Industria, ¿de qué cultura?

por David Lorenzo Cardiel

>Hace unas semanitas volví a escuchar la misma cantinela que algún exégeta del sillón-ball cultural enunció en forma de premisa irrefutable al principio de todo este tinglado que se ha formado en torno a la “piratería” y la Ley Sinde: “a nadie se le escapa que para conseguir un producto cultural hace falta pagar algo”.

Supongo que los demás proclamarían vítores y aplausos a la genialidad del personaje o los personajes de turno. Y no digo yo que no tengan razón: en el sistema que durante siglos mantenemos, basado en el intercambio, es coherente entregar alguna cosilla a cambio de aquello que pretendemos. Evidentemente, el elemento intangible que usamos de manera universal para validar estos intercambios es el dinero.
Sin embargo, tras escuchar la celebérrima sentencia una duda existencial me asalta, como supongo que le sucederá a todo consumidor de obras culturales que se precie: ¿cuánto es para ellos pagar algo?

Sin lugar a dudas, el “algo” que algunos sectores predican con tanta efusividad y convición es bien desproporcionado. O al menos, así nos lo parece a la gran mayoría de receptores culturales.

La mal llamada “industria de la cultura” se está desmoronando. O eso es lo que nos venden. Durante años ha estado reinando un sistema de comercio con las obras culturales que poco a poco ha ido inflándose y, siguiendo la terminología bursátil, devaluándose. Explicado de otro modo: tanta fue la avaricia de la lechera en exprimir a la vaca que ahora esta se ha secado y ya no da tanta leche como se necesita. O como la lechera pretende. Y tras haber metido la pata hasta el fondo, solo le queda coger el garrote y sembrar el terror en la comarca para que todos le cedan la leche de sus vaquerías.
La “Industria cultural” nos es presentada como un elemento indispensable en el dinamismo social. Tanto es el grado de doctrina consumista inculcado en nuestras vidas que se llega a asociar la inexistencia de cultura sin industria que la enmarque. Así lo han hecho creer hasta la entrada del siglo XXI. Mientras la lechera podía seguir exprimiendo la vaca a un bajo coste de alimentación.
El sistema de transmisión cultural que hoy se lleva a cabo es una mutación del antiguo trato autor-editor que se estableció con la aparición de la imprenta, por lo que la “inaleable” industria cultural es relativamente joven. Nace entre los siglos XIX y XX, imponiendo su hegemonía a partir de la mitad de este último siglo. El editor, que de forma general se dedicaba en exclusiva a imprimir los textos por los que le pagaban decidió, con el auge de la demanda cultural nacida con el descenso del analfabetismo, ampliar sus servicios al autor hasta llegar al modelo que hoy se profesa, que no es otro que el de “deposite su obra en nuestras manos y nosotros le hacemos el trabajo sucio”. El “trabajo sucio” del autor siempre ha sido el de la distribución de sus obras. Al principio era él mismo el que recorría palacios, universidades y ciudades de todo el mundo para dar a conocer sus obras. Ahora, el autor se limita a crear. El resto se lo hacen los demás.
La editorial tiene que llevar a cabo una severa campaña publicitaria si lo que desea es obtener beneficio de la obra que va a divulgar. Porque el autor ni siquiera abona la impresión, tan solo le da a la tecla. En torno al fenómeno de la divulgación publicitaria han aparecido intermedarios que han sabido ver una fuente de ingresos en la propaganda. Y son a ellos a quienes recurren las editoriales. Si se ha editado un libro y se está divulgando, debe de haber gente interesada en su compra. Para facilitar esto nacen las librerías, dedicadas exclusivamente a la venta de ejemplares. Pero para transportar los ejemplares de la editorial al punto de venta hace falta un distribuidor. Éste también aparece, presto, a llevar a cabo su necesaria función de transporte a cambio de su participación en el pastel. Por supuesto, a los diferentes estados también les interesa su participación en la cadena industrial, hecho que lleva a cabo mediante el cobro de distintos cánones e impuestos. El negocio parece redondo si no fuera a causa de un detalle: el autor no paga nada. Si la relación de transmisión cultural se realiza entre autor y receptor, y el resto son meros intermedarios que trabajan en torno a dicha relación antediluviana, o paga el autor o lo hace el receptor. Y claro, el autor no está dispuesto a cargar con los intereses económicos de todos los intermedarios que le rodean a él y a su obra. De esta forma el autor pasa a ser parte secundaria del entramado de intermedarios, donde el único interés común es el logro de beneficios, y la única visión posible del receptor es la de un elemento casi insignificante que consume lo que las campañas publicitarias desean que consuman. Es decir: meros manipulados dispuestos a ser manipulados.
El precio final del producto, bien sea un libro, un disco, una película u otra obra de carácter cultural acaba por abultarse tanto como elementos prioritariamente innecesarios se entremezclan en la relación autor-receptor.

En los primeros años de nuestro recién comenzado siglo XXI, cuando Internet no había aún llegado a un elevado número de hogares, la esperpéntica industria cultural había llegado a eso, a su cúspide esperpéntica. Se planteaba con chulería la necesidad de pagar sesenta euracos por una película fuera de cartelera, más de veinte por un libro recién editado o más de treinta por el último disco de algún conocido cantante. Al igual que los precios de obras culturales ascendieron como la espuma, el nivel adquisitivo de los receptores no lo hizo, generándose una descompensación que culminó con la incorporación de los perseguidos ahora y siempre top-manta.
Esta relación descompensada, que en la ineptitud de los que imponen los precios y cánones no ha variado ni un ápice.

El negocio top-manta amenzó, en su día a una industria totalmente devaluada y desprestigiada. Demasiados comensales para tan pequeño puchero.
Ahora, cuando Internet es el rey del patio, todas las culpas se dirigen a la Red.
La Industria cultural se está enfrentando a su Sanbenito: la misma avaricia los lleva a su autodestrucción. Y ya han demostrado suficientemente hasta donde llega su capacidad para subsistir en una situación desfavorable para sus intereses. Son incapaces de autocriticarse con decencia y con visión reflexiva, dedicándose únicamente, como digo, a atacar al receptor y al entramado digital.

Quizás Internet esté haciendo daño, tanto a unos como a otros. A los autores, sobre todo.
Con el presente sistema editorial, un autor que dependa íntegramente de la venta de sus obras aún puede ir subsistiendo. Hablo, por supuesto, de los autores en general, sin casos excepcionales. Sergio nos habla en su post de un cobro de entre el 8 y el 10% de los beneficios obtenidos para el autor. Personalmente, esa proporción aún me parece abultada teniendo en cuenta que hay autores a los que sus editoriales les dan tan solo un 6 ó un 7 %.
Un 6 ó un 10 % no es mucho, desde luego, pero al menos es algo. Internet, en su sentido monopolista amenaza el pequeño tributo que recibe el autor.
Los grandes autores, esos que venden sus obras como churros pueden, en determinados casos, permitirse el lujo de que parte de sus obras sean distribuidas de forma gratuita, pues el elevado número de ejemplares vendidos compensa a los “pirateados”. Sin embargo, hay que reconocer que no sucede lo mismo con la gran mayoría de los autores que viven de sus obras culturales. Su volumen de ventas no es siempre precisamente bueno y una distribución masiva pirata de alguna de sus obras cumbres puede desbaratarle el anual volumen de ingresos precisado para subsistir un año más en este perro mundo. 

El autor, en general, no tiene la culpa, como se rumorea por ahí, de que sus obras sean vendidas a precios desproporcionados. El nefasto y abultado negocio que se ha llevado y se sigue llevando en torno a la cultura obliga, en muchas ocasiones por mera necesidad de subsistencia a que los propios autores, teniendo que elegir entre la parte ofecida por las editoriales y la nada propuesta por la Web a elegir la parte y a pelear por un notable aumento de los precios de venta (a mayor precio, mayores beneficios respecto a un mismo porcentaje).

Por otra parte, el mercado editorial se encuentra en estos momentos muy colapsado. Un gran número de obras compiten en los estantes de las librerías de todo el mundo por llamar la atención del receptor cultural, ahora convertido con hipocresía en un elemento más que cierra la cadena de la Industria cultural. Las editoriales deciden qué obras avalan y cuales desprecian y condenan al olvido, ya que el espíritu de transmisión cultural, que es el que mantiene y crea lo que realmente es la “cultura” ha sido reemplazado por el sucio y rastrero interés económico. Si piensan que a la prole una obra no le va a gustar, no se publica, porque no recibirán la cantidad de beneficios que pretenden conseguir. Aunque el mensaje que encierre esa obra marque un antes y un después en la humanidad.
Los autores que no consiguen abrirse camino por la vía editorial tradicional tienen dos opciones: o escribir a reglón de dogma social, es decir, prostituir su obra a los intereses de la sociedad; o mantener la integridad de su creación difundiéndola él mismo mediante las antiguas y las nuevas tecnologías, al más puro estilo de los escritores de la edad moderna.
Ésto último es lo que está ocurriendo gracias a la difusión de Internet. Se acabó la prostitución masiva de textos. El fenómeno blog, las autopublicaciones (el autor paga a una editorial para que imprima y éste se encarga de vender y distribuir las copias) y los ingeniosos fenómenos publicitarios vía Web son un buen ejemplo de ello. El problema es que el autor se encuentra solo ante un mundo interesado y cainita. La Industria cultural no apoyará, al menos de forma abierta y directa un sistema de distribución que de resultar efectivo podría desbancar definitivamente sus métodos de publicación. En Internet, el interés de un consumidor puñeteado por los abusos de unos y otros va a provocar que la obra sea difundida sin control alguno por el mundo. Y obviamente, los que pretenden “hederar” la tradicional industria cultural para adaptarla al método Web (también existen sectores de este tipo) pretenden una especie de esclavización de los autores en pro del beneficio de unos cuantos interesados. El autor, el que pretende subsistir de sus creaciones (al menos en el plano literario) o consigue que le avale un gran número de seguidores o tiene que pasar por la piedra de los intereses de uno y otro sistema.

El colofón a todo este asunto es, por un lado, la absurda guerra entre sectores de Internet y sectores industriales y, por el otro, el intento de puesta en marcha por parte de los industriales de llevar a cabo una distribución de obras usando Internet. Paradójicamente los que se enfrentan en una guerra inexistente también intentan amoldarse a los métodos de sus enemigos. La llegada de los E-books es un magnífico ejemplo.
¿Es normal que se llegue a pagar en torno a veinte euros por un libro recién editado, en papel, manejable, que permite escribir en sus márgenes y desgastar sus hojas, que tiene que distribuirse a las tiendas, editarse y publicarse; y en torno a doce o quince euros por la versión electrónica del mismo libro, que además de resultar incómodo a la hora de trabajar con él no hay que sumarle gastos algunos de transporte ni de edición y publicación?
Efectivamente: no. La llegada del E-book no es más que una moda, o mejor dicho un sistema que pretenden meter por los ojos al consumidor con el fin de que deje de descargarse las obras de Internet y pague un módico precio por ellas. Eso mismo planean hacer ahora los hollywoodienses con sus películas ante el alto número de descargas. Pero en todo caso por un módico precio. Los autores debieron pensar en un principio, estoy seguro, que la reducción de intermedarios obligaría a las editoriales a inaugurar la política del  fifty-fifty, es decir, del cobro de beneficios al 50% entre autores y editores. Los precios barajados: entre tres y cinco euros. Sin embargo los exégetas culturales pretenden llevar a cabo en muchos casos una reducción ridícula de los precios y seguir manteniendo la política tradicional de porcentajes. Y claro, apenas consiguen vender a semejantes precios.
Cuando esto ocurre, han decidido culpar a Internet: a las páginas de descargas, a los autores liberales que se embarcan en su particular persiles literario sin recurrir a las editoriales tradicionales, a los que usamos el blog como medio de transmisión cultural, a las redes sociales y a no se qué otras estructuras cibernéticas que difunden a cambio de nada obras, textos y material multimedia. Hablan de derechos, tanto unos como otros: ni los unos los tienen por ley, ni los otros por el hecho de poder descargarse las obras. El derecho sobre las susodichas lo posee el mismísimo autor y debe ser él quien lo regule. No editoriales, no intermedarios, no internautas, en general. Solo él en relación con los demás.
Y de esta manera, entre la quimera legal y la del interés, se ha formado una guerra en la que solo hay un sector que recibe todos los palos: el de los receptores de cultura.
Porque cultura, sin industria, seguirá habiendo. Porque no todo son beneficios lo que reluce. Porque aunque el negocio montado se perdiera definitivamente o mutara a otro sistema con dominio Web, siempre existirán los autores que, por la mera necesidad natural de compartir sus obras con la humanidad publicarán y transmitirán. La transmisión cultural no depende intrínsecamente ni de las actividades monetarias, ni de la existencia de intermedarios ni de un sistema u otro de transmisión. No es tan evidente, por tanto, que haya precisamente que pagar algo por un producto cultural, aunque realmente sea necesario hacerlo ante el hecho de que hay autores que precisan de ese dinero para subsistir dentro de una sociedad que le exige dinero.
Pero todo esto es otra historia que espero tratar por separado y, a poder ser, más brevemente.

Lo que queda claro de todo este asunto es que ambas partes, la de Internet como la industrial son tan culpables como inocentes. Pero si de motivos para “piratear” las obras estamos hablando, uno de los principales impulsores que llevan al receptor cultural a elegir ese método (que en muchas ocasiones le compensa menos que el “legal”, ya que el pirata racanea en calidad) es la avaricia de los partícipes del actual sistema industrial formado en torno a la cultural. ¿Cuál es la “cultura” que se pretende transmitir? ¿La de un mero producto económico, quizás? ¿O la de un elemento de lujo que puede ser regulado según los intereses de unos y otros? ¿Qué entienden un frente y otro frente por “cultura”? O mejor dicho, ¿qué es para ellos la “cultura”?
Lo que realmente es imposible es manteniendo el nivel de vida que llevamos actualmente pagar alegremente decenas de euros por una copia de un filme, de un cedé musical o de un best-seller que esté de moda. O lo que es peor: por un libro electrónico.
Yo no estoy a favor o en contra ni de Internet ni de el sistema tradicional de distribución cultural. Yo solo estoy a favor de aquello que es real, necesario y justo.
Para mí no existe batalla alguna, ni frentes ni osadías. Para mí solo existen autores, actores y cantantes que en su proporción personal están afectados por uno y otro sistema. Para mí solo existe una cultura, la verdadera, la que se transmite desde que el mundo es mundo y el ser humano habita en él, sin la necesidad de lucro ni de otros intereses. Y, por supuesto, existen los más perjudicados, los receptores culturales, ahora convertidos en consumidores infravalorados (o, al menos, así nos sentimos) que se encuentran en medio de tanta ineptitud. Tanto unos como otros los acusan ahora de sus males. Tanto unos como otros lo usan como arma para sus preceptos y premisas.

La cultura nunca debería haberse convertido en un artículo de lujo. Ése es el error lucrativo que está hundiendo los sistemas inmiscuidos en la difusión cultural. Ahora solo les queda a unos u otros la adaptación. ¿Serán capaces de sobrevivir renunciando tanto unos como otros a sus radicalismos para retornar al concepto básico y real de “cultura” y permitir que vuelva a ser el bien común que siempre debería haber sido? El espectáculo acaba de comenzar.

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