El blog de David L. Cardiel

"Toda verdad pasa por tres etapas. Primero, se ridiculiza. Segundo, se niega con violencia. Tercero, se acepta como manifiesta." [Arthur Schopenhauer] Fotografía de Ilya kisaradov.

La vida del escritor novel

>Escribir no es tarea fácil, más bien todo lo contrario. Yo, personalmente no me imagino viviendo del arte de la escritura, pero sí escribiendo artículos en este blog, en algunas revistas y periódicos de confianza, publicando libros que escriba mimadamente y sin prisas comerciales a lo largo de mi existencia y, concluyendo, basando mi vida en la filosofía y en la escritura. Para mí -y para muchos- la escritura es algo más que un vehículo que solamente lo utilizamos para expresarnos y comunicarnos con los demás. Es todo un arte, cada palabra porta la esencia de aquello que deseas comunicar. Cada acepción es tu mensajero, no una burda herramienta sin sentido. El texto es tu mensaje. Por eso, la escritura no es una tarea fácil. Hay que saber tratar a cada palabra tal y como se merece, saber donde colocarla y en qué orden y momento del texto, de la novela o del artículo. Saber elegir cuál de ellas se adapta al tema que expones, cuál se adapta a tus sentimientos, a tu persona y al momento. O a tu público. A las palabras les sucede lo mismo que a las personas: pueden ser de una misma familia, sinónimas, pero siempre habrá diferencias entre ellas, meros matices que en una escritura coloquial no tiene sentido distinguir pero que en el arte de escribir cobran todo su sentido.
Sin embargo a escribir aprendimos todos desde pequeñitos pero pocos son verdaderos escritores, amantes de las palabras.
En mi opinión, siempre modesta, el escritor nace y se hace. No podemos ir a una escuela de escritores y entrar no sabiendo redactar con estilo y salir siendo un cautivador de lectores. Eso no existe, se lo aseguro. El escritor nace. Normalmente enseguida se distingue del resto personas de su alrededor y desde muy jovencito comienza a jugar con las palabras. El niño -o niña- las mima, las modifica, las reordena, las hace lucir y deslucir, prueba y cambia sus órdenes, las ama a fin de cuentas. Sus textos comenzarán poco a poco a tener calidad, gradualmente, al ritmo de la vida y del crecimiento. Aquí jugarán un papel importante los sentimientos y la lectura. Interesarse por la cultura, sumergirse en mundos inimaginables -siempre coherentes, claro está- y darle el valor que merecen a los sentimientos influirán en la vida del (posible) futuro escritor. ¿Qué sentido tendría escribir con arte si no hay sentimientos de por medio? Como escritor novel, pero como escritor a fin de cuentas reconozco que al escribir una novela juegan un papel muy importante las vivencias, los sentimientos y los libros leídos y asimilados. También la personalidad de cada uno será definitiva.
Para que el amigo de las palabras se convierta en su amante tendrá que pasar una etapa de deseo reconfortante interior con la escritura, lo que en filosofía se llama adecuación. El espíritu o llama interior deberá adecuarse con el arte de escribir y las palabras formarán parte de la persona, se fusionarán a él. El escritor que se precie debe sentir una especie de fuego interior, fuego que en realidad es el sentimiento de libertad plena que solo las palabras te pueden dar. Cuando ese momento llega, la calidad se hace notar por sí sola. El joven ya ha vivido lo suficiente con la presencia de las palabras que ya estará acostumbrado a su fragancia y sabrá ordenarlas y utilizarlas casi perfectamente. Digo casi porque nunca un escritor acaba de dominar hasta la perfección las palabras. Siempre hay errores y decisiones que restan belleza a un texto. Pero a fin de cuentas, esta es la gracia de este arte, ya que muestra la humanidad del que hay detrás de un escrito. Esta fase, de perfeccionamiento personal e intransferible durará toda la vida y en ella, el escritor se hace. Durante esta cocción el amante de las palabras pasará de escritor novel, primera etapa y muy dura a escritor a secas. Su fama dependerá de su virtuosidad en este mundillo y de la suerte que tenga, entre otros factores. Aún así, un buen escritor lo es con fama o sin fama. Y se nota. Y se le hecha en falta cuando no está ahí rellenando folios. Al final de la existencia, el escritor se convierte en veterano. Haya llegado lejos o no este ser conocerá las palabras como ninguno. Entonces es el momento de ver pasar a los noveles y, sin inmiscuirse en su lucha animarles con el pensamiento a hacerse con las que serán sus más fieles y reconfortantes amigas: las palabras.

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Esa gentuza…

>Llevo unas cuantas semanas observándolo, detenidamente. Prácticamente oculto, fugaz. Llevo unas cuantas semanas acumulando anécdotas del mismo tipo sin poder descargar mi furia ciclónica cuando ocurren. Sin poder mandarlos al infierno, que es donde se merecen estar.
Llevo varias semanas observando el comportamiento de algunos conductores, bestias salvajes sin humanidad ni sentido de lo humano. Híbridos con forma humana pero con interior vacío. Esos que la ley unas veces llama “irresponsables” y en otras, “temerarios”. Esos que declaran ante el juzgado de turno que no se encontraban en “todas sus facultades” para conducir y que “no sabían lo que hacían” en el momento del accidente. Para que la pena sea menor. Infinitamente menor. Esos que luego salen del juicio victoriosos riéndose a carcajada limpia en la humillada cara de los familiares de los difuntos, de los que han sufrido la falta de humanidad y la violencia inhumana de un depredador de asfalto. Y los familiares deben tragar saliva, para aparentar pacifismo y buena ciudadanía, aquella que ese cabrón no tuvo mientras conducía.
Esos que, finalmente, adelantan al triple de la velocidad permitida, apuran las rectas y las curvas y presionan a los otros conductores con pitidos y la velocidad de su vil vehículo. Esos que mantienen su velocidad mientras un inocente y buen conductor viene de frente por su carril y no puede apartarse, ni siquiera frenar en el arcén, porque no pueden cruzarse a la vez dos coches sin chocar. Esos que se juegan la vida de los demás en el éxito de sus pericias.
Como digo llevo observando algunos casos de estos hijos de la gran ramera en los que acosan al resto de conductores, los adelantan a velocidades vertiginosas y apuran los espacios haciendo sufrir al conductor que viene de frente. Algunos de ellos aparecen en escena con algún cochazo de lujo, de los de gran cilindrada. Deben creerse que por poseer coches lujosos pueden amedrentar y poner en peligro al resto de conductores. Deben creerse dueños de la vida de los demás. De poder elegir si matar o indultar. Porque, lamentablemente, cada vez que ocasionan un accidente normalmente ellos salen vivos mientras el inocente muere.
Otros, para obligarnos a salir del tópico lo hacen con coches normalitos. Éstos se deben creer directamente dioses a los que les pesa el ritmo de la carretera y tienen que estar constantemente adelantando y pisando el acelerador para descargar su inhumanidad, para demostrar su superioridad.
De los que he presenciado afortunadamente ninguno ha acabado en desgracia. Siempre algún gentil conductor permitió la incorporación in extremis del mamón de turno salvando así la vida del inocente que venía de frente. Y la suya. Y la de los ocupantes de los coches que venían detrás de él. Mientras todos tenían la garganta seca, el mamón -o mamona- acelera extasiado -o extasiada- volviendo a hacer lo mismo en la próxima oportunidad que encuentre.
A todas estas personas que ponen en peligro al resto a voluntad, aleguen lo que aleguen, porque para coger el coche ebrio o drogado hace falta una mínima voluntad; a todas estas personas que lo hacen por prisa, por diversión o por superioridad o porque, directamente, les sale del cimbel; les digo que si tan poco valoran la vida de los demás y la suya propia que, sin porfavor, no lo duden un instante y se ahorquen, se suiciden. Total, si son capaces de jugarse la vida a una imprudencia qué más les dará morir un mes antes o un mes después.
Una cosa es cometer un error imprevisto, un cálculo mal hecho que, tristemente acaba en desgracia y otra arrisgarse concienzudamente sesgando en la mayoría de los casos las vidas de los que, modélicamente hacen de la conducción un ejemplo, un arte.
Solo espero que algún día la mentalidad de la gente adquiera un matiz mucho más espiritual y mucho más respetuoso con la vida de los otros seres humanos, no ya solo en carretera, sino en cualquier otro aspecto. Mientras tanto, como digo, más les valdría a los que planean semejantes azañas suicidarse antes de asesinar a inocentes. Prefiero pensar que el destino de las personas asesinadas es precisamente ese. Prefiero pensar que esos hijos de perra no poseen el ciento por ciento de la culpa de que una persona muera. Prefiero pensar que vamos a cambiar y que las leyes, algún día, castigarán con todo su poder a estos rufianes que no son personas sino monstruos abisales, gente sin escrúpulos y viles híbridos con un interior vacío y una existencia podrida.

PD:  Agradezco también con este artículo la sangre fría de los  buenos conductores, que no dudan en ceder su lugar y en cooperar para evitar accidentes en todo lo posible. Muchos de estos buenos conductores también llevan coches de lujo. Muchas gracias a vosotros, excelentes conductores por salvar, de alguna manera, vidas.

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