OBSTÁCULOS

No creo en las redes sociales. No creo en un algoritmo que nos conecta a los unos con los otros ni en un cachivache alimentado por electrones como su profeta. No creo en algo tan gélido e impersonal como un perfil social.

No creo que algo que no es imprescindible sea imprescindible.

Soy una persona de distancias cortas. Me gusta mirar a los ojos de mi interlocutor, verle saborear el café recién hecho por el camarero y sentirlo en su expresión. El momento del saludo, el tiempo que se escurre en la conversación y la buena (o efímera) compañía, los recuerdos que vienen y van como olas en la orilla del mar. La conversación que se teje al ritmo de la vida.

Las redes sociales, en cambio, han sido creadas para lo contrario. Destrozan los tiempos de la existencia y fuerzan las amistades a un distanciamiento extraño, sibilino y muy complejo. Porque sí, las distancias son mayores no cuanto más alejados estamos los unos de los otros físicamente, sino cuanto más sentimos esa lejanía en nuestro interior.

Las redes sociales son falsas, y la falsedad lleva a la traición. Propia, demasiadas veces. A imaginar lo que no somos capaces de ver o sentir por la ausencia de un contacto mucho más íntimo, preciso y necesario. Pensamos en las personas que queremos en un pretérito agujereado de un presente que no existe. Por ejemplo, nos es inevitable recordar los momentos compartidos con la persona con la que hablamos, o la ausencia de ellos, pero a la vez éstos quedan anulados por el empuje de la conversación presente. Es aquí donde surge la imaginación. Necesitados acercarnos lo que la red social es incapaz de permitirnos, nos aferramos a la casi siempre desafortunada creencia de que la sonrisa del emoticono o la algarabía que pretende denotar la sucesión de carcajadas son ciertas y que nuestro amigo verdaderamente sonríe al escribir esas líneas o ríe ampliamente al leer lo que has escrito hace un momento. Pero es sólo una creencia. Un vulgar invento al que nos aferramos dogmáticamente, pues todos somos conscientes de que, en mayor o menor medida, hemos mentido y traicionado a nuestro interlocutor expresando cosas que verdaderamente no hemos sentido. Hay veces que la traición se comete por simplicidad literaria. Otras, por un fin desesperado de tratar de acercarnos un poquito más a la confianza de la persona con la que conversamos. Y otras, simplemente, por falsa modestia y amabilidad fingida.

Hay algo que me sublima y que me preocupa enormemente. ¿Cómo distinguir si el abrazo o el beso que me envían es realmente un beso o un abrazo? Y una cuestión aún más intrigante: ¿qué tipo de beso o abrazo será? Porque no todos los abrazos y los besos son iguales ni cuentan lo mismo. No es lo mismo un beso de cumplido que uno de amistad, o un abrazo sugerido que uno bien fuerte y cálido. ¿Cómo saber que los besos y los abrazos que me imagino son tal cual me los imagino? Por mucho que conozcas a la otra persona, solo puedes intuir las sombras de lo que viene a ser el bosque. Las circunstancias varían y no solemos ser precisamente francos en la vida.

Creo que muy poca gente ha reflexionado sobre esto y no creo que haya mucha gente que lo entienda. Hay cosas y cosas, personas y personas, momentos y momentos. Y cuando uno conversa cara a cara, las cosas, las personas y los momentos se presentan en el lugar que les corresponde, con toda su alegría, tragedia o indiferencia. Con las redes sociales hemos terminado de renunciar a algo esencial en nuestra vida: el instante. Y apartados del instante derrochamos nuestras maravillosas vidas. Una red social se valúa en la respuesta rápida, en la inmediatez. Su ritmo desenfrenado impide escuchar a quien nos habla y nos conduce a la ansiedad de leer en transversal. También, recíprocamente, afecta a nuestros mensajes. Una charla por chat es un torrente de incursiones lingüísticas que nunca han de llegar con todo el sentimiento que evocan a nuestro interlocutor. Tiempo perdido. Conversaciones extraviadas. Pequeños retales deshilachados negligentemente por el camino.

Las redes sociales reflejan la esclavitud de nuestros días. Distancias largas, zapatitos de distancia entre tú y yo, revueltos pero no juntos, el tiempo que se escurre entre nuestras manos sin posibilidad de detener su pérdida. El temor a ser rechazados atado en la mediocre esperanza de la virtualidad.

Más allá de su eficaz contacto en situaciones de extrema lejanía, las redes sociales nos predisponen a una dependencia en el falso presente muy peligrosa. Nos recluimos en nuestros inventos, divagamos obsesionadamente sobre la intención de nuestro amigo o, simplemente, consideramos cosas que no han sucedido ni pueden ocurrir, sin tener en cuenta cuando sustituimos la amistad cercana por el frío trato internáutico. Es mejor, cuando las circunstancias no lo impiden, el amor o el disgusto de un recuerdo que un contacto reciente mitad propio y mitad de nuestro interlocutor.

La cuestión es la mil veces comentada, la de siempre: las redes sociales no son ni buenas ni malas, lo peligroso, lo que nos hace daño, es el trato indiferente que profesamos hacia los demás y que se acrecienta con la frivolidad que transmiten. Y ese problema ya no es excusable a un método o a una vía o sistema. Es un problema nuestro, nuevamente. Cuando mentimos mentimos nosotros, no miente el procesador de textos del chat de turno. Cuando imaginamos lo hacemos nosotros, porque preferimos una imagen falsa de un contacto presente que no se ha producido a estancarnos en conversaciones tan poco humanas. Nadie ni nada nos puede obligar a mentir o a recrear: somos nosotros quienes nos distanciamos o nos acercamos y nos dejamos abrazar por la mentira cibernética.

Solo nosotros, y nadie más. Pero permítanme una sugerencia, un consejo: vuelen y dejen volar. Vivan el momento con la persona que quieran o se sientan a gusto, el instante de una mirada, el aroma del café de media tarde, el paseo bajo la lluvia. Háganme caso, es mejor así. Recuerdos que se llevarán para siempre e instantes de fraternización que ningún otro medio o vía de comunicación podrán lograr nunca. Porque el contacto más íntimo, la distancia más corta que separa dos vidas son esas propias dos vidas. Y más allá de ello todo es más efímero y caótico.

Soy un hombre de distancias cortas. No me pidan que cambie un buen café por nada del mundo.

Publicado por David Lorenzo Cardiel

Autor. David Lorenzo Cardiel aúna desde la adolescencia su vocación filosófica con su pasión por la poesía, el ensayo y la narrativa.

4 comentarios sobre “OBSTÁCULOS

  1. Las redes sociales son eso, redes. Son efectivas para trenzar una comunicación en la distancia y pescar elementos colectivos. Acercan o atrapan a quienes se equivocan en los objetivos.

    Las redes sociales son como el dinero.

    1º.- Un trozo de papel al que damos un valor colectivo y que es el mejor método que hemos encontrado para un trueque en la distancia.
    2º.- Un espejo en el que vemos lo que proyectamos.
    3º.- Una droga que nos aleja de nosotros mismos.

    Tres escalones. El primero valioso. El segundo expectante. El tercero adictivo.
    En los tres, el papelito y las redes dicen lo mismo. La responsabilidad está en quien lee.

    Tú y yo no nos conocemos personalmente. Gracias a estas redes podemos conversar como si estuviésemos entorno a una taza de café, pero este encuentro podría no haberse producido por mil razones de las que “las redes” no serían responsables. Tampoco se merecen ningún trofeo. El aplauso es solo para ti, por haber publicado algo que a mí me interesaba y a ti te interesó algo de lo que yo dije y también me aplaudes.

    Si esta conversación nos alejase de todo lo que tiene valor en nuestras vidas perdería todo interés y si se convirtiese en algo obsesivo deberíamos pedir ayuda.

    Las redes están ahí. Se puede hablar en faccebok, waasap, post… depende de lo que uno tiene que decir o quiere que le digan. Si no se responde a lo que no interesa no pasa absolutamente nada.

    A mí, por favor, contéstame. Un cortado es algo de lo que no puedo prescindir.

    Un abrazo
    María

  2. ¡Pero es que ahí está el problema, en lo que imaginamos! En una conversación directa, de tú a tú, sabes si a la otra persona le interesa o no lo que cuentas, si quiere seguir hablando contigo o no, si su amistad es sincera o falsa. En las redes sociales, al faltarnos ese contacto íntimo, tendemos a completar ese presente vacío con nuestras suposiciones o nuestra propia amistad o falta de ella. Por eso digo aquello de que: “un contacto reciente mitad tuyo y mitad de tu interlocutor”. Es así, y por eso mismo surgen problemas que en un contacto más íntimo no sucederían.

    Dices: “si no se responde a lo que no interesa no pasa absolutamente nada”. No, claro que no, pero si tú has creído, por mensajes anteriores, que esa persona era tu amiga o, al menos, tenía ese pequeñísimo margen de confianza para atenderte y ahora no lo haces, te sientes traicionado. Y puede, según la situación, que verdaderamente te haya engañado pero…muchas veces somos nosotros mismos, que nos empeñamos en asimilar sus palabras fraternales como verdaderamente fraternales cuando puede que no lo sean. Por eso son engañosas, nada más. Y es entonces cuando surge el dolor y el daño, la soledad que cada día está más presente.

    Los comentarios, al igual que los mail o el correo postal, no tienen estos problemas. ¿Por qué? Por dos motivos sencillos:

    1) No existe la inmediatez porque no hay presente. Es decir, asumimos la distancia temporal que separa un mensaje de otro. Tú escribes un comentario y esperas mi respuesta, pero no la esperas cinco o diez minutos después, simplemente la esperas en un futuro cercano, si es que la hay. Puede ocurrir (¿por qué no?) que esté trabajando en el blog cuando escribes y te conteste en ese plazo, y que tú también rondes mi página y recibas la respuesta en ese tiempo. Pero solo es una circunstancia muy precisa y determinada. Lo más normal es que tú me dejes el mensaje y lo reciba cuando entre, sea cuando sea. No hay, por tanto, motivo para ansiedad o angustia, para sentirse traicionado en tu amistad o el cariño profesado a esa persona, porque está asumido que responderá cuando pueda y según las circunstancias que sean.

    2) Esa misma falta de inmediatez permite dos cosas añadidas más que están interrelacionadas: ya no nos fundamentamos en el mensaje corto, porque no tiene sentido. Hay que aprovechar la ocasión y contar en una tanda todo lo que haya que comentar. Precisamente porque no lo va a ver un instante después y no podemos esperar una semana para dictar un mensaje concreto. Esto garantiza, por un lado, una expresión relajada y buena, que implica escuchar a tu interlocutor y expresar lo que se tenga que expresar. Por otro, evidentemente, se hablará a esa persona con más sinceridad que por la otra vía. ¿Por qué? Porque hay margen de expresión, hay modismos y no hay necesidad de forzar la conversación porque no se da en presente. Lo que se tenga que decir, cómo y cuándo, se dirá, y punto. Y esto hace que la diferencia entre nuestras conversaciones a través de los comentarios, o a través del mail o de carta postal si fuera el caso no repercutieran en los mismos problemas.

    Entonces, ¿el problema es la inmediatez de las redes sociales? No, por supuesto, el problema lo ponemos nosotros de añadido en el momento en que actuamos por convención para quedar bien con esa persona, abandonando la sinceridad. Y ahí es donde actúa ese falso presente y comienzan a generarse los problemas que hemos comentado.

    Me ha gustado mucho la comparativa que haces sobre el dinero…sobre todo porque hay muy poca gente que entienda su futilidad y que, a fin de cuentas, es un invento nuestro que podría tanto existir como no existir si se diera el caso y la comprensión como para no imponerlo.

    Pero eso es otra cuestión. Al menos, mediante blog, las conversaciones están menos contaminadas; son lo más parecidas a un cafecito que tenemos. Espero que te haya gustado el cortado.

    Un abrazo (de los de verdad)
    David

    1. Si el problema está en lo que imaginamos también en ese diagnóstico está la solución.

      ¿Por qué confundimos imaginación con fantasía? La fantasía sustituye carencias nuestras. La imaginación desarrolla la intuición y la intuición es una “partícula divina”, ese bosón de Higgs que (a mi parecer) será imposible descubrir completo solo con las lentes científicas.

      ¿Por qué suponemos? Porque necesitamos distancia para ver con claridad.

      ¿Por qué nos enfadamos con los demás? Porque no tenemos claro qué necesitamos.

      La respuesta siempre está en nuestro tejado por muchas preguntas que lancemos a las “redes” del tiempo.

      Ese es el tesoro de la Amistad. Nos ofrece un amplio espacio donde podemos recorrernos completos. Para hacerlo hasta el final necesitamos el oxígeno del Amor. Decía un buen amigo: “Amor es el latido de la conciencia”.

      El problema de las redes sociales podría compararse con un mal psiquiatra. Le contamos nuestra problemática para encontrar una solución y nos devuelve la confidencia revuelta con sus problemas. Así es imposible aclararse.

      Todo en la vida es hermoso si el altavoz y la confianza están en su sitio. Te recuerdo que Eros lleva una venda en los ojos no porque se engañe, sino porque la felicidad que recibe cada vez que acierta (acierta siempre, cuando falla es que no era él) y la Amistad la cuenta a los cuatro vientos, el boson de Higgs se multiplica por él mismo y…

      …hasta ahí puedo contar.

      Bueno, David, me río porque estas ideas las acabo de tejer y me encantan. Gracias, gracias, por estar ahí.

      Un abrazo (sin apellido)
      María

  3. ¡Por supuesto que la solución está en nosotros! ¡Siempre está en nosotros!

    El símbolo del psiquiatra…la verdad es que hay muy pocos buenos psiquiatras que traten las cosas tal cual son. Muy, muy poquitos. La mayoría mezclan, o suponen, o inventan, y por eso no ayudan, dificultan incluso.

    E incluso fuera de nuestro lugar, la vida sigue siendo maravillosa, te lo aseguro. La vida siempre es maravillosa…incluso aunque nos parezca un infierno. Pero, volviendo al tema de las redes…en fin, sigo prefiriendo el café. Lo que permite sentir un contacto directo jamás puede lograrse a través de una vía de ese estilo.

    Han sido muy buenas ideas. A mí, desde luego, me han gustado.

    Gracias por responder (y mantener viva esta conversación)

    Un abrazo
    David

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