entretenidos. Su embaldosado es variopinto, a la vez que uniforme y escueto. Los edificios varían según los aires de la historia. El centro se hace místico por su bien conservada diversidad. He paseado mucho por Alfonso y sus bocacalles. Me conozco muy bien Santa Isabel de Portugal y la Sas. No hay nada más maravilloso en el mundo que agarrar con fuerza el paraguas mientras el agua salpica intensamente en la esquina del Fortea, junto al escaparate del Montal. La plaza de San Felipe se llena de vida en Domingo de Ramos, dentro de nada, en unos días. La luz riega de primavera los viejos edificios y difumina la visión al mirar a los tejados. Junto al Mercado Central estaba “La reina de las Tintas”, azul y blanca, y con un suelo de madera desgastado que crujía a cada paso. Algunos recuerdan el Sepu de la esquina, pero sólo recuerdo la soledad de las calles de la plaza de la aguadora y del Mercado Central. El abandono se extiende hasta la pajarería de San Pablo, justo delante del Royal Concert, la sacrificada Oasis, para entendernos. La lluvia es una buena aliada para despejar las calles y mirar al interior de los ventanales. El hotel París siempre me ha llamado la atención por su mobiliario y la lámpara de araña que cuelga del vestíbulo. Frente a la iglesia hay un locutorio, pero antes compartía acera con la farmacia una pastelería en la que se vendían sanblasitos el día de ídem. San Pablo es sombría, como sus calles, pero robusta y serena, misteriosa y llena de riquezas bajo su imagen decadente. Antes de que se construyera el tranvía, el paseo de Cesaraugusto también poseía su encanto y sus tiendas. En la esquina del Coso, podías decidir. Subir hacia la puerta del Carmen, tan impersonal y proletaria, sin gloria, como advierte el monumento; pasear por Conde de Aranda hacia el éxodo de Casa Emilio, o girar por el Coso, recuperando el centro. También hay otra opción: avanzar hasta la iglesia de Santiago y buscar la plaza de Salamero. La luz es mustia hasta llegar a las calles del otro extremo de la plaza. Ha anochecido, no cabe duda. Pero hemos llegado al territorio de la luz. La calle Cinco de Marzo es una buena excusa siempre que hay que pasear. Afortunadamente llueve ligeramente, porque es la ligereza de la lluvia la que la hace especial. Zaragoza era antes una ciudad de pasajes, y junto al recuperado Ciclón y Argensola, duerme el sueño de los justo el Palafox, en honor a los cines. Creo que queda una mercería, y eso ya es mucho decir. El pasaje Palafox tiene salida a otra calle, que también es de bares. Si sigue lloviendo es un buen pretexto para salir de los porches de Independencia y pisar acera. Es fin de semana, viernes o sábado noche, y el juego de luces no puede ser más hermoso. Importa poco el sentido en que se recorra ni los escaparates o edificios que se admiren mientras se pasee entre los tilos a mediodía o mitad de tarde. El paseo es una excusa para caminar entre los tilos. En otoño queman sus hojas y las dejan caer sobre la acera. Durante el proceso, llenan de belleza cromática sus copas. En septiembre amarillean y enrojecen, e irán llenándose de colores hasta mediados de noviembre. Luego, a comienzos de marzo empiezan a florecer y a llenarlo todo con su fragancia. Observar la lluvia bajo el cromatismo de los tilos es una de las mejores impresiones de mis paseos por la ciudad. Lástima que no seamos franceses y carezcamos del espíritu del espacio. Los tilos quedan para los ciclistas, que escupen el tiempo con sus cadenas. Ya nadie podrá deleitarse del maravilloso paso de la vida.

Los tilos llevan hasta el Paraninfo, y allí también podemos decidir. Entre Paraíso y Goya, Sagasta guarda el recuerdo de la gloriosa época de los cines. Los Elíseos, los decrépitos Mola, convertidos en un restaurante de comida rápida; los Espumosos, el boulevard donde se colocan los artesanos los días de fiesta y el edificio de la Hidrográfica, que destaca entre las construcciones burguesas. La lluvia también hace especial a la Gran Vía y al paseo de las Damas. También a la plaza de San Sebastián. Son lugares de paso, y cuando llueve se vacían casi por completo. Descendiendo hacia el paseo de la Mina está el último monumento a los paseantes. Bajo la lluvia artificial de una fuente. Ahora que no se puede pasear bajo los tilos y el Coso ha radicalizado su urbanismo, merece la pena olvidarse de las grandes avenidas y caminar por la calle San Miguel hasta la plaza de los Sitios. Han vuelto a poner el carrusel que desmontaron en noviembre para aprovechar el buen tiempo. Tiene un submarino, un coche de bomberos de época y un viejo tranvía verde. Es un tiovivo italiano y vintage, como los monumentos de su plaza: floristerías, viejos museos y escuelas, edificios rehabilitados por bancos y el emblema de los Sitios. Hace luz y es una de esas mañanas agradables de primavera, y aún queda una hora para llegar al mediodía. Tomarse un café y comprar alguna flor en el pequeño puesto de la esquina antes de sentarse a leer en los escasos bancos privilegiados con vistas a los Caídos. ¿Qué más puede pedir un romántico con su paraguas?

Sí, llegar hasta San Miguel, la plaza. Zaragoza es una ciudad de iglesias, por si alguien no se ha dado cuenta, y los barrios se rigen por su presencia. La plaza de San Miguel está a medio camino entre el tránsito impuesto por la cotidianeidad y la melancolía de los poetas. Una avenida de cuatro carriles rasga la plaza, pero la Campana de los Perdidos sigue repiqueteando los toques de aviso para los campesinos rezagados. No combaten las aguadoras contra los dragones polacos, pero hay un callejón dedicado a un perro que se jugó el tipo llevando mensajes a través del campo francés a la resistencia rural. Oculta más allá de Heroísmo, detrás del Centro de Historias, reaparece la auténtica Zaragoza. Una iglesia chiquitita con costaleros al estilo andaluz para custodiar sus pasos en Semana Santa, el famélico Coso Bajo, avergonzado de los baños judíos que aún no han sido abiertos como museo, y la Magdalena. San Nicolás de Bari y San Vicente de Paúl. La plaza de San Pedro Nolasco, Mayor, Espoz y Mina, Méndez Núñez y La Seo. Todas ellas mejor con lluvia. San Francisco, Romareda, los antiguos Renoir. Hasta ahí. Y vuelta a empezar, callejeando por Universidad hasta alcanzar, de nuevo, el centro.

Zaragoza es una ciudad de lluvia. Su belleza aparece cuando la diáspora de gotas inunda las calles de paraguas y destapa el frescor de sus calles.

Hoy llueve, y me han arrebatado los tilos. Dejaré que mis pasos estudien de nuevo la ciudad. ¿Será el Tubo, Alfonso, mis queridas San Miguel y San Felipe o la aguadora? Será mi paraguas quien decida.

LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ

Hay épocas de sequía y otras en las que abunda la vida. Acaba de salir publicado en la revista Hypérbole mi nueva colaboración, un pequeño cuento escrito hace mucho tiempo y que, después de darle muchas vueltas al asunto, he decidido corregirlo y publicarlo.

Agradezco a los chicos de Hypérbole la delicadeza con la que han ilustrado el texto y han tratado la edición.

Los Idus del viento. Pueden leerlo pinchando sobre el enlace.

Fotografía realizada por Anka Zhuravleva.

Fotografía realizada por Anka Zhuravleva.

SUEÑOS

¿En qué momento hemos tirado la toalla ante la sensación de incertidumbre y el miedo a no avanzar en la dirección correcta? La filosofía nos enseña que, aunque nos confundamos de sendero y nos perdamos en la oscuridad de nuestros corazones, siempre podemos volver a comenzar de nuevo y emprender la búsqueda del camino, porque nosotros somos la brújula que nos llevará hasta la verdad.

Soñar es recuperar la vida y levantar la vista para construirla.

Es un fragmento de mi nueva colaboración en Andalán, El espíritu del sueño , que ha salido hace poco. Pueden leerla pinchando sobre el título.

LA NOCHE DE TUS LABIOS

La fotógrafa Elda Maganto me obsequia dedicando a uno de mis poemas esta impresionante fotografía en la que logra describirlo a la perfección. Ha sido fruto de una colaboración en la que ella ha aportado la fotografía y un servidor, los versos.

Además de en su blog (http://eldamaganto.blogspot.com.es), podéis encontrarla en Imagínate tú, revista donde se marida literatura con fotografía (en este enlace podéis leer el último número), y en twitter.

maria peq (foto de Elda)

La noche de tus labios

muere en el óbito

de tus manos,

mirada cautiva

sumergida en mis ojos,

esencia perdida

de un alquimista loco,

recuerdo del viejo

que ve cerca su tumba.

Mis pasos son

el romance del viento

en una noche de verano.

HIPOCRESÍA

Hoy ha muerto Eugenio Trías, en silencio, como mueren los muertos. Luchando en una guerra por una victoria lejana. Hoy le honran tributos y plantos, hablan de su amistad y de la simpatía que despertaba. De su importancia. Hoy le nombran imprescindible y magnifican el motivo de su pérdida desclasificando un arsenal de artículos y menciones que en su día pasaron desapercibidos. Hoy Eugenio Trías es una pérdida discreta. Mañana, será el olvido.

Hay personas que no tienen ojos y, al mirarles, al buscar en sus hoquedades una pupila en la que reflejarnos, rellenamos su ausencia con imágenes de humanidad inventadas en un sueño negligente y profundo.

Pero sólo es un sueño; no hay ojos en su vacío.

Los hipócritas hablan y no escuchan. Atrapan la vida en una telaraña tan sutil como inútil. Están muertos en su negación. Hablan de quienes se han ido y recuerdan momentos que no han sentido, que ni siquiera guardan en la memoria y que quizás les hayan sido chivados en un instante afortunado del sepelio. Cuando escriben, o cuando hablan, apelan inconscientemente a una experiencia que no poseen. Porque no han aprendido nada, aunque sonrían con cariño y acojan con humildad.

Los hipócritas han inventado su concepto del cariño y han estamentalizado la amistad. Quien realmente ama no es digno del mayor escalafón. No es útil. ¿Puede ser el amor útil en la prostitución del espíritu? Sí en cambio mil voces vacías e interesadas, puercos gimiendo detrás de la obra, rebuscando entre la basura del autor algo con que alimentar su ego miserable. El hipócrita confunde el cariño con las falsas muestras que le llegan. Habla del amor como si lo poseyera, te da excusas en las demostraciones y te aconseja su tratamiento. Porque eres imbécil. Has puesto ojos en una calavera.

Los hipócritas perdieron la humanidad cuando se perdieron entre un montón de gente igualmente extraviada. Deambulan por la vida hablando del silencio, de las cosas bellas, de la intensidad del momento, añorando la pérdida de lo que han dejado de poseer, jugando con tu espíritu y con el suyo.

Y después del olvido, de la indiferencia, siempre llegan los hipócritas. Buscándose. Reflejándose, acurrucándose en tu regazo. Esperando un calor tan frío como el que han recibido. Incapaces de devolvértelo cuando más lo necesitas. Pero entonces, el dolor, la falsa amistad, se disipa. Y se disipa también para ellos. Porque ya no son dignos de tus abrazos, ni tu cariño. Son arena en tus manos.

Quizás le hubieran gustado estas líneas a Eugenio Trías. De filósofo a filósofo. Poesía para la vida. A pesar de todo, nuestros pensamientos no son tan diferentes. La realidad no es tan diferente a sí misma. Sólo necesitamos unos versos que construir y un tango para bailar, y regalarles unos ojos nuevos, fabricados con nuestras manos e inhalados de vida con nuestro suspiro, para que vean de nuevo la vida, y distingan el cariño, y encuentren su camino, y restituyan el momento y doten a cada ser del lugar que le corresponde en sus maravillosas y antes yermas vidas.

Ojalá un día la hipocresía sea una ventana que conduzca hacia el amor.

EL RÉGIMEN DEL SILENCIO

Toulouse, 24 de noviembre de 1926

Acabo de regresar. No he encontrado nada tuyo. No me escribas, no vale la pena. Mira, para no esperar nada no te doy ni la dirección de allá. Soy excesivamente ridículo. No tiene sentido ir mendigando así una amistad. Yo tenía necesidad de escribirte y tú no tenías ninguna necesidad de que lo hiciera. Puede ocurrir. Quizás te juzgue injustamente pero así sufriré menos y es mejor. Ya no te escribo más, aunque me hayas contestado, da lo mismo: no has sido capaz de hacerlo la noche en que lo habías prometido. No sé porqué razón voy a mandar esta carta. Hace unos días rompí tres, bien puedo romper la que hace cuatro. ¡Bah! será mi despedida. Y no te veas obligada a un recuerdo: ahora ya pienso que todo me da igual. Mi fallo está, Rinette, en haberte pedido demasiado. En haber esperado demasiado de ti… Ahora me doy cuenta y me sabe mal. Pierdo una buena amistad y no te tengo rencor. Es culpa mía si no sé retroceder y contentarme con poco.

Antoine

Café Restaurant Lafayette, Toulouse. Diciembre de 1926

Perdóname, Rinette… Mientras yo escribía tú me escribías -y una carta, además, que me ha hecho muy feliz […] En Toulouse -oh, Rinette- rehago cada día mi camino provinciano. Paso junto a esta farola y en el café me siento en aquella silla. Compro mi periódico en el mismo quiosco y digo cada vez la misma frase a la vendedora. Y los mismos compañeros, Rinette…hasta que sienta, Rinette, una necesidad inmensa de renovarme, de evadirme. Entonces emigraré hacia otro café, u otra farola u otro quiosco de periódicos e inventaré otra frase para la vendedora. Una frase mucho más hermosa.

Me canso rápidamente de mí mismo, Rinette, y por ello no haré nunca nada en la vida. Necesito demasiado el ser libre. […]

Perpignan, diciembre de 1926

Rinette, no eres muy amable conmigo. No volveré a escribirte porque no me gusta sufrir una decepción a cada correo. Para ti esto no tiene importancia pero yo vivo solo aquí y encuentro placer en las pequeñas cosas. Y además tú rehusas las cartas de conversación. Y a mí las cartas de cortesía cada tres meses me fastidian. Seguramente dirás: “¡Dios mío, otra carta que responder!” Pues no vale la pena. Y a lo mejor también te molesta por algo en concreto: las personas son tan complicadas…

Es imprudente dar a las personas aquel derecho del que hablabas -derecho a que te interesen un poco-. Se aprovechan… Pienso que debo parecer tonto diciéndote esto. Pero me da igual. […]

Lisboa, 19 de Septiembre de 1929

Mi vieja Rinette,

Me voy -por desgracia- a América del Sur. He pasado en París dos días melancólicos: no he vuelto a ver a nadie. ¡La salida ha sido tan brusca!

Cree en mi mucha amistad.

Antoine

18 de julio de 1930

Cómo es posible, Rinette, que tenga que enterarme por casualidad de que estás en Río: ni siquiera me lo has dicho. Habría podido ir muy fácilmente la semana pasada.

Quizás pueda ir todavía, pero sin duda tendrás muchos compromisos, almuerzos, cenas y veladas, y serás invisible. Además, parece que no tienes mucho interés.

Si el avión que viene del norte no ha pasado todavía quizás tengas tiempo de mandarme una nota.

Estás mezclada a tantos recuerdos, formas una parte tan importante de la vida pasada que hubiera creído imposible para mí ir a Francia y no verte.

Tú vienes a Río y ves esto como muy posible. Es raro, me encuentro un poco envejecido al ver cómo envejecen todos mis recuerdos.

Antoine

No recomiendo leer Cartas a una amiga inventada. La herencia literaria que rodea a Antoine de Saint-Exupéry es imprecisa y limitada, completamente huérfana de una visión global del autor y su obra. Leer El Principito es fácil. Leer Correo del Sur es fácil. Leer Cartas a una amiga inventada requiere conocer la soledad.

Ni siquiera Renée de Saussine (aka, Rinette) supo comprender la soledad de su amigo durante los muchos años que se estuvieron carteando. En concreto, unos seis o siete. Y a pesar de todo, comete la osadía de publicar un prólogo hablando de lo mucho que quería a su amigo del alma Saint-Exú (como ella le llamaba), los pasteles que tomaban juntos en La dame blanche y las películas que algunas tardes iban a ver en el cine de estrenos del distrito de Saint Germain. De hecho, dice:

En lo sucesivo, estando Antoine lejos, nosotros, sus amigos, le escribíamos. Yo le escribía. Pero no lo bastante. No con la rapidez deseada. Este fluído anti-soledad que él reclamaba necesitábamos, como los curanderos, tiempo para rehacerlo.

O sea, chère Rinette, que a mí, un chico de 2013, me vienes a contar que no tenías tiempo  para atenderle. Que le escribías. Ya. Imagino. ¿Antes o después, querida Rinette?

Louise de Volmorin

Louise de Vilmorin, “Loulou”. Después de años de “fiancées”, con una boda a punto de celebrarse y habiendo hecho renunciar a Antoine de su pasión, la aviación, decide casarse con otro hombre. Y a pesar del dolor, Antoine le siguió escribiendo como si nada hubiera pasado hasta el final de sus días…

Porque no es lo mismo escribir antes de que te hayan escrito que después de haber acumulado veinte cartas suyas antes de que te dispongas a enviar la tuya. A las pruebas me remito. Qué fácil es hablar del amor y del cariño profesados cuando el interpelado ya no se puede defender. Qué poco se habló de ello antes de que su avión fuera derribado en las costas de Marsella. Una persona se deshace lentamente durante más de diez años viendo cómo sus amigos son incapaces de apoyarle en los momentos más delicados y ahora que ha muerto y es un renombrado escritor todo el mundo manifiesta su profunda amistad con él. Cuánto le queríamos y le apoyábamos cuando su gran amor Louise de Vilmorin le abandonó después de años de noviazgo y una boda planeada para casarse con un americano mucho más rico que él (porque sí, Rinette, y para las actuales Rinettes, los hombres también sufrimos por estas cosas y las cicatrices quedan grabadas, para siempre, en nuestros corazones). Solo, abrazado al tránsito. El tránsito simbolizado a través de la aviación, de la incertidumbre del viaje, de la vida en sí misma. Y vosotros, sus amigos, negándoos a conversaciones largas, obligándole a colgar el teléfono las veces que él llamaba.

Vosotros, sus amigos.

No habéis aprendido nada.

No tenéis ni puta idea del dolor que causa vuestra indiferencia.

Por eso no todo el mundo está capacitado para leerlo. Muy poca gente lo entendería. Cartas a una amiga inventada son pequeñas confidencias escritas desde el dolor de la soledad a una amiga completamente indiferente a su situación, que de hecho, publica una selección de las más trascendentales como quien saca del trastero un baúl viejo sin importancia.

Me duele Cartas a una amiga inventada. Me duele que puedan existir personas como Rinette. Me desgarra que, además, tengan la poca decencia de mentir al mundo y hacer creer que nada es lo que parece. Porque aquí las apariencias no engañan.

Así es el régimen del silencio.

LA LUNA Y OTRAS COSAS

Varias cosas, entre ellas, este corto de animación, La luna (Pixar, 2011). [Gracias, Nerea, por descubrírmelo. Una joya]

Por otra parte, un artículo que ha salido publicado en la revista Hypérbole Magazine, y que podéis leer aquí.

Pero lo importante no es el artículo, es el corto. No os enredéis demasiado con mis palabras: lo que verdaderamente merece la pena son los seis minutos de cine que hay colgados aquí arriba. Lo demás es liviano. Hacedme caso.

 

EL OTRO SENTIDO DE LA VIDA

Un avión vuela en alguna parte del firmamento. El sol se está poniendo y el telegrafista ha iluminado la cabina. El piloto tantea los mandos con precaución, encajando en su ceguera dónde se encuentra cada elemento del instrumental. Detrás del coleo suena un martilleo metálico. El ayudante acaba de entregarle un telegrama. El cielo está despejado. Delante de nuestra casa hay un grupo de tangueros. También tienen la ventana abierta. Las estrellas custodian el alma de Buenos Aires. La última vela de la granja acaba de rendirse a su paso.

A veces dudo si soy Rivière o Fabien. Tengo mis motivos para hacerlo y no aclararme nunca. Porque ambos son indivisibles; su oposición, lejos de ser excluyente, es complementaria. Rivière se aferra al destino para justificar su vida. Mira a las estrellas y las busca como mensajeras de los pilotos que ha enviado hacia lo incierto. Su responsabilidad le ha condenado a la soledad, y pasea por las calles de Buenos Aires con lentos pasos, olvidando el ajetreo de las plazas y las avenidas. Fabien también está solo. Acaba de conquistar el último pueblo habitado. Más allá de la llanura, abriéndose a la noche que comienza, no hay nada. Tres mil metros de altura lo separan de la bóveda de la tierra, mientras las últimas estrellas se apagan para irse de dormir.

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En alguna parte, ella espera que vuelva, de la misma manera que nosotros esperamos el telegrama en cada línea escrita en el relato. Vuelo nocturno es otra de las joyas que componen el legado de Antoine de Saint-Exupéry. Saint-Exupéry es un escritor de confidencias pero, sobre todo, es un escritor de la vida y del detalle. En ninguno de sus libros narra grandes historias. Es consciente de que la extensión del instante acaba por deformar el relato. Su experiencia es autobiográfica, y un piloto, y un oficial en tierra, no sueñan con la Ilíada y se comportan como uno más de sus guerreros, sino que se aferran a la luz de un farol a miles de metros de altura o al martilleo que produce el telegrama que está llegando desde la Patagonia. Su vida se asemeja más a Ulises viajando a Ítaca en la plena asimilación de los peligros que supone el viaje, a pesar de haber sido recorrido una multitud suficiente de veces como para realizarlo sin temor alguno.

Rivière coordina el intercambio de correo entre Toulouse y Buenos Aires, y luego las rutas locales de Uruguay, Chile y Patagonia. Él se siente el padre de todo aquel imperio construido con tanto esfuerzo. Carga a sus espaldas con la memoria de cada uno de los pilotos muertos en las tempestades. Y está solo, su conciencia lo aísla en su trabajo y en la disciplina impuesta sobre los pilotos que, un día, cargarán aún más sus débiles entrañas. Por eso encarga a Robineau que imponga disciplina. Rivière lo considera un flojo por no imponer las sanciones pertinentes con la dureza que debería de manifestar un inspector. Mientras Robineau aspira a volver a Toulouse junto a su amante, Rivière se entrega a una eternidad inalcanzable y deja que la lluvia le empape durante la espera de la llegada de los vuelos del correo.

Fabien, en cambio, representa otro tipo de eternidad, la eternidad verdadera. Vive de las pequeñas cosas, los detalles suponen la esencia de su existencia. No se conforma con existir, siembra vida en las cosas a las que entra a formar parte. Y siempre mira hacia delante, en la soledad del vuelo, la inmensidad de las llanuras y el abrazo ciego de la noche. Su esperanza es su guía.

Pero Rivière conoce la noche porque su alma vive en ella. Las luces del cielo de Fabien se apagarán. Volará abandonado a la suerte de una corriente de viento o de un cambio brusco de tiempo. Envía telegramas a últimas estaciones de la rivera atlántica. Sus temores son ciertos: el cielo está despejado. No quiere cenar solo esa noche.

Leer a Saint-Exupéry reconforta incluso en los peores momentos. A diferencia de los escritores de su generación (y de los actuales, y más aún de los que vendrán), no habla de lo perdido sino de lo que se posee. En Piloto de Guerra, cuando sobrevuela Arras, no se centra en las llamas que se levantan sobre el horizonte y que se extienden hacia el cielo, sino en las gotas de lluvia que golpean los ventanales del avión y los ciruelos aún visibles a la luz del ocaso que evocan el dulce recuerdo de su aya Paula.

Hay otras llamas, lenguas de fuego entre las montañas, chispas que se levantan y que se hunden, arrastrando tras de sí la masa metálica del avión, pero esas chispas conectan al piloto con el mundo, y la naturaleza entra a formar parte del aparato. Así nos lo hace saber cuando regresa el correo de Chile, a punto de ser derribado entre las furibundas cumbres de los Andes. Pero aún así, el piloto habla de la maravilla de cada turbulencia, y del abrazo íntimo que sintió en el momento en que divisó la llanura argentina.

Saint-Exupéry siempre defendió la universalidad de sus relatos, aunque la mala hierba crítica no sólo ha reducido su breve bibliografía al desgastado fantasma de El Principito, sino que además la ha enmarcado en la simpleza que rige la categoría juvenil (que no, repito, la literatura juvenil en sí misma, sólo afecta a su concepción). Vuelo nocturno es capaz de reflejar la tribulación en la vida y nuestra esclavitud al abandonar el detalle de un beso o una mirada para entregarnos a una causa convencional. Rivière ha sacrificado su vida para construir una ruta postal que engulle a los hombres. Y no sólo a las tripulaciones de los aviones de la compañía, sino también a las mujeres que esperan en Toulouse y Buenos Aires el regreso de sus maridos, las familias que miran cada noche al cielo pensando en la travesía o la madre que, a miles de kilómetros de distancia, mantiene su vista fija sobre la vela encendida de encima de la mesa del salón pensando en su hijo luchando contra la tempestad. Nos lo describe a través de los detalles, la narración y los recuerdos de Rivière al hablar con la mujer de Fabien:

Ella tuvo un débil encogimiento de hombros, cuyo sentido comprendió Rivière: “Para qué la lámpara, la cena servida, las flores que voy a encontrar de nuevo…” Una joven madre había confesado un día a Rivière: “Aún no he comprendido la muerte de mi hijo. Lo duro son las pequeñas cosas: su ropa, que me encuentro a cada paso, y, si me despierto durante la noche, esa ternura, ya inútil como mi leche, que me sube sin embargo al corazón…” También para aquella mujer la muerte de Fabien comenzaría apenas mañana, en cada objeto, en cada acto, ya vano. Fabien abandonaría lentamente su casa.

Pero el detalle que convierte a Vuelo nocturno en una novela imprescindible es la continuidad de la vida frente a la adversidad. Ni la ciudad dormida, ni Rivière, ni el secretario ni una sola de las gotas del ciclón que han de derribar el avión detienen su existencia por en fin de un mundo. Muere el mundo de Fabien, no la lluvia, ni los tangueros ni el vuelo a Europa que partirá en el mismo momento en que llegue el de Asunción. La soledad ante la pérdida de un mundo que no se detiene y siempre gira para comenzar de nuevo, sintiendo la ausencia, arrastrando el dolor de la pérdida. La idea (o, mejor dicho, ese matiz de realidad) cobra tanta fuerza en el relato que la muerte de Fabien supone un punto de inflexión en un mundo aparentemente idiferente a su presencia. Rivière, cuando despide al correo de Europa, que ha dejado a su mujer mirando a los tangueros a través de la ventana, le dice que tenga cuidado con la noche algo que, horas antes, el gran Rivière, el gran padre encargado de custodiar el futuro de la compañía por encima de la vida de sus propios pilotos, jamás hubiera sido capaz de desear.

Y la vida continúa, mientras los pilotos charlan despreocupadamente de la desaparición del piloto de la Patagonia. Cada cual continuará su senda y todos llevarán en su memoria la estela que Fabien ha dejado en el viento.

Vuelo nocturno es el viaje a la inmensidad de la vida, un vuelo intenso desde nuestra pequeñez vital que nos recuerda que el único destino es cada instante del tránsito de la existencia.

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